jueves, 2 de abril de 2009

I encuentro del Grupo Literario-Artístico "El Parnaso" en fotos.

El lunes 30 de marzo emprendió su andadura el Grupo Literario-Artístico "El Parnaso". Me parece mentira que yo sea su fundadora y, aún más, que tuviéramos tan cálida acogida. En el salón de actos donde nos reunimos se dieron cita unas cincuenta personas, algo que, debo confesar, me resultaba totalmente impensable.
Mis cuatro amigas, escritoras en su mayoría (digo esto porque Susana, además de escribir, hace teatro amateur; en mi caso pinto, hice artesanía manual...) y yo, leímos nuestros relatos y tres de los asistentes nos acompañaron con poemas y relatos.
Fue una tarde inovidable que en un par de meses, o tres, amenazamos con salir de nuevo a la calle a compartir, con todo aquel que lo desee, nuevos relatos y poemas.
Aquí dejo algunos momentos del encuentro.

"Comparte tu arte", nuestro lema. La mesa presidencial al completo:
Susana Simón (con la mano en la boca). Elda López. Yo (haciendo que la botella de agua es el micrófono que nos faltó). Isabel Fraile y Blanca del Cerro.



Blanca del Cerro, antes de leer el primer capítulo de su novela "Luna Blanca"




Isabel Fraile, poco antes de leer su relato

Juana Castillo (yo), antes de leer "Retrato: una yonqui"

Elda López lee su relato


Susana Simón lee poemas de Mª del Carmen García Andrés, asistente al acto quien, por problemas de garganta, no pudo hacerlo.

Julia Gallo Sanz, asistente al acto, antes de dar comienzo a la lectura de tres sonetos dedicados al agua y que forman parte de su antología poética "Memoria a barlovento"

Pedro M. Martínez Corada, director de la revista literaria Almiar-Margencero, asistente al acto quien también compartió con nosotros un relato

Y, Susana Simón, ella nos "dramatizó" su historia: "Filosofía histórica del escritor" al mejor estilo del Club de la comedia. Con su relato dimos fin al acto.

jueves, 26 de marzo de 2009

"COMPARTE TU ARTE" con el Grupo Literario-Artístico "EL PARNASO" -Invitación-

El Parnaso, pintura al fresco de Raffael Sanzio (1510-1511)

El grupo literario-artístico El Parnaso tiene el placer de invitarte a su primera tertulia, no sólo como oyente, sino como autor. Podrás participar leyendo tus poemas, relatos, hablando de música, pintura, teatro o cualquiera que sea la faceta artística que realices.
Lugar: salón de actos de la parroquia “Nuestra Señora de las Delicias”. Paseo de las Delicias, nº 61.
Fecha: 30 de marzo, lunes, a las 18 horas.
Autobuses: 8– 19 – 45 - 55 – 85 – 86-
Metro: Delicias.
Cercanías RENFE: Delicias.

Nos encantará encontraros allí, las fundadoras*.
Madrid, 26 de Marzo de 2009

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* Fundadora, Juana Castillo.
* Co-fundadoras: Blanca del Cerro, Isabel Fraile, Elda López y Susana Simón.

domingo, 22 de marzo de 2009

21 de marzo, Día Internacional de la Poesía.

Imagen obtenida en Internet
Ven, amiga, escribe
Juana Castillo Escobar ®


El papel susurra en mi oído
dulces palabras de miel.
Me llama de forma constante:
Ven, amiga, escribe, ven.

No te olvides de mí, ven.
Ven y deja que tu pluma corra sobre mi superficie
vertiendo ríos de tinta,
no me importa si hablas tan sólo de él.

Yo acogeré tus secretos,
tus pensamientos y deseos también.
Sabré guardar todo cuanto escribas
sobre mí, ven.

Ven y no me olvides,
necesito la caricia de tu piel sobre mi piel,
necesito de tu aliento,
sentir tus ojos cuando recorren mi superficie para leer.

Acércate a mí, te susurraré historias
para que relates, te gustarán, ten fe.
Y, si para que seas feliz ha de ser el protagonista él,
no lo dudes, mis historias te hablarán de él.

Ven, siéntate y escribe.
Déjame sentir tu cálida piel de escritora
sobre mi ardiente y satinada piel de papel.
Ven, amiga, escribe y, aunque de celos muera, ven y háblame de él.

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Este poema forma parte del cuaderno titulado: "Poemas en Madrid 2009".

viernes, 13 de marzo de 2009

Un soneto divertido para un feliz fin de semana

A una pelusa
Juana Castillo Escobar
®


Érase un hombre a una pelusa ligado,
érase una pelusa superlativa;
érase una pelusa mogollón y esquiva;
érase un pelusón muy abullonado.

Era un montón casi soterrado,
érase una fauna primitiva;
érase un elefante boca arriba,
era Bernabé Pertierra apelusado.

Érase pelusa de un rebaño entera,
érase el cargamento de una galera;
miles de rebaños de ovinos era.

érase una pelusa infinita,
muchísima pelusa, pelusa tan fiera,
que de la casa de Román su morada hiciera.

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Casi parafraseando a Quevedo - 17-XI-05.
Este poema pertenece al cuaderno: "Poemas dedicados".

martes, 3 de marzo de 2009

Para tener un buen comienzo de semana y de mes

Imagen obtenida en Internet
¿Cuántos tantos?
Juana Castillo Escobar
®


- Gol, gol, gol, goool -gritaba Herminia fuera de sí.

Tenía la cara roja por el esfuerzo y se mesaba los cabellos de placer. Saltaba eufórica. Su equipo había resultado ganador. Eso significaba: ¡Que pasaría a las semifinales! El triunfo era algo cantado. Este año, estaba segura, obtendrían la copa; es más, se la merecían después de tanto tiempo en dique seco.

Herminia bailaba llena de gozo en torno a la mesita baja de cristal y hierro negro. El bol de las palomitas se bamboleó y éstas acabaron desparramadas por el salón, pero eso no tenía la menor importancia. Ella se movía ante el televisor y en torno a la mesita como los indios ante las hogueras. Adoraba aquel aparato que le mostraba, aunque empequeñecidos, a sus dioses: once tíos buenos en calzón corto y sudando la camiseta. Aún danzaba cuando escuchó el llavín en la cerradura del apartamento.

- ¡Qué pronto ha dado la vuelta! -Exclamó con disgusto-. Debería de haber tardado un poquito más. Aún me falta por ver el partido que retransmiten por la...

No pudo acabar la frase. Miguel la observaba desde la puerta del salón.

- Pero, ¿qué te ocurre? -preguntó muy extrañada-, ¿te sucede algo? Tienes un color de cara...

- Nada, nada -respondió él con esfuerzo. Luego se refugió en el dormitorio.

Herminia tomó el mando a distancia. Olvidó a su marido. Ahora tenía que buscar el canal por el que retransmitían el encuentro. Este internacional. En diferido. ¿Qué importaba? Como le quedaban unos minutos recogió del parquet, con mucho cuidado, las palomitas que no estaban pisadas. Ya no le quedaba tiempo para ir hasta la cocina, preparar en el micro otra tanda..., no, no tenía tiempo. ¿Lo mejor? Después de soplarlas las fue colocando en el bol. Se arrellanó en su "rinconcito" del sillón, como solía llamarlo y, palomita va, palomita viene, se dispuso a disfrutar del segundo partido de la jornada.

