miércoles, 24 de diciembre de 2014

Un relato para Fin de Año - Feliz Año Nuevo 2015

LAS BUENAS INTENCIONES


Juana Castillo Escobar

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuán rápido vuelan los años! De nuevo llega otra Navidad y otra Nochevieja. Recuerdo las Nocheviejas en casa de mis padres: todo eran risas, jarana y buenos deseos. Mi madre acostumbraba, desde tiempo inmemorial (pues se lo veía hacer a su abuela), a darnos una hojitas de papel en blanco, en ellas anotábamos todos y cada uno de nosotros nuestras "buenas intenciones" para el año que pronto iba a comenzar. Después, doblábamos el papel y poníamos nuestro nombre bien visible. Cuando la última campanada de la media noche había sonado, tras descorchar las botellas de sidra y haber acabado de tragarnos los restos de uvas, darnos los tradicionales besos y abrazos, mamá sacaba la bombonera de las buenas intenciones. Volcaba sobre la mesa los papelitos del año anterior y, con gesto solemne, íbamos depositando en el vacío recipiente las propuestas para el nuevo año. Después nos repartía las hojas atrasadas, las leíamos y comprobábamos si todo lo que nos propusimos el año anterior lo habíamos llevado a cabo. Para finalizar, lo quemaba en un cenicero de cristal.
También recuerdo cómo un año, ya en mi adolescencia, no devolví la hoja y la guardé en mi diario. ¿Por qué quemarla? En ella, con letra pequeña, redonda, aún infantil había escrito: "Este año debo esforzarme más en todo: en estudiar, arreglar mi habitación, no gritar al hablar, no tener tan alto el volumen de la cadena musical..."
¡Qué chorradas! ¡Se nota que era pequeña! De todo lo que me propuse, aunque parezca mentira, creo que tan sólo cumplí con lo de estudiar. La habitación estuvo arreglada uno o dos días (tenía que hacer sitio para lo que llegara por Reyes), después volvió a ser la leonera que tanto disgustaba a mi madre. Creo que continué hablando a gritos con mis hermanos, eso no lo recuerdo bien; lo que sí recuerdo es que los discos que les cogía a mis hermanos de "Los Bravos", "Fórmula V" o "Los Pekenikes" continuaban atronando desde los altavoces.
Hoy en día, ya casada, continúo con la ancestral costumbre de mamá: guardar las buenas intenciones, de un año para otro, en una bombonera de cristal y quemar, con fuego purificador, las pasadas.

Y, de nuevo, Nochevieja. Todo el día metida en la cocina, guisando y buscando platos nuevos para dar gusto a todos los comensales. Trajinamos en ella, mi marido y yo, casi sin parar. El tiempo vuela, la familia está a punto de llegar y el niño pronto a levantarse de su larga siesta. Hoy es su primera Nochevieja en familia. Nos arreglamos, después al niño y, antes de que el bullicio no nos deje hacerlo, anotamos nuestras intenciones para el año próximo y las dejamos, provisionalmente, en un cajón.

"Yo quisiera -escribo- que todo salga bien. Que los deseos de paz, amor y felicidad que tanto manejamos en estas fechas se cumplan. Pienso que debo ser más paciente con mi familia política. También me gustaría que mi cuñada no fuera tan plasta, ni mi suegra tan exigente..." Pensándolo bien, la verdad es que han variado poco con respecto a las del año pasado.

