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viernes, 8 de marzo de 2019

Un relato por el "Día de la mujer trabajadora"

La silla - Vincent van Gogh
¡ESTA SILLA ES MÍA!

(UN DíA NORMAL EN LA VIDA DE UNA MUJER)


Avanza por la calle dando tumbos. Ha salido temprano de casa. La mañana la tiene completa y debe aprovecharla al máximo. Últimamente se ha vuelto muy despistada por lo que, para que no la tachen de negligente, lleva una larga lista dentro del bolso; en ella ha anotado los quehaceres de la jornada: visita al banco, al ginecólogo, recoger del tinte dos trajes, comprar folios y papel de dibujo, del mercado subir...
Lo primero es ir al banco. Allí abonará unas cuentas pendientes y, de paso, sacará algo de efectivo. Es principio de mes y la oficina está abarrotada. Largas filas de clientes aguardan ante las ventanillas de la sucursal. Nerviosa mira el reloj de pared. Están a punto de dar las nueve quince. La gente parece no querer despegarse del mostrador. Si la cosa continúa así, al final, no podrá llevar a cabo todo lo que se había propuesto.
A las diez está en la calle. Respira con relativo alivio, aún le quedan muchas otras cosas por hacer.
Ahora debe trasladarse hasta el centro. Una vez allí, pasará por el bufete en el que trabaja el mayor de sus hijos. Otro despistado. Más aún que ella. Ha olvidado en casa un portafolios "con una serie de documentos que le son muy necesarios" y, claro, ha telefoneado para que se los lleve "a la mayor brevedad posible". Esto es algo que no estaba previsto y le va a hacer desviarse de su ruta. Lo mejor es ir en metro.
"Si hubiera salido antes de casa, no habría podido coger su llamada y, así, no estaría ahora de recadera". Se recrimina y autocompadece. "Soy demasiado blanda".
Por esto se ve así: pateando la ciudad de un extremo al otro. Una vez entregados los papeles a la secretaria (él no podía salir a recogerlos pues estaba reunido), ha retomado su marcha.
De nuevo mira el reloj. Siempre odió el tener que estar atada a ese aparatito. "¡Cuándo me jubile lo tiro!", dijo en más de una ocasión. ¡Qué tontería! Hace un año escaso le concedieron la excedencia y, desde entonces, está más y más atareada. Soñaba con poder dedicarse un poquito a sí misma pero, se quedó en éso: en un sueño... No da tiempo ni a pensar.
Otra vez en el suburbano donde recorre pasillos, sube y baja escaleras, hace transbordos... ¡De nuevo en la calle! No le gusta nada viajar en metro, pero reconoce que, a veces, es lo más rápido.
Se fija en la esfera: las once y cuarto. Calcula mentalmente. Aún le queda un instante, antes de entrar en la consulta, para poder degustar un aromático café, calentito, que le haga revivir un poco. Ante la taza de porcelana amarillenta cavila: "Si tan sólo sueño con tener un momento de descanso, un instante en el que poder aislarme como en estos segundos. O, aunque esté rodeada por la familia, necesito pasar desapercibida." ¿Que la olviden un poquitín, es pedir demasiado? Que no dependan tanto de ella.
Un periódico abandonado sobre la barra atrae su mirada, en tinta roja está resuelta una frase, atribuida a Escipión, que propone el damero: "Jamás me encuentro tan ocupado como cuando no tengo nada que hacer". Esboza una sonrisa a la par que asiente con la cabeza. Ahora ella no trabaja, no lo hace fuera de casa, por lo tanto para muchos "no tiene nada que hacer". Éso mismo creía ella cuando estaba en activo... Da el último sorbo del humeante café. El reloj le dice que debe ponerse de nuevo en marcha.
Ahora toca visita al ginecólogo. No hay otra cosa que más odie, pero es necesaria. Ahí pierde el resto de la mañana rodeada de embarazadas que piden salir al water a gritos, y de mujeres de mediana edad, como ella, que aguardan el examen anual que, por raro que parezca, aunque dé negativo en todo no se quedan muy conformes con el resultado.
Incómoda, está de nuevo en la calle. Ahora hay que regresar el barrio, una vez en él queda la visita al mercado, a casa corriendo, preparar la comida... ¡Siempre corriendo! Los pies le echan chispas, la cabeza le da vueltas, pero está prohibido pararse.
Ahora, éso sí, regresará en taxi, ya está bien de tanto y tanto caminar. Por unos momentos se relaja, pero le dura poco el descanso. El taxista ha metido una velocidad al coche que ha llegado a su destino en un santiamén. La tintorería ha cerrado y la papelería le queda alejada. ¡Ya tiene algo que hacer mañana, amén de lo nuevo que pueda ir saliendo a lo largo de la tarde! Una vez en la plaza siente como si aquello fuera la traca final. Otra carrera de obstáculos: pescadería, fruta, panadería, carne... y, para casa.
Llega asfixiada. Los cinco pisos que le separan de la calle se hacen cada vez más penosos de subir, máxime cuando, en lugar de una mujer, más parece un árbol de Navidad adornado con pesadas bolsas de colores. Mete la llave en la cerradura. Un pensamiento se le repite machaconamente, como en una letanía: "En cuanto traspase la puerta tiro las bolsas en la cocina, me quito los zapatos por el pasillo y me dejaré caer en mi mecedora, junto al balcón. ¡Ah, mi mecedora, cómo te echo de menos!"
Entra. Suelta los paquetes en el suelo como si quemasen, atraviesa el pasillo con rapidez, los zapatos en la mano, con la que le queda libre se desabotona la chaqueta. Hace todo lo posible por quedarse cómoda... Cuando está frente a la puerta de su dormitorio se le escapa un grito, ronco, que más que de la garganta parece llegarle del fondo del alma:
- ¿No tenías que estar en el Instituto? ¡No, por favor, levántate de ahí! ¡Telefonea desde tu cuarto!
Y, casi mordiendo, atruena:
- ¡ESTA SILLA ES MÍA!


Juana Castillo Escobar
Publicado en mi libro"MÁGICO CARNAVAL y otros relatos"





jueves, 8 de marzo de 2018

Un relato por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Óleo pintado por mí (Juana Castillo) hacia 1995-96
Lo llamo "La segadora"
Es copia de una lámina de la cual desconozco el autor y el título

DÍA DE LA MUJER… TRABAJADORA
Juana Castillo Escobar ®



Este relato se lo dedico a todas las mujeres que, como yo, son TRABAJADORAS ANÓNIMAS; a todas aquéllas que no tienen un sueldo; a todas las que jamás se jubilarán y que son menospreciadas incluso por otras mujeres que sí salen a trabajar fuera, y que nos llaman, con desprecio, “marujas”. Gracias a muchas de estas “marujas”, ellas han podido llegar a donde ahora están. Yo, que he vivido las dos etapas: trabajadora y ama de casa a la vez; ahora ama de casa y escritora casi anónima, conozco las dos caras de la moneda y sé bien de qué hablo (aunque no mi caso).