De tanto como se ensimismó llegó a olvidarse por completo de Miguel quien, en el cuarto, boqueaba como un pez. Trataba de desembarazarse del jersey que ella le tejió mientras veía el pasado mundial, con los colores de su equipo, como era de esperar. Pero, ¡ay!, el cuello, demasiado estrecho, le ahogaba. Miguel tiraba de los faldones de la prenda, de atrás hacia adelante, pero no conseguía quitárselo.

- Gol, gol, goool -chillaba de nuevo Herminia.

Mientras él se batía con el suéter, pensaba con tristeza:

- Está visto que no quiere dejarme escapar. Soy su prisionero. ¿Por qué mi esposa no será una mujer normal a quien le guste ir de compras, ver tiendas, pintarse las uñas..., incluso cotillear con las amigas? Al menos, y no creo que sea pedir tanto, debería echar un vistazo a la labor... cuando la hace. Pero no, se emboba ante los jugadores. Jalea todos los goles y, para mayor recochineo, es lo único que comenta con las amigas. Ante ellas presume de conocer a tal jugador, a no sé qué entrenador, al presidente de tal club... ¡No lo entiendo! -Miguel, desesperado, acabó lanzando un grito casi animal-: Herminiaaa... ¿cuántos tantos deberé meter esta noche para que me hagas un poquito de caso?

Del salón tan sólo llegó una respuesta:

- Gol, gol, gol, goool, gooool, goooool...

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Nota.- Con este cuento participé en el II Concurso de Relatos para leer en tres minutos "Luis del Val", convocado por el Ayuntamiento de la Villa de Sallent de Gállego. Según carta enviada por dicho ayuntamiento en fecha 23/3/05, nº de Registro de salida 458 este relato fue seleccionado y publicado en una antología titulada "Relatos para Sallent".

Este relato estuvo en my space "PuRo CuEnTo" desde el 5-XI-04 hasta el 30-I-09 en que lo retiré.


miércoles, 18 de febrero de 2009

Un relato breve para un lector apresurado

Imagen obtenida en Internet
Luna llena
Juana Castillo Escobar ®



La luna, llena y redonda como un queso, lucía en el centro de un cielo azabache. De repente desapareció. En la negrura de la noche se pudo escuchar con nitidez una voz que explicaba lo sucedido: Han echado el lazo a la luna. Cuatro calles más abajo una horda de muertos de hambre la han convertido en porciones.
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Nota.- Este es uno de los once microrrelatos editados en la antología "Tusitala" (El narrador) publicada por la Escuela de Escritores en Junio de 2005, y que forma parte del cuaderno titulado "In crescendo". ( Págs. 103, 104, 105 y 106). Estuvo publicado en My Space desde el 19-X-05 hasta el 30-I-09 en que lo borré.

martes, 10 de febrero de 2009

Un relato para todos los públicos

Caballeros medievales enfrentados en un torneo
E L T O R N E O ®
Juana Castillo Escobar

En lo alto el limpio cielo, desnudo de nubes, como pintado de azul. Bajando, poco a poco, una pradera verde esmeralda circunda las ocres arenas del palenque. Acercándose aún más, se puede distinguir el lugar del encuentro: la tierra, cercada con maderos engalanados con guirnaldas de flores, estandartes y escudos de armas de los combatientes. La tribuna aún permanece vacía.
Poco a poco el espacio se llena. Villanos, saltimbanquis, pícaros y campesinos ataviados con trajes de lana oscura, ocupan el entorno. Traen consigo una sorda algarabía. Caballeros en sus monturas van apareciendo por los ángulos de aquel recinto. Toman posiciones entremezclándose con las gentes unos, aguardando a los reyes en la tribuna, otros.
Pajes vestidos con ternos de alegres colores hacen sonar las trompas. Es un día festivo. Se celebra la llegada de la primavera con ferias, bailes y torneos en los que, los caballeros combatientes, buscan la gloria.
La pradera se llena por momentos de gentes venidas de todos los rincones.
En la arena, los ayudantes van de un lado a otro dando los últimos toques, colocando armas y escudos en los lugares correspondientes.
Silencio. Llegan el Rey y la Reina. Descabalgan de sus monturas y, cogidos de la mano, suben al estrado sentándose en sus tronos. La nobleza, gentileshombres y caballeros experimentados les acompañan. De éstos, algunos de ellos, tienen la tarea de arbitrar el torneo. Son los jueces de la liza.
Los aldeanos rompen el silencio cuando, desde sus posiciones, ven llegar a los dos paladines: El Caballero del León y El Caballero de Esmeralda. Suenan vítores, aclamaciones y un gran alboroto inunda el entorno.
- Os venceré, tenedlo por seguro -dice, a través del yelmo, el Caballero del León con voz metálica.
- No vendáis la piel del tigre antes de haberlo cazado -le responde el Caballero de Esmeralda, haciendo que sus palabras resuenen silvantes a través de la ventalla del casco.
Las monturas de los litigantes marchan a paso lento, suben y bajan el cuello con dificultad por el peso de la barda. Los jinetes tiran de las riendas. Llegados ante la tribuna, los caballeros hacen una reverencia. Suenan las trompas. Cabalgan de nuevo y van a situarse en sus puestos. Antes de que cada uno de ellos se ponga a uno u otro lado de la tela, se dirigen metálicas palabras:
- ¿Qué arma elegís, Caballero de Esmeralda?
- Para empezar tomaré el hacha.
- Bien, señor. Yo escojo las mazas -responde el del León, y con un ligero trote se apresta al combate.
De nuevo el sonido de la trompa. El juez da la señal, los contendientes aguijonean sus monturas con el pico de las espuelas. Los caballos se encabritan, se quedan sobre los cuartos traseros, de un salto emprenden el galope y dejan a ambos hombres frente a frente. Entrechocan los hierros. El Caballero del León es diestro en el manejo de las mazas, hace que el de Esmeralda se tambalee varias veces, pero éste es ágil y esquiva los golpes parapetándose tras el escudo. En una de las embestidas, el Caballero del León le pilla desprevenido haciendo que el hacha caiga de sus manos. El vocerío inunda el cercado.
- ¿Aún queréis continuar? -pregunta ufano el del León.
- ¡Hasta la muerte! -es la escueta respuesta.
- Seguiremos con las lanzas. Rápido, rápido -vocifera el primer caballero.
Nuevamente en sus puestos. Uno a cada lado de la tela. Tocan con la punta de sus lanzas la visera del casco saludándose, espolean a los caballos que trotan pesados bajo la carga de sus armaduras. Hay un fuerte encontronazo. El Caballero de Esmeralda da con su lanza en el quijote de su enemigo quien, tocado más que nada en su orgullo, se revuelve furioso y roza el peto del adversario. Otra vuelta a lo largo de la tela. El de Esmeralda hace arrastrar la punta de la lanza por la grupera de la montura de su rival. El del León toca la hombrera del adversario, con tal furia, que se le parte la vara. El Caballero de Esmeralda cae pesadamente del corcel.
- ¿Aún seguís queriendo más? -dice el del León-. O, ¿dejamos aquí la liza? Los jueces pueden nombrar ya un paladín.
El vocerío atruena y ensordece. La soberana se revuelve en su trono. El rostro se le ha puesto azul como el cielo, pero se serena con rapidez.
- No, no dejamos la liza, señor. Ahora a espada -reta el Caballero de Esmeralda.
Comienza la lucha cuerpo a cuerpo, sin monturas. La contienda se efectúa bajo la tribuna. El de Esmeralda es rápido y audaz con la espada. Está bien entrenado. De un certero tajo, corta el penacho de plumas blanquiazules del casco de su adversario. El del León se encuentra acorralado y herido en su amor propio. Hay un instante de titubeo que aprovecha el Caballero de Esmeralda para golpearle sobre el faldar. Salta a su alrededor, le da en el guardarrenes. Por último, un diestro choque en el peto le hace perder el equilibrio y caer al suelo plúmbeamente.
El Caballero del León ha mordido el polvo. Su adversario le mantiene caído, el escarpe sobre el vientre, la punta de la espada sobre la gorguera. Sereno, aguarda el dictamen del jurado...
Desde fuera del palenque una voz terrenal, femenina, se deja oír con claridad:
- Iván, desconecta el ordenador. ¡La cena está servida!
Y, donde hace unos instantes hubo lucha, cielo azul, gentes y voces metálicas, tan sólo queda ahora el agujero negro de la pantalla.