La familia ha llegado. Todos traen cara de júbilo.
- ¡A cenar, que es gratis! -dice uno de los invitados. El resto ríe la broma.
Ya sentados en torno a la mesa, da comienzo la ceremonia de la cena: sirvo caldo gallego para los más frioleros, salpicón de marisco para los más atrevidos, bacalao con tomate para los amantes del pescado... Una serie de platos distintos para que puedan elegir. Se oye la voz de mi suegra, como siempre agria, entre el bullicio general:
- Este caldo está frío.
- No se preocupe, abuela, ahora mismo se lo caliento -y corro solícita hasta la cocina.
Cuando regreso es mi cuñada la que habla:
- ¿Son congelados estos langostinos? -Nadie responde, ella continúa-: Es que, por el tamaño que tienen..., os han debido costar caros.
Mi marido la mira y mira a su hermano quien, por debajo de la mesa, da un empellón con la rodilla a su mujer para que se calle.
El ambiente se está caldeando. ¿Es que siempre va a ocurrir lo mismo? Al cabo parece que todo se calma y cenamos en paz (por el momento). Quedan pocos minutos para que den las doce de la noche, la familia ríe: unos cuentan las uvas, no vaya a ser que les haya caído alguna de más; otros las pelan; otros cambian impresiones... En esto se escucha nítidamente:
- Mamá, caca.
Todos callan y miran hacia la esquina de la mesa. Mi hijo repite:
- Mami, caquita. El culete tene caquita.
- Por favor, cariño, ¿no puedes esperar sólo un poquitín?
Pero el olor me dice que no puede esperar, y él también. Insiste. Tira de mis mangas, de la falda. Me estoy levantando cuando mi cuñada ataca de nuevo, con voz avinagrada exclama a los cuatro vientos para que se le oiga bien:
- ¡Qué niños! ¡Pero qué mal educados que están!
La miro, me callo y, con el niño casi en volandas, salgo del comedor. Voy echando chispas y deseando que todo acabe y se marchen a sus casas porque, creo, no voy a poder aguantarme ni un sólo minuto más.
Cambio al niño de pañal y regresamos al salón. Mi hijo está excitado porque es el primer año, de sus dos de vida, que se queda levantado hasta tan tarde, ríe y da palmas. Cuando todos estamos comiendo las uvas nos mira embobado; supongo pensará que todos estamos chiflados porque a uno se le atraviesa un hollejo y hace unas muecas horribles; otro trata de no ahogarse; otros, como yo, estamos al borde del ataque de risa y nervios y, a otros, les rezuma el caldo por las comisuras de los labios.
Ha sonado la última campanada. Se descorchan las botellas de cava. Todo son risas, besos, entrechocar de copas y, según parece, felicidad. Mi cuñada coge en volandas al niño y lo estruja, a él no le gusta y con su sonajero de colores le arrea un golpe en la cabeza. Casi me lo tira al suelo al soltarlo, de tan mala leche lo hace que se tambalea y la que se cae es ella.
¡Para qué contar ni decir lo que salió por su boca!
Yo quería aguantarme la risa, lo conseguí parapetándome tras el niño. Los demás reían abiertamente. Mi suegra, sentada en el sillón, la mira y con voz temblona dice:
- ¡Pobrecita, con lo mayor que es y qué forma más idiota de caerse!
Después soltó una sonora carcajada. Se ve que no le tiene mucho aprecio. ¡La que se lió fue de campeonato! ¡Menos mal que se marcharon pronto y nos dejaron en paz; sino, no sé cómo habría acabado todo! Lo que sí sé es que, para el próximo año, procuraré no pasar la Nochevieja en casa.
Acostamos al niño, que no quería dormirse por la excitación del día. Por fin cayó rendido después de cantarle unas cuantas nanas. Mi marido y yo regresamos al salón. Parecía que había pasado un huracán por él. Saqué la bombonera y, de ella, las buenas intenciones del año anterior. Sin leerlas las quemé. Mi marido me miró y me hizo un guiño:
- ¿Qué has puesto para este próximo año?
- Lo mismo que el anterior -le respondí-, pero creo que voy a variar el texto que había redactado antes.
- ¿Y, se puede saber qué se te ha ocurrido? Porque, si me gusta, te plagio. Tampoco yo he conseguido todo lo que me propuse hacer.
- Pues te diré que mis buenas intenciones serán: hacer un largo viaje hasta Orión o las Pléyades. Y, tal vez, con un poco de suerte, nos trague un agujero negro y no regresemos en muchos, muchos años. ¡Ah, y ojala al otro lado las cosas sean mejores o, como mucho, distintas!

Madrid, 2005



Nota.- Este relato está publicado en la antología: "En femenino plural... (relatos de mujeres para todos los púbicos)", creo que, para estas fechas, es la historia más apropiada para compartir.
¡¡Felices Pascuas, Feliz Año Nuevo 2015 y feliz lectura!!

Nota 2.- El relato me lo publican también, el 12-I-2015, en el blog de ASOLAPO-ARGENTINA, en el siguiente enlace: http://elblogdeasolapoargentina.blogspot.com/2015/01/las-buenas-intenciones-juana-castillo.html


¡¡FELIZ NAVIDAD!!