Recuperé la consciencia con un terrible dolor de cabeza, también con unas náuseas que era incapaz de dominar, más bien ellas me dominaban a mí.
Miré a mi alrededor mientras trataba de incorporarme, porque, sin saber cómo ni desde cuándo me encontraba así, me desperté tumbada en el suelo en medio de un charco de agua y, ¡oh, Dios, creo que también orina y algo más! Me sujeté en los muebles, los reconocí: eran los de mi cocina, los que estaba limpiando cuando…, cuando… ¿Qué me pasó? Con mi mano derecha me di un par de golpecitos en la sien en el intento de poner en orden mis ideas, pero no podía recordar nada. Con ambas manos me así con fuerza a uno de los cajones del mueble que está debajo de la encimera, conseguí erguirme. Me arrastré un poco y logré sentarme. Con la espalda apoyada contra el frigorífico miré de nuevo a mi alrededor: recordaba aquel cuarto rectangular, el espacio no era amplio pero sí bien aprovechado, de losetas claras y muebles blancos, de paños de cocina de felpa de algodón con flores y pájaros, los que me compró mi madre a los diecisiete años, los que iban a formar parte de mi ajuar…
- Puagh, qué tufo –dije en voz alta y me tapé la nariz con dos dedos de la mano izquierda.
Intenté echarme hacia delante, pero el mareo continuaba.
- Tengo que levantarme del suelo –exclamé dándome ánimos-, tengo que recoger toda esta porquería. Darme una ducha y tratar de saber qué me pasa.
Pero no conseguí incorporarme. Cerré los ojos por unos momentos. Estaba cansada, muy cansada…
“Bailar pegados es bailar… Corazón con corazón, en un solo rincón…, dos bailarines”…
- Jopé, me estoy volviendo medio loca, o loca del todo –murmuré-. Esa es una canción del Sergio Dalma ese; ¿qué tiene que ver con lo que me ha pasado? ¡Mecachis! Y la escalera…, ¿qué hace tirada por el suelo?
La cabeza empezó a darme vueltas, entonces vomité, eché todo, lo poco o mucho que mi cuerpo tomó en las últimas horas.
- Ahora sí que tengo que salir de aquí, aunque sea a rastras. No, a rastras no, ¡menudo caos! Llenaría toda la casa de orines, vómito y excrementos y luego ¿quién los limpia? ¿Quién? ¡Yo, por supuesto!
Como pude me puse en pie. Me quité los pantalones; las zapatillas, que estaban para tirarlas directamente al cubo de la basura; la sudadera del chándal… Me quedé en ropa interior. De puntillas caminé tambaleándome como un bebé que empieza a dar sus primeros pasos hasta la puerta de la cocina. Aferrada con ambas manos en el quicio, asomé la cabeza por el hueco. Ante mí se abría el pasillo, largo y oscuro. Sentí una especie de chasquido en el interior de mi cabeza, era como una vocecilla que me decía: “Ve hacia adelante. La primera puerta a la izquierda es el aseo”. Hice caso y, sujetándome a las paredes, con cuidado de no mancharlas, llegué hasta el cuarto de baño. Abrí la mampara de la ducha, el grifo del agua caliente y, sin quitarme ni el sujetador ni las bragas, me metí bajo el chorro del agua. Dejé que ésta corriera por mi piel, por mi pelo, al cabo de unos minutos me desnudé, puse una buena cantidad de gel en el guante de crin y me restregué bien por todo el cuerpo, no quería que sobre él quedase ni el más mínimo rastro de aquel olor nauseabundo que tanto asco me daba… El olor… Era…, amoníaco, sí amoníaco.
Entonces empecé a recordar: estaba limpiando la cocina, la parte alta de los muebles con lejía y amoníaco para desincrustar la grasa cuando algo me enervó… Algo me enervó… Aún no estaban mis ideas del todo en su sitio.
Me aclaré el cuerpo y, con la misma energía, puse un poco de champú en el hueco de mi mano y lo pasé por mi cabeza. Noté el pelo duro, tieso.
- ¿Será que ayer estuve en la pelu? Cortar, teñir y…, ¿qué más? ¿La permanente? Puede ser… No, hace mucho que no piso la pelu, es una pérdida de tiempo y dinero; no están las cosas como para andar tirando los euros. ¡Ni que sobraran…! ¡Ah, ya caigo! Fue la niña quien me cortó y peinó estas cuatro cerdas que no se dejan domar. Sí, yo le dije: “no me pongas tanta laca que luego parece que llevo la cabeza almidonada”, pero ella, nada, como si le hubiera dicho todo lo contrario. El caso es que necesita hacer prácticas con alguien, ¿con quién mejor que conmigo? Me tiene cerca, siempre a su disposición y, además, le doy una propina para sus caprichitos… Creo que voy recuperando la consciencia, pero el dolor de cabeza no se va. En cuanto salga de la ducha: a limpiar la cocina. Y, en cuanto la limpie, me daré otro agua porque, ¡menudo tufo! ¡Ay, Dios, ay Dios, algo se está quemando! Creo que es el pollo que puse en el horno… No, si ahora me mataré por andar descalza y mojada… Bueno, no ha sido tan grande el estropicio: comeremos un pollo algo carbonizado, así no hay miedo que nos entre la gripe aviar de la que tanto hablan. Me pregunto, ¿desde cuándo se constipan las aves? Siempre he tenido pájaros en casa y jamás han estornudado; y, cuando de niña iba al pueblo de los abuelos, las gallinas campaban por sus respetos y no les pasaba nada… Ya que estoy aquí, limpiaré todo esto, que luego enseguida se me quejan de que no hago nada. ¡Ya sé por qué me he caído! Al oír al locutor… ¡Qué rabia me ha dado! Tanta que, por querer apagar el transistor, he perdido pie y me he ido al suelo; casi me parto la crisma. ¡Claro todo ha sido por escuchar, de forma machacona, que hoy se celebra el día de la mujer trabajadora! ¡De la mujer tra-ba-ja-do-ra! Sólo de las trabajadoras, vamos, de las que cobran un sueldo; en ese mismo saco han metido a empresarias emergentes, a asistentas, a conductoras de autobuses y camiones, a las típicas secretarias e, incluso, a las meretrices y, que conste, que yo no tengo nada en contra de estas señoras, pero que las incluyan como trabajadoras… En realidad sí, lo son: hacen un servicio a la sociedad y cobran un sueldo por él. Pero ¿quién se acuerda de las amas de casa? Como no cobramos, no cotizamos, por lo tanto: nosotras NO TRABAJAMOS. ¡Dios, por esto es por lo que me he dado tamaña costalada! Porque nosotras no existimos. Pero trabajamos, la mayoría nos levantamos con las primeras luces y acabamos nuestra jornada bien entrada la noche. No tenemos horarios. No tenemos edad de jubilación: podemos llegar a los noventa y seguir al frente de este barco que es la casa… Y, cuando te quejas: "hoy estoy molida" enseguida escuchas un incrédulo: "¿por qué?", como si al quedarte en casa todo fuera coser y cantar. Entonces, si te dejan, te explicas: "Porque he puesto cinco lavadoras". "Bueno, pero lava ella sola". "Claro, tendría que responder yo, pero ¿quién es la guapa que se agacha para llenarla? ¿Quién está delante de ella, de rodillas, seleccionando la ropa para que no se destiñan las prendas? ¿Quién tiende la ropa? ¿Quién hace "brazos" tirando de las cuerdas para tender, y luego para destender? ¿Quién dobla la ropa? ¿Quién la guarda, la plancha, la cose en caso de que exista algún desperfecto? Además, no sólo ha sido la lavadora: he pasado el aspirador…" "Volvemos a lo mismo, aspira sólo". "Claro, también sale solo del armario, se pone solo en marcha y camina solo por la casa; y pasar la fregona por el baño, pues igual; y limpiar el aseo, lo hace el superhombre que anuncia el limpiador; y preparar la comida, tres cuartos de lo mismo; y limpiar el polvo, a estilo Embrujada: muevo la nariz y el paño pasa sólo por entre los libros y las superficies de madera; y bajar a la compra y romperme la cabeza para saber qué pongo que pueda gustar a todos; y hacer cuatro camas; y tener la comida preparada y caliente según vais llegando todos…" No, las amas de casa no trabajamos. No trabajamos fuera, pero dentro no paramos. A esto añadiré que, sin ser licenciadas ni doctoras en nada en particular (aunque alguna puede ser que sí lo sea), podemos presumir de ser unas linces en Economía pues nos las vemos y deseamos para llegar a fin de mes sin deber un euro a nadie; solemos ser buenas doctoras: nada más ver la cara de tu marido o de tus hijos, sabes que algún mal les ronda: con ponerles la mano en la frente sabemos si tienen fiebre, entonces, de inmediato, preparas un vaso con leche caliente, miel y una aspirina; o si les notas la tripa dura, algo de estómago: dieta blanda, arroz blanco, pescadito hervido…; también solemos ser buenas enfermeras: les dan de baja y no nos separamos de la cabecera de su cama; no tendremos una licenciatura en Psicología, pero sabemos cuándo les ocurre algo que necesita ser contado, y escuchamos sin límite; también solemos tener conocimientos de fisioterapia: anda, mamá, dame un masaje en el cuello, lo tengo dormido… Y así con todo. Lo malo es que nos volcamos con los demás y, lo que es peor: en la mayoría de los casos no tenemos, a la recíproca, el apoyo que, en muchísimas ocasiones, estamos pidiendo a gritos pero que nadie es capaz de ver ni dar. ¿Nos acatarramos?, con cuarenta de fiebre estamos al pie del cañón, no tenemos derecho a estar de baja. ¿Nos duelen los riñones?, seguimos en la brecha y, cuando conseguimos sentarnos, la manta eléctrica es quien nos apaña un poco. ¿Nos duele el alma?, como no lo hablemos con alguna amiga, en casa jamás hay tiempo para atender las bobadas de una pre-menopáusica porque hay fútbol, estoy conectado en el Chat hablando con una amiga, o tengo prisa porque he quedado…
- Hola, ¡qué atrasada andas hoy!
- Sí, la mañana no se me ha dado muy bien. Tengo la cabeza y los riñones…
- Yo estoy matao. ¿Qué hay de papeo?
- Pollo asado, verduras al vapor y flan.
- Este pollo se te ha chumascao un poco… Gordi, últimamente estás muy torpe.
- Los años… Y, ¿qué tal el trabajo?
- ¡Uf, ni te cuento! Si vieras las movidas que hemos tenío en la fábrica. No puedes hacerte una idea. ¡Menos mal que tú no tienes que salir de casa a ganarte los garbanzos!
- Ya. ¿Qué ha ocurrido?
- El jefe, que anda haciendo limpia. Debe de querer quedarse con el mínimo de trabajadores. Todos estamos muy cabreados… Lo único así más llamativo ha sío que Vicente nos ha pedío a todos un euro…
- ¿Para qué?
- Para comprar rosas…
- ¿No serán para el jefe?
- No. Como hoy se celebra el día de la mujer trabajadora, Chente ha querío homenajearlas. Ha sío bonito, al menos ha roto la tensión del día. Todas se han puesto muy contentas…
- Ya. Y, ¿Vicente se acordará de llevar una rosa a su mujer?
- Ni idea. Bueno, ya sabes, Mónica es como tú: sólo un ama de casa.
Madrid, 12 de Marzo de 2006



______________________
Nota.- Este relato está registrado en una antología que lleva por título: "El giraldillo (Veintiún relatos y un poema)". Núm. Expediente: 12/RTPI-004170/2006 - Núm. Solicitud: M-004098/2006 - Ref. documento: 12/029101.3/06 - Fecha: 24 de Mayo de 2006 - Hora: 12,22.

Está publicado en el libro "MÁGICO CARNAVAL y otros relatos" - Pág. 129 - Ediciones Cardeñoso - Año: julio 2016. 
Lo publiqué en este blog el 9/3/2010 y lo comparto, siete años después porque es un tema de actualidad.
Desde el 14-03-2017 – también está publicado en el blog de ASOLAPO-Argentina. Ver en el siguiente link:
























miércoles, 10 de febrero de 2016

Miedo a volar - Relato - Autora: Juana Castillo Escobar













































































Esta es la foto que le hice al folio en el que aparece el relato, Miedo a volar, y que, iba a ser leído el pasado jueves día 4 de los corrientes por la tarde-noche en Radio Silenci.

Intentaron leerlo en los 4 últimos minutos del programa. Pensé que, por falta de tiempo, se disculparían por no poder leerlo y que lo iban a dejar para esta semana, aun así lo leyeron... y, claro, no llegaron hasta el final de la historia. :-(

Según me comunicó la persona que lleva todo lo referente al concurso, volverán a leerlo mañana jueves, día 11 y, además, el relato viene con una sorpresa... Así me lo hizo saber en mi muro de Facebook: "Ayer nos quedamos sin tiempo para acabar el relato. La semana que viene lo leeremos con una sorpresa añadida...".

 ¿Qué será, será? Chi lo sà!!! :-)

He sacado una foto al folio en el que está impreso el relato..., os dejo las dos carillas del mismo para que lo echéis un vistazo (creo que se ve bien).

Otra cosa, grabé el pasado sábado, en casa, el relato y lo subí a Ivoox. Si alguien desea escucharlo con antelación, o saber cuál era el desenlace (para el que faltaron apenas seis renglones), no tiene por qué esperar a mañana: lo podéis encontrar en el enlace que añado más abajo.

Un abrazo a todos, gracias por seguirme y por escucharme.