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Nota.- Este relato fue publicado por la revista MH (Mujer de Hoy), número 84. Semana del 18 al 24 de Noviembre de 2000, página 62.

También lo tuve publicado en my space (05-XII-22), lugar del que viene trasladado.

viernes, 30 de enero de 2009

Un relato breve para un mes que finaliza

Imagen obtenida en Internet
Entre pañuelos ®
Juana Castillo Escobar


Ésta es la historia de un hombre que vivía en el bolsillo de su mujer. Ambos, artistas de circo ya jubilados, viven sus diferencias sin complejos. Ella, grande como un Titán; él, cada día más enano a pesar de comer unas judías mágicas que, supuestamente, iban a conseguir que tuviera una estatura normal. A causa de su enanismo él vive colgado de uno de los bolsillos del traje de su esposa, entre pañuelos de seda y encaje. Sólo, de vez en cuando, le asalta el temor de llegar a ser inspirado por ella, aunque esta sería la mejor forma de compenetración jamás lograda entre ambos.

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Nota.- Este es uno de los once microrrelatos editados en la antología "Tusitala" (El narrador) publicada por la Escuela de Escritores en Junio de 2005.( Págs. 103, 104, 105 y 106). Pertenece al cuaderno de micro relatos titulado: "In crescendo" que está registrado en Madrid. Lo publiqué en my space el 19-X-05, hasta el 30-I-09 que lo retiré de él.

lunes, 5 de enero de 2009

Un grito desgarrado ante la masacre palestina. Ante cualquier masacre.

Masacre en Gaza - Imagen recibida vía e-mail

La bota de la muerte ®
Juana Castillo Escobar


A todos los caídos en Palestina y en los conflictos armados
que estremecen nuestro mundo. Por un universo en Paz.


La bota de la muerte armada
hasta los dientes
camina a la batalla:
mueren los inocentes.

El general se parapeta
tras un muro:
cómodo despacho
desde el que da órdenes con mano férrea, sin temblar.

Cumplen las órdenes los soldados
sin pensar: robots armados
que avanzan...
Dejaron su alma atrás.

Y caen niños, ancianos, mujeres,
tullidos..., y hombres en la flor de la edad.
La bota de la muerte no mira
a quién pisotea al caminar.


Domingo, 4-I-09 - 20,59 p.m.
Cuaderno: "Poemas en Madrid - Año 2009"

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Poema leído en Onda Latina el miércoles 14-I-09.

Publicado en el blog de María Sangüesa, "El vuelo de Hécate":

Publicado en la página Web de AVA (Asociación de Vecinos de Aluche - Ver en "Taller Literario"):

Publicado en el blog del Taller Literario "Pluma y Tintero:
Publicado en la Revista Literarte de Febrero:
Publicado en Espiritualidad en la red, blog de Marita Ragozza de Mandrini (1-VI-09):

viernes, 2 de enero de 2009

Para comenzar el año, un poema.

La rosa roja que te regalé ®
Juana Castillo Escobar




La rosa roja que te regalé
la llevas prendida del corazón.
Sabes que junto a ella te envié
lo poco o mucho que soy.
Con ella te llegó
toda la inmensidad de mi amor.

La rosa roja fue
lo que nos unió.
La rosa roja hizo
que mi amor lograra tu amor.
La rosa roja quiero
que sea emblema de los dos.

Te regalé una rosa roja
cuando supe que te quería.
Y no te regalé otra cosa
porque dijiste que era tu preferida.
Hoy te regalaría un jardín
para que lo cultives, vida mía.

La rosa roja fue
Lo que nos unió.
La rosa roja hizo
que mi amor consiguiera tu amor.
La rosa roja quiero
que nos acompañe siempre, corazón.

Seguiré regalándote rosas
todos los años que dure mi vida.
Rosas rojas, aterciopeladas,
porque son tus preferidas.
Siempre te regalaré rosas
para ver felices tus ojos, mi niña.

La rosa roja fue
la que nos unió.
La rosa roja hizo
que mi amor gozara tu amor.
La rosa roja busco
para que adorne nuestra unión.

Y, cuando ya sea viejo,
seguiré regalándote rosas.
La rosa roja que crece
exuberante y hermosa
en el jardín donde tengo
guardadas todas mis cosas.




J. Castillo Escobar - Martes, 8 de Novbre. de 2005
Este poema forma parte del cuaderno nº II titulado:
"Amor callado, amor secreto", (Poemas para canciones 2)