domingo, 26 de octubre de 2014

ÉBOLA

Virus del ébola - Imagen obtenida en Internet 

Madrid, 26 oct. 2014 – ÉBOLA - Nombrar la palabra ébola en nuestro primer mundo, hoy día, es como señalar otros demonios tales como el cáncer o el sida. Eso ocurre hoy. Hace apenas medio año, el ébola era una enfermedad endémica de una zona determinada de África, nada más. Y, un par de años atrás, ni se hablaba de él, ¿para qué? Solo diezmaba a poblaciones del interior del continente africano, poblaciones a las que nadie iba, de las que nadie salía, olvidadas para el resto del mundo; más que olvidadas, en algunos casos ni tan siquiera conocíamos su situación en el mapamundi. En el fondo, cuanto más espacio quedase libre en ese gran continente, cuantos más “negritos” murieran, mayor provecho sacaría el poderoso hombre blanco de ese edén casi virgen.
Pero, y siempre hay uno, el mundo se globalizó tanto para lo bueno como para lo malo. En esta ocasión el virus del ébola está atacando, tal vez, con mayor virulencia de lo habitual o, tal vez no. Lo que sucede es que tocó con sus nudillos de muerte sobre nuestras puertas blindadas de nuevos ricos.
Ya no solo eran los “negritos” de África los afectados –hombres en la flor de la edad, ancianos, mujeres, niños…-, también sucumbieron a su estrago cooperantes –en el caso de España misioneros, uno de ellos médico, que debió de llevar a cabo su labor con el cuerpo y las manos vacías de la protección más idónea, pero llenas de amor por su prójimo enfermo-. Y, sin darnos cuenta, el virus saltó las fronteras. Primeros casos en España, donde estamos en pañales para encarar la enfermedad pero siempre, como buenos o tontos Quijotes, saliendo al paso para ser más que nadie.
Poco más tarde, muy poco, llegó a los U.S.A. Parece mentira, también los pilló por sorpresa… Voló a algún que otro país rico del primer mundo.
¡Era de esperar! Las personas se mueven ahora con mayor libertad que hace cinco o diez años. Esos “negritos” del África profunda, ya están cansados de ser quienes paguen las deudas de los ricos del Norte o del Sur, es igual y, en cuanto pueden, salen de sus aldeas y se mueven por el orbe, a veces con las manos vacías, o con cuatro bártulos a cuestas y, aunque no lo quieran, con las enfermedades endémicas de su entorno. Al igual que nosotros llevamos al viajar en nuestras mochilas el mejor kit de viaje, también nos acompañan enfermedades que no existen –o existían- en los lugares exóticos que nos gusta visitar: hasta las enfermedades se globalizan y expanden.
El problema está en que, mientras se trató –en el caso del ébola-, de un mal endémico, sin aparente salida al exterior, a nadie le importó la muerte de cientos y cientos de personas. ¿A qué gastar millones en estudiar la enfermedad? ¿En buscar una vacuna para cortar de raíz los posibles futuros brotes de la misma? ¿Qué importan unos cientos, o miles de “negritos”, perdidos en medio de una selva a la que los circuitos de los tours operadores no llegan? Debí decir: no llegaban. La intrepidez de los jóvenes mochileros les hace salir de esos circuitos ya trillados que solo enseñan lo que quieren las grandes agencias de viajes, ellos prefieren vivir en directo lo que es habitual en la zona; otros, no solo viajan, sino que se van de cooperantes, o forman parte de O. N. G.`s que no están preparadas para estas epidemias.
Ahora, las farmacéuticas –disculpen la expresión-, pierden el culo para hallar cuanto antes un remedio eficaz. Para esas industrias farmacéuticas no es de recibo que los “blanquitos” del mundo “rico” se contagien. ¡No, ahora hay que correr y encontrar la vacuna que erradique el mal, cuando llevan más de 40 años sabiendo de la enfermedad, y sin mover un dedo para arreglar el problema!
De regreso a nuestro país, el caso de la enfermera Teresa Romero contagiada tras cuidar, de manera voluntaria, al misionero fallecido Manuel García Viejo levantó y levanta ampollas. Fue vergonzoso la forma en que la trataron las autoridades, como si ella hubiera sido la causante de tener la enfermedad, vamos, como si se hubiera querido contagiar cuando aún no existía un protocolo previo para atender a los enfermos, algo que la administración puso en marcha cuando esta mujer dio positivo en las pruebas que se le efectuaron. Una serie de personas de su entorno (unas 10) tuvieron que ser ingresadas de manera preventiva. Ni la ministra de sanidad, ni el consejero de la Comunidad de Madrid estuvieron a la altura de tamaño problema que a punto estuvo de írsele de las manos. Parece ser que Teresa mejora, con lentitud, pero creen que el virus remite y podrá dejar la sala especial en la que se encuentra aislada. Supongo que los “jerifaltes” de este país respiran ya más tranquilos –si es que en algún momento se pusieron nerviosos-.
La guinda de este pastel de despropósitos sucedió la pasada semana, en un vuelo llegado de París a Madrid, según las noticias, uno de sus pasajeros de origen africano, llegaba con fiebre, lo increíble del caso: dejan al enfermo retenido dentro del avión para observarlo, hasta que llegue la ambulancia y las autoridades médicas… Al resto de los viajeros, no recuerdo el número de ellos, los dejaron marcharse, así, sin más. ¿No deberían de haberles realizado alguna prueba a esos pasajeros? Si alguno de ellos estuvo en contacto directo con él, sus vecinos de asiento, por ejemplo, ¿no son posibles enfermos? ¡Mejor no pensarlo!
Para acabar, no sé cómo enfocar este apartado. Diré que no me gusta el maltrato animal, ningún tipo de maltrato. Opino que, si se tiene una mascota, es para aceptarla y quererla como a uno más. ¿A qué viene esto?, se preguntarán, ¿qué tiene que ver con el ébola? Para las personas que no sean de nuestro país, y no conozcan todo lo acaecido con el contagio de Teresa, la reflexión con la que quiero terminar este artículo es un recuerdo, un… Lo cierto es que no sé cómo llamarlo.
Quiero hablar de la mascota de Teresa, un perro llamado Excalibur y que copó las noticias de los telediarios y páginas de los periódicos cuando fue sacrificado. Como ya he dicho antes, no me gusta el maltrato animal, pero en este caso tengo muchas dudas y preguntas que dejo volar y que, cada uno de los que lean esto, se responda en conciencia:
- Sabiendo que la dueña de Excalibur estaba enferma de ébola, su marido era un supuesto contagiado, así como algunas personas de su entorno: ¿quién se hubiera hecho cargo de Excalibur? ¿Deberían de haberlo dejado solo en el entorno familiar, sin nadie que lo cuidara? ¿Lo llevarías a tu casa, con tu familia?
- Si no hay infraestructuras hospitalarias para hacer frente al ébola, si no hay suficientes trajes para poder atender a los contagiados… ¿Existe algún veterinario en la capital que hubiera podido hacerse cargo de él? ¿A qué clínica lo hubieran llevado? ¿Con qué medios de transporte se contaba?
- Si no lo llegan a sacrificar, es seguro que Excalibur acabaría en manos de la ciencia para estudiar en él: si estaba afectado, evolución de la enfermedad, modos de transmisión en el caso de acariciarlo, de que mordiera, etc.
Y, por último y lo más doloroso de compartir, aunque me tachen de cruel:
- ¿Es lógico, o normal, ver a cientos y cientos de personas manifestándose delante de la casa de la enferma para que no mataran al perro? ¿Era lícito dejarlo vivir?
- ¿Es lógico que los ciudadanos se enfrenten a la policía para pedir “el indulto” del animalito? ¿Es lógico que algunos de estos ciudadanos acabaran incluso contusionados al “amotinarse” por la muerte de un perro, muy querido, sí, pero una mascota que puede ser que estuviera contagiada? ¿Es lógico que se manifiesten por un perro y NO SE MANIFIESTEN POR LAS MILES Y MILES DE MUERTES QUE EL ÉBOLA ESTÁ CAUSANDO ENTRE LOS ENFERMOS QUE LO PADECEN EN ÁFRICA? ¡ESTOS ÚLTIMOS, SEÑORES, SON PERSONAS Y, HASTA AHORA, NADIE HA SALIDO A LA CALLE A APIADARSE DE ELLOS!