Madrid, 10-II-2016

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Un relato para Fin de Año - Feliz Año Nuevo 2015

LAS BUENAS INTENCIONES


Juana Castillo Escobar

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuán rápido vuelan los años! De nuevo llega otra Navidad y otra Nochevieja. Recuerdo las Nocheviejas en casa de mis padres: todo eran risas, jarana y buenos deseos. Mi madre acostumbraba, desde tiempo inmemorial (pues se lo veía hacer a su abuela), a darnos una hojitas de papel en blanco, en ellas anotábamos todos y cada uno de nosotros nuestras "buenas intenciones" para el año que pronto iba a comenzar. Después, doblábamos el papel y poníamos nuestro nombre bien visible. Cuando la última campanada de la media noche había sonado, tras descorchar las botellas de sidra y haber acabado de tragarnos los restos de uvas, darnos los tradicionales besos y abrazos, mamá sacaba la bombonera de las buenas intenciones. Volcaba sobre la mesa los papelitos del año anterior y, con gesto solemne, íbamos depositando en el vacío recipiente las propuestas para el nuevo año. Después nos repartía las hojas atrasadas, las leíamos y comprobábamos si todo lo que nos propusimos el año anterior lo habíamos llevado a cabo. Para finalizar, lo quemaba en un cenicero de cristal.
También recuerdo cómo un año, ya en mi adolescencia, no devolví la hoja y la guardé en mi diario. ¿Por qué quemarla? En ella, con letra pequeña, redonda, aún infantil había escrito: "Este año debo esforzarme más en todo: en estudiar, arreglar mi habitación, no gritar al hablar, no tener tan alto el volumen de la cadena musical..."
¡Qué chorradas! ¡Se nota que era pequeña! De todo lo que me propuse, aunque parezca mentira, creo que tan sólo cumplí con lo de estudiar. La habitación estuvo arreglada uno o dos días (tenía que hacer sitio para lo que llegara por Reyes), después volvió a ser la leonera que tanto disgustaba a mi madre. Creo que continué hablando a gritos con mis hermanos, eso no lo recuerdo bien; lo que sí recuerdo es que los discos que les cogía a mis hermanos de "Los Bravos", "Fórmula V" o "Los Pekenikes" continuaban atronando desde los altavoces.
Hoy en día, ya casada, continúo con la ancestral costumbre de mamá: guardar las buenas intenciones, de un año para otro, en una bombonera de cristal y quemar, con fuego purificador, las pasadas.

Y, de nuevo, Nochevieja. Todo el día metida en la cocina, guisando y buscando platos nuevos para dar gusto a todos los comensales. Trajinamos en ella, mi marido y yo, casi sin parar. El tiempo vuela, la familia está a punto de llegar y el niño pronto a levantarse de su larga siesta. Hoy es su primera Nochevieja en familia. Nos arreglamos, después al niño y, antes de que el bullicio no nos deje hacerlo, anotamos nuestras intenciones para el año próximo y las dejamos, provisionalmente, en un cajón.

"Yo quisiera -escribo- que todo salga bien. Que los deseos de paz, amor y felicidad que tanto manejamos en estas fechas se cumplan. Pienso que debo ser más paciente con mi familia política. También me gustaría que mi cuñada no fuera tan plasta, ni mi suegra tan exigente..." Pensándolo bien, la verdad es que han variado poco con respecto a las del año pasado.

La familia ha llegado. Todos traen cara de júbilo.
- ¡A cenar, que es gratis! -dice uno de los invitados. El resto ríe la broma.
Ya sentados en torno a la mesa, da comienzo la ceremonia de la cena: sirvo caldo gallego para los más frioleros, salpicón de marisco para los más atrevidos, bacalao con tomate para los amantes del pescado... Una serie de platos distintos para que puedan elegir. Se oye la voz de mi suegra, como siempre agria, entre el bullicio general:
- Este caldo está frío.
- No se preocupe, abuela, ahora mismo se lo caliento -y corro solícita hasta la cocina.
Cuando regreso es mi cuñada la que habla:
- ¿Son congelados estos langostinos? -Nadie responde, ella continúa-: Es que, por el tamaño que tienen..., os han debido costar caros.
Mi marido la mira y mira a su hermano quien, por debajo de la mesa, da un empellón con la rodilla a su mujer para que se calle.
El ambiente se está caldeando. ¿Es que siempre va a ocurrir lo mismo? Al cabo parece que todo se calma y cenamos en paz (por el momento). Quedan pocos minutos para que den las doce de la noche, la familia ríe: unos cuentan las uvas, no vaya a ser que les haya caído alguna de más; otros las pelan; otros cambian impresiones... En esto se escucha nítidamente:
- Mamá, caca.
Todos callan y miran hacia la esquina de la mesa. Mi hijo repite:
- Mami, caquita. El culete tene caquita.
- Por favor, cariño, ¿no puedes esperar sólo un poquitín?
Pero el olor me dice que no puede esperar, y él también. Insiste. Tira de mis mangas, de la falda. Me estoy levantando cuando mi cuñada ataca de nuevo, con voz avinagrada exclama a los cuatro vientos para que se le oiga bien:
- ¡Qué niños! ¡Pero qué mal educados que están!
La miro, me callo y, con el niño casi en volandas, salgo del comedor. Voy echando chispas y deseando que todo acabe y se marchen a sus casas porque, creo, no voy a poder aguantarme ni un sólo minuto más.
Cambio al niño de pañal y regresamos al salón. Mi hijo está excitado porque es el primer año, de sus dos de vida, que se queda levantado hasta tan tarde, ríe y da palmas. Cuando todos estamos comiendo las uvas nos mira embobado; supongo pensará que todos estamos chiflados porque a uno se le atraviesa un hollejo y hace unas muecas horribles; otro trata de no ahogarse; otros, como yo, estamos al borde del ataque de risa y nervios y, a otros, les rezuma el caldo por las comisuras de los labios.
Ha sonado la última campanada. Se descorchan las botellas de cava. Todo son risas, besos, entrechocar de copas y, según parece, felicidad. Mi cuñada coge en volandas al niño y lo estruja, a él no le gusta y con su sonajero de colores le arrea un golpe en la cabeza. Casi me lo tira al suelo al soltarlo, de tan mala leche lo hace que se tambalea y la que se cae es ella.
¡Para qué contar ni decir lo que salió por su boca!
Yo quería aguantarme la risa, lo conseguí parapetándome tras el niño. Los demás reían abiertamente. Mi suegra, sentada en el sillón, la mira y con voz temblona dice:
- ¡Pobrecita, con lo mayor que es y qué forma más idiota de caerse!
Después soltó una sonora carcajada. Se ve que no le tiene mucho aprecio. ¡La que se lió fue de campeonato! ¡Menos mal que se marcharon pronto y nos dejaron en paz; sino, no sé cómo habría acabado todo! Lo que sí sé es que, para el próximo año, procuraré no pasar la Nochevieja en casa.
Acostamos al niño, que no quería dormirse por la excitación del día. Por fin cayó rendido después de cantarle unas cuantas nanas. Mi marido y yo regresamos al salón. Parecía que había pasado un huracán por él. Saqué la bombonera y, de ella, las buenas intenciones del año anterior. Sin leerlas las quemé. Mi marido me miró y me hizo un guiño:
- ¿Qué has puesto para este próximo año?
- Lo mismo que el anterior -le respondí-, pero creo que voy a variar el texto que había redactado antes.
- ¿Y, se puede saber qué se te ha ocurrido? Porque, si me gusta, te plagio. Tampoco yo he conseguido todo lo que me propuse hacer.
- Pues te diré que mis buenas intenciones serán: hacer un largo viaje hasta Orión o las Pléyades. Y, tal vez, con un poco de suerte, nos trague un agujero negro y no regresemos en muchos, muchos años. ¡Ah, y ojala al otro lado las cosas sean mejores o, como mucho, distintas!

Madrid, 2005



Nota.- Este relato está publicado en la antología: "En femenino plural... (relatos de mujeres para todos los púbicos)", creo que, para estas fechas, es la historia más apropiada para compartir.
¡¡Felices Pascuas, Feliz Año Nuevo 2015 y feliz lectura!!

Nota 2.- El relato me lo publican también, el 12-I-2015, en el blog de ASOLAPO-ARGENTINA, en el siguiente enlace: http://elblogdeasolapoargentina.blogspot.com/2015/01/las-buenas-intenciones-juana-castillo.html


jueves, 10 de abril de 2014

Una historia real, o una noticia relatada


Hace tanto que no escribo que, en este tiempo, casi perdí la costumbre, las ganas, los temas y el estilo.
Supongo que, aquel que no me conozca, habrá pensado, al pasarse por mis blogs, que me desilusioné, que los he olvidado, que ya no tengo nada que decir ni qué contar…
¡En absoluto, todo lo contrario! Mi silencio se ha debido a mi falta de vista (a la mala vista, o lo que fue peor: a la escasa visibilidad que me ensombreció estos últimos años causada por unas cataratas que, al final, se convirtieron en tupidos cortinones). Una vez operada, y sin poder cantar victoria de forma completa, porque aún estoy a la espera de tener mis nuevas gafas de cerca, parece que saco mi cabeza de ese pozo de oscuridad en el que me encontré recluida.
Durante estos casi tres años, en los que noté cómo mi vista se difuminaba lentamente, me sentí mal. Muy mal. Traté de llevar a buen puerto todas mis actividades literarias: taller, radio, revista, mis escritos –poemas, relatos, novelas- pero nadie sabe, ni se imagina a qué precio. Puedo añadir que, desde finales de enero, hasta finales de marzo, me sentí como en la foto que comparto con todos vosotros: tan apagada, tan cerrada, como mi cuaderno, mi portátil, o mi pluma. Adminículos inservibles sin la mano amiga que los haga funcionar. Y yo me sentí igual.
Eso sí, escribir no escribí, no me era posible porque al operarme primero de un ojo, y luego de otro, la dificultad visual aumentó… Pero pensar… ¡No he parado de pensar en todo este tiempo! He pensado en todo y en todos. En la vida, en la muerte, en los acontecimientos acaecidos en este mundo al que no sé si llamar de Dios (como decían o dicen nuestros mayores) porque, últimamente, parece más del diablo. Me da que los dioses se han ido todos de vacaciones y nos han dejado al albur de lo que acontezca, es decir, de lo que nosotros dejemos que suceda porque, salvo las catástrofes naturales (que también las ha habido, muchas, y de las que me apeno profundamente), los levantamientos, separatismos, odios de todo tipo: raciales, de religión, de pensamiento…, las pseudo-guerras o pre-guerras que nadie para, los enfrentamientos que traen consigo las llamadas movilizaciones de paz, pero que acaban con heridos, destrozos que no deberían suceder, y más, y más enfrentamientos. ¿Es que no hay nadie con la suficiente autoridad que diga ¡BASTA, YA ESTÁ BIEN!? ¿Acaso no nos damos cuenta de que si continuamos de este modo nos iremos todos, TODOS, discúlpenme por esto, a la mierda, al infierno, al carajo o donde cada uno de ustedes que me leen imaginen?
Ya les comenté más arriba, ver aún veo mal: necesito mis gafas de cerca, hasta que las tengan me tengo que apañar con unas “prefabricadas” y que venden en las farmacias, no debo llevarlas puestas demasiado tiempo, pero el poco que consigo “arañar” lo dedico a lo que me gusta: escribir y, hoy, después de meses en silencio, los pensamientos me han salido a borbotones.
No es un cuento, es un relato tremendamente real.