martes, 16 de diciembre de 2008

Un paisaje, un relato

Imagen internet
El monte de la soledad ®
Juana Castillo Escobar


El coche va tragando kilómetros. Samuel conduce pensativo. A su memoria le viene la imagen de su madre y a sus oídos le llegan las advertencias, los miedos de ella: "Samuel, ¿dónde te has metido? Baja de ahí, no quiero que andes por el monte, puedes extraviarte".
Cada verano regresaban al pueblo, a la vieja casa de adobe de los abuelos y, cada verano, Samuel intentaba escabullirse de la vigilante mirada de su madre, quería "perderse" por aquella montaña que le estaba prohibida y que le atraía cual canto de sirenas. Quería conocer su misterio, el por qué de tanto miedo no lograba entenderlo, sólo sabía que su curiosidad aumentaba día a día.
De vez en cuando su padre ayudaba: "Eloísa, que no se va a morir porque suba unos metros por el monte, le vas a entontecer. Ya no es un bebé". Pero su ayuda servía de muy poco ante la testarudez de la madre, muy marcada por el pasado. "No quiero que le ocurra lo mismo que a mi hermano -decía en un susurro-. A Samuel, no". "Por Dios, Eloísa, eso sucedió hace años, las circunstancias eran otras, estábamos en guerra...", toda reflexión era desoída. Eloísa no daba su brazo a torcer; es más, cuando Samuel contaba unos diez años, dejaron de ir al pueblo de veraneo tratando que el niño olvidase su "insana curiosidad".
Los años habían transcurrido veloces. Samuel creció, estudió una carrera y acabó federándose en un club de alpinistas que hacían escapadas al monte cada fin de semana. Y, cada fin de semana, Eloísa no paraba de aconsejarle, de disuadirle, de intimidarle, pero sin ningún resultado. Samuel ya era un hombre y aquélla era su vida: reportero gráfico en una prestigiosa revista dedicada a la naturaleza, gracias a la cual recorría el mundo y sus misterios.
Ahora, al volante del todo terreno, regresa al pueblito de su niñez. Su madre falleció hace meses y él, tras ejecutar el testamento, ha decidido llevar a cabo lo que hace más de medio siglo era su mayor empeño: subir al Monte de la Soledad. Inconscientemente va pidiendo perdón a su madre por desobedecerla, pero ya va siendo hora: después de haber subido al Himalaya, fotografiado las altas cumbres del Kilimanjaro y recorrido los Andes desde Perú hasta la Patagonia , aquel montecito no es nada, tan sólo una espina clavada en su costado.
- Tal vez, cuando llegue, no encuentre a ningún conocido -murmura-. Lo que sí es cierto es que a mí no me reconocerá nadie. Y la casa, estará prácticamente hundida; en fin, es mi herencia, ya veré lo que hago con ella. Tal vez la venda, dependiendo de cómo se encuentre...
Casi sin darse cuenta ha llegado al final del trayecto, se le ha hecho muy corto el viaje. Aparca en la plaza, frente a la casa de adobe: "No está tan mal como pensaba". Sale del coche, se estira, coge una Nikon de grandes dimensiones y de la guantera saca las llaves del portón. Cuando está acercándose a la entrada sale de la casa un anciano que le mira con gran curiosidad.
- A la paz de Dios -le dice con voz temblorosa, tanto como sus piernas-. ¿Cómo tan tempranico por aquí? ¿Busca a alguien?
- Buenos días -Samuel le observa, le parece alguien conocido, pero después de tantos años duda-. ¿No es ésta la casa de los Yela?
- Pos claro que sí. Yo soy el encargao de cuidarla. Pascualón, pá servirle, la Eloísa me dejó unas llaves y yo vengo de vez en cuando a darle un repaso. ¿Si pué saber quién es usted?
- Yo soy Samuel, tío Pascualón, el hijo de Eloísa...
- ¿El mocoso aquel que na más quería irse p´al monte?
- Ése, ése mismo. ¡Qué alegría tan grande ver a alguien conocido! -le abraza con efusividad.
- Rediez, qué grande estás. ¿Pos y tú madre, cómo s´encuentra? Ya hace que no hay noticias d´ella.
- Mi madre murió el año pasado, seis meses después que mi padre -una nube de tristeza cruza su frente.
- Vaya, pos sí que lo siento, muchacho. Mia tú, les tenía yo apego. ¿Has venío a ver cómo está la casa? Llegas a tiempo, aún no he cerrau la puerta ansí que pasa, pasa y acomodate, estás en la tuya. Si quiés algo ya sabes, en la puerta d´al lao me ties.
- Gracias, tío -le responde Samuel-, ahora iré para allá. Primero quiero dar una vuelta por el interior.
Curiosea por la casona. Sube al segundo piso. La verdad es que está mucho mejor de lo que se esperaba, todo en orden y casi lista para vivir en ella. Tal vez lo haga, lo suyo con Susana hace tiempo que acabó, no tiene domicilio fijo y éste puede ser el mejor refugio para su soledad. "Quizá a los niños les guste, podríamos hacer excursiones por el campo, tal vez la montaña les atraiga tanto como a mí". Sale de la casa y se acerca a la de su tío Pascualón, éste le espera sentado en el poyete de piedra.
- ¿Cómo has encontrao to?
- Muy bien, parece que no han pasado los años.
- Me dice la Resti si te vas a quedar a comer con nosotros.
- He pensado subir al monte, aprovechar la mañana.
- ¿Y vas a subir así, sin ná? Espera, te voy a preparar algo.
Entra en la casa y, al cabo de poco tiempo, aparece con un zurrón en una mano y una lámpara de aceite en la otra.
- Ten, la Resti t´ha puesto medio queso, un piazo pan, algo de chorizo y una navaja. También va una bota de vino. Llévate esta lámpara de aceite, por si las moscas.
Samuel le interrumpe:
- No tenías que haberte molestado tanto, llevo comida en el coche, agua y algunas cosillas más.
- Güeno, ¿qué importa? Ansí subíamos al monte hace años. Aunque hoy paece mal día, viene mu negro por allá abajo. Y, cuando lo negro viene de Toledo, malo, se lían unas tormentas que dan miedo. Yo que tú lo dejaba pa´ otro día.
- No tengo otro día hasta las próximas vacaciones. Si he venido hoy ha sido por subir a la montaña, no me iré sin haber satisfecho mi curiosidad. Gracias por todo, cuando baje entraré a despedirme. Creo que nos veremos a menudo.
Samuel camina a buen paso por el campo. Se ha colgado el zurrón al hombro y la lámpara de aceite del cinturón como recuerda habérselo visto hacer al tío Pascualón. Busca entre las jaras y los matorrales alguna rama que le sirva de bastón. La ascensión es suave, va observando el paisaje de bosque mediterráneo y monte bajo que le rodea. Las abubillas cantan en las ramas de los carrascos, algunas urracas vuelan a su alrededor, como observando al intruso que les fotografía sin cesar. El campo huele a romero, tomillo y espliego. "Ah, ¡por qué mi madre no me dejaría disfrutar de todo esto cuando era niño! Es una delicia. He tenido que recorrer medio mundo para poder llegar a este lugar apartado con veinticinco años de retraso". Hace un alto en el camino, mira hacia el pueblo que ya ha quedado muy atrás, tanto, que visto desde allí arriba, más parece una estampa de nacimiento que otra cosa.
- Tenía razón el tío Pascualón, esto se está poniendo muy negro. ¡Menuda la que se está preparando! -Exclama con un silbido.
El cielo parece un mar embravecido de olas oscuras que corren a merced del viento. A lo lejos se empiezan a ver las culebrinas de los relámpagos. "Debería regresar -piensa Samuel-, pero el pueblo me queda demasiado lejos; la tormenta me cogerá a medio camino. Sé que por aquí había cuevas, de la época de la guerra, donde la gente venía a resguardarse cuando oían los bombardeos. El caso es que más abajo he visto varias, ahora da la impresión que han desaparecido. Quizá no haya ninguna más adelante". Un relámpago cercano, seguido por un trueno descomunal le hace correr cuesta arriba. Empiezan a caer gotas de lluvia, cada vez son más grandes y más seguidas, los relámpagos más deslumbrantes y los truenos insoportables.
Se siente fatigado, "Dios, los años no pasan en balde, como no encuentre un refugio veo que me quedo achicharrado bajo una encina. Al final voy a tener que dar la razón a mi madre. ¡Quizá sea ella quien me envía la tormenta, claro, está cabreada porque la he desobedecido! Lo siento, madre, -grita mirando al cielo-. Esta curiosidad me estaba matando desde niño, tenía que subir este monte y lo estoy haciendo, perdóname". Su alarido se empareja con un sonoro trueno que le hace dar un salto hacia atrás, una mata de retama, muy bien colocada, tapa la boca de una cueva en la que cae de espaldas.
- ¡Qué costalada acabo de pegarme, Dios! ¡Al final me tienen que bajar del Monte de la Soledad en angarillas!
Se sacude la ropa, húmeda por el agua de la lluvia; limpia su Nikon, cerciorándose de que no le haya ocurrido nada irreparable; se descuelga del cinturón la lámpara de aceite, del bolsillo interior del chaleco saca un encendedor y prende la mecha. Mira a su alrededor con gran curiosidad: la entrada de la cueva es bastante angosta, oscura, pero allí no entra el agua ni los relámpagos, es un buen sitio para esperar a que escampe. Samuel abre el morral, la caminata le ha abierto el apetito, y el olor de las viandas preparadas por tía Resti más aún, se sienta sobre una piedra y, cuando está a punto de cortar el primer pedazo de queso, siente un aire frío rozarle la nuca, parece que aquella cueva es más profunda de lo que creía pues del interior vienen una especie de susurros, de ruidos extraños.