Madrid, 26 de octubre de 2014 – 20,37 p. m.

Juana Castillo Escobar


Nota.- Este artículo también me lo han publicado en: 
* El blog de Asolapo España
2014-X-30Artículo: ÉBOLA

sábado, 18 de octubre de 2014

Diego Vadillo López, en AZAY-ART MAGAZINE habla de "EN FEMENINO PLURAL"

EN FEMENINO PLURAL, DE JUANA CASTILLO ESCOBAR, UNA SUGERENTE Y POLIFÓNICA LLAMADA DE ATENCIÓN

10 OCT 2014 - PUBLICADO POR ADMIN.


Por Diego Vadillo López – Escritor y crítico literario

En femenino plural (Editorial Niram Art) es un simpatiquísimo y ameno compendio de relatos que tienen como hilo conductor a la mujer, una y diversa.
Nos muestra Juana Castillo Escobar un abanico de situaciones que poseen como protagonistas a diferentes mujeres en las más inimaginables tesituras de la cotidianidad, y es que uno de los principales atractivos del libro es la manera, entrañable y audaz a un tiempo, de presentarnos enfoques conocidos de la realidad si bien trascendidos por serles aplicado el zoom estilístico-literario.
Uno de los elementos que más gracia me hizo fue el símbolo de “la faja”, como elemento opresivo —psíquica y físicamente—; aparece más de diez veces enunciado el susodicho vocablo. Juana se hace eco de todos los condicionantes que flanquean los pasos de la mujer en la actualidad.
Sin ánimo de incursionar ni mucho menos en fenómeno tan heteróclito y complejo como es el feminismo, sí es cierto que —aparte de ser hondamente femenino— el libro que nos ocupa posee ciertos tintes feministas; de fondo hay un cierto reproche a la mujer por asumir determinados roles que contribuyen a subyugarlas más si cabe en una sociedad ya de por sí tiránica en términos generales.
“La faja, o: ‘A cada cerdo le llega su San Martín’” es el primer relato del conjunto y ya anticipa el tonillo macabro que irá apareciendo guadianamente por muchos de los capítulos, no en vano nuestra autora juega mucho con lo luctuoso; en este primer capítulo hace cumplido uso de la sinonimia cuando emplea las más inusuales formas de referirse a un muerto: finado, occiso…
El escepticismo es otra de las características archipresentes en esta obra, buen ejemplo es “Las buenas intenciones”, que viene a ser un compendio de tópicos navideños con macabra tintura —como no podía ser de otra forma—.
“Esta silla es mía” emparenta con otros relatos en lo certero de la traslación de atmósferas angustiosas. El itinerario femenino que se nos muestra agota incluso al lector más pintado, viniéndosenos a la cabeza aquel título de Carmen Rico Godoy, Cómo ser mujer y no morir en el intento.
En “Cuando Ángel se fue” reaparece lo luctuoso en lo que se me antoja un tributo a Cinco horas con Mario.
“Una visita intempestiva” supone la entrada de Castillo Escobar en los territorios del psico-thriller, campando lo lóbrego, que anticipábamos, a sus anchas y de qué manera… Uno quiere desear que Laura —la protagonista— no exista en la realidad, el lector, sobre todo masculino, entenderá por qué.
“Estrellas estrelladas”, último de los relatos, me gustó especialmente. En él se da cuenta del mutuo escrutinio que se hacen dos jóvenes esbeltas y una mujer madura mientras esperan para una entrevista en una agencia. Especialmente simpática me pareció la descripción que de sí misma hacía la última, comparándose con la madre Gea: “achatada por los polos y ensanchada por el ecuador”. No quiero anticipar mucho más sobre este último capítulo, solo diré que acaba bien, lo que vendría a suponer un guiño de esperanza por parte de nuestra autora, quien se maneja ora con sarcasmo, ora con velada ironía, consciente, suponemos, del absurdo que caracteriza a nuestra civilización.


http://www.azayartmagazine.com/


martes, 14 de octubre de 2014

Presentación del libro: El eje de la vida, de Ana Giner Clemente en la biblioteca de Collado Villalba (Madrid)

Viernes, 10 de octubre de 2014.- Reunidos en la biblioteca municipal "Miguel Hernández", en Collado Villalba, Madrid, tuve el placer de presentar el nuevo libro de la escritora valenciana Ana Giner Clemente. Se trata de la y última parte de la trilogía formada por: Yo amé a William Shakespeare - Sin irme de tu lado y El eje de la vida

Mi alocución a los presentes fue la que sigue:

"Después de cuatro meses nos volvemos a encontrar en esta biblioteca, no sé si coincidimos con las mismas personas que nos acompañaron entonces, o con nuevos oyentes, por ello, aunque la autora: Ana Giner, no quiere que hable de ella, ni de su biografía, sino de su obra, no está demás decirles a los que no la conocen, y recordarles a los que ya estuvieron aquí, que la autora nació en Algemesí, Valencia y que, desde aquella querida tierra levantina, cuna de grandes pintores, cantantes y escritores, llega de nuevo, con fuerza, a Madrid en compañía de su nueva novela, la que cierra el ciclo de esta trilogía que empezó con: Yo amé a William Shakespeare, siguió con: Sin irme de tu lado y finaliza con esta que presenta hoy: El eje de la vida.
Ana quiere que les hable de “El eje de la vida”, que me vuelque en esta última novela, pero no puedo hacerlo si antes no conocen las dos obras anteriores, porque, al tratarse de una trilogía, las tres son como los trillizos a los que un invisible cordón los mantiene unidos. A estas obras les sucede lo mismo, tienen un eje que les es común, un cordón, una columna que las vertebra y las une.
En esta tercera parte conocemos la historia de Eric, un personaje que, en la primera novela, parecía apenas un extra. Alguien que estaba ahí, que ayudaba, pero del que casi se podía prescindir. En “Sin irme de tu lado”, la segunda novela, Eric es el encargado de revelar y reconstruir la historia de Albert, el marido de Helen, protagonista absoluta de la primera novela. Y, en la tercera entrega, Eric cuenta su propia historia y, a su vez, va rellenando los posibles huecos que quedaron vacíos en las historias de los otros personajes. Es globalizar una etapa, verla bajo varios puntos de vista.
En “El eje de la vida”, no solo conocemos más a Eric, sino a Carla, la escritora-autora encargada de recopilar estas historias para formar con ellas un libro. Toma más protagonismo, se conoce más cómo es, de dónde viene, sus formas de pensar, de reaccionar frente a ciertos avatares que la vida le pone delante… Carla es, en realidad, ese hilo conductor, ese “eje” que articula las novelas.
Ana me pidió también que, en esta ocasión, se leyera algo de esta obra para que ustedes se hagan un poco a la idea de su estilo. Resulta difícil elegir el fragmento más idóneo sin pillarse los dedos, con ello quiero decir que, al estar las obras tan imbricadas entre sí, parece que, según lo que leas, puedes dar más detalles de los debidos y, al tirar de ese hilo, deshacer todo este encaje de bolillos que compone la trilogía. No seré yo quien tire de ese hilo de Ariadna, las historias, como dije en junio, deben leerlas ustedes, conocerlas y sacar sus propias conclusiones.
Ahora, a dos voces, la autora y yo pasamos a leer el capítulo cuatro que es, por decirlo de algún modo, el más “inocuo” de todos. Dice así:

IV


Después de cenar, Carla y Héctor salieron a dar un paseo por la playa.
—Cariño —dijo ella— ¿sabes qué estoy pensando? Que no hemos vivido ni una semana seguida juntos.
—Llevamos muchos años…
—Sí, pero desde que decidimos vivir juntos, no he­mos tenido a penas tiempo.
—Es cierto. Tú has tenido obligaciones aquí y yo en Madrid. Tenemos que tomar una seria decisión. Esto no puede continuar así. De hecho, tu piso está cerrado desde hace más de un año y en nuestra casa vivo yo solo. ¿Estás segura de que quieres vivir conmigo?
—Sí. ¿Y tú? Piensa que en Madrid estás solo, libre, sin dar explicaciones a nadie.
—Es lo que más deseo en esta vida, lo sabes —respondió Héctor, mirándola a los ojos.
—Pues entonces hay que poner una solución, y si es posible este mismo verano. Eric no va a moverse de aquí. Le he dicho que se venga a Madrid con nosotros y no quiere, pero solo aquí no lo podemos dejar.
—Lo sé, pero hay que encontrar una solución. No podemos vivir separados más tiempo. Y cogidos por la cintura volvieron a casa, reflexionando los dos, sobre cómo podrían solucionar el problema.
Cuando se levantó Héctor, Carla y Eric estaban charlando en la terraza.
—Buenos días —dijo Héctor, poniéndose un vaso de zumo.
—Serán casi buenas tardes, dormilón —respondió Eric, con una sonrisa.
—Tengo un buen motivo para haberme levantado tarde.
—¿Sí? ¿Cuál? Anoche te notaba inquieto… —dijo Carla.
—Tengo la solución. Voy a venir a vivir a Roses.
—¡¿Qué?! —dijeron los dos con cara de asombro.
—Carla, ¿te acuerdas de que siempre hemos dicho de ampliar la editorial de noveles de Madrid? Pues lo vamos a hacer aquí, en Roses. Dejaré a Eduardo que definitivamente lleve la editorial de Madrid y yo me vendré aquí a poner ésta en marcha. A fin de cuentas, hoy en día todo va por internet y da igual donde esté la editorial físicamente. ¿Qué os parece?
Carla y Eric no salían de su asombro, aunque al mismo tiempo, estaban encantados de que hubiera tomado esa decisión.
—Si lo has hecho por mí… —dijo Eric, tímidamente.
—Lo he hecho por los tres. Debemos vivir todos juntos. Helen así lo quería al dejarnos esta casa. Ya es hora de que cumplamos su voluntad. Y yo también quiero vivir con vosotros dos. No quiero seguir solo.
Ninguno de los tres intentó disimular la alegría que sentían. Al fin los tres juntos. Carla con aquella sonrisa que la caracterizaba de risueña, dijo:
—Esta alegría bien merece que sea celebrada. ¿No os parece a los dos?
—¿En qué estás pensando? —preguntó Héctor
—Vamos a dar una fiesta, vamos a invitar a nuestros amigos. Ya va siendo hora de darle a la casa un toque de alegría, y a nosotros también.
Durante los días posteriores, Carla se encargó de avisar a todos los amigos, y también a Lupe su secretaria particular, para que le ayudara en lo referente a la fiesta. Sería una celebración por partida doble. Una, para celebrar la sucursal de la editorial y la otra, para despedir el verano. Casi todos los amigos de la pareja aceptaron, a excepción de Rubén, el mejor amigo de ella, que no sabía si podría ir.
—Rubén, ¿cómo que no sabes si vas a poder venir?
—No, no lo sé, Carla. Pero te prometo que haré lo posible por estar.
—Me alegraría mucho que así fuera, al menos no me quedará el mal sabor de boca de que siempre te llamo para cosas malas. Cosa que es cierta, por eso ahora que es para celebrar algo bueno, desearía de corazón que estuvieras a mi lado.
—Lo intentaré…
—¿Tan importante es lo que tienes que hacer, que no lo sabes?
—Carla, no te lo puedo decir ahora. Lo intentaré y es en lo único a lo que me puedo comprometer.
—Vale. No insisto más. Te quiero, Rubén Un beso.
—Y yo. Ya te digo algo. Un beso.