Madrid, 10 de abril de 2014


jueves, 21 de octubre de 2010

Para no olvidar los cálidos días del verano

Foto de Internet
Tártaro* Club
Juana Castillo Escobar
®

Era verano, hacía calor, y acababa de enamorarse, al menos eso era lo se decía por enésima vez. Él era el eterno don Juan, el eterno enamorado de la belleza, pero, a la vez, el eterno burlador, el que jamás ponía el corazón en ninguna de sus conquistas que eran poco menos que juguetes: una vez desvelados todos sus secretos eran arrinconados para siempre, caían en el pozo profundo del más negro de los olvidos.
En cuanto la vio, sola, sentada en una de las mesas del local, opinó que ya era el momento de empezar de nuevo el juego de la seducción. Amaranta, cuarenta y ocho horas antes, decidió dejarle. Estaba libre de nuevo. ¿A qué esperar más tiempo? Además, no podía permitir que cualquier pipiolo le robara aquella preciosidad que, según él, estaba pidiendo guerra con todo su ser.
Apuró la copa de bourbon que sostenía en su mano izquierda, la dejó sobre la barra y deslizó un billete en el bolsillo de la camisa del camarero a la vez que le decía algo en voz baja. Luego, después de atusarse los aladares, ya entrecanos, se rehizo el nudo de la corbata de seda que poco antes se deshizo a causa del calor sofocante que se respiraba en el local. Caminó con paso elástico a través de la pista, sorteando a parejas que bailaban o, simplemente, permanecían abrazadas, como estatuas siamesas que, de vez en cuando, respiraban para poder continuar con vida. Cuando llegó junto a la mesa esbozó una sonrisa lobuna. Sus blancos y bien delineados dientes brillaron bajo las luces de los láseres de colores que ambientaban el local.
- ¿Espera a alguien? -Le preguntó tratándole de usted, para que ella viera que, quien estaba a su lado, era un caballero, por tanto alguien de quien se pudiera fiar.
- Puedes sentarte. Es lo que estás deseando desde hace un buen rato.
La respuesta de ella lo dejó, por un momento, sin palabras. Pero él no se amilanaba así como así. ¿Qué ella quería guerra? Pues la tendrían.
- Gracias… ¿cómo te llamas?
- Bel.
- Precioso, nunca conocí a nadie con ese nombre.
Hubo unos momentos de silencio. Él aguardaba la pregunta de ella. Pensó que, como era lógico, también querría saber el suyo, pero Bel no abrió los labios, sólo esbozó una sonrisa que a él le pareció astuta, incluso algo maliciosa. Entonces llegó el camarero con una hielera en la que se enfriaba una botella de champán francés. El más caro. El que solía pedir en ocasiones especiales y ésta lo era. Mientras que el camarero abría la botella y llenaba las copas, él contempló a la mujer: era hermosa, muy hermosa. El cabello rojo, largo y ensortijado, le caía suelto por la espalda hasta más allá de unos hombros redondos, apetitosos; los ojos eran dos carbones apagados pero que destellaban en medio de una cara ovalada, de rasgos perfectos y piel casi transparente; la boca, un corazón que sonreía sin parar. El vestido rojo, escotado, de satén, se le pegaba al cuerpo resaltando unas formas perfectas...
- ¿Algo más?
La pregunta del camarero le sacó de su nube.
- No, Tony, todo está bien. Gracias.
El joven regresó a su puesto detrás de la barra.
Él, después de mirarle a ella a los ojos durante unos instantes, tomó una de las copas y se la alargó. Sus dedos se rozaron y él sintió como si las burbujas del espumoso se le hubieran colado ya por la nariz bajándole hasta el estómago revolucionándoselo.
- Yo me llamo Ernesto. Ernesto Palacios –le dijo mientras asía su copa por el tallo de la peana-. Soy el dueño de este club y de una veintena más. Todos ellos abiertos a lo largo de la costa.
- Lo sé –fue la única respuesta: escueta y algo seca.
- ¿Ya me conocías?
- No. Sólo lo sé.
- Seguro que me habrás visto en las mil y una revista del corazón… Por eso lo sabes.
- No. Yo ya sabía de ti.
- ¿Quién te habló de mí? ¿Tenemos algún conocido en común?
- ¿Por qué no dejas las preguntas para más tarde y me sacas a bailar?
- Sí, sí, claro… -en su fuero interno su mente se recriminaba: Pero, ¿qué me pasa? ¿Acaso no soy yo el conquistador? ¿No soy yo quien lleva la voz cantante en este juego? ¿Me estaré volviendo viejo? No, de eso nada, mis “facultades” continúan despiertas y en muy buen estado…
Ella se puso en pie. Era más alta de lo habitual. Casi tanto como él que medía algo más de 1,80. A Ernesto se le escapó un silbido de admiración. No se podía creer tan afortunado.
Es una perita en dulce –se dijo-, dios, creo que la tengo en el bote. Y, de viejo, nada. Siento el corazón que bombea desbocado. ¡Será una noche de infarto! Amaranta, ¡ya tienes sustituta! Tus amenazas cayeron en saco roto. ¿No decías que iba a terminar mal? Que me vería solo. Anda, y púdrete, Bel te da mil vueltas. ¡Qué digo mil! Millones de vueltas a todas las que me habéis conocido…
Ernesto y Bel no pararon de bailar, de beber, de reír, de besarse en toda la noche. El calor era sofocante, los ritmos frenéticos, las ansias insaciables…

Le pareció escuchar a Ernesto el sonido seco de tres golpes de tambor, como si aquellos redobles los hubieran marcado contra su pecho. Recordó que era verano. ¡Ah, y acababa de enamorarse de la chica más hermosa del club! Notó la boca pastosa y la cabeza embotada. Los párpados no querían abrirse porque sólo deseaban retener la imagen de Bel.
Bel. Bel… ¡Qué nombre más hermoso!, se dijo entre las telarañas del sueño.
- ¡Aún estoy soñando! –Exclamó.
La voz le sonó como salida de un pozo profundo. No la reconoció como suya. Tampoco estaba en el club en el que pasó la noche bailando con ella, en aquel antro en el que las luces buscaban los techos dejando los rincones a oscuras para que las parejas tuvieran sus momentos de intimidad, donde la bruma artificial y perfumada hacía el ambiente erótico y recargado. Ahora resplandores rojos, destellos de luz incandescente, calor, un calor grande lo envolvía. Miró a su alrededor con unos ojos que sintió prestados, intentó ponerse en pie sobre unas piernas que casi no lo sostenían… Ella estaba frente a él. Hermosa, hermosísima, aureolada de rojo. Le pareció formular una pregunta pero su boca ya no era su boca. Bel, sin mover los labios, le respondió:
- Sí Ernesto, te conozco de siempre, de toda tu vida. He sido la encargada de seguir tu trayectoria desde el momento mismo de nacer…
Ernesto aún fue capaz de poner una última mueca. Frunció el ceño que sintió apergaminado.
Pero, ¿qué me estás contando? ¡Si yo podría ser tu padre! ¿Cómo me vas a conocer desde el momento en el que nací? ¿Qué me está pasando?, intentó preguntarle, pero su voz ya no estaba con él. Ella le replicó nada más ver la duda en sus ojos, unos ojos verdes que iban perdiendo su color por momentos:
- ¡Por supuesto que te conozco desde tu nacimiento! Muy bien, además. He seguido tu trayectoria con gran interés. Desde siempre te quise mío. Lo cierto es que me has dado muy poco trabajo, siempre hice contigo lo que me vino en gana. Por otro lado, y con ánimo de tranquilizarte, te cuento que lo único que te está pasando es que moriste anoche, de un infarto, en medio del “Tártaro Club”. Ahora eres y serás mi huésped por toda la eternidad. ¡Ah, quizá te interese saberlo!, mi nombre completo es BEL, BEL…CEBÚ.

Madrid, 19 de Marzo de 2006 - Relato registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid (España) - ®
*Tártaro.- Infierno, averno, abismo,
perdición, tormento, condenación, pira…