Guarda el pan, el queso, la navaja..., y se cuelga de nuevo el zurrón al hombro, la Nikon del cuello, se pone en pie con la lámpara de aceite a la altura de su cabeza y mira a su alrededor. La entrada de la cueva no es tan estrecha como le había parecido en un principio, hay una especie de muro que la divide, una entrada lateral le lleva a un pasillo pedregoso, húmedo, oscuro y no muy ancho. "Esto es lo mío, ¿qué habrá más allá? Al final descubro un yacimiento prehistórico y me hago famoso". Aguza el oído, de hecho se oyen cánticos, muy apaciguados, muy lejanos pero son cánticos salidos de una garganta humana, no son aullidos ni el ulular del viento a través de una chimenea o de alguna oquedad.
Samuel camina lentamente, está demasiado oscuro por lo que alarga la mecha de la lámpara: "Esto ya es otra cosa, ahora veo mejor -suspira-. Puagh, qué olor más fétido -escupe."
Según va adentrándose por el largo pasillo el aire se hace más caliente, un olor acre (mezcla de moho, orina y humo) le envuelve. "Se estaba mejor afuera, esto levanta el estómago al más pintado. Parece que me he transplantado al Tíbet, allí no aguanté y aquí no sé si acabaré vomitando hasta la primera papilla". Mientras va mascullando esto el rumor que le llega desde el interior se hace más audible, aguza el oído, y escucha:
- Agnus Dei, qui tollis peccata mundi. Miserere nobis. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrix...
- Me cago en..., si están hablando en latín, están rezando una letanía. Lo mismo me he colado en la cueva de un ermitaño.
Cada vez se oye más cercana la oración, el pasillo se ensancha acabando en seis escalones que le dan paso a una gran sala de forma oval e iluminada por cuatro fogatas situadas en los lugares más estratégicos; en el centro de la misma hay otro gran fuego encendido, sobre éste se está asando algo. "Quizá sea la comida del ermitaño -piensa Samuel". Él no se ha dado cuenta, pero los rezos han terminado de repente. Apaga la lámpara de aceite y la deja sobre un saliente de la roca, el zurrón lo deposita en el suelo, la Nikon continúa colgando de su cuello. Mira a su alrededor, la belleza de aquel lugar le llena de placer: el techo de la cueva parece que está cuajado de estrellas por lo brillante, dos grandes estalactitas que van del techo al suelo, dividen la gruta en dos enormes salas, hay cuevas pequeñas horadadas por las zonas bajas de las paredes semejantes a habitaciones. A su izquierda ve un semicírculo, oscuro, semejante a un ábside; camina unos pasos hacia ese lugar, se siente atraído por lo que parece un altar: aprovechando un saliente de la roca "el ermitaño" lo ha cubierto con un paño, que en otros tiempos debió ser blanco, bordado, quizá de hilo de Holanda... A pesar de la escasa luz se le ve ajado y roto. Sobre este altar hay un bulto en posición yacente, Samuel se acerca más, entre penumbras ve los restos insepultos de un niño, su esqueleto.
- ¡Dios! ¿Qué es esto? -exclama en voz alta, tan alta que resuena por toda bóveda de la gruta.
A su espalda unas pisadas le hacen volverse con rapidez. Frente a él está "el ermitaño", con cara de pocos amigos y blandiendo un grueso garrote. Samuel se asusta, no por su actitud belicosa, sino por su aspecto: es un anciano encorvado, de ojos brillantes, cabellos blancos, largos y ralos; la barba le llega hasta la cintura, las cejas son anchas y espesas. Sus manos, nudosas y deformadas, presentan uñas largas unas, rotas otras, ennegrecidas todas ellas. Los pies los lleva envueltos en pieles, sus ropas son verdaderos harapos.
- Tranquilo, amigo -le dice, tratando de apaciguarle-, no sabía que aquí vivía alguien. Siento haberle asustado.
El viejo le mira, parece no entenderle, aún continúa con el bastón en alto. Con voz gangosa logra articular algunas palabras:
- ¿Dónde tú tienes el palo de fuego?
- ¿Qué palo de fuego?
- Ese que: pum-pum-pum y mata.
- ¿Un rifle? ¿Te refieres a un rifle? Yo no tengo rifle, ni pistola, ni palo de fuego. Vengo en son de paz.
- ¿Paz? -deja el bastón en el suelo y se sienta sobre una piedra, le señala a Samuel otra invitándole a sentarse- ¿Ya no hay hombres que matan? ¿Comer quieres? Es animal de río, come -le alcanza un trozo de rata asada-. Es carne, buena, no siempre tengo carne.
- No, gracias. Si quieres he traído comida: queso, chorizo y vino.
- ¿Vino? Yo no bebo, no deja mamá. Queso sí, chorizo sí. ¿Tienes pan? Desde entonces no como pan.
- ¿Desde cuándo?
- Desde la guerra. Desde que huimos de los hombres que mataban. Desde que me perdí.
Samuel le observa con curiosidad, empieza a atar cabos, le pide que le cuente su historia a lo que el viejo accede:
- De mañana sonaron bombas, en el otro pueblo. Padre nos despertó. Madre esperaba otro hijo, no podía subir deprisa hasta la cueva, se quedó abajo. Martín, el hijo del tío Pascualón, iba con mí; corrimos cuesta arriba, nos perdimos. Un hombre con rifle le mató, se cayó encima de mí, yo me asusté, me dieron golpes, creyeron que yo muerto también y se fueron. Ya no bajé, sólo a buscar el arcón de madre. Me quedé solo.
- ¿Te acuerdas de cuál es tu nombre?
- Sí -titubea- Antonio. Antonio Yela. De los Yela de...
Samuel no le deja continuar, atropelladamente le cuenta que él es su sobrino, que su madre tuvo una hija, que dio a luz junto a una de las cuevas más cercanas al pueblo, que los "hombres que mataban" la dejaron en paz, que ahora todo estaba tranquilo y él podría regresar y vivir en la casa de adobe de los abuelos, al fin y al cabo le pertenecía en buena ley; vivir como una persona y rodeado de personas. El pobre viejo mueve la cabeza, titubea, aquello le suena a locura "hace tanto tiempo que no está con el resto del mundo que ha muerto para él."
- Si voy de aquí ¿dónde llevo a Martín?, además ya no puedo con el arcón de madre.
- No te preocupes, a Martín vendría a buscarle más tarde con algunos hombres del pueblo, el arcón tal vez pueda bajarlo yo. ¿Dónde está?
- Aquí, en agujero.
Samuel lo saca con cuidado, es una gran caja de madera bien trabajada, ahora es de color verdinegra por el musgo que se le ha adherido por los bajos. Aún conserva los herrajes, aunque oxidados. "¿Puedo abrirlo? -pregunta."
- Sí.
El arcón contiene de todo un poco: fotografías antiguas, un bolso de fiesta, un traje de pana ("El traje de los domingos, era de padre -le explica Antonio-"), un vestido de novia bastante bien conservado a pesar de las circunstancias, unos zapatos de tela, dos candelabros, restos de vajilla, monedas de la República y anteriores, libros, cartas de amarillento papel... "¡Ah, -exclama Samuel- si hubiera encontrado todo esto cuando tenía diez años, menudo tesoro! ¡Cuántos sufrimientos se habría ahorrado mi madre, habría conocido a su hermano! ¡Qué cantidad de vueltas da la vida! Cuando regresemos el tío Pascualón no lo va a poder creer. Enterrará a su hijo, se quedará tranquilo sabiendo dónde está".
- Tío Antonio, cuando acabemos de comer te vendrás conmigo. Tienen que saber que estás vivo. Pascualón se llevará una gran sorpresa. Regresarás al mundo de los vivos, pero antes tendré que adecentarte un poco, también te llevaré al médico... -Samuel le va enumerando todo lo que piensa hacer, Antonio le escucha, asiente con la cabeza mientras da buena cuenta de lo preparado por tía Resti-. Dejaremos esto tal y como me lo he encontrado, vamos a ver si ya ha parado de llover, si es así emprenderemos el camino de regreso.
Antonio se levanta con lentitud, le sigue como si de un perrillo amaestrado se tratase; Samuel recoge sus cosas, enciende la mecha de la lámpara de aceite y, abriendo la marcha, se dirige hacia la salida. Los densos nubarrones de unas horas antes han dado paso a un cielo azul, en el que el arco iris luce como celebrando la vuelta del "niño perdido". Atrás queda la cueva, las ilusiones de Samuel por hacerse famoso tras encontrar "un tesoro escondido", han dado lugar a la alegría sincera de tener junto a sí a alguien que daban por muerto desde hacía años, por haber satisfecho su curiosidad por el Monte, pero quedándole aún por explorar la cueva y un arcón y un anciano llenos de recuerdos…, pero esto ya es materia para otra historia.
______
Nota.- Este relato está publicado en www.estandarte.com y pertenece al cuaderno "El giraldillo (Veintiún relatos y un poema)", presentada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid y Registrado con el nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de Agosto de 2006.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Llegó el Adviento. A los que me visitáis os deseo de todo corazón que paséis una:

¡Feliz Navidad y que tengáis un próspero y pacífico año Nuevo 2009!

Belén del Ayuntamiento de Sevilla


- Joyeux Noël et Bonne Année!

- Merry Christmas and a Happy New Year

- Buon Natale e Felice Anno Nuovo

- Boas Festas e um Feliz Ano Novo

- Fröhliche Weihnachten und ein glückliches Neues Jahr!

- Feliz Natal! Feliz Ano Novo!

- Bones Navidaes & Gayoleru anu nuevu!

- Bon Nadal i feliç any nou!

- Bon Nadal e Bo Ani Novo

- Zorionak eta Urte Berri On!

- Kala Christougenna Ki'eftihismenos O Kenourios Chronos

- Colo sana wintom tiebeen

- Chung Mung Giang Sinh - Chuc Mung Tan Nien

- Pax hominibus bonae voluntatis,
Juana Castillo.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Un poema que es un grito en el desierto. Ayer asesinaron a otro ciudadano español en el País Vasco.

Imagen obtenida en Internet
¿Hasta cuándo? ®


¿Hasta cuándo tendremos que soportar esta bestia inmunda?
¿Hasta cuándo los intransigentes nos harán sentir dolor?
¿Hasta cuándo esos innombrables se arrogarán derechos que en nada se fundan?
¿Hasta cuándo creerán que enarbolan la bandera del honor?

¿Hasta cuándo el pueblo vasco permanecerá callado?
¿Hasta cuándo permitirán que les/nos pisoteen y masacren?
¿Hasta cuándo ese silencio se convertirá en clamor?

¿Hasta cuándo matarán, fundándose en no se sabe qué derechos?
¿Hasta cuándo esperaremos a que comprendan lo execrable de su acción?
¿Hasta cuándo aguardar a que aprendan
que la libertad sólo se obtiene por la fuerza del amor?

Juana Castillo Escobar.
Jueves, 4-XII-08 -9,49 a.m.
Me publicaron este poema en la página de la Asociación 11-M Víctimas del terrorismo.
También en el nº 43 de la revista Transparencias:

lunes, 1 de diciembre de 2008

Empecemos diciembre con "una sonrisa"

Venus de Milo, museo del Louvre - París (Francia)
Un regalo de los dioses: "muñequita"
Juana Castillo Escobar ®



"Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania.
Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven;
amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre."
Vladimir Nabokov: "Risa en la oscuridad".


Albinus se casó púber. Escasamente enamorado de una mujer con quien creyó alcanzar la felicidad. Una mujer que, en los primeros años, se desvivió por hacerle dichoso pero, a medida que éstos pasaban, una apatía sin límites enfrió la relación. Entonces, Albinus, empezó a fijarse en otras mujeres. En su cabeza enraizó el deseo. Un pensamiento fijo le torturaba: el anhelo de encontrar otro amor.
Podía permitirse mantener una amante, o dos. Con su fortuna cualquier jovencita debería caer rendida a sus pies. Pero, Albinus lo sabía, no era un Adonis: de piel transparente, pequeña estatura, entrado en carnes, con cara de ratón miope y casi calvo..., no, no se trataba del amante apropiado. ¡La chequera! ¡La chequera podría, como siempre, sacarle del apuro!
Una mañana lluviosa y gris, decidió dejar el coche en el garaje. Se dirigiría hasta su empresa caminando. Entonces la vio. Estaba allí, tras el escaparate de aquella tienda inaugurada semanas atrás. Sus largas piernas, su boca sensual y bien pintada, su larga cabellera castaña...
- ¡Tiene que ser mía a cualquier precio! -Exclamó con rabia.
Al final lo consiguió. Abandonó a Elsa, su mujer, y llevó a Theodora al hotel más caro de la ciudad. La inundó de costosos regalos: un elegante salto de cama, un valiosísimo diamante, un cotizado perfume, un hermoso ramo de rosas rojas... Una vez en la suite pidió champán francés, Habanos de calidad superior y una cena exquisita. ¡Todo era poco para ella! Albinus le habló de sus aspiraciones, de sus sentimientos, de sus miedos, entre bocado y bocado de caviar ruso, largos sorbos de champán francés, caladas al puro y embriagado por el aroma a Chanel nº 5 que se desprendía del cuerpo de la joven. Estaba tan tentadora, sentada frente a él, con sus labios bien perfilados, con sus rosados hombros al descubierto y el comienzo de sus senos casi al aire…
Soltó el puro, los emparedados, y en brazos la llevó hasta la cama. No podía aguantar más. Albinus, tendido sobre ella, junto a ella, la amó entre sábanas de raso apasionadamente, con frenesí, hasta la extenuación. Ella se dejó hacer, sin una mueca, sin un mal gesto, sin un suspiro. En silencio.
Cansado y feliz, encendió un nuevo Habano y empezó a hablar, a hacer planes de futuro. Movía sus anchas manos como alas de mariposa, con tan mala fortuna que la punta del puro chocó contra la cadera de la joven. De inmediato Albinus escuchó un:
- Fishshshsh, fishshshshsss.
También de inmediato se vio abandonado por Theodora, su regalo de los dioses, su "Muñequita". En un arranque de locura corrió hasta el balcón, abrió los amplios ventanales, se encaramó como pudo sobre la balaustrada de mármol y se dejó caer sobre los negros adoquines de la Grand Platz. Su cuerpo, semejante al de Arlequín, quedó inerte, fracturado en medio de la plaza. De inmediato docenas de ojos curiosos lo rodearon. Cuchicheaban entre sí, o se espantaban; luego, proseguían su camino.
Albinus jamás podrá escribir su historia, ni su feliz aventura que terminó tan desastrosamente. Mientras caía una pregunta revoloteó por su cabeza:
- ¿No habría sido mejor pedirle a la dependienta del sex-shop que fuera ella mi "Muñequita"? ¡Tal vez hubiera tenido suerte, y ella accedido... oh, oh, oh!
¡Plaf!
_______
Nota.- Este relato también está publicado en la página Web: www.estandarte.com
Pertenece al cuaderno titulado "El giraldillo (Veintiún relatos y un poema)", presentado en el Registro de la Propiedad Intelectual el 24-V-06, a la que correspondió el nº M-004098/2006. Y número de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de Agosto d 2006.

martes, 25 de noviembre de 2008

Relato de crudo invierno

Muñeca de escayola imitando a porcelana,
trabajo artesanal realizado por Juana Castillo Escobar.
(Pintura de cara, manos y piernas al óleo; cuerpo y traje cosidos a mano)
Vestidas de azul ®
Juana Castillo Escobar


De forma invariable, como de costumbre, aquel año nevó la noche de Reyes. Cuando las hermanas Montalto despertaron, el campo que circundaba la casona apareció pintado de blanco. Alegres, vestidas de azul, corrieron hasta la sala, la gran sala donde aguardaban sus regalos. En torno al descomunal abeto las cajas, envueltas en papeles de vivos colores y cerradas con grandes lazos, mantenían en su interior el secreto de sus deseos, que eran justamente lo que les habían pedido. En la chimenea crepitaba un alegre fuego. Y, en toda la casa, se podía sentir su calor, también el agradable aroma a resina quemada. Fuera, Hugo deambulaba por la hacienda. Para él, un año más, los Reyes le habían olvidado. Al menos, en ningún rincón de su casucha, encontró nada. Tal vez, a la noche, cuando sus padres regresaran de su trabajo en la casona, le traerían algo. O, tal vez, sus Majestades habían perdido algún detallito en la casa de los señores, aunque fuera un coche viejo o un balón usado... Hasta él llegaron las risas y los animados cánticos de las cuatro hermanas. En aquel momento debían jugar al corro. Estaba seguro. El muchacho, como pudo, trepó por el roble que crecía junto a la casona. Desde él podría ver a las niñas y confirmar su teoría. Escondido entre las deshojadas ramas, mojándose con la nieve que las cubría, las contempló embobado. Jugaban, como él las imaginó, en torno al gran abeto. Cantaban felices:



"Tengo una muñeca
vestida de azul
con su camisita
y su canesú.
La saqué a paseo..."



- Hoy no podremos salir de paseo -exclamó la segunda hermana con tristeza.
- Quizá sí. Si nos abrigamos bien, a lo mejor nos dejan jugar un ratito en la nieve. Haríamos una batalla formidable. Pediremos que nos acompañe Elsa, la hermana del jorobadito, si no tiene cosas que hacer en la casa.
- Mira, Leonor -dijo la pequeña-, ahí está Hugo, en el árbol, espiándonos como siempre. Las cuatro se acercaron a la ventana. La entreabrieron un poco y, desde el alféizar, comenzaron a sonreír al muchacho. Después le fueron enseñando sus regalos de Reyes. Hugo, sin inmutarse, las observaba. Las niñas cantaron:

"Tengo una muñeca
vestida de azul.
Anda, Hugo, dinos:
¿Qué tienes tú?"


Después, rieron. Como él continuaba callado fueron más allá en sus vejaciones. Una de ellas, la pequeña, le sacó la lengua; la segunda también. La tercera le hizo burla: dejó la ventana unos segundos, al cabo volvió cojeando, se asomó a ella, ahora llevaba un almohadón en su espalda que imitaba la incipiente joroba del chico. Leonor, la primogénita, reía las gracias de sus hermanas. Cansada de tanto mutismo le increpó:
- ¿Acaso te has convertido en pájaro para estar ahí subido? Como sigas espiándonos me chivaré a mis padres. Ellos se lo dirán a los tuyos para que te riñan. Y, si continúas, les pediré que tú y tu familia seáis expulsados de la hacienda por muy contento que esté mi padre con el tuyo por ser tan buen ojeador y chófer. O mi madre con los servicios de la tuya, y de tu hermana. Se quedarán todos sin empleo. También tu hermano, el pastor...
Dicho esto hizo una bola con la nieve depositada sobre el zinc de la ventana y la lanzó, con tal fuerza, que el muchacho perdió el equilibrio y cayó pesadamente al suelo. Las demás hermanas reían. Él, dolorido y despechado, intentó levantarse y salir corriendo. Deseaba desaparecer. Ellas cantaron de nuevo:


"Tengo una muñeca
vestida de azul,
y un sirviente cojo, jorobado y loco:
Hugo, dinos,
¿qué tienes tú?"


La pequeña gritó:
- Loco, loquito. Algún día serás mi paciente. Estás enfermito... -de nuevo Hugo pudo oír las risas de las cuatro hermanas ya en la calidez del salón.
En el Psiquiátrico Hugo observa a través de la ventana enrejada que da al patio, éste parece una enorme pizarra pintada con tiza. También hoy debe ser el día de Reyes, pero tampoco le traerán nada esta vez. Todos piensan que está loco. ¿Porque se pasa la mayor parte del tiempo cantando "Tengo una muñeca"...? ¡Que piensen lo que quieran, a él le da lo mismo, en el sanatorio está caliente y atendido! A través de la puerta escucha la inconfundible voz del doctor. Pasea por el corredor con alguien a quien le va explicando:
- En este ala se encuentran los enfermos con cargos penales, señorita Montalto. Se trata de esquizofrénicos, paranoicos, oligofrénicos… Han llegado hasta aquí tras haber cometido alguna falta grave que, por otro lado, no la llevaron a cabo de forma voluntaria ni premeditada sino que todo es achacable a su mal.
Hugo sonríe con perversidad. "Señorita de Montalto. Señorita de Montalto. Yo conocí a cuatro señoritas de Montalto y por ellas estoy aquí..."
- ¿Podría ver a este enfermo? ¿Cómo se llama?
- Aquí son sólo números. Este es el 634.
- ¿Por qué está aquí?
- Violación.
A través de la gruesa puerta ambos doctores escuchan la salmodia de Hugo, que no acaban de entender. Él canta:


"Tuve cuatro muñecas
vestidas de azul
violenté a las cuatro
por cantarme:
Hugo, dinos,
¿qué tienes tú?
Ahora tengo a la más pequeña
que doctora es,
dijo que me curaría
entonces de aquí pronto saldré."

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Nota.- Este relato está publicado también en la página Web: http://www.estandarte.com/ y forma parte del cuaderno titulado "Relatos para las cuatro estaciones -Invierno-". Presentado en el Registro de la Propiedad Intelectual el 16 de agosto de 2005, nº M-006286/2005. La matriz de inscripción definitiva: nº de asiento registral 16/2008/2297, de fecha 13 de marzo de 2008.



jueves, 20 de noviembre de 2008

Día de la Infancia

Foto obtenida en Internet
En el Día Internacional del Niño, y porque no todos viven felices, muchos sufren y no conocen lo que es ser niño, por eso, y sin ánimo de aguaros el día, me pregunto:

¿Infancia feliz? ®
Juana Castillo Escobar


A tí, niño querido,
Tierno infante, o ya mocito.
A tí, querido niño,
Quiero rendir homenaje
A tu dolor,
Con infinito cariño.
Quiero cantarte a tí,
Niño somalí,
Muchacho peruano,
Chileno, brasileño,
Dominicano,
Hindú, judío, palestino o iraquí...
O gitanilla del suburbio de Madrid.
¿Qué más da vuestra raza,
El entorno,
El lugar de nacimiento
Si todos "gozáis"
Del mismo sufrimiento?
Con el corazón desgarrado
Por vuestra infinita tristeza,
Esta que os escribe
Os quiere recordar
Dejando sobre el papel la impronta
De vuestra infelicidad.
Niños del Tercer Mundo,
Nombre horrible inventado
Por los que todo tienen
Atado y bien atado.
¿Cómo os podría ayudar?
Cobijo quisiera ofreceros,
Un techo bajo el que descansar
Sin sobresaltos,
Sabiendo que mañana
Podréis desayunar,
Por ejemplo.
Daros todo mi cariño,
Amparo, consuelo…
Creo que, con saberos queridos,
Todo se os haría más vivo.
Ahora, unos morís,
A otros, os matan,
Otros aprendéis la maldad
De vivir entre "las ratas".
¡No hay derecho!
¡No hay justicia!
Este Primer Mundo,
Que de los demás se olvida,
Debería de acordarse
De cuando él también padecía.



Viernes, 11 de Junio de 1993 - 10,40 a.m.
Este poema forma parte de una antología titulada "Contigo somos tres",
poemas para canciones 1ª parte, aún inédita. Lo tengo también publicado en "My space" y en el blog "Pluma y Tintero".

domingo, 16 de noviembre de 2008

Recuerdos

Attitude - Margot Fontein y Rudolf Nureyev
Foto obtenida en Google
En el principio (un pedacito de historia) ®
Juana Castillo Escobar

Entonces lo comprendí todo… En el principio fue el verbo. Amar es el origen. Amaron y nací. Me dieron amor y amé lo que ellos amaban: los buenos libros, la escritura, nuestra casa. La casa de mi niñez, antigua, anclada en el Barrio de Maravillas, en una calle tan estrecha y corta que semeja la añosa arteria de una anciana acartonada y seca. Hoy las piedras de sus muros están grises, encanecidas por el tiempo, pero pervive hermosa en mis ensueños. Recuerdo con todos mis sentidos su portal pequeño; la escalera oscura, con peldaños tan ajados y chirriantes que daban paso a una extraña música cada vez que bajaba corriendo; la vivienda amplia, como casi todas las de la zona. La vida se hacía en la cocina; el hogar, aún de carbón y leña, en el invierno arrojaba gratos aromas a resina; el fregadero y su grifo de latón que, de tan brillante, parecía de oro; el único aparato de radio descansaba sobre uno de los basares y amenizaba las tardes y los días trayendo las pocas noticias que llegaban del exterior, música de los cincuenta, sainetes, zarzuelas, Matilde Perico y Periquín.... A través de su ventana nos llegaba el dulce olor a pan y a masa para bollos que fabricaban en la tahona del piso bajo. El paisaje que nos brindaba era el de un patio estrecho, gris y desconchado, pero con vistas al cielo. La única nota de color estaba en los balcones con sus macetas en las que claveles, geranios de olor, hierbabuena y albahaca esparcían su aroma por la casa a la llegada del buen tiempo. En el invierno la fragancia era especial pues los armarios roperos, hacia Noviembre, guardaban entre la ropa blanca, membrillos envueltos en papel de seda junto con bolsitas rellenas con espliego y romero. Ahora, lejos de esta casa infantil, revivo costumbres, leo, escribo, veo crecer a mi hija… regreso, en fin, al origen: evoco y amo pues en el principio fue el verbo. Amar está en el principio, cuando amas es cuando lo comprendes todo.
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Nota.- Este relato está publicado también en www.margencero.com y pertenece al cuaderno "El giraldillo (veintiún relatos y un poema)" registrado en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual con el nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de agosto de 2006.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Un poema solidario

Auguste Rodin - Mano de Dios, 1898



… Y te entrego mi poema, Colombia ®


Recibí la llamada a la solidaridad
De un pueblo hermano que agoniza
Bajo la bota del opresor que aterroriza,
Mata, viola, destruye todo cuanto a su paso halla:
Todo lo que no se adecua
A la norma establecida
Hay que sacarlo de esta vida, no interesa, es morralla.

Desde la lejanía escribo mi poema,
Tiendo mis manos vacías
De odio
Y las dejo volar a través de valles y montañas,
A través de pedregales, ríos, lagos y pastizales,
En el deseo de que atraviesen el océano y lleguen
Hasta Colombia, hermana, de corazón y de sangre,
De parecidas costumbres y lenguaje.

Apóyate en mis manos, hermano,
Y en otras manos que, como las mías,
Se abren para curar heridas,
Restañar la sangre vertida,
Apaciguar tensiones…

Aunemos nuestras fuerzas,
Unamos nuestras voces:
Gritemos en un poema: no a la guerra,
No a las masacres, no a las minas…
Y sí a la comprensión, a la solidaridad, al amor global.

Globalicemos el amor:
Reguemos el orbe todo con este sentimiento,
Dejemos que su semilla arraigue
En forma de poemas, de manos tendidas…
Dejemos que hable el corazón,
Que la fuerza de su voz acalle el estruendo de las armas,
Si Gandhi lo consiguió
¿Por qué no conseguirlo ayudándonos tan sólo
Con nuestra voz?
¿Con la voz de un puñado de poetas locos?




® Juana Castillo Escobar
Madrid, 15 de Marzo de 2008 – 22,18 p.m.
Poema enviado a "Poetas del Mundo" en solidaridad con el pueblo colombiano.
http://www.poetasdelmundo.com/verInfo_europa.asp?ID=3486


Presentación virtual de mi último libro: "Palabras de tinta y Alma"