A partir de aquí leo yo:

Carla quedó pensativa. ¿Qué puñetas era tan importante como para no asistir a la fiesta? Ella era consciente de que Rubén tenía su vida, pero le extrañó mucho aquella actitud. Fuera lo que fuera, ya se lo contaría, siempre terminaban contándoselo todo.
Los días sucesivos los dedicaron a preparar la fiesta. Héctor empezaría a mirar locales y contratar a gente en septiembre, pero era un momento propicio para dar la noticia en la reunión. Eric entendió perfectamente que Carla necesitaba un respiro, darse ese margen de tiempo para pasarlo bien después de tanta tristeza por la muerte de Helen. Así que hasta que no hubiera pasado la fiesta no charlarían más sobre su vida y decidió colaborar en todo cuanto necesitara Carla; ya no estaba para muchos trotes, pero lo haría porque se sentía bien y feliz, y ahora con la decisión de Héctor, más aún. Mientras Carla y Lupe compraban farolillos de papel adecuado para poner bombillas por todo el jardín, Ángela se encargó de las habitaciones para invitados, quedando todo listo para la llegada de sus amigos.
Carla, se iba de buena mañana a correr por la playa con Lucía, la dueña del chalé vecino, con la que había hecho buena amistad desde el primer momento que llegó a la casa. Lucía era mujer de cuarenta y siete años, muy simpática y amante de la jardinería, afición que compartía con Helen y que hacía que frecuentara la casa de esta. Lucía y su marido, habían llegado a ser buenos amigos y Carla quería asegurarse de que acudieran también a la fiesta. La verdad es que no podía expresar más felicidad en su rostro. Estaba pletórica, contenta del paso que iban a dar Héctor y ella. Los días pasaban y ninguno de los tres quiso dejar solo al otro, así que organizaban las comidas y las cenas para que los tres se sentaran a la mesa juntos. Eric era el que más expresaba lo animado y contento que estaba. Las conversaciones eran amenas y graciosas, que hacían tanto a Héctor cómo a Carla salirle las lágrimas de la risa, y animándose Héctor a contar algún que otro chiste. Carla no salía de su asombro al ver el cambio tan radical de actitud que habían experimentado los tres desde la noticia de Héctor de vivir con ellos, se le veía más predispuesto a todo; a Eric, con sus años, le veía más dicharachero, más jovial, si eso puede darse en un hombre de 89 años, pero aun así, le notaba con más ganas de hacer cosas que en las últimas semanas y meses; hasta ella misma se sentía cómo más unida a los dos y con ganas de dar el paso de formar un hogar. Tenía claro que Héctor era el hombre de su vida y más aún que quería envejecer a su lado.
La fiesta estaba programada para el 30 de agosto, pero como sabía que todos los amigos por esas fechas estaban de vacaciones, Carla les había dicho que fueran el día 29 y así pasarían todo el fin de semana juntos. Como casi todas sus fiestas finalizaban a altas horas de la madrugada, del 30 al 31 celebraría también el santo de su padre, San Ramón. Héctor le había comentado a Carla, que quería estar el día 1 ó 2 de septiembre en Madrid y así tener tiempo para preparar lo necesario y poder inaugurar la sucursal a mediados de noviembre. La visita a Escocia la pospondrían para después de dejar la sucursal funcionando, no importaba mucho si iban en verano o en invierno; aunque a Héctor le gustaba más ir en verano, ahora ya le daba igual pues iría con ella.


Tras la lectura, alguno de los presentes plantearon algunas preguntas. Al terminar, por mi parte, le pedí que respondiese a las siguientes cuestiones:

- Al tratarse de una trilogía, ¿cómo surge la historia? Es decir: ¿cuál de ellas nació primero?

- ¿Qué te llevó a elegir un entorno, aunque las obras transcurren en España, tan anglosajón para ambientar las novelas?

- ¿Cuáles son tus referentes literarios, tus escritores favoritos?

- Para acabar esta breve entrevista: ¿A la hora de escribir en qué te inspiras? ¿En el mundo real, en hechos pasados, en la imaginación?

Cierto es que respondió a todas ellas, pero no guardo sus respuestas. Lo lamento." 




Finalicé el acto con el siguiente poema de mi autoría dedicado a la autora:


Y SE VINO LA HUERTANA

A Ana Giner


Y se vino la huertana
de nuevo para Madrid
trayendo en su equipaje
aromas de toronjil,
la luz del Mediterráneo
de la Valencia del Cid.