viernes, 3 de septiembre de 2010

Para empezar el mes

Imagen obtenida en Internet
DESDE LO MÁS PROFUNDO DEL INFIERNO

Juana Castillo Escobar ®



- Desde lo más profundo del infierno, surge una llamarada de amor que, lógicamente, ni te la esperas –asevera la mujer con gesto serio y voz suave-. Yo que lo he vivido, que vengo de allí, puedo confirmarlo.
Se remueve en el sillón de fibra sintética y madera de teca como si miles de agujas se le clavaran en la piel. Observa con curiosidad al joven que, magnetófono en mano, aguarda sus palabras con verdadera impaciencia. Más que observarlo lo estudia como el científico que busca en el microscopio el origen de la vida. Es de baja estatura, tez morena, pelo largo y ondulado; los ojos, de un color miel transparente, son acariciadores, tranquilos, dignos de confianza. Y esa confianza es la que le ayuda a ella a abrir su corazón a un desconocido.
- ¿Para qué publicación me dijo que es la entrevista?
- “Mujeres al límite” –responde el chico que acaba la frase con una amplia sonrisa.
- Mujeres al límite. Mujeres al límite –repite ella en un tono casi inaudible-. Sí, yo sé de eso: de vivir al límite, hundida hasta las pestañas en la mugre pestilente de este mundo. En un infierno que tenemos ahí al lado y nadie quiere ver… ¿Esto lo estás grabando?
- Es mi tarea, hacer un buen reportaje. Pero, si usted estima que hay algo que no desea que se sepa, yo lo suprimiré. Confíe en mí…
- Eso es lo que hago, confiar en usted. Pero, ya sabe: nada de fotos, nada de nombres y apellidos, ninguna descripción de mi imagen –pide ella frotándose las manos, unas manos en las que aún están frescas las huellas de quemaduras y pequeños cortes visibles a pesar de las filigranas de henna pintadas en sus dedos y en el dorso de sus manos, pequeñas y nerviosas.
- ¿Cómo puedo llamarle? –Pregunta él después de haber apagado el magnetófono- ¿Fátima? ¿Zoraida? ¿Yasmín?
- Yasmín. Me gusta. Me trae recuerdos de una amiga…, ella murió. Nada pudo salvarla de aquel mundo angustioso y horrible. De hecho, si he consentido en contestar a sus preguntas, es por ella: para que el orbe todo conozca aquel infierno, un lugar en que la mujer vale menos que un camello, ¿qué digo?, que una cabra sarnosa.
- Bien, Yasmín, cuando usted guste puede comenzar a contarme su historia, o la de su amiga… O la de ambas.
La mujer se aclara la garganta. Se levanta. Alarga su brazo derecho y toma un par de vasos que hay sobre la mesa de mármol y hierro, vierte en ellos, con maestría, un aromático té con hierbabuena. Ofrece uno a su invitado. Con parsimonia vuelve a su asiento, cruza las piernas, se coloca los pantalones bombachos, de algodón blanco, sobre las rodillas, toma su vaso entre las dos manos, cierra los ojos mientras bebe un sorbo de té. Lo paladea con fruición. Al abrir los ojos encuentra los del joven clavados en su cara, le sonríe con timidez pero en el fondo con audacia, con la audacia que le da el ser una superviviente. Mira el jardín desde lo alto del porche. La tarde empieza a decaer y rosas, boj, claveles, petunias, celindas y madreselvas emiten sus mejores aromas. Carraspea de nuevo. Con un movimiento de mano le indica al reportero que puede comenzar a grabar su testimonio. Entonces ella da comienzo a su historia:
- Nací en un pueblo del más profundo Afg… Esto olvídelo. Nada de lugares.
- No tema. Es como si no lo hubiera oído, ni grabado.
- Bien. Sigamos. Soy la séptima hija de una familia compuesta casi toda por hombres: tengo diez hermanos varones. Nada más nacer fui prometida a un comerciante de la aldea. Él era por entonces un hombre todavía joven, de casi cuarenta años. Me casaron con él cuando cumplí los dieciséis. Tardaron tanto en desposarnos porque mi madre ocultó a mi padre y mis hermanos que, desde los once años, había dejado de ser una niña. Ella se apiadó de mí tratando de retrasar mi matrimonio, pero era algo imposible de detener por mucho tiempo. Todo estaba convenido muchos años atrás.
“Las fiestas de nuestros esponsales duraron una semana. Todo el pueblo celebraba la boda del hombre más rico de la aldea con risas, cánticos y alabanzas pues no escatimó sus dádivas a la hora de darlos de comer. Todos fueron felices menos yo. Mi esposo, un hombre ya cercano a la vejez, con olor a rancio, seboso, falto de dientes, entró en mí desde la primera noche como los bandidos que aguardan agazapados y asaltan a las caravanas en el desierto: sin ningún escrúpulo, sin ningún atisbo de ternura…
“Bien sabe dios que, si al menos hubiera mostrado conmigo alguna inclinación amorosa, algún respeto, quizá con los años yo habría podido amarle. Así ocurre y así ocurrirá siempre entre nuestras mujeres: que al final acabamos amando al hombre al que fuimos vendidas. Pero yo, como decía él, “salí respondona, con criterio propio, algo “impropio” entre las “de mi clase”. Y es cierto, muchas cosas de nuestra cultura me asquean: el no poder decir “No” o “Basta ya” cuando algo no me gusta o apetece.
“Mi amiga abrió la brecha. También a ella la casaron con un anciano. Su esposo era mayor que el mío. Tendría 61 ó 62 años, pero aún no había perdido sus fuerzas y, cada noche, la forzaba a mantener relaciones de todo tipo. Entre otras cosas porque necesitaba un heredero. Ella empezó a negarse, a gritar cada vez que no deseaba yacer con él, cada vez que era azotada, cada vez que era vilipendiada. Sus lamentos se escucharon por toda la aldea. Llegó a inventarse la figura de un amante…
- Pero, ¿aquélla mujer tuvo un amante?
- No. Todo lo inventó. Quería salir de aquel infierno de cualquier manera. No le importaba cómo.
- ¿Qué le pasó?
- Al final murió lapidada. Su propio padre tiró la primera piedra. No se le ocurrió que todo pudiera ser una farsa, un invento para huir de tales vejaciones y tanto dolor. Entre tanto también yo aguantaba. Fueron diez años horribles. Una vez intenté quitarme la vida, pero las heridas no eran lo suficientemente profundas como para causarme la muerte –Yasmin enseña al joven sus muñecas, tiene la piel arrugada por los cortes, luego las esconde en las mangas de la blusa-… Mi esposo buscaba a toda costa, al igual que el de mi amiga, tener un hijo pero éstos no llegaban. Unos porque yo no quise, otros porque no llegaron a cuajar. Se volvió iracundo, malvado…
“Un día llegó a casa con Raschid, el hijo mayor de una de sus hermanas. Lo trajo para que le ayudase en la tienda y él poder ociar y dedicarse a sus visitas placenteras y de negocios. Lo trataba mejor que a mí, pasó a ser el hijo tan deseado, pero eso no le hizo desistir en sus violencias conmigo.
“La gente es cruel, te ve llorar, arrancarte los cabellos porque tu esposo te maltrata y mira hacia otro lado: es lo que se espera de él.
“Intenté quitarme de nuevo la vida después de una paliza que me dejó medio muerta. Él, sin apiadarse de mí, salió a sus quehaceres. Nos quedamos solos en casa Raschid y yo. Lo cierto es que jamás, en al menos dos años, cruzamos una sola palabra pero mi corazón supo desde el principio, desde que se cruzaron nuestras miradas por primera vez, que el amor nos tomaba en volandas llevándonos sobre sus alas. Raschid curó mis heridas, no sólo con ungüentos y vendajes, sino con palabras y hechos.
“No podía creer que un hombre pudiera ser tan tierno, tan amoroso, tan…
“El caso es que en lo más profundo del infierno aquel surgió el amor, llamaradas de amor que nos era imposible ocultar.
- ¿Su esposo la dejó marchar?
- ¿Marchar? No. Yo soy de su propiedad. Raschid y yo logramos huir. Mi madre nos ayudó, ella es una mujer instruida y rica pues heredó de su padre todo el patrimonio familiar. Gracias a ella, y a los trabajos de joyería fina de Raschid, hemos conseguido esta casita en este pueblo escondido… Cuanto más escondidos vivamos, mejor. Más difícil le será a él dar con nuestro paradero. Si nos encuentra nos matará por eso no quiero que se sepa quién soy…
- Pero su historia puede darle una pista.
- Estamos demasiado lejos. Confío en que, además de no saber leer, hay miles de historias como la mía. Lo que no hay son miles de mujeres que, al final, hayan encontrado el amor en el más profundo de los infiernos.
Madrid, 30-31 de Mayo de 2006


jueves, 29 de julio de 2010

Un relato corto para acabar el mes

El nacimiento del dolor II

Juana Castillo Escobar – Madrid (España)

Hasta aquel lugar, en el principio, no llegaban los ruidos, tampoco la luz del sol, ni el viento, ni las penurias del exterior. Ella se desarrollaba feliz en su habitáculo de agua, flotando en un espacio único e íntimo en el que tenía todo lo que pudiera desear. Pero todavía no deseaba nada pues aún no era nada, tan sólo un proyecto de ser humano que crecía a ritmo de un corazón que marcaba su desarrollo vital.
Algunos meses más tarde, del exterior, le llegaba algún que otro sonido que, por supuesto, ella no lograba diferenciar.
A veces se trataba de música, una música suave que, quien la contenía, le dejaba escuchar. Otras era una voz que, junto con caricias, le hablaba, pero ella aún no entendía esas delicadezas. Otras era una presión contra la pared que le separaba del exterior, una presión que intentaba seguir sus correrías por su universo líquido. Y, en otras ocasiones, le llegaba un estruendo tal de motos, cláxones, escapes de coches…, que sobresaltaba a ambas mujeres: la contenida y la contenedora.
Pasó algún tiempo. Un día notó cómo aquel espacio, antes infinito, se le había ido achicando poco a poco. Ya no podía flotar con soltura, tampoco navegar de uno a otro lado de sus estrellas. El espacio le hizo enrollarse en torno a sí como un gusano. ¡Horror, ya no podía estirar sus piernas si no era topándose contra la pared flexible que le separaba del exterior! Tampoco lograba mover los brazos como antes, no podía expandirse con total libertad en el momento del bostezo, ahora sus bracitos permanecían pegados al tórax, flexionados; y los puños, siempre cerrados, estaban continuamente unidos a sus ojos.
De súbito, otro día, todo se puso del revés.
Sus piececitos empujaban, hacían fuerza contra algo, necesitaba salir. No sabía qué era la claustrofobia pero empezaba a conocerla. El cuerpo que le había contenido durante una eternidad también la rechazaba, hacía todo lo posible por hacerle un espacio que le ayudara en su camino hasta el exterior. Notó que todo se aceleraba. Hubo carreras. Sirenas de ambulancia. Gritos. Apremios. Espasmos. Respiraciones entrecortadas. Silencios. Llantos. Exploraciones... Y ella sufría boca abajo. Su cráneo quería romper la barrera que le separaba de aquel exterior que ahora entreveía luminoso. Un empujón. Respira. Otro empujón. Inspira. Otro empujón. Respira. Inspira.
El dolor es agudo, ambas mujeres lo sienten por igual. La de dentro quiere salir, la de fuera desea que lo haga.
Un esfuerzo. Respira.
Y aquel universo líquido se soltó como una catarata. La niña salió detrás.
La madre, dolorida, sonríe. Es feliz. A su pesar exclama:
- Contigo nace el dolor, pero éste, por suerte, lo olvidarás.

