domingo, 31 de agosto de 2008

Antes de acabar el mes, un relato.




LA CASA ABANDONADA
Juana Castillo Escobar ®



Ángel va por el campo. Lleva una mochila al hombro. Es un chico despierto y juguetón que todo le produce una enorme curiosidad. El día se nubla por momentos. Gruesos y negros nubarrones se forman sobre su cabeza. Ve frente a sí la boca de una cueva algo disimulada tras una mata de retama. Es preciso resguardarse, el aguacero no se ha hecho esperar.
El interior de la cueva está oscuro. Ángel saca un encendedor del bolsillo trasero del pantalón, siempre lo lleva "por si las moscas". La llamita ilumina la entrada de la gruta. Estrecha y fría, sus paredes chorrean agua, del interior llega el silbido del viento. Ni corto ni perezoso el muchacho sigue hacia delante. Se percata que, al fondo de la entrada, hay un repecho; lo sube y encuentra frente a sí un pasillo angosto y oscuro como panza de ballena, pero llamativo y sugerente de aventuras sin fin. Avanza por aquel pasadizo. El mechero se le apaga varias veces.
- Debería haberme fabricado una antorcha, como hacían lo antiguos -masculla entre dientes y risitas-. Con esto no veo una gorda.
Hay un recodo. A su izquierda, peldaños empinados; el pasillo continúa de frente. No se lo piensa dos veces, sube por la escalera de piedra, al fin y al cabo le llevarán a algún sitio. Los peldaños son altos, desiguales, en forma de caracol. Al final de la escalera Ángel se topa con una trampilla.
- ¡Vaya, fin de trayecto! -Suspira desilusionado, al instante se interroga-: ¿Si empujo un poco con el hombro...?
La trampilla cede con trabajo, los goznes chirrían y su lamento se expande por todo el lugar con un sonido que trae y lleva el eco. Pero, al final, la trampilla se abre. Ángel se encuentra en lo que parecen las caballerizas de una mansión. Aún cuelgan las antiguas monturas en travesaños de madera, hay arreos tirados por el suelo, herraduras oxidadas, balas de paja y, suspendida de un clavo, envuelta entre telarañas, una vieja lámpara de aceite.
- ¡Ah -exclama mientras la coge y la enciende-, así se está mucho mejor! ¡Ahora ya puedo ver por donde camino!
Gira sobre sus talones. Lleva la lámpara en la mano derecha, alzada, para iluminar el entorno. En voz alta se pregunta:
- ¿Dónde demonios habré ido a parar? Cuando se lo cuente a mi madre le da algo, con lo miedosa que es.
Con la lámpara de aceite a la altura de los ojos, avanza por las caballerizas. Sale a un patio vacío y allí opta por una de las puertas que está entornada...

Hace apenas dos días que llegó a aquel pueblecito olvidado. Sus padres buscaban paz y sosiego, unas vacaciones diferentes. Él se negaba. Quería veranear en un sitio en el que "vivir aventuras a lo Indiana Jones. ¡Bah, este pueblucho de medio centenar de habitantes no me sirve!" Consideraba que se aburriría como una ostra. Gritó, pataleó, pero no le sirvió de nada, permanecería en aquel lugar durante todo el verano.
Nada más bajar del coche la vio en lo alto del monte, solitaria: "La Casona". Por su aspecto más parecía un castillo abandonado, casi derruido.
A las veinticuatro horas ya estaba preguntando y dándose a conocer:
- Hola, me llamo Ángel, he venido con mis padres a pasar aquí el verano ¿qué se puede hacer en este lugar?
"Pescar", le decían unos. "Cazar", otros. "Caminar por el monte", otros. "Observar las aves..."
Una muchacha a quien preguntó fue quien le habló de la casa, lo que contribuyó a que aumentase cada vez más su intriga:
- Yo no sé mucho. Sólo llevo una semana aquí. Pero, por lo que he oído en estos días, se trata de una casa encantada o maldita. Creo que lleva siglos abandonada. Dicen que está hundida en la montaña. La llaman "La Casona".
- Mañana mismo iré a verla -sentenció el chico con resolución-. ¿Me acompañas?
- No creo que me dejen mis padres. Además, soy muy miedosa y te estorbaría. Cuando vuelvas me lo cuentas.
Así Ángel, incitada su curiosidad, había partido muy de mañana hacia lo alto del monte.
Su madre no paró de recriminarle para que no saliera con frases como: "El día está muy oscuro y amenaza tormenta. Llevamos poco tiempo en el lugar y puedes extraviarte. No es conveniente que te aventures solo por unos parajes que te son desconocidos..."
Todo fue inútil. La curiosidad de su hijo le hacía testarudo y emprendedor. Ya tenía un motivo para quedarse. La aventura le llamaba. Preparó su mochila con unos cuantos sándwiches, agua, un pequeño botiquín y un impermeable y se encaminó hacia el monte, lo que menos se esperaba es que la entrada a la mansión fuera a través de una insignificante cueva.

Tras la puerta que daba al patio, se encontró con lo que, en otros tiempos, fuera la cocina de aquella gran casa: estaba vacía. De ella salió a un largo pasillo, empujó otra puerta y se encontró en el salón, un espacio rectangular, enorme, también vacío. Fue atravesando aposentos, dormitorios, pasillos, salones y salitas. Todo estaba vacío de muebles, vacío de lámparas, vacío de recuerdos, tan sólo existía en ellos polvo, telarañas, unos ajados cortinones de terciopelo granate que cubrían los ventanales y soledad.
Ángel fue avanzando lentamente. Subió por una gran escalera de mármol y llegó a un espléndido salón de baile, vacío también. Anduvo por un pasillo, tras una puerta se encontró con la biblioteca, abandonada. Salió al corredor, empujó otra puerta y tras ésta se vio sumergido en una sala abarrotada de las cosas más dispares: espejos, candelabros, cajas de música, balancines, sillas, sillones, cojines tirados por los suelos, libros, cuberterías, vajillas, cartas amarillentas y empolvadas, joyas y, colgando de la pared del fondo, totalmente limpio, un cuadro en el que una joven de cabellos rubios, ojos profundos y cara de ángel le sonreía dulcemente.
"¡Qué bonita es! -Pensó-. Su cara me resulta familiar, pero no sé bien a quien me recuerda!"
Curioseaba por la habitación cuando se percató de que existía un cuarto contiguo, abrió las cortinas y alzó la lámpara de aceite. Avanzó expectante. Vio ante sí un caballete sobre el que estaba posado otro lienzo. Se acercó: era la misma joven de la otra sala pero ahora iba vestida de amazona. Un pincel, que parecía movido por cuerdas invisibles, rellenaba de color los espacios en blanco. Una voz gutural, de ultratumba, resonó en el gabinete:
- Baja esa luz, me ciega y no puedo continuar mi trabajo.
Ángel dio un respingo. La lámpara de aceite se estremeció en sus manos.
"Esto es una broma, claro. Una broma preparada por los chicos del pueblo", pensó.
- Yo no gasto bromas -le respondió la voz después de leerle el pensamiento.
Creyó morir de miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el temor.
- ¿Quién eres? -Preguntó sin saber muy bien hacia donde dirigirse.
- Rodrigo, el dueño y señor de esta casa. Deja de deslumbrarme, por favor, baja la mecha de esa lámpara.
Así lo hizo. A medida que la habitación se quedaba en penumbra, se iba recortando la silueta de un hombre fornido, de nobles rasgos, cabellos y barba dorados que permanecía en pie delante del caballete. En la mano derecha sostenía un pincel.
- Ahora puedo verte -le dijo el muchacho lleno de júbilo.
- Yo te he visto en todo momento. Hacía siglos que no venía nadie por aquí.
- ¿Siglos? Pero, dime de verdad: ¿quién eres?
- Te lo he dicho. Mi nombre es Rodrigo de Montalvo, sexto duque de Torre Hermosa.
- ¿Duque de este pueblo de nada?
- En mi época fue una gran villa pero, tras mi pecado, la gente debió salir huyendo de él y de mí.
- Cuéntame tu historia, por favor -le rogó mientras tomaba asiento en el borde de un polvoriento cojín.
- Pues verás -comenzó Rodrigo-, yo estaba felizmente casado con Clara de Montignac, la joven a la que siempre estoy pintando. Teníamos un hijo: Felipe. Nos amábamos con pasión. También tenía un hermano gemelo, Ramiro, estaba casado y tenía una hija: Lucía. Tanto nos parecíamos que, una vez en que yo salí de viaje a la corte llamado por el rey, mi hermano se hizo pasar por mí y sedujo a mi esposa. Al regresar de improviso, los encontré juntos, me cegaron los celos y los maté a los dos sin escuchar las razones de Clara. Quise acabar también con Felipe, pero la cocinera debió huir con él. Yo me clavé una daga en el costado y fui maldecido con vagar eternamente por mi castillo, en solitario, hasta que un descendiente mío se dirigiera a mí sin miedo, sepultara en sagrado los huesos de Clara, los de mi hermano y los míos.
- Y ¿dónde podré encontrar a alguien que sea pariente suyo después de tantos años?
- En la iglesia, quizá, sepan darte razón de mi estirpe.
Ángel se levantó. Aquel lugar estaba empezando a gustarle. Tenía "trabajo de investigación por delante". Se despidió de Rodrigo con la promesa de regresar y acabar con su vida-muerta o su muerte en vida.
- Aguarda, muchacho, abre esa cómoda…
El joven hizo lo que el espectro le pedía. Una vez abiertos los postigos el duque le dijo:
- Busca y llévate algunos documentos, son papeles en los que viene el árbol genealógico. Y este camafeo, te lo regalo, en él va la imagen de Clara. Quizá alguien, al verlo, pueda ayudar en tus pesquisas.
Fuera había dejado de llover. Olía a tierra mojada y el arco iris sonreía sobre el pueblo. Ángel se encontraba de nuevo en la boca de la cueva. Mientras se estiraba complacido masculló:
- Ahora este pueblucho me parece más interesante que cuando llegué. Tengo una larga tarea. Cuando se lo cuente a papá y a mamá, no se lo van a creer.
Bajó por la ladera de la montaña como alma que lleva el diablo. Tenía prisa por hablar con quien fuera. La primera persona con quien se topó fue con su vecina.
- Hola, Ángel. ¿Has subido hasta la casa? ¿A pesar del mal día?
Los ojos de Clara, los del cuadro, le miraban frente a frente. La carita redonda y la sonrisa de ángel se dibujaban también en la cara de la niña.
- ¿Cómo me dijiste que te llamas? -Preguntó curioso.
- Clara, Clara Montalvo, ¿por qué? No has contestado a mi pregunta.
- Déjalo, tenemos que hablar mucho tú y yo este verano. Tal vez la próxima vez me tengas que acompañar a la casa abandonada. He encontrado un trabajo que te implica y que espero te guste -la niña movió la cabeza dubitativamente. Ángel exclamó con ánimo-: ¡Ya verás, terminará por apasionarte! ¡Hasta tus padres se verán beneficiados! ¡Guau, menudo papelón!
Y, sin darle mayores explicaciones le puso en la palma de la mano el camafeo. Después corrió hasta su casa. Tenía que cambiarse, estar presentable para llegar a la altura de un cometido tan importante como el que se traería entre manos. Supo que su fama crecería desde aquel mismo instante.
Las visitas turísticas no se hicieron esperar...
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Nota.- Este relato está publicado también en la página www.estandarte.com. Pertenece al cuaderno titulado: "El giraldillo (veintiún relatos y un poema)" y registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid. Fecha: 24 de mayo de 2006, nº M-004098/2006. Nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de agosto de 2006.