Pisa fuerte la huertana,
que trae, como compaña,
una nueva historia que narra
-de personajes, que ni tienen vida,
ni son de verdad-,
temores, dolores, amores, audacias y valentías.

Trae la huertana en su equipaje
las aventuras de unos personajes
que crecen en las páginas
de su novela, mas no en edad.
De nuevo la magia de Ana
se explaya en una trilogía
que, sin darnos cuenta, llegó al final.


Juana Castillo Escobar
Lunes, 15-IX-2014 – 16,40 p.m. 




jueves, 25 de septiembre de 2014

Nuevas noticias de... "En femenino plural"


Hoy quiero compartir con todos vosotros la reseña de:


- la librería donde se presentará el libro

- los enlaces donde podéis encontrar el cartel

- una parte del texto -de mi autoría- y que 

aparece en la contraportada.

Un abrazo,
Juana Castillo








Cervantes y compañía 

Agenda

La escritora Juana Castillo Escobar nos presenta su nuevo libro de relatos “En femenino plural” (Niram Art Editorial) acompañada por el también escritor Diego Vadillo López el martes, 30 de septiembre, a las 19:30 horas.

En femenino plural - Juana Castillo

El libro es una colección de relatos en el que sus protagonistas son mujeres «en la mayor parte de los casos enfrentadas a su “eterno rival”: lo masculino, que no debiera ser exclusivo ni excluyente, sino todo lo contrario, debiera ser colectivo además de atractivo y atrayente, no solo en lo físico, sino también en el ámbito del intelecto donde podemos competir sin avergonzarnos ni acomplejarnos ninguno. Nadie es más que nadie, femenino y masculino valemos mucho por separado, aunque de esta forma caminaríamos faltos de una buena parte, esa que nos complementa y nos da la réplica en este teatro de la vida: el sexo contrario», como indica la propia autora.

Y todo ello, enarbolando la bandera de la libertad de género a través de mujeres muy distintas y plurales.

Juana Castillo Escobar (Madrid, 1954) es escritora, poeta, periodista cultural y pintora; autora de novelas, relatos, cuentos infantiles y poesía.






viernes, 19 de septiembre de 2014

Presentación de mi nuevo libro de relatos: "En femenino plural (Relatos de mujeres... para todos los públicos)"




Tengo el placer de invitaros a la presentación de mi nuevo libro, en este caso de relatos, que espero os gusten a todos.

Título: "En femenino plural (Relatos de mujeres... para todos los públicos)"
  
Lugar: Librería Cervantes & Compañía

Día: martes 30

Hora: a las 19.30 horas


Calle: Manuela Malasaña 23, Madrid

Autobuses: 21 - 40 – 147 – 149

Metro: Bilbao o San Bernardo

Hablará sobre el libro: Diego Vadillo López, escritor y analista de arte. 

La imagen de la portada es obra de la pintora gallega, y gran amiga, Mª Xesús Díaz.







Me encantará encontraros allí, charlar de la obra, compartir ese momento tan inolvidable y, al acabar, darnos un fuerte abrazo.

Gracias anticipadas por asistir.  

Madrid, 17 de setiembre de 2014

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Encuentro poético en el Centro Cultural Extremeño de Móstoles. Recita Vanesa Fraile y el Grupo Jara

Madrid, 17 de setiembre de 2014 – El pasado sábado, día 13, acudí invitada por Vanesa Fraile al recital poético que tuvo lugar en el Centro Cultural Extremeño de Móstoles.
El recital giró en torno a la poesía del gran Rafael de León, se llevó a cabo en el entorno de las fiestas del pueblo madrileño.
Vanesa, junto al Grupo Jara –todo él compuesto por mujeres-, pusieron voz a los poemas del gran vate andaluz. Autor de la generación del 27 –casi desconocido como tal-, fue más conocido como letrista de canciones que como poeta de esta generación. A todo el mundo le suena familiar el trío: Quintero, León y Quiroga, autores tan prolíficos que llegaron a registrar más de cinco mil canciones.
El Grupo Jara declamó sobre el escenario, durante unas dos horas, los poemas de Rafael de León, acompañadas a veces por una guitarra y un laúd.
Las palabras se hacían canto; en otras ocasiones, los poemas, a dos voces, eran recitados por una de las integrantes del grupo, mientras que era cantado por otra… y la guitarra daba los compases a unos “Ojos verdes” que recordaron a doña Concha Piquer; o un “Tatuaje”, tan desgarrado, que hacía llorar, al igual que el “Romance de valentía”… Coplas que están en la memoria colectiva, que pertenecen al ayer, pero que, por unos minutos, regresaron al aquí y ahora.
Vanesa recitó, de memoria, “La profecía”. Un largo poema a dos voces, la suya, junto a una de sus compañeras que cantaba algunas estrofas. Y, con las dos, la guitarra.
La sala, a pesar de que retransmitían esa tarde por TV un partido de fútbol, estaba llena hasta los topes. En el ambiente se notó que los poemas se hacían carne, que se metamorfoseaban en algo que casi se podía tocar y, como dirían en el ámbito taurino, el respetable acabó lanzando “olés” y “bravos” hasta quedar roncos porque, lo que no he comentado hasta ahora, es que las recitadoras, declamadoras, rapsodas, vates..., da igual cuál sea el apelativo que les demos, eran geniales. No recitaban, daban vida a los poemas; los hacían brotar no de la garganta, sino de las mismas entrañas; los regalaban al público, corazones ardientes a los que era imposible resistirse. Era, en fin, la belleza de las palabras dichas en voz alta.
¿Quién pone en duda de que el síndrome de Stendhal exista? Yo no, por supuesto, porque ese sábado lloré por la belleza que percibí a través de mis oídos.
Isabel, la profesora, con su voz rota, rompía el aire cada vez que declamaba. Se excusó, cuando hablé con ella, de que “se trata de un grupo de aficionadas, no de profesionales”. ¡Menudas aficionadas! ¡Son grandes! Para acabar: son grandes, sobre todo, por el amor que ponen en lo que hacen, por las horas que dedican a ensayar y, porque con sus voces, hacen más bello este mundo tan inhóspito y pleno de negrura.
Un apunte, porque no quiero olvidarme de ellos. Quienes tocaban la guitarra y el laúd eran dos hombres, este último intervino algo menos, pero se merecen un chapeau para los dos (aunque, para el guitarrista que sea doble, porque doble fue su trabajo y, además, también cantó).


Vanesa Fraile, detrás del atril

Juana Castillo Escobar 
Madrid, 17 de setiembre de 2014 


El recital me inspiró este poema que, ni de lejos, se parece a los del maestro León, pero está escrito con todo el cariño de una amante de las bellas artes, aprendiz de poeta... (Pensé en publicar primero el poema, que fue el que escribí en un principio, y luego el artículo. Al final me he decidido por ponerlos juntos).  


SÁBADO POR LA TARDE

A Vanesa Fraile y el Grupo Jara


Sábado por la tarde,
sábado de poesía,
recita Vanesa Fraile
en muy buena compañía.

Recitan bellos poemas
de Rafael de León,
dichos con gracia extremeña,
con fuerza, garra y pasión.

Sábado de poesía,
sábado en compañía
de buena música:
guitarra, laúd y… canción.

Recitó Vanesa Fraile
junto con sus compañeras,
surcaron sus voces el aire,
volaron rompiendo barreras.

Entre olés y aplausos
-como en una tarde de ferias-
acabó un recital
que, entre poemas y cantos,
tanto me hicieron recordar.


Juana Castillo Escobar
Domingo, 14-IX-2014 – 13,05 p.m.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

CONTEMPORARY HORIZONS: JUANA CASTILLO (SPAIN) 28-05-2014

Orizont Literar Contemporan  Nº 2 (40) - Marzo - Abril 2014


CANCIÓN DE DESPEDIDA

Juana Castillo Escobar

                                     A Gabriel García Márquez


Las letras quedaron suspendidas,
olvidadas en un ángulo oscuro de la sala,
donde lloran al hacedor de historias,
que ya no podrá jugar con ellas,
tampoco pronunciarlas.

Vivió cien años de soledad entre fantasmas,
amó en los tiempos del cólera,
cuando los frutos del amor amargan.
Consideró que, si al morir te aman,
el morir poco importaba.

Te fuiste, Gabo, en abril
-en mi país, muy de mañana-,
con la luz primera de un viernes
que era santo por ser Pascua.
¡Nos quedamos huérfanos de ti,
mas no de tus palabras!



CÂNTEC DE DESPĂRŢIRE

                                 Lui Gabriel García Márquez

Literele au rămas suspendate,
uitate într-un ungher obscur al sălii,
unde îl plâng pe făcătorul de istorii,
care nu va mai putea să se joace cu ele,
şi nici să le rostească.

A trăit o sută de ani de singurătate printre fantasme,
a iubit în timpuri de holeră,
când fructele iubirii se fac amare.
A considerat că, dacă murind te vor iubi,
moartea era prea puţin importantă.

Te-ai dus, Gabo, în aprilie,
- în ţara mea dimineaţa foarte devreme -,
cu prima lumină a unei zile de vineri,
care era sfântă spre a fi Paşte.
Rămânem orfani de tine,
dar nu de cuvintele tale!




Con motivo del fallecimiento de Gabriel García Márquez, escribí este poema -publicado en este blog el 18-IV-2014-. Lo envié a mi estimado amigo, Daniel Dragomirescu, por si tenía a bien publicarlo en su revista HLC. Y lo hizo...
Lo tradujo y publicó en el nº 4 correspondiente a los meses de marzo-abril del presente año. El enlace es: 





miércoles, 13 de agosto de 2014

Ana María Matute: In Memoriam




El pasado día 25 de junio de 2014, en la ciudad de Barcelona, donde nació hace 88 años, falleció la gran escritora Ana María Matute (una de mis autoras favoritas).
Quise poner, nada más ocurrir tan triste suceso, unas palabras para honrar su memoria, pero no fui capaz; lo pospuse para otro momento, para cuando me encontrara con ánimo... Pero los días se sucedieron, como en una avalancha, y trajeron un poco de todo: cosas buenas, malas y regulares. 
De hecho, como podéis leer, me anticipé a esta noticia y le di paso a otra Ana, otra escritora, esta de Valencia y compartí la feliz llegada de su  nueva publicación; lo hice antes de compartir este recordatorio y de escribir nada nuevo sobre mi (y eso que, en estos últimos dos meses, ha habido -como os cuento- de todo).
Ahora quiero dejar constancia de la despedida a esta gran dama de las letras, esta gran mujer que llegó a ser Académica de la Lengua a pesar de que, en este país, ser académica es toparse, como don Quijote, contra muros inamovibles ya que la Academia es, prácticamente, un coto privado para los autores masculinos.
Os dejo la portada de alguna de sus obras, son dignas de ser leídas y comentadas.




En este enlace podéis escuchar el relato "Bernardino", leído por mí.