_____________________
Nota.- Este relato, remodelado para su edición, pertenece al cuaderno semi inédito titulado “Veintidós historias de mujer y un retrato”.
Está publicado en la antología de varios autores titulada "Recuentos Urbanos" (antología de cuento breve), compilada por Herlinda Dabbah Mustri y Susana Arroyo-Furphy. Editada por Palabras y Plumas Editores, S. A. de C. V. - MÉXICO 2009.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Puro diálogo

Imagen obtenida en Internet
¡LA VIDA ESTÁ POR LAS NUBES!
Juana Castillo Escobar ®


- ¡Uf, qué negro se está poniendo el cielo! ¡Va a caer una buena…!
- ¿Dónde anda el mando a distancia? Seguro que lo has escondido.
- Ni lo he visto. Tú sabrás dónde está. Eres el único que te pasas la mayor parte del día con él en la mano.
- ¡Qué amable…!
- ¡Ya llueve! ¡Dios, cómo cae!
- Ni que eso fuera tan importante.
- No lo será para ti pero para los agricultores, los embalses…
- ¡Qué sabrás tú de agricultura, de embalses ni de ninguna otra cosa! ¡Ya habló la entendida! ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que sólo conoces el campo de tanto mirar a los tiestos?
- Eso te lo debo agradecer a ti…
- Agradecerme ¿qué?
- La vida que me has dado. La vida que llevo. La vida que llevamos encerrados en esta casa, sin amigos, sin apenas salir y menos aún conversar entre nosotros.
- ¿Acaso tenemos algo de qué hablar? Después de tantos años juntos ya está todo dicho.
- Nos estamos distanciando cada vez más y más. En el momento en el que doy pie a una conversación, a un ligero conato de diálogo, tú lo cortas de…
- ¿Dónde demonios está el mechero? ¡Ah, aquí, en el sillón bajo mi pierna!
- ¿Te importaría no encender otro cigarrillo? Ese debe de ser el número doce o el quince de la tarde. Sabes que no debo…
- ¿Qué? ¿Respirar el humo infecto de mis pitos? Pues ya sabes el remedio: puerta. Lárgate a la cocina. No sé qué haces todo el día junto a la ventana… Oye, ya que vas a la cocina, me traes de paso un par de birritas, el partido está a punto de comenzar…
- Eres un egoísta. Un borracho. Un…
- ¡Vaya, ya dio comienzo a la letanía diaria! ¿Sabes qué te digo? Que tienes toda la razón. Amén. Bla, bla, bla. Bla, bla, bla. Bla, bla, bla.
- No sé qué ha ocurrido. Tampoco cuándo. Éramos felices, al menos lo parecíamos y, de repente, ¡zas!, el cambiazo. Con todo has conseguido que incluso nuestros hijos huyan de nuestro lado.
- Quizá no aguanten tus lloriqueos, ni tus reproches diarios, ni tus agonías de menopáusica…
- ¡Si lloro es por vuestra causa…! Estúpido, no entiendes nada. El alcohol acabará contigo y con nuestro hijo mayor. Lleva el mismo camino que tú. No os dejáis ayudar… Podríamos, Virginia y yo, intentar que fueseis admitidos en algún centro de desintoxicación. Lo que decía nuestra hija, al menos antes, te hacía reflexionar…
- Yo no necesito nada de eso. Yo controlo. Además, un hombre que no bebe no es un hombre. Mi padre lo decía: un tío que no alterna con los amigos y no se echa un trago con ellos es una dulce flor de invernadero, una damisela mojigata. En cuanto a ti deberías callarte y dedicarte a tus asuntos marujiles: guisar, fregar, ir a la compra, coser, planchar y…, bueno, darme gusto en todo. Es decir, ser sumisa y obedecerme en todo lo que te pida, no ser una respondona…
- No podemos continuar por estos derroteros. Has tergiversado todas las promesas del matrimonio, más aún, las has olvidado. Yo sólo pido un poco de respeto y comunicación. Nada más.
- Bah, me aburres. Prepárame algo para papear. Deja de mirar de una buena vez por la ventana y tráeme la birrita que te he pedido hace un buen rato y que ni te has dignado en moverte para servirme.
- Así te atragantes con la cena, la birra y la bilis que tienes contenida. Se acabó. Me largo.
- Pero has dicho que llovía.
- Sí, a mares, pero no me importa. Ya nada importa. Además, si llueve, ¡mejor!. Podré salir a la calle y llorar mientras camino, mis lágrimas se mezclarán con la lluvia, no llamaré la atención.
- No te agrada mojarte, lo odias porque el pelo se te pone…
- Como escarpias… Prefiero un chapuzón primaveral que no una bronca de otoño casero. ¡Ahí te quedas con tu tabaco, tu sillón, tu tele y tus pantuflas deshilachadas! Si deseas una birra, desde ahora, tendrás que mover tu fofo y seboso culo del asiento. Si te apetece comer, desayunar o cenar, no te quedará más remedio que preparártelo. En la estantería del salón hay algunos libros de cocina y, por último, si tienes que bajar a la compra ya sabes, búscate un empleo e hinca el codo yo ya no estaré aquí para aportar el granito de arena de mi sueldo de miseria. Ahora sí que vas a enterarte de por qué, según tú, gruñía cada vez que iba al mercado. También acabarás diciendo que "la vida está por las nubes". Pero yo no estaré para escucharlo…
- Do… ¿Dónde irás? Tú sola no vas a saber…
- ¿Cuidar de mí? ¡Claro que sabré! ¡Perfectamente! Después de veinticinco años tratando con un par de borregos como tú y nuestro hijo he aprendido mucho. Bien, como lo tuyo no es el diálogo, no sé a cuento de qué viene tanta preocupación. Te dejo. Me esperan…
- Pero… Pero… Pero… ¿Por qué…? ¿Desde cuándo lo tenías planeado? Esto no se prepara de un día para otro… ¿Te das cuenta de que me abandonas? ¡Me dejas solo! ¡Yo soy un hombre y no sé hacer las cosas de la casa! ¿De qué viviré? ¿Recuerdas que estoy en el paro?
- No, cariño, no es que estés en el paro, es que lo tuyo es un descanso perpetuo…
- Esta es también tu casa. ¿Dónde vivirás?
- ¡Tanta preocupación por tu parte me halaga! No temas, amor, la niña y yo lo tenemos todo bajo control. Sólo me resta decir: ¡que seas feliz sin nadie que te atosigue!
- No, Andrea, no te vayas. No me dejes. Prometo cambiar. Haré todo lo que esté en mi mano. Trataré de ser el mismo de antes…
- Es tarde, cariño, demasiado tarde.
- Andrea… Andreaaa… Andreaaaaaa…
La mujer baja corriendo las escaleras que separan su casa de la calle. Ante el portal aguarda un taxi que se pierde con rapidez bajo las cortinas de agua. Arriba, el marido, en pie, con un bote de cerveza vacío en una mano, el pitillo caído entre los labios, y con la otra mano sujetándose el pantalón del pijama llora como un niño, y, como un niño que teme la soledad, se le escapa la orina formando un gran charco en torno a sus pies desnudos.

martes, 10 de febrero de 2009

Un relato para todos los públicos

Caballeros medievales enfrentados en un torneo
E L T O R N E O ®
Juana Castillo Escobar

En lo alto el limpio cielo, desnudo de nubes, como pintado de azul. Bajando, poco a poco, una pradera verde esmeralda circunda las ocres arenas del palenque. Acercándose aún más, se puede distinguir el lugar del encuentro: la tierra, cercada con maderos engalanados con guirnaldas de flores, estandartes y escudos de armas de los combatientes. La tribuna aún permanece vacía.
Poco a poco el espacio se llena. Villanos, saltimbanquis, pícaros y campesinos ataviados con trajes de lana oscura, ocupan el entorno. Traen consigo una sorda algarabía. Caballeros en sus monturas van apareciendo por los ángulos de aquel recinto. Toman posiciones entremezclándose con las gentes unos, aguardando a los reyes en la tribuna, otros.
Pajes vestidos con ternos de alegres colores hacen sonar las trompas. Es un día festivo. Se celebra la llegada de la primavera con ferias, bailes y torneos en los que, los caballeros combatientes, buscan la gloria.
La pradera se llena por momentos de gentes venidas de todos los rincones.
En la arena, los ayudantes van de un lado a otro dando los últimos toques, colocando armas y escudos en los lugares correspondientes.
Silencio. Llegan el Rey y la Reina. Descabalgan de sus monturas y, cogidos de la mano, suben al estrado sentándose en sus tronos. La nobleza, gentileshombres y caballeros experimentados les acompañan. De éstos, algunos de ellos, tienen la tarea de arbitrar el torneo. Son los jueces de la liza.
Los aldeanos rompen el silencio cuando, desde sus posiciones, ven llegar a los dos paladines: El Caballero del León y El Caballero de Esmeralda. Suenan vítores, aclamaciones y un gran alboroto inunda el entorno.
- Os venceré, tenedlo por seguro -dice, a través del yelmo, el Caballero del León con voz metálica.
- No vendáis la piel del tigre antes de haberlo cazado -le responde el Caballero de Esmeralda, haciendo que sus palabras resuenen silvantes a través de la ventalla del casco.
Las monturas de los litigantes marchan a paso lento, suben y bajan el cuello con dificultad por el peso de la barda. Los jinetes tiran de las riendas. Llegados ante la tribuna, los caballeros hacen una reverencia. Suenan las trompas. Cabalgan de nuevo y van a situarse en sus puestos. Antes de que cada uno de ellos se ponga a uno u otro lado de la tela, se dirigen metálicas palabras:
- ¿Qué arma elegís, Caballero de Esmeralda?
- Para empezar tomaré el hacha.
- Bien, señor. Yo escojo las mazas -responde el del León, y con un ligero trote se apresta al combate.
De nuevo el sonido de la trompa. El juez da la señal, los contendientes aguijonean sus monturas con el pico de las espuelas. Los caballos se encabritan, se quedan sobre los cuartos traseros, de un salto emprenden el galope y dejan a ambos hombres frente a frente. Entrechocan los hierros. El Caballero del León es diestro en el manejo de las mazas, hace que el de Esmeralda se tambalee varias veces, pero éste es ágil y esquiva los golpes parapetándose tras el escudo. En una de las embestidas, el Caballero del León le pilla desprevenido haciendo que el hacha caiga de sus manos. El vocerío inunda el cercado.
- ¿Aún queréis continuar? -pregunta ufano el del León.
- ¡Hasta la muerte! -es la escueta respuesta.
- Seguiremos con las lanzas. Rápido, rápido -vocifera el primer caballero.
Nuevamente en sus puestos. Uno a cada lado de la tela. Tocan con la punta de sus lanzas la visera del casco saludándose, espolean a los caballos que trotan pesados bajo la carga de sus armaduras. Hay un fuerte encontronazo. El Caballero de Esmeralda da con su lanza en el quijote de su enemigo quien, tocado más que nada en su orgullo, se revuelve furioso y roza el peto del adversario. Otra vuelta a lo largo de la tela. El de Esmeralda hace arrastrar la punta de la lanza por la grupera de la montura de su rival. El del León toca la hombrera del adversario, con tal furia, que se le parte la vara. El Caballero de Esmeralda cae pesadamente del corcel.
- ¿Aún seguís queriendo más? -dice el del León-. O, ¿dejamos aquí la liza? Los jueces pueden nombrar ya un paladín.
El vocerío atruena y ensordece. La soberana se revuelve en su trono. El rostro se le ha puesto azul como el cielo, pero se serena con rapidez.
- No, no dejamos la liza, señor. Ahora a espada -reta el Caballero de Esmeralda.
Comienza la lucha cuerpo a cuerpo, sin monturas. La contienda se efectúa bajo la tribuna. El de Esmeralda es rápido y audaz con la espada. Está bien entrenado. De un certero tajo, corta el penacho de plumas blanquiazules del casco de su adversario. El del León se encuentra acorralado y herido en su amor propio. Hay un instante de titubeo que aprovecha el Caballero de Esmeralda para golpearle sobre el faldar. Salta a su alrededor, le da en el guardarrenes. Por último, un diestro choque en el peto le hace perder el equilibrio y caer al suelo plúmbeamente.
El Caballero del León ha mordido el polvo. Su adversario le mantiene caído, el escarpe sobre el vientre, la punta de la espada sobre la gorguera. Sereno, aguarda el dictamen del jurado...
Desde fuera del palenque una voz terrenal, femenina, se deja oír con claridad:
- Iván, desconecta el ordenador. ¡La cena está servida!
Y, donde hace unos instantes hubo lucha, cielo azul, gentes y voces metálicas, tan sólo queda ahora el agujero negro de la pantalla.