martes, 19 de agosto de 2008

Premio "AMIGOS DE LA HUMANIDAD 2008"

Hace dos meses y un día (parece una condena), alguien que no conozco, me dejó un comentario en mi blog (en la entrada que puse gritando "No a la pedofilia") y, además del comentario, me dejó este premio que siento que no merezco, pero que quiero compartir con todos quienes me visitáis.
Aunque ya haya pasado tanto tiempo no tengo menos que decirte: GRACIAS, Kijiki por esta mención y por haberte fijado en este rinconcito mío que también es tuyo.
Su blog es: http://kijiki.blogspot.com/ y también ha sido condecorado con premio por su amor a las mascotas, FELICIDADES.

Un relato..., para sonreír


HILANDO SINÓNIMOS


Juana Castillo Escobar ®




Mañana de invierno. Un día cualquiera, en una ciudad cualquiera. La jornada, heladora, ha conseguido que la escarcha matutina se haya amalgamado sobre los adoquines formando una peligrosa pista de patinaje por la que Juan Despeño Rueda camina con precaución, teme resbalar. Se dirige hasta la parada del autobús, a pocas manzanas de su casa, para ir al trabajo. Sonríe cada vez que algún convecino, o viandante menos avispado, se despatarra sobre el asfalto y está a punto de besar el suelo. Piensa: Es un día magnífico para circular hilando sinónimos. Ayer conseguí un buen número gracias al frío. Hoy puedo hacer lo mismo a cuenta de la gruesa capa de hielo, pero no serán sinónimos de hielo, no, serán sobre las caídas que produce el hielo, veamos: caída, puede ser de la hoja, de la Bolsa, del pelo…, de cabello yo ando bien, todavía -y acto seguido se mira en la luna de un escaparate, luego se atusa los aladares y anda con más soltura y menos precaución-. A ver, continuemos: descenso, del ascensor…; prolapso, suele sucederle a las mujeres…; decadencia, de la sociedad, de un imperio…; bajada, de interés (eso está bien)…; recaída: o es que te caes dos veces o continúas enfermo…; tumbo…
Entonces Juan Despeño dio el primer tumbo de la mañana. Una baldosa levantada, que no vio, le hizo tambalearse como un tentetieso pero él, presumido por demás, logró enderezase como un junco tras ser acamado por el fuerte viento.
¡Uy -exclama para sí-, qué cerca he estado de darme una buena costalada! Como la señora esa de la acera de enfrente… Despeño no logra aguantar la risa. Las caídas han sido lo que más gracia le han hecho desde que era niño. Las caídas de los demás, no las propias.
Bien, sigamos, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí, los sinónimos! Culada, como la que acabo de presenciar; esa mujer, desde luego, si hubiera tenido nariz en el trasero se la habría machacado; costalada; pechugón; zapatazo; guarrazo; tozolada; revolcón; hocicar…
Con tanto sinónimo, con tanto mirar a uno y otro lado de la calle para ver cómo otros viandantes patinan sobre el hielo, Juan no se da cuenta del pequeño socavón que se abre bajo sus pies. Da un paso, pierde el equilibrio, sus piernas, muy largas, es como si se le anudaran y rueda por la acera aterrizando unos pocos metros más allá. Acaba empotrado en la boca abierta de una alcantarilla, de tal forma, que no hay modo de sacarle. Los usuarios del autobús, que aguardan en la parada cercana, rompen la fila para tratar de ayudar a aquel hombre que ha quedado hecho una uve frente a sus ojos. Unos le miran con cara de espanto; otros quieren ayudar, preguntarle cómo se encuentra, pero la risa no les permite abrir la boca por miedo a soltar una carcajada; otros, los más osados, asiéndole por los hombros, intentan desempotrarle de la voraz alcantarilla que no suelta su presa así como así. Juan pide con un hilo de voz:
- Déjenme. Por Dios, no tiren de mí. Creo que me he roto.
Alguien avisa a los bomberos. Estos llegan a los pocos minutos. Tras evaluar la situación, y los posibles daños, traen del coche un arnés que le pasan a Juan bajo los brazos, luego lo atan a su pecho, después lo sujetan al grueso tronco de un plátano centenario. Bien seguro el accidentado, dos bomberos fueron cortando con una cizalla de grandes dimensiones el hierro en torno a la boca de la alcantarilla. Una vez rescatado, los espectadores prorrumpen en vítores y aplausos dedicados al valeroso cuerpo de bomberos. Llega el autobús y, rápido, desaparecen todos los mirones. Sobre la acera helada, desplomado, aguarda Juan la ambulancia. El jefe de los bomberos que le han atendido le dice que se teme que tenga roto algo más que el traje. En soledad, mientras espera, continúa hilvanando sinónimos: he besado el suelo; menudo costalazo; quién me iba a decir que me apearía del burro por las orejas; creo que esto es algo más que la rotura del traje: estoy reventado, destruido, aplastado, partido, rasgado, herido, en carne viva, infecto, ¡¡¡coronel no sé qué, no siento las piernas!!! Creo que me estoy apagando…, pero, ésta, ha sido la mejor culada que he visto en toda mi vida…, si no se tratara de la mía.
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Nota.- Este relato pertenece al cuaderno titulado "Relatos para las cuatro estaciones" -en el apartado "Invierno"- y presentado en el Registro General de la Propiedad Intelectual el 16 de Agosto de 2005, al que correspondió en nº M-006286/2005, Resolución conforme con nº de asiento registral 16/2008/2297, de fecha 13 de Marzo de 2008. También está publicado en la página web:


sábado, 9 de agosto de 2008

Tras las vacaciones, una imagen y un poema.


El viento del otoño

Juana Castillo Escobar ®


El viento del otoño
Barre, de mi acera,
Las hojas muertas
Que el estío ajó.

El viento del otoño,
Susurra en mi oído,
Algunas canciones viejas
Que tu amor me dedicó.

El viento del otoño,
A veces cálido aún,
A veces frío
Nos augura una larga separación.

El viento del otoño
Mueve las ramas vacías
En el eterno combate
Entre el olvido y el amor.

El viento del otoño
Pinta de amarillo y rojo
Los colores
De la desesperación.

El viento del otoño
Trae consigo
Melancolía, anhelo, ternura,
Deseo, olvido, esperanza, desamor…


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Nota.- Este poema fue publicado en 2007 en el Libro de poetas editado por Aires de Córdoba. Forma parte del cuaderno semi-inédito: "Amor callado, amor secreto", y está registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual del Madrid - Núm. Expediente: 12/RTPI-009387/2005 Núm. Solicitud: M-008993/2005 Ref. Documento: 12/062132.4/05 Fecha: 1 de Diciembre de 2005 Hora: 11,59.












sábado, 5 de julio de 2008

Antes de las vacaciones, un relato.

El hijo ®
Juana Castillo Escobar



Anochece. El cielo púrpura, cubierto de nubes densas con bordes renegridos, amenaza tormenta de granizo o nieve. El frío es intenso.
En la casa, las luces del salón están encendidas, la temperatura es sofocante.
Sentado en una de las esquinas de la sala, en una mecedora de mimbre, un hombre pulsa el mando a distancia. Cambia los canales de televisión en busca de algo que no parece encontrar. Frente a él, hundida en una esquina del tresillo, una mujer cose y observa por encima de los lentes los movimientos de la pantalla. Enfadada rezonga:
- ¿Por qué demonios no paras de una vez? Estás mareando al aparatito, al televisor y a mí.
- Me extraña. Tú no estás viendo la tele. En cuanto a los aparatos, no se quejan... Levántate y tráeme algo fresco de la nevera. Tengo seca la garganta. Aquí dentro hace un calor infernal.
Los ojos de la mujer se nublan. En un principio piensa responderle que sea él quien se levante, que mueva su fofo y seboso culo de la mecedora, que ella no es su criada, pero lo piensa mejor y, sumisa, se acerca a la cocina, abre la nevera y de ella saca un bote de cerveza.
- ¿Es que te has perdido por el camino?
- ¡Ya va! ¡Qué prisas tienes! Toma, y que te aproveche.
- Encima con recochineo. ¿Quieres tener polémica?
Recochineo el tuyo, piensa la mujer, pero se abstiene de decirlo en voz alta. A la pregunta de él responde con delicadeza:
- No, no quiero tener polémica. Preferiría hablar como las personas. Tener una charla civilizada.
-¿Y qué es eso?
- Ya sé que lo has olvidado. También yo me estoy olvidando de cómo intercambiar palabras con los demás desde...
- ¡Cómprate un loro y dale la vara a él!
Da un trago largo, eructa con fuerza, tal y como le enseñó su padre, tal y como enseñó él a su hijo, tal y como deben hacer los hombres. Pulsa de nuevo el mando. Salta de un canal a otro. Cosa extraña, hoy no hay fútbol ni en directo ni en diferido por ninguna parte. En uno de los canales ve un trozo de película lacrimógena, en otro parte de un concurso y en los restantes montañas de anuncios. Enciende un cigarrillo y le da una larga calada, expulsa el humo por la boca formando pequeños aros azulados. Sabe que a ella le molesta el humo, y el olor del tabaco le hacen toser y le provocan irritación en los ojos, pero ahora ya nada le importa. La observa esperando su reacción, como ésta no llega, le dice al cabo:
- ¿Quieres un pitillo?
- ¿Desde cuándo fumo?
- Por si te apetecía...
- Lo que me apetece es hablar. Es necesario que lo hagamos. Tengo que decirte que ayer cuando estuve en el sanatorio...
- No quiero saber nada. No me interesa -le corta con brusquedad.
De un trago acaba con la cerveza. Eructa de nuevo. Los ojos, por un momento, se le han vuelto más líquidos, casi transparentes. A ella no le pasa desapercibido, e insiste:
- El chico desea verte. No comprende el por qué de tu rechazo. Ahora te necesita. Nos necesita más que nunca. Lo está pasando muy mal.
Él entorna los ojos. No desea que ella perciba su debilidad. Él es un hombre, y los hombres no lloran por nada ni por nadie. Con voz ronca que quiere aparentar dureza responde:
- Yo no le necesito. Me ha decepcionado. Tú has sido la culpable por consentirle más de la cuenta, por mimarle demasiado.
- ¿Yo sola? ¿Y tú no lo hacías? De todas formas, ¿quién le llevó de la mano para introducirle en el mundo de los hombres, de los machos? ¿Quién le obligó a hacer cosas que él no deseaba?
- Lo hice por su bien. Tú habrías acabado por vestirle con lacitos y puntillas.
- No exageres. Él tomó su propio camino. Fue su decisión. Acertado o no optó por lo que quería.
- ¿Y quería acaso liarse con quien no debió? Él solito se ha buscado este final. Yo no puedo mirar a la cara a mis compañeros de trabajo, tampoco a mi familia, ni a mí cuando me miro al espejo todas las mañanas.
- Los demás no deberían importarte tanto. Nosotros somos tu familia: tu hijo y yo. Si no le hubieras presionado tanto. Si no hubieras querido hacer de él algo que no deseaba. De siempre fue muy sensible, demasiado... Y ahora se nos va. Y tú eres incapaz de dar tu brazo a torcer, de demostrarle tu apoyo, tu amor de padre. Por ir a verle, por hablar con él, por abrazarle, no te vas a contagiar.
- No quiero hablar más. Sólo deseo que ésto termine cuánto antes.
- ¡Eres frío como un témpano! Permaneciendo en silencio no arreglas nada. Tú también estás enfermo. No de...
- Ni la nombres. No quiero escuchar el nombre de esa enfermedad -grita fuera de sí.
- Tú estás enfermo de miedo.

Cae la noche. Con ella llega el silencio. Un perro aúlla a la luna que se esconde entre celajes blancos que van y vienen a merced de la brisa del norte.
En la casa, la mujer se encuentra en la cocina, prepara la cena. Piensa que su marido está enfermo, enfermo de miedo, del miedo que le produce la sospecha de ser como el hijo. Entre tanto él busca en el televisor algo que le borre de la mente la tragedia de su hogar, pero en la pequeña pantalla no lo encuentra. Se ha vuelto incapaz de mirar dentro de sí donde, tal vez, hallaría una respuesta a sus dudas…
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Nota.- Este relato lo tengo también publicado en www.estandarte.com
Pertenece al cuaderno titulado "Las cuatro estaciones (Invierno)". Registrado en Madrid en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual el 16-VIII-05, nº M-006286/2005. Nº de asiento registral definitivo: 16/2008/2297, de fecha 13 de Marzo de 2008.



miércoles, 18 de junio de 2008

Un grito solidario: NO A LA PEDOFILIA

Hacemos siempre tantas cadenas de abrazos, te quiero y besos... Que hoy les pido a todos los spaces y blogs amigos que hagamos un puente solidario y demostremos que somos muchos los que decimos:

¡No a la pedofilia!
¡No al abuso sexual de menores!





Por favor, colabora pegando esto en todos los blogs y espacios amigos. Muchas gracias, Juana.

lunes, 16 de junio de 2008

Una imagen, un poema

Ensoñación - Lorenzo Quinn
Te siento (Copla)
Juana Castillo Escobar ®


¿Dónde te escondes, mi cielo,
Que no logro saber de ti?
Donde habitan mis ensueños
Es donde te logro sentir.

Te siento, a veces, cerca.
Otras, estás tan alejada,
Que, por más que lo quisiera,
No te alcanzo, mi adorada.

¿Dónde te escondes, mi vida?
Vida, sin ti, no la quiero.
Prefiero lamer mi herida
Solo, pues sin ti, me muero.

Te siento en lo profundo,
Adherida a mis entrañas.
Te siento mía y confundo
Mi amor con cosas extrañas.

Mi amor, te siento tan mía,
Que no sé bien definir
Lo grande que es mi alegría
Cuando así te puedo sentir.

Cuando te siento tan mía
De amor me quisiera morir.
De hecho, de amor moriría,
Si no te pudiera sentir.

Te siento mía, corazón,
Aun estando separados.
No temas, mi tierno botón,
Lograremos acercarnos.



Nota.- Este poema fue publicado en 2007 en el Libro de poetas editado por Aires de Córdoba. Forma parte del cuaderno semi-inédito: "Amor callado, amor secreto", y está registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual del Madrid - Núm. Expediente: 12/RTPI-009387/2005 Núm. Solicitud: M-008993/2005 Ref. Documento: 12/062132.4/05 Fecha: 1 de Diciembre de 2005 Hora: 11,59


viernes, 9 de mayo de 2008

Para todas las madres que pelean con uñas y dientes por sus hijos.

Pintores africanos - Maman et Moi II - Johanna

La Madre
Juana Castillo Escobar ®

No puedo resistirlo por más tiempo. Mis entrañas se revuelven porque, aún a pesar de haberlo parido hace apenas veinte años, lo siento dentro de mí tan vívido como cuando no era nada, como cuando pasó a ser feto, como cuando lo parí entre dolor y sangre, como cuando se lo llevaron y sentí, de pronto, olor a muerte, sabor a hiel...
Cuatro, vinieron cuatro hombres. Uno gordo, era el que llevaba la voz cantante; tres flacos y mal encarados, todos envueltos en abrigos grises de paño grueso, las solapas amplias, alzadas para no dejar ver bien sus rostros en los que el odio estaba tallado como sobre duro granito. Cuatro hombres grises, con botas militares, echaron la puerta abajo, mientras dormíamos, sin avisar, y lo agarraron por los hombros, a mi niño, y lo arrastraron delante de mis ojos, lo secuestraron...
Él sabe que yo estoy con él. Yo le guardo. Yo sé lo que él sabe. Yo conozco dónde está. Yo siento en mis carnes sus padecimientos, me llegan como si fuese a mí a quien torturan con saña. Porque yo sé, una madre sabe cuándo y cuánto están dañando a su hijo que es carne de su carne.
No aguardaré mucho más. En cuanto caiga la noche, envuelta en su negro manto, cubierta por mi rebozo, volaré hasta él.
Esos cuatro no me conocen, no saben nada de mí. En cuanto tenga ocasión extenderé mis alas oscuras y, una vez águila, llegaré a su celda y lo libertaré. Juntos remontaremos el vuelo, escaparemos por el hueco tuerto de la vieja ventana.
Locos, se volverán locos cuando lo busquen en la celda. Locos, todos ellos están locos y más que lo estarán. No podrán explicar a sus superiores cómo han perdido a uno de sus reclusos. Yo les daré motivos para patear. ¡Que pateen las paredes de la prisión hasta que sus pies se conviertan en muñones! Yo, la madre águila, les daré a probar hasta que se harten de la taza del dolor.


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Nota.- Este relato aparece publicado en la página web de la revista http://www.margencero.com/ en el espacio "Personajes Secundarios, segunda entrega", desde el 26 de Mayo de 2005. El cuaderno al que pertenece, VEINTIDÓS HISTORIAS DE MUJER Y UN RETRATO, está Registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid con el Núm. Expediente: 12/RTPI-006595/2005-12-07 - Ref. Documento: 12/040455-2/05 - Núm. Solicitud: M-006285/2005-12-07 - Fecha: 16 de Agosto de 2005 - Hora: 12,36

sábado, 26 de abril de 2008

Una impresión camino de Salamanca

Te entrego mi alma
Lorenzo Quinn
ME PARECIÓ VER GOLONDRINAS
Juana Castillo Escobar ®

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre la vasta y fría meseta castellana.
Me pareció ver golondrinas alegres
Bajo un sol destemplado
Volaban chillonas y rientes
Como en una primavera temprana.

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre las tierras de Salamanca:
Tú te ibas poco a poco
Fundiéndote en la nada.
Ellas volaban alegres:
Anuncio de una primavera que llegaba.

Me pareció ver golondrinas volando
Mientras tú agonizabas.
A Luis-Manuel
Domingo, 17-II-08 – 11,11 a.m.
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Nota.- Este poema forma parte del cuaderno "Poemas con nombre propio", en su mayoría inédito.

martes, 22 de abril de 2008

martes, 15 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

Al final, Lucy
Juana Castillo Escobar ®
A Luis Miguel y María, siempre

Mario sale corriendo de casa. Va nervioso. La noche anterior apuró hasta el infinito la velada, por eso hoy se ha dormido. El jefe, está seguro, lo amonestará. ¡Dios, la tercera bronca del mes! ¡Ya me veo haciendo cola entre cientos de parados! Baja al aparcamiento situado en lo más profundo del edificio e intenta poner el deportivo en marcha; éste sólo gruñe.
- ¡Mierda, la batería! Ayer, con tanta risa y tanto alcohol debí dejarlo encendido...
Ahora está en la calle. Llueve. Un formidable atasco le indica que lo mejor, si quiere llegar a tiempo a la oficina, es ir en metro; no le hace gracia, pero le queda tan cerca... Baja las escaleras corriendo, consigue colarse en un vagón atestado. Tres estaciones más y estará en su destino, podrá abandonar aquel agujero maloliente que le repele. La multitud sale del vehículo y se abalanza sobre las escaleras mecánicas. Observa su entorno: tantas apreturas le incomodan, siente vértigo. Traído y llevado como una peonza queda frente al ascensor, enorme, que, con sus puertas abiertas, parece llamarle. Nadie sube en él. La masa se vuelca en los pasillos laterales. Mario no se lo piensa, aparta a codazos a quien le estorba y se dirige hacia la cabina.
Una exuberante pelirroja tiene la misma idea. Él la sigue. Es endiabladamente hermosa. Se recrea mirando unas piernas que no tienen fin, acabadas en zapatos de tacón de aguja, algo pasados de moda; se deleita con el bamboleo de sus caderas y el movimiento de una cabellera leonada que le lanza rojos e incitantes destellos. Su aroma denso le hace soñar en: "Un affaire en el ascensor", buen título para algo digno de ser contado más tarde en la oficina.
Ya dentro del montacargas ella oprime un botón. Él, a su vez, pulsa el que le llevará directo al vestíbulo. Las puertas se cierran. Ruido de cadenas y de maquinaria oxidada les indica que aquel armatoste se ha puesto en marcha. Una voz enlatada habla desde algún lugar:
- Próxima estación: Guzmán el Bueno, enlace con la línea siete de Metro.
La botonera se apaga. Las puertas hacen un intento de apertura pero vuelven a su estado original: herméticamente cerradas. Mario nota cómo se le humedecen las palmas de las manos, la boca se le reseca, le zumba la cabeza.
No puedes marearte y menos aún teniendo compañía. Vamos, levanta el ánimo; olvídate de la claustrofobia y trata de entablar una conversación, aunque tan sólo se trate de una chorrada. Tal vez no sea el día tan malo como crees. Recuerda, hace nada pensabas tener un "affaire en el ascensor". Además, la chica parece que quiere guerra.
Se vuelve hacia la pelirroja y trata de sonreír, pero en su cara tan sólo se dibuja una mueca. Ella le observa sin pestañear, luego mira su reloj y suspira:
- ¡Llevamos encerrados una eternidad!
Un ruido, y el ascensor se pone en marcha. Se mueve unos metros. Queda, otra vez, suspendido de sus poleas. Ella oprime el botón en el que está dibujada una campana; y él cree oír su sonido en medio del tum-tum de su corazón que le golpea con fuerza en el pecho, en las sienes, en los oídos… Quiere parecer alegre: la alarma advertirá del fallo del ascensor... Pero nadie acude en su ayuda.
- ¿Tienes miedo?
La pregunta de ella reviste más sorna que curiosidad. Acercándosele a la cara, zalamera, vuelve a la carga:
- ¿Acaso me temes? No has abierto la boca en todo este tiempo.
- No, no te temo, en absoluto.
Él traga saliva. Intenta hacerse el valiente. El que ella se le acerque tanto le disgusta, necesita espacio para respirar. Después de unos segundos continúa:
- Estoy de mala uva. Llego tarde a la oficina un día más esta semana. ¡Y estamos aquí varados después de tanto tiempo! Mi jefe me va a matar.
Ella se encoge de hombros. El ascensor tiembla... hacia abajo. Luego, con lentitud, sube para quedarse parado otra vez. Mario respira despacio, no quiere pensar en la caída, en el pozo que se abre bajo sus pies, tampoco en el calor pegajoso y ardiente que le envuelve y no le deja respirar. No desea perder ni los nervios ni la compostura: él es un caballero aunque no está muy seguro de cuánto tiempo más podrá aguantar sin chillar. Hasta la cabina llegan ruidos sordos: conversaciones de gentes que andan apresuradas al otro lado; risas de jóvenes que bromean, carreras, gritos... De nuevo, el silencio. La pelirroja pulsa un botón cualquiera. El ascensor, con un rugido, parece despertar para reemprender su ascenso. Otro conato de apertura, pero las puertas no se abren.
Mario siente que se encuentra, como Jonás, en el interior de la ballena. Intenta distraerse y no sabe cómo. Mira por enésima vez el reloj: siente que los minutos transcurren como horas y éstas pasan veloces como segundos. ¿Ya es tan tarde? ¿Qué pensará mi jefe? Al final me despide, seguro. Observa a la joven que va de un lado al otro de la cabina; ésta parece disminuir ante sus ojos alucinados. Ella, con sus movimientos felinos, consigue que la melena, larga y ondulada, le roce la cara. El aroma denso que desprende su cuerpo, le envuelve y, en estos momentos adversos, lo ahoga... En otras circunstancias se habría hecho el interesante poniendo a prueba sus dotes de donjuan, hubiera tratado de conquistarla, pero aquí metido no es capaz de articular una frase. Su líbido anda por los suelos, como su portafolios, y sabe que no logrará elevarla por más que lo intente. Se considera una ruina humana. Lleva horas envarado en un rincón. Nota cómo sus piernas, pesadas, no le sostienen. Ya no aguanta más y comienza a desanudarse la corbata, tira la chaqueta al piso, se afloja el cinturón: es como si, de pronto, se hinchara y las ropas le produjeran asfixia; pisotea su maletín arrinconado hace horas, grita pidiendo auxilio…, pero nadie le escucha. Con los puños cerrados martillea sobre la puerta, que le devuelve un sonido seco; no le importa magullarse los nudillos, como tampoco le importa estropear sus zapatos de marca contra aquella caja fuerte que lo mantiene encerrado y no le permite salir.
A su espalda ella sonríe con frialdad. No obstante, le da unos ligeros toques en el hombro y, con voz melosa, de mujer castigadora, dice:
- No creo que te oigan. Parece que es la hora de regreso a casa de los trabajadores y, con toda la masa suelta... Pero, no te preocupes, ¡ya nos sacarán!
- ¡No sé cómo puedes estar tan serena! - exclama mordiendo las palabras -. Es que ni te has arrugado...
- Psché. Autosugestión... Nervios de acero... El pensar en mi padre me ayuda mucho: el señor Fer es poderoso, muy poderoso. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Mario, ¿y tú?
El ascensor, de repente, embiste como un toro y retoma su avance para, de inmediato, descolgarse. Mario nota cómo caen, cómo se hunden a velocidad de vértigo, y siente cómo el estómago le oprime la garganta. Va directo al abismo. Cierra los ojos con fuerza, el sopor le marea, le engulle. Quiere gritar, pero no puede. Le falta el aire, de su garganta se escapa un ronquido...
Al despertar, pues le parece un sueño, ve que las puertas de la cabina están abiertas. Mira al frente. Le duele todo. Resplandores dorados y rojos hacen que se sienta deslumbrado. "Un hermoso atardecer - piensa -, o tal vez esté amaneciendo. ¿Cuánto tiempo hemos permanecido encerrados? " Ya ni lo sabe. Se atusa los cabellos con coquetería, recoge la chaqueta y la corbata del suelo y se viste con parsimonia, nota que tiene todo el tiempo del mundo. De nuevo mira al frente. Su vista, ya habituada a aquella luz infernal que tanto le cegó en un principio, le permite ver que al otro lado le aguarda la pelirroja. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Fer, era la señorita Fer, pero estaba por decirle su nombre de pila cuando se revolucionó todo.
Ella le alarga la mano y sonríe con un mohín que es toda una promesa. Mario le devuelve la sonrisa, extiende su mano y pregunta:
- Por cierto, al final, ¿cómo dijo que se llamaba?
- Lucy. Lucy Fer.
Una llamarada corrobora sus palabras y es el saludo que le sirve de bienvenida al profundo Averno.
__________
Nota.- Este relato aparece publicado en la antología "Historias para viajes cortos". Editorial Dragontinas. Año 2003. Págs. 199-200-201-202 y 203
.

lunes, 7 de abril de 2008

Haikus en Soria

Vista del río Duero desde lo alto de la
ermita de San Saturio -Soria
Haikus
Juana Castillo Escobar ®
0009

Carrascos bajos
La tierra seca besan.
Cielo azul, sol.


Sábado, 20-X-07 – 10,30 a.m.
=Camino de Soria, cerca de Medinaceli.=

0010

Cielo azul,
Duero verde y gris
Melancolía.



Sábado, 20-X-07 – 18,15 p.m.
=Ideado en la ermita de San Saturio. Lo dejé en el libro de visitas.=
______
Nota.- Ambos poemitas pertenecen a un cuaderno inédito, en el que estoy trabajando y que aún no tiene título definitivo, pero al que bauticé de forma provisional como: "Cuaderno de Haikus".

martes, 1 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

EL REGRESO
Juana Castillo Escobar
®

Encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro en aquella ciudad derruida que fue la mía, la de mis padres, la de mis antepasados. El verde de las colinas, enfrentado al azul intenso del mar, contrastaba con las lujosas villas sepultadas bajo metros de polvo y lava un par de años atrás.
Se respiraba soledad y muerte, aún podía notar el olor al azufre amalgamado con la brisa salobre del mar. Pero la naturaleza, siempre pródiga, ponía su punto de luz entre las piedras caídas en forma de vegetación abundante. La primavera pintaba escenarios de colores que alegraban la vista. Escenarios alegres que se enfrentaban a mis sentimientos, apagados, que sólo veían el entorno en blanco y negro porque no era capaz de reaccionar, de volver en mí y darme cuenta de lo afortunado que era: por esas cosas del destino, porque los dioses fueron clementes conmigo, yo me salvé. ¡Me salvé del terremoto y de la erupción! Pero no pude salvar a los míos. No llegué a tiempo para darles mi abrazo de llegada, tal vez de despedida…
- Salve, amigo. ¿Qué haces por estas tierras malditas, centurión?
El aludido se giró sobre sus talones, con lentitud, no quería que el recién llegado pudiera darse cuenta de su debilidad. Él, un centurión del Imperio Romano no debía aparecer como un pusilánime, él a cuyo mando los ejércitos de Tito conquistaron Jerusalén, hicieron gran parte de la campaña en Germania y el Danubio. Él, Josefo Flavio, centurión del ejército romano, no podía dar semejantes signos de flaqueza ante un desconocido.
- Salve –respondió llevándose el puño al corazón en un saludo marcial cuando tuvo frente a sí al recién llegado.
- ¿Te envía el nuevo emperador?
- ¿Tito? No, no exactamente. Acabo de regresar de Germania…
- Entonces no tienes conocimiento de lo que ocurrió con Pompeya y Herculano.
- Sí, hasta Germania llegaron las noticias. Con retraso, pero llegaron. ¿Nos conocemos?
- Quizá. Yo no soy capaz de distinguirte. Quedé ciego de este ojo –y el hombre se lleva el índice hasta la cuenca muerta de su ojo izquierdo-. Y con el otro sólo consigo ver sombras y negrura.
Josefo Flavio se acerca dándose a conocer. Su interlocutor se yergue. El tono de su voz denota sorpresa y alegría.
- ¡Por Zeus tonante! ¿Josefo? ¿El mocoso aquel que tanto me hizo sufrir cada vez que intentaba enseñarle filosofía?
- ¿Tú eres…? –Pregunta Josefo con miedo-. ¿Eres Arístides, mi ayo?
- El mismo. He cambiado, no es preciso que lo digas. Lo sé… -El anciano se pasa las manos por la cara arrugada y reseca.
Josefo le observa. La tez de su interlocutor le habla de días pasados a la intemperie, de penurias y calamidades. Él a su vez siente avivarse una llama de esperanza. Si Arístides se salvó, ¿por qué no iban a correr la misma suerte su esposa Nidia o su hijo Marcial? Deseaba preguntar pero el temor le atenazaba la garganta.
- Te has quedado mudo, mi joven señor. ¿Qué es lo que perturba tu ánimo?
El anciano aguarda paciente. El centurión traga saliva, pero persiste en su silencio.
- Deseas conocer lo ocurrido y no sabes cómo. Mejor debí decir: tienes miedo a conocer el horror que vivimos. Se desataron todas las Furias. Yo fui, no sé por qué coincidencia de los hados, enviado por tu anciano padre a Roma. Llevaba una jornada de camino cuando la tierra tembló y nuestro padre el Vesubio vomitó de sus entrañas fuego, ríos de piedras incandescentes, llovieron cenizas durante días. Me volví. Intenté ayudar y casi perezco en el intento. El fiel Argeo, el sabueso preferido de tu padre, me encontró tirado a la vera del camino. Me arrastró hasta una cueva donde permanecimos escondidos hasta que la furia de Hefesto…
- Vulcano –le corrigió Josefo Flavio sonriendo por primera vez.
- Como quieras llamarlo, joven amo. No estamos en clase de polémica. Sigo siendo de origen griego y sabes que siempre llamé a mis dioses por su nombre.
- Y yo a los míos por el suyo.
- Me alegra sentir en tu voz la buena disposición de ánimo que mantuviste desde tu más tierna infancia.
- Necesito desterrar esta negrura que me invade. Prosigue, Arístides, te escucho.
- Decía que Argeo me arrastró hasta una cueva donde nos escondimos, y continuamos viviendo en ella, hasta que la furia de Hefesto se apaciguó. El dios me arrebató prácticamente la vista, pero para lo que tenía que ver: todo estaba anegado por aquel río de piedras incandescentes. Nuestra bellísima Pompeya quedó sepultada con todas sus riquezas bajo mantos de lava y cenizas. Las villas, los baños públicos, las termas Stabianas, los templos dedicados a Apolo, Isis o Júpiter… Todo arrasado. Todo quedó borrado de la faz de la tierra. Y Poseidón, o Neptuno, como gustes, se alió con Hefesto para agitar las aguas del Mare Nostrum. No quedó nadie, Josefo, nadie consiguió salvarse de sus fuerzas. Siento ser yo quien te diga que toda tu familia pereció…
Josefo traga saliva antes de responder.
- Ya supuse que encontraría la nada. Los recados que llegaron hasta Germania eran contundentes: Pompeya y Herculano han sido arrasadas por las fuerzas de la Naturaleza. En cuanto conseguí ser sustituido por Fabio regresé a Roma. Solicité de Vespasiano, el recién nombrado emperador, una licencia que me fue concedida sine die y cabalgué hasta aquí sin demora. Arión y Pegaso tiraron de mi biga como si también a ellos se les fuera la vida en esto… Yo que pensé que dejaría mi piel enfrentándome a las hachas de los germanos, conseguí salir indemne de las mil y una batallas y ellos…, ellos…
- Llora, Josefo, llora. No se es menos hombre al mostrar los sentimientos que guardas en tu corazón. Cuando tus fuerzas te lo permitan te llevaré a la colina. Junto a mi cueva, que comparto con Argeo, levanté un ara. Haremos ofrendas a Júpiter, Venus, Apolo… al dios que prefieras.
- Tal vez no se merezcan mis ofrendas. No tuvieron compasión de sus criaturas.
- Estás cansado y dices tonterías. Acompáñame. No puedo ofrecerte mucho, pero hoy, muy de mañana, conseguí cazar un par de perdices. Y Dionisos, o Baco, como gustes, me son pródigos: la cueva donde vivo es una antigua bodega en la que hay vino de Rodas para todo el resto de mi vida. Repón tus fuerzas…
Josefo asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocedor de la mala vista de su ayo le oprimió el brazo a la altura del codo. Sólo consiguió decirle:
- Llévame ahora contigo. Después pensaré en mi regreso…
Y Flavio Josefo, con los ojos acuosos, siguió por la vereda de piedras a Arístides, su viejo ayo, el único ser que lo ataba a aquel lugar devastado.
Mis sentimientos son en blanco y negro -pensó-, pero un luchador, un militar romano como yo, un hombre duro que me he enfrentado valientemente a cientos de batallas... Pelearé contra el olvido, contra la muerte aun cuando bien sé que ésta siempre gana, le plantaré cara.
- ¿Sabes Arístides? Levantaré una nueva casa cerca de aquí, una nueva ciudad y, con el tiempo, quizá funde una nueva familia, si Cupido, o Eros que a ti te gusta más, vuelve a asaetear mi corazón dormido. Será una forma de regresar a los orígenes, de pervivir, de no morir para siempre.
Arístides sonrió. De hecho la primavera coloreaba los escenarios de alrededor. La Naturaleza había empezado a reverdecer. Josefo, en cualquier momento, podría regresar también a la vida.


Madrid, 12-13 de Junio de 2006
_____
Nota.- Este relato está publicado en la antología "Más allá del Boom" -Nueva Narrativa Hispanoamericana-. El libro fue presentado en Madrid el 18 de Diciembre de 2007 y pertenece a uno de mis cuadernos de relatos titulado: "Dime una frase y te contaré un cuento".

jueves, 20 de marzo de 2008

En el quinto aniversario de la invasión de Irak: ¡que no suceda nunca más!

¡No en mi nombre!
Juana Castillo Escobar

Gobernantes corruptos, cual aves de rapiña,
Buscan en el mal llamado Tercer Mundo riqueza infinita.
Pozos de petróleo, diamantes, mano de obra fina
Y barata, y muda, y vencida…
Mano de obra que labora por un plato de comida:

¡No en mi nombre!

Gobernantes corruptos que os aliáis
Para financiar una guerra
Injusta, cruel, inhumana, sangrienta,
En la que tan sólo buscáis
Vuestra complacencia:

¡No en mi nombre!

Malos gobernantes que tras falsas sonrisas
Intentáis cubrir las muertes de inocentes
Y os echáis las manos a la cabeza si son vuestros soldados,
Nuestros soldados, nuestros esposos, nuestros hijos, nuestros hermanos,
Los que han caído y mordido el polvo del camino.
Sus armas están donde no debieron:

¡No en mi nombre!

Y, cuando se levanta el pueblo llano,
El pueblo que no desea la guerra,
Un pueblo cansado de dar la cara
Porque al fin el pueblo es quien siempre paga
Los desmanes de ególatras gobernantes
Que tras un escritorio se parapetan
Y ríen las gracias de otros, y culpan a otros de sus tretas,
Cuando las cosas vienen mal dadas
No son capaces de asumir sus errores, ni sus faltas, ni sus mentiras,
Sólo dicen: la culpa fue de este, del otro que dijo falacias,
De alguien fue la culpa, que no nuestra.
Y la lucha continúa.
Y la muerte recoge los despojos de su siega.

No más guerras en mi nombre.
No más muertes.
No más penas.
¡No en mi nombre
Que estoy en contra de sus guerras!



® - Juana Castillo Escobar
Este poema pertenece al cuaderno casi inédito "Contigo somos tres", y está publicado en: My space; lo leí por radio "Onda Latina" (
www.ondalatina.es); publicado en la página Web de la Asociación de Vecinos de Aluche: www.avaluche.con, en Poetas por la Paz y en Poetas del Mundo.
Domingo de Resurrección, 11de Abril de 2004

viernes, 14 de marzo de 2008

Un hiperbreve

LA DUDA ®

Juana Castillo


Sobre la mesa del despacho, de madera noble y bien labrada, en su centro, hay un revólver y un cortaplumas. La luz de la lámpara incide sobre ellos; el primero lanza su negrura al vacío de la habitación y se refleja en el espejo cercano. El cortaplumas brilla, deslumbra, atrae… En caso de suicidio, ¿cuál cumplirá mejor su cometido?


Este micro relato pertenece al cuaderno casi inédito “In crescendo”
Martes, 23-XI-04

jueves, 6 de marzo de 2008

Una imagen, un poema

El jardín de las delicias (detalle) - 1495/1512
Jeroen van Aken (1453 - 1516).
Más conocido por Jheronimus Bosch, "El Bosco"
® 306

Tus palabras me reconfortaron en un pasado no lejano.
Tus palabras fueron tuyas, fueron mías, y nos unieron como a hermanos.
Tus palabras, agua clara, que bebí de tus labios… Ahora, me niegas tus palabras, y yo me muero de sed en este mundo inhumano.
¡Devuélveme, por caridad, tus palabras! ¡Concédeme el consuelo que de ellas yo reclamo! ¡Apiádate de mi, háblame, hermano!
Conseguirás con tus palabras librarme de este Erebo oscuro y solitario en el que ardo.



® Juana Castillo Escobar
Prosa poética del cuaderno inédito “El amor, rosa y espina”
Martes, 19-IX-06 – 21,10 p.m


domingo, 24 de febrero de 2008

Un viaje al medievo - Continuación

DULCE VIII
EL REENCUENTRO

® Juana Castillo Escobar




Ramiro corrió escaleras abajo. Llegó al patio alborozado, daba saltos como un niño. Cuando estuvo junto a la carreta en la que venían sus padres, agarró con fuerza las riendas de los mulos y los hizo parar en medio del empedrado, luego alzó los brazos hacia Sancha. Su madre, llorosa, se lanzó a ellos. Madre e hijo quedaron fundidos en un fuerte abrazo durante unos instantes, tiempo suficiente como para que Bermudo se apease.
- Hijo, mi niño... ¡Qué cambiado estás! ¡Te has convertido en todo un hombre…! En un apuesto caballero –los ojos se le nublaron a causa de unas lágrimas que estaban dispuestas a salir aun sin haber sido llamadas-. Tantos años sin verte…
- ¡Madre!
Ramiro metió su cabeza en el cuello de Sancha, como era su costumbre de niño. Restregó su cara contra el cabello de la mujer, aspiró el aroma a romero que destilaba y no fue capaz de controlar el llanto.
- Vamos, vamos –le reprendió Sancha-. ¿Y tú vas a ser nombrado caballero mañana? Un hombre de tu talla y edad no llora… ¡Que ya cumpliste veintiséis primaveras!
- ¡Qué razón tienes, madre, pero no logro evitarlo! ¡Soy tan feliz! ¡Padre! –Exclamó al dirigirse a Bermudo-. ¡Padre, venid junto a nos, venid!
Bermudo se sumó al abrazo. Ramiro, sin soltarse, formulaba mil y una preguntas:
- ¿Dónde andan mis hermanos? ¿Por qué no están aquí? ¿Sabéis que ya no sois siervos de la gleba? ¿Y mis hermanitas, acaso no os acompañan? Madre, padre, ¿necesitáis algo? ¡Soy feliz, no sabéis cuán feliz soy! –Y reía a la par que elevaba de nuevo a Sancha del suelo para girar con ella en sus brazos como aspa de molino.
- ¡Suéltame, loco, que ya no están mis huesos para estos trotes!
- Madre, si aún eres joven y hermosa.
- Anda, anda, bribón… ¡Cómo sabes echar flores a las damas! Se ve que en este tiempo aprendiste bien todas y cada una de las lecciones que te impartieron, incluidos los modales cortesanos… -Sancha ríe. Está feliz.
- Es cierto, madre, sigues tan hermosa como siempre, ¿o no? –Pregunta a Bermudo que permanece junto a los dos, sonriente.
- Tienes razón, hijo. Tu madre seguirá siendo hermosa…, aun centenaria.
- Bueno, tampoco es para tanto… Cuarenta y dos años son muchos, pero cien son muchos más –responde Sancha con sorna.
- No me habéis respondido: ¿Dónde están mis hermanos?
- ¡Ah, muchacho, bien ama quien nunca olvida! Tus hermanos están en casa de tu abuelo Garci –responde Bermudo-. Nos quedaremos en la casa de mi padre. Vive solo y decidimos que estaríamos bien en ella…
- Pero don Lope os preparó el ala sur del castillo para vosotros…
- No, hijo, compréndelo. Es mejor que permanezcamos con los nuestros, tenemos que recuperar el tiempo perdido. Además –añade Sancha-, no deseo que Flain esté cerca de mis hijas.
- Por Flain no te apures, madre. Es un viejo. Un cincuentón podrido por la sífilis e inmovilizado por la gota. ¡Ya no es nadie! Tampoco lo veréis mañana, no ha sido invitado…
- ¡Ah, qué alivio! –Suspira Sancha-. El padre de tu señor cometería desmanes, pero era Flain quien le proporcionaba las piezas para su desfogue. Siempre fue un vil, un canalla... –Luego, la expresión del rostro de Sancha cambia al añadir-: Tus hermanas están dentro de la carreta. No han querido quedarse en casa de tu abuelo, deseaban saber cómo era la ciudad, qué es un castillo, verlo por dentro... Además, te traen algo.
Ramiro corrió hacia la parte trasera del carro. Con un alegre tono de voz grita:
- ¡Ah de la fortaleza, un caballero desea ser recibido por dos hermosas damas!
A través de la piel que recubre el armazón del carro se escucha un murmullo de voces. Risas sordas. Las muchachas se mueven dentro. Cubren sus rostros con velos antes de levantar la badana que les separa del exterior. Con los pies bien asentados sobre los adoquines del patio un apuesto mozo aguarda: amplia sonrisa y puños cerrados sobre la cintura. Las jóvenes se asoman. Les cuesta reconocer a su hermano Ramiro. Ambas lo recuerdan como un muchacho delgaducho, imberbe y con unos increíbles ojos azules y, ahora, ante ellas, se encuentra un hombre alto, atlético, de abundante melena ondulada, bigote, perilla…, pero los que no han cambiado son sus ojos. Los ojos de Sancha, los ojos de Justa, los ojos de Dulce…
- ¿Ramiro? –Pregunta una de las jóvenes tras el embozo del velo-. ¿Eres nuestro hermano Ramiro?
- ¡Claro, chiquilla! ¿Acaso dudas? Vamos, baja de la carreta, yo te ayudo... ¿Dulce?
Una risa, un acento musical, se escapa tras el velo. Al echar los brazos hacia la joven para ayudarla a apearse se da cuenta de su defecto. Con su hermana en volandas exclama:
- Pero…, ¡voto a bríos, Justa!, ¿eres Justa? ¡Déjame, déjame que te vea! –Ramiro observa a su hermana. Está tan diferente- ¡Oh, mi hermanita feúcha, cuán cambiada estás!
Justa sonríe. Abraza a Ramiro. Luego él la deposita sobre el empedrado del patio con mimo. Una vez en el suelo la joven le dice:
- Son las vestimentas que nos proporcionó el señor de Garcés lo que me embellece…, yo soy la de siempre.
- No, mi niña, tienes una luz especial… ¡Algo en ti cambió!
Justa se sonroja, tiene un secreto…, pero ahora no es momento ni lugar para confiárselo a Ramiro. Con gran rapidez se explica:
- Será que casi no cojeo –y, nada más decirlo, se alza un poco el extremo del vestido para enseñarle a su hermano los borceguíes-. Padre me hace una cuña para que no se note este defecto. Este otro -añade moviendo el brazo deforme-… Y el rostro…
- ¿El rostro qué? Se te corrigió mucho. Eres hermosa, hermana, muy hermosa…
- No lo soy, lo dices para contentarme.
- ¿Por qué no has de serlo? Además, eres la única mujer que puede mostrar contento o llanto en su rostro a la vez. Sí, Justa, para mí eres hermosa y para todo aquel que sepa ver más allá de tus ojos…
La joven se sonroja de nuevo. Un carraspeo desde la carreta hace que el diálogo quede en suspenso.
- Alguien piensa que nos olvidamos de ella –dice Ramiro mientras se vuelve con rapidez para ayudar a Dulce. Luego agrega-: Dejadme que os vea bien a las dos, aquí juntas, a la luz del atardecer. Ven, Dulce.
La joven aguarda de pie, con el velo ya bajado. Cuando él le alarga los brazos ella se lanza. Se cuelga del cuello de su hermano y no ve el momento de dejar de darle besos.
- ¡Cuán feliz soy, hermano! ¡Esto es maravilloso! Es tan… Tan… Tan diferente a todo. Hay multitud de cosas y de personas… Cosas que ni sé para qué sirven, ni cómo se llaman…
Acostumbradas a la vida en el campo, retiradas del mundo, Dulce y Justa se deslumbran ante los tenderetes. Es día de mercado, además, Don Lope Garcés, el hermanastro de Ramiro, decidió semanas atrás que el nombramiento como caballero merecía la mayor importancia, de ahí que por los alrededores del castillo, por las calles, en el mismo patio, deambulasen: trovadores, caballeros preparándose para enfrentarse en el torneo anunciado para la jornada siguiente, buhoneros de todo tipo, acróbatas y saltimbanquis… Todo esto extasió a las jóvenes, sobre todo a Dulce.
- Mis hermanitas queridas. ¡Sois dos gemas de gran valor! Os recordaba hermosas, pero la madre Naturaleza ha vertido la copa de sus prodigios sobre ambas…
- ¿Desde cuándo eres poeta y no guerrero? –Preguntó Dulce con sorna.
Su pregunta fue respondida por otra, no con menos sorna, emitida por su hermano:
- Y, ¿desde cuándo mi dulce hermana perdió el miedo? ¿Desde cuándo abandonaste tu refugio en las pocilgas para enfrentarte como una leona…?
- Desde que un hermano mío llamado Ramiro fue reclutado por un villano; desde que mi otro hermano, Nuño, creyó ser mi cancerbero; desde que me topé con una rama de árbol y decidí convertirla en mi espada... Desde que me di cuenta de que puedo protegerme por mí misma, sin ayuda de nadie, porque soy una mujer, no una inválida. Incluso Justa se sabe defender…
- ¡Esta no es mi Dulce! –Y Ramiro abraza a su hermana, deja escapar una carcajada. Atrae a Justa y las ciñe a ambas por la cintura-. Es una mujer guerrera de la antigüedad: una amazona…
- ¿Tú conoces historias de la antigüedad?
- Sí, por supuesto, mi dulce hermana. En el castillo de los Garcés hay una vasta biblioteca…
- Pues no dudes –interrumpe Justa- que nuestra amazona pedirá venia para poder leer los códices que en ella se guarden…
Sancha y Bermudo se acercan al trío. La madre bate palmas a la par que dice:
- Vamos, niñas, es hora de marcharnos. Vuestro hermano tendrá que retirarse a velar sus armas, mañana es su gran día…
- ¡Oh, madre, tan temprano! Aún no se puso el sol.
- Precisamente por eso nos vamos –añade Bermudo-, porque aún queda algo de luz. Hace demasiado tiempo que no me muevo por el burgo y temo que nos perdamos.
- Unas doncellas como vosotras no debéis andar mezcladas con toda esta chusma –dice Sancha-. Además, recordad: la belleza es una gran bendición, pero también una maldición en este mundo de amos y señores. Vamos, niñas, poneos los velos y despedíos de vuestro hermano.
- Aún no le dimos eso…
- ¿Pues a qué esperáis? Vamos, vamos –pide Sancha con apuro.
Dulce se encamina hasta la carreta, baja una trampilla y saca un fardo envuelto en cuero. Se lo tiende a Ramiro. El joven lo toma en sus manos, lo desenvuelve con cuidado: una hermosa espada de brillante hierro y empuñadura de plata repujada queda a la vista de todos. En la hoja, grabada, aparece la leyenda: “Servicio y generosidad”, en una de sus caras, en la otra: “Hermandad eterna”.
- Es obra de tu abuelo Nuño –explica Bermudo-. Nuestro señor, don Lope Garcés, es quien hizo el encargo…
- Y nosotras –añaden a dúo Justa y Dulce-, las encargadas de hacer la entrega. Estamos orgullosas de ti, hermano.
Ramiro se emociona. Abraza a los suyos. El reencuentro, después de los años, aviva el deseo de permanecer unidos, de no volver a separarse, pero todavía no es posible.
La familia se acomoda en la carreta, emprende camino hacia la casa de Garci, padre de Bermudo. En veinticuatro horas sus vidas emprenderán un nuevo rumbo.

® Juana Castillo Escobar
Lunes, 18-II-08 – 21,49
Domingo, 24-II-08 – 14,10 p.m.



miércoles, 6 de febrero de 2008

Por Carnaval, un cuento

Máscara del Carnaval de Venezia
2006
Mágico carnaval
® Juana Castillo Escobar

Acodada en la barandilla del barco se dejó deslumbrar por lo que la ciudad, aún semidormida, le mostraba. Entre los pálidos destellos de la luz del amanecer alcanzó a descubrir, al fondo del Adriático, en medio de una laguna, las doradas cúpulas de San Marcos, los leones del Palacio del Dux que parecían desperezarse sobre las columnas en que se sustentaban, el gran reloj…

No, aquello no había sido una locura, sino la idea más feliz que pudo tener en toda su vida; una vida metódica, ordenada, anodina y sin futuro.

Él no lo entendía pero se ahogaba, la ahogaba. Necesitaba ser ella de una vez por todas, la encrucijada era: "dejarlo todo y vivir, aunque fuera peligrosamente; o permanecer callada, sumisa, favorita en un harén que no le agradaba, morir en el olvido…"
Todos los días eran iguales: de la oficina a casa y de casa a la oficina; el trabajo le gustaba, aunque monótono y aburrido, tenía sus alicientes. Lo peor, la estancia en el hogar: "Buenas noches, querida. ¿Qué tal en la oficina?" "Bien. ¿Y tú en la empresa? ¿Tienes nueva secretaria: rubia o morena?" "Dejemos el tema, me cansas. Para tu información te diré que es pelirroja, muy buena. Mañana salgo de viaje, prepárame…" Y así todos los días, todas las noches, toda la vida. Vida que le había dedicado en cuerpo y alma, ella se casó enamorada -o, al menos, pensó que aquello era amor, su primer y único amor- de alguien que le correspondió un tiempo pero que olvidó con rapidez sus promesas de "fidelidad, amor hasta la tumba, respeto…" y todas aquellas palabras que resultaron tan hermosas el día de la boda pero que el viento barrió con un leve soplo.
Esa mañana se levantó mucho más temprano que de costumbre. Mañana muy especial pues había decidido abandonarlo todo: a él le dejó, sobre su mesita de noche, la demanda de divorcio (la encontraría al regreso de su viaje. Viaje que, con seguridad, sería de placer. Con la nueva.).Pasó por el banco y retiró todos sus ahorros; entró en una agencia de viajes, contigua a la oficina, y solicitó información.
- ¿Para los carnavales de Río, Venecia, Tenerife, Cádiz? -le había preguntado la señorita con voz amablemente untuosa.
- Los de Venecia, por favor.
Todo quedó apalabrado para el mediodía, pagaría al contado, billete de ida, la vuelta la programaría después. Recogió sus efectos personales de la oficina.
- ¿Qué haces, Irene, no trabajas hoy? -le preguntó su compañero.
- No, Manuel, lo dejo. Si preguntan invéntate algo -dándole un beso se marchó de aquel lugar que, en verdad, le traía gratos recuerdos de los buenos momentos pasados. Y ahora, el vaporetto, la llevaba suavemente a su destino.
- ¿No tiene frío, signora? -preguntó un amable caballero.
- Algo, pero es agradable. Quería ver amanecer en el mar, le aseguro que no podré olvidar esta imagen.
- Scusi, signora, no me he presentado: soy el príncipe Ruggiero Ruggieri.
- Yo me llamo Irene de la Rosa.
- ¿Viene por primera vez a los carnavales? ¿Sola?
- Sí, son mis primeros carnavales y espero que sean mágicos. Tengo un único problema: no conozco nada ni a nadie.
- Ahora me conoce a mí, si me permite lo arreglaré todo, será una estancia inolvidable, se lo aseguro.
Continuaron hablando hasta que las góndolas llegaron a recoger a los pasajeros. Una grande, negra, reluciente (propiedad del príncipe) fue la encargada de llevarla hasta su hotel. Irene tuvo que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez en aquella góndola, tan semejante a un ataúd y, a la vez, evocadora de aventuras silenciosas.
Ya instalada en el Lido, junto al mar, respiró el aire de libertad que le traían las quietas aguas. Salió a ver la ciudad, encontrándose con gentes disfrazadas con tabardos rojos y negros, tricornios, máscaras. Era un bullicio extraño, algo semejante a una ceremonia que conmemora una liturgia macabra. De regreso al hotel descansó hasta bien entrada la tarde, pensó que el príncipe -o el falso príncipe, ¿quién podía asegurarle que en realidad fuera quien decía que era?- se había olvidado de ella, iba a llamar a la centralita para que le informaran de los lugares de reunión y dónde podría encontrar un disfraz cuando tocaron a la puerta de su habitación.
Un botones, prácticamente invisible tras el miriñaque que llevaba en la mano, iba acompañado de una joven que traía varias cajas.
- Signora, el príncipe Ruggieri le envía una sirvienta para que le ayude con su disfraz.
- Gracias, muchacho. Deja el traje sobre la cama, por favor - le dio una propina y éste salió de la estancia.
Había cumplido su promesa enviándole el disfraz más hermoso que jamás pudo soñar, aquel anciano era de fiar. La cuestión era: ¿Se atrevería? ¿Saldría así? Tenía demasiado escote y ella jamás… Fuera miedos y prejuicios, iba a vivir, a disfrutar (aunque sólo fuese durante una noche) lo que se había perdido los últimos diez años.
María ayudó en su arreglo: un discreto maquillaje puso de relieve su belleza madura, ella misma se encontraba hermosa. Se calzó las tupidas medias, pololos de algodón, corpiño -que le dejaba sin aliento pero, a la vez, acentuaba su figura-, los grandes aros y el vestido de raso azul, haciendo aguas, los chapines a juego… Su larga cabellera desapareció bajo la blanca peluca empolvada, el abanico de plumas, un gran camafeo prendido en el escote, la máscara para cubrir parte de su rostro…, no faltaba un solo detalle.
- Signora, la góndola aspetta. Andiamo.
Siguió a María, se sentía como una reina, observada y admirada por el resto de los clientes del hotel. El príncipe Ruggieri sentado en la góndola exclamó: "Sei Bellissima". Irene se ruborizó, lo dejó estar, extraños pensamientos le invadían pero pronto los echó a un lado.
A pocos minutos de su hotel se encontraba el Palazzo Ruggieri, morada del príncipe, éste la ayudó a desembarcar y María le recompuso el traje desapareciendo rápidamente tras una puerta. Todo estaba apagado, como muerto.
- Aún no han llegado los invitados. Quédese en esta habitación, voy a dar instrucciones a la orquesta que ya habrá venido y a pedir que iluminen el gran salón de baile. La recogeré ahora mismo.
Irene se notaba incómoda, algo iba a suceder, lo sabía pero no llegaba a alcanzar si sería bueno o malo. A través del entreabierto balcón el último rayo de sol iluminó la parte central de la estancia, yendo a morir sobre un lienzo en el que un hombre joven, hermosísimo, aparecía abatido por un dolor inmenso. Ella se acercó, quedándose admirada por la belleza de la pintura; a los pies del joven dos máscaras de carnaval: una risueña, la otra triste, en una de ellas aparecía algo escrito. Acercándose aún más tradujo: "Si me besas seré tuyo para la eternidad". Miró de nuevo el óleo, aquellos labios eran tan atractivos, pedían ser besados… "¡Pero si son sólo una pintura!", se dijo.
A pesar de ello y haciendo equilibrios, como pudo, se subió a un escabel que había a un lado del marco y juntó su boca a la del retratado…
Estaba en el salón de baile. Alguien la llevaba por la cintura, bailaban. Echó hacia atrás la cabeza para verle mejor, era la viva imagen del hombre del cuadro pero ¿cuándo le había pedido bailar con ella? ¿Cuándo había llegado toda aquélla gente? ¿Era cierto o lo estaba soñando?
- Señora, gracias por despertarme.
- ¿Yo? ¿Qué?
- Sois, en verdad bellísima. Perdonad mi descaro, me llamo Francesco Ruggieri, ¿y vos? ¿Cuál es vuestra gracia?
- Yo, yo, me me-llamo Irene. Irene de la Rosa. ¿Qué está pasando?
- ¿Irene? ¡Oh, dioses, habéis sido misericordiosos conmigo, al fin me habéis enviado la Paz! Porque Irene, señora mía, significa paz y deseo que vos seáis la paz de mi acongojado espíritu. No os asustéis, acabaréis entendiéndolo, bailemos y disfrutemos toda la noche.
- ¿El príncipe Ruggiero es vuestro padre? ¿Me he desmayado y no me he dado cuenta? Yo estaba en un cuarto algo oscuro y…
- Dejad las preguntas, todo os será revelado después. Ahora dancemos al son de los violines y de las violas, por favor.
Envueltos por la magia de la música, sus cuerpos semejaban unos sólo, no oían el bullicio del resto de los invitados, sino el fuerte latido de sus corazones, todo había quedado en un segundo plano. Irene creía que de un momento a otro iba a morir, quizá estuviera ya muerta y aquello era la antesala del paraíso. ¿Qué la antesala?, el paraíso mismo; jamás había sentido una excitación tal, una dicha tan exagerada.
Danzaron gran parte de la velada. En un determinado momento Francesco le pidió dar un paseo en góndola por el Gran Canal porque "hacía siglos" que no lo visitaba, la luna y el amplio sillón barnizado de negro (el más blando, más cómodo, más agradable del mundo) fueron los mudos testigos de aquel amor naciente.