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Nota.- Este relato fue publicado por la revista MH (Mujer de Hoy), número 84. Semana del 18 al 24 de Noviembre de 2000, página 62.

También lo tuve publicado en my space (05-XII-22), lugar del que viene trasladado.

martes, 16 de diciembre de 2008

Un paisaje, un relato

Imagen internet
El monte de la soledad ®
Juana Castillo Escobar


El coche va tragando kilómetros. Samuel conduce pensativo. A su memoria le viene la imagen de su madre y a sus oídos le llegan las advertencias, los miedos de ella: "Samuel, ¿dónde te has metido? Baja de ahí, no quiero que andes por el monte, puedes extraviarte".
Cada verano regresaban al pueblo, a la vieja casa de adobe de los abuelos y, cada verano, Samuel intentaba escabullirse de la vigilante mirada de su madre, quería "perderse" por aquella montaña que le estaba prohibida y que le atraía cual canto de sirenas. Quería conocer su misterio, el por qué de tanto miedo no lograba entenderlo, sólo sabía que su curiosidad aumentaba día a día.
De vez en cuando su padre ayudaba: "Eloísa, que no se va a morir porque suba unos metros por el monte, le vas a entontecer. Ya no es un bebé". Pero su ayuda servía de muy poco ante la testarudez de la madre, muy marcada por el pasado. "No quiero que le ocurra lo mismo que a mi hermano -decía en un susurro-. A Samuel, no". "Por Dios, Eloísa, eso sucedió hace años, las circunstancias eran otras, estábamos en guerra...", toda reflexión era desoída. Eloísa no daba su brazo a torcer; es más, cuando Samuel contaba unos diez años, dejaron de ir al pueblo de veraneo tratando que el niño olvidase su "insana curiosidad".
Los años habían transcurrido veloces. Samuel creció, estudió una carrera y acabó federándose en un club de alpinistas que hacían escapadas al monte cada fin de semana. Y, cada fin de semana, Eloísa no paraba de aconsejarle, de disuadirle, de intimidarle, pero sin ningún resultado. Samuel ya era un hombre y aquélla era su vida: reportero gráfico en una prestigiosa revista dedicada a la naturaleza, gracias a la cual recorría el mundo y sus misterios.
Ahora, al volante del todo terreno, regresa al pueblito de su niñez. Su madre falleció hace meses y él, tras ejecutar el testamento, ha decidido llevar a cabo lo que hace más de medio siglo era su mayor empeño: subir al Monte de la Soledad. Inconscientemente va pidiendo perdón a su madre por desobedecerla, pero ya va siendo hora: después de haber subido al Himalaya, fotografiado las altas cumbres del Kilimanjaro y recorrido los Andes desde Perú hasta la Patagonia , aquel montecito no es nada, tan sólo una espina clavada en su costado.
- Tal vez, cuando llegue, no encuentre a ningún conocido -murmura-. Lo que sí es cierto es que a mí no me reconocerá nadie. Y la casa, estará prácticamente hundida; en fin, es mi herencia, ya veré lo que hago con ella. Tal vez la venda, dependiendo de cómo se encuentre...
Casi sin darse cuenta ha llegado al final del trayecto, se le ha hecho muy corto el viaje. Aparca en la plaza, frente a la casa de adobe: "No está tan mal como pensaba". Sale del coche, se estira, coge una Nikon de grandes dimensiones y de la guantera saca las llaves del portón. Cuando está acercándose a la entrada sale de la casa un anciano que le mira con gran curiosidad.
- A la paz de Dios -le dice con voz temblorosa, tanto como sus piernas-. ¿Cómo tan tempranico por aquí? ¿Busca a alguien?
- Buenos días -Samuel le observa, le parece alguien conocido, pero después de tantos años duda-. ¿No es ésta la casa de los Yela?
- Pos claro que sí. Yo soy el encargao de cuidarla. Pascualón, pá servirle, la Eloísa me dejó unas llaves y yo vengo de vez en cuando a darle un repaso. ¿Si pué saber quién es usted?
- Yo soy Samuel, tío Pascualón, el hijo de Eloísa...
- ¿El mocoso aquel que na más quería irse p´al monte?
- Ése, ése mismo. ¡Qué alegría tan grande ver a alguien conocido! -le abraza con efusividad.
- Rediez, qué grande estás. ¿Pos y tú madre, cómo s´encuentra? Ya hace que no hay noticias d´ella.
- Mi madre murió el año pasado, seis meses después que mi padre -una nube de tristeza cruza su frente.
- Vaya, pos sí que lo siento, muchacho. Mia tú, les tenía yo apego. ¿Has venío a ver cómo está la casa? Llegas a tiempo, aún no he cerrau la puerta ansí que pasa, pasa y acomodate, estás en la tuya. Si quiés algo ya sabes, en la puerta d´al lao me ties.
- Gracias, tío -le responde Samuel-, ahora iré para allá. Primero quiero dar una vuelta por el interior.
Curiosea por la casona. Sube al segundo piso. La verdad es que está mucho mejor de lo que se esperaba, todo en orden y casi lista para vivir en ella. Tal vez lo haga, lo suyo con Susana hace tiempo que acabó, no tiene domicilio fijo y éste puede ser el mejor refugio para su soledad. "Quizá a los niños les guste, podríamos hacer excursiones por el campo, tal vez la montaña les atraiga tanto como a mí". Sale de la casa y se acerca a la de su tío Pascualón, éste le espera sentado en el poyete de piedra.
- ¿Cómo has encontrao to?
- Muy bien, parece que no han pasado los años.
- Me dice la Resti si te vas a quedar a comer con nosotros.
- He pensado subir al monte, aprovechar la mañana.
- ¿Y vas a subir así, sin ná? Espera, te voy a preparar algo.
Entra en la casa y, al cabo de poco tiempo, aparece con un zurrón en una mano y una lámpara de aceite en la otra.
- Ten, la Resti t´ha puesto medio queso, un piazo pan, algo de chorizo y una navaja. También va una bota de vino. Llévate esta lámpara de aceite, por si las moscas.
Samuel le interrumpe:
- No tenías que haberte molestado tanto, llevo comida en el coche, agua y algunas cosillas más.
- Güeno, ¿qué importa? Ansí subíamos al monte hace años. Aunque hoy paece mal día, viene mu negro por allá abajo. Y, cuando lo negro viene de Toledo, malo, se lían unas tormentas que dan miedo. Yo que tú lo dejaba pa´ otro día.
- No tengo otro día hasta las próximas vacaciones. Si he venido hoy ha sido por subir a la montaña, no me iré sin haber satisfecho mi curiosidad. Gracias por todo, cuando baje entraré a despedirme. Creo que nos veremos a menudo.
Samuel camina a buen paso por el campo. Se ha colgado el zurrón al hombro y la lámpara de aceite del cinturón como recuerda habérselo visto hacer al tío Pascualón. Busca entre las jaras y los matorrales alguna rama que le sirva de bastón. La ascensión es suave, va observando el paisaje de bosque mediterráneo y monte bajo que le rodea. Las abubillas cantan en las ramas de los carrascos, algunas urracas vuelan a su alrededor, como observando al intruso que les fotografía sin cesar. El campo huele a romero, tomillo y espliego. "Ah, ¡por qué mi madre no me dejaría disfrutar de todo esto cuando era niño! Es una delicia. He tenido que recorrer medio mundo para poder llegar a este lugar apartado con veinticinco años de retraso". Hace un alto en el camino, mira hacia el pueblo que ya ha quedado muy atrás, tanto, que visto desde allí arriba, más parece una estampa de nacimiento que otra cosa.
- Tenía razón el tío Pascualón, esto se está poniendo muy negro. ¡Menuda la que se está preparando! -Exclama con un silbido.
El cielo parece un mar embravecido de olas oscuras que corren a merced del viento. A lo lejos se empiezan a ver las culebrinas de los relámpagos. "Debería regresar -piensa Samuel-, pero el pueblo me queda demasiado lejos; la tormenta me cogerá a medio camino. Sé que por aquí había cuevas, de la época de la guerra, donde la gente venía a resguardarse cuando oían los bombardeos. El caso es que más abajo he visto varias, ahora da la impresión que han desaparecido. Quizá no haya ninguna más adelante". Un relámpago cercano, seguido por un trueno descomunal le hace correr cuesta arriba. Empiezan a caer gotas de lluvia, cada vez son más grandes y más seguidas, los relámpagos más deslumbrantes y los truenos insoportables.
Se siente fatigado, "Dios, los años no pasan en balde, como no encuentre un refugio veo que me quedo achicharrado bajo una encina. Al final voy a tener que dar la razón a mi madre. ¡Quizá sea ella quien me envía la tormenta, claro, está cabreada porque la he desobedecido! Lo siento, madre, -grita mirando al cielo-. Esta curiosidad me estaba matando desde niño, tenía que subir este monte y lo estoy haciendo, perdóname". Su alarido se empareja con un sonoro trueno que le hace dar un salto hacia atrás, una mata de retama, muy bien colocada, tapa la boca de una cueva en la que cae de espaldas.
- ¡Qué costalada acabo de pegarme, Dios! ¡Al final me tienen que bajar del Monte de la Soledad en angarillas!
Se sacude la ropa, húmeda por el agua de la lluvia; limpia su Nikon, cerciorándose de que no le haya ocurrido nada irreparable; se descuelga del cinturón la lámpara de aceite, del bolsillo interior del chaleco saca un encendedor y prende la mecha. Mira a su alrededor con gran curiosidad: la entrada de la cueva es bastante angosta, oscura, pero allí no entra el agua ni los relámpagos, es un buen sitio para esperar a que escampe. Samuel abre el morral, la caminata le ha abierto el apetito, y el olor de las viandas preparadas por tía Resti más aún, se sienta sobre una piedra y, cuando está a punto de cortar el primer pedazo de queso, siente un aire frío rozarle la nuca, parece que aquella cueva es más profunda de lo que creía pues del interior vienen una especie de susurros, de ruidos extraños.
Guarda el pan, el queso, la navaja..., y se cuelga de nuevo el zurrón al hombro, la Nikon del cuello, se pone en pie con la lámpara de aceite a la altura de su cabeza y mira a su alrededor. La entrada de la cueva no es tan estrecha como le había parecido en un principio, hay una especie de muro que la divide, una entrada lateral le lleva a un pasillo pedregoso, húmedo, oscuro y no muy ancho. "Esto es lo mío, ¿qué habrá más allá? Al final descubro un yacimiento prehistórico y me hago famoso". Aguza el oído, de hecho se oyen cánticos, muy apaciguados, muy lejanos pero son cánticos salidos de una garganta humana, no son aullidos ni el ulular del viento a través de una chimenea o de alguna oquedad.
Samuel camina lentamente, está demasiado oscuro por lo que alarga la mecha de la lámpara: "Esto ya es otra cosa, ahora veo mejor -suspira-. Puagh, qué olor más fétido -escupe."
Según va adentrándose por el largo pasillo el aire se hace más caliente, un olor acre (mezcla de moho, orina y humo) le envuelve. "Se estaba mejor afuera, esto levanta el estómago al más pintado. Parece que me he transplantado al Tíbet, allí no aguanté y aquí no sé si acabaré vomitando hasta la primera papilla". Mientras va mascullando esto el rumor que le llega desde el interior se hace más audible, aguza el oído, y escucha:
- Agnus Dei, qui tollis peccata mundi. Miserere nobis. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrix...
- Me cago en..., si están hablando en latín, están rezando una letanía. Lo mismo me he colado en la cueva de un ermitaño.
Cada vez se oye más cercana la oración, el pasillo se ensancha acabando en seis escalones que le dan paso a una gran sala de forma oval e iluminada por cuatro fogatas situadas en los lugares más estratégicos; en el centro de la misma hay otro gran fuego encendido, sobre éste se está asando algo. "Quizá sea la comida del ermitaño -piensa Samuel". Él no se ha dado cuenta, pero los rezos han terminado de repente. Apaga la lámpara de aceite y la deja sobre un saliente de la roca, el zurrón lo deposita en el suelo, la Nikon continúa colgando de su cuello. Mira a su alrededor, la belleza de aquel lugar le llena de placer: el techo de la cueva parece que está cuajado de estrellas por lo brillante, dos grandes estalactitas que van del techo al suelo, dividen la gruta en dos enormes salas, hay cuevas pequeñas horadadas por las zonas bajas de las paredes semejantes a habitaciones. A su izquierda ve un semicírculo, oscuro, semejante a un ábside; camina unos pasos hacia ese lugar, se siente atraído por lo que parece un altar: aprovechando un saliente de la roca "el ermitaño" lo ha cubierto con un paño, que en otros tiempos debió ser blanco, bordado, quizá de hilo de Holanda... A pesar de la escasa luz se le ve ajado y roto. Sobre este altar hay un bulto en posición yacente, Samuel se acerca más, entre penumbras ve los restos insepultos de un niño, su esqueleto.
- ¡Dios! ¿Qué es esto? -exclama en voz alta, tan alta que resuena por toda bóveda de la gruta.
A su espalda unas pisadas le hacen volverse con rapidez. Frente a él está "el ermitaño", con cara de pocos amigos y blandiendo un grueso garrote. Samuel se asusta, no por su actitud belicosa, sino por su aspecto: es un anciano encorvado, de ojos brillantes, cabellos blancos, largos y ralos; la barba le llega hasta la cintura, las cejas son anchas y espesas. Sus manos, nudosas y deformadas, presentan uñas largas unas, rotas otras, ennegrecidas todas ellas. Los pies los lleva envueltos en pieles, sus ropas son verdaderos harapos.
- Tranquilo, amigo -le dice, tratando de apaciguarle-, no sabía que aquí vivía alguien. Siento haberle asustado.
El viejo le mira, parece no entenderle, aún continúa con el bastón en alto. Con voz gangosa logra articular algunas palabras:
- ¿Dónde tú tienes el palo de fuego?
- ¿Qué palo de fuego?
- Ese que: pum-pum-pum y mata.
- ¿Un rifle? ¿Te refieres a un rifle? Yo no tengo rifle, ni pistola, ni palo de fuego. Vengo en son de paz.
- ¿Paz? -deja el bastón en el suelo y se sienta sobre una piedra, le señala a Samuel otra invitándole a sentarse- ¿Ya no hay hombres que matan? ¿Comer quieres? Es animal de río, come -le alcanza un trozo de rata asada-. Es carne, buena, no siempre tengo carne.
- No, gracias. Si quieres he traído comida: queso, chorizo y vino.
- ¿Vino? Yo no bebo, no deja mamá. Queso sí, chorizo sí. ¿Tienes pan? Desde entonces no como pan.
- ¿Desde cuándo?
- Desde la guerra. Desde que huimos de los hombres que mataban. Desde que me perdí.
Samuel le observa con curiosidad, empieza a atar cabos, le pide que le cuente su historia a lo que el viejo accede:
- De mañana sonaron bombas, en el otro pueblo. Padre nos despertó. Madre esperaba otro hijo, no podía subir deprisa hasta la cueva, se quedó abajo. Martín, el hijo del tío Pascualón, iba con mí; corrimos cuesta arriba, nos perdimos. Un hombre con rifle le mató, se cayó encima de mí, yo me asusté, me dieron golpes, creyeron que yo muerto también y se fueron. Ya no bajé, sólo a buscar el arcón de madre. Me quedé solo.
- ¿Te acuerdas de cuál es tu nombre?
- Sí -titubea- Antonio. Antonio Yela. De los Yela de...
Samuel no le deja continuar, atropelladamente le cuenta que él es su sobrino, que su madre tuvo una hija, que dio a luz junto a una de las cuevas más cercanas al pueblo, que los "hombres que mataban" la dejaron en paz, que ahora todo estaba tranquilo y él podría regresar y vivir en la casa de adobe de los abuelos, al fin y al cabo le pertenecía en buena ley; vivir como una persona y rodeado de personas. El pobre viejo mueve la cabeza, titubea, aquello le suena a locura "hace tanto tiempo que no está con el resto del mundo que ha muerto para él."
- Si voy de aquí ¿dónde llevo a Martín?, además ya no puedo con el arcón de madre.
- No te preocupes, a Martín vendría a buscarle más tarde con algunos hombres del pueblo, el arcón tal vez pueda bajarlo yo. ¿Dónde está?
- Aquí, en agujero.
Samuel lo saca con cuidado, es una gran caja de madera bien trabajada, ahora es de color verdinegra por el musgo que se le ha adherido por los bajos. Aún conserva los herrajes, aunque oxidados. "¿Puedo abrirlo? -pregunta."
- Sí.
El arcón contiene de todo un poco: fotografías antiguas, un bolso de fiesta, un traje de pana ("El traje de los domingos, era de padre -le explica Antonio-"), un vestido de novia bastante bien conservado a pesar de las circunstancias, unos zapatos de tela, dos candelabros, restos de vajilla, monedas de la República y anteriores, libros, cartas de amarillento papel... "¡Ah, -exclama Samuel- si hubiera encontrado todo esto cuando tenía diez años, menudo tesoro! ¡Cuántos sufrimientos se habría ahorrado mi madre, habría conocido a su hermano! ¡Qué cantidad de vueltas da la vida! Cuando regresemos el tío Pascualón no lo va a poder creer. Enterrará a su hijo, se quedará tranquilo sabiendo dónde está".
- Tío Antonio, cuando acabemos de comer te vendrás conmigo. Tienen que saber que estás vivo. Pascualón se llevará una gran sorpresa. Regresarás al mundo de los vivos, pero antes tendré que adecentarte un poco, también te llevaré al médico... -Samuel le va enumerando todo lo que piensa hacer, Antonio le escucha, asiente con la cabeza mientras da buena cuenta de lo preparado por tía Resti-. Dejaremos esto tal y como me lo he encontrado, vamos a ver si ya ha parado de llover, si es así emprenderemos el camino de regreso.
Antonio se levanta con lentitud, le sigue como si de un perrillo amaestrado se tratase; Samuel recoge sus cosas, enciende la mecha de la lámpara de aceite y, abriendo la marcha, se dirige hacia la salida. Los densos nubarrones de unas horas antes han dado paso a un cielo azul, en el que el arco iris luce como celebrando la vuelta del "niño perdido". Atrás queda la cueva, las ilusiones de Samuel por hacerse famoso tras encontrar "un tesoro escondido", han dado lugar a la alegría sincera de tener junto a sí a alguien que daban por muerto desde hacía años, por haber satisfecho su curiosidad por el Monte, pero quedándole aún por explorar la cueva y un arcón y un anciano llenos de recuerdos…, pero esto ya es materia para otra historia.
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Nota.- Este relato está publicado en www.estandarte.com y pertenece al cuaderno "El giraldillo (Veintiún relatos y un poema)", presentada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid y Registrado con el nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de Agosto de 2006.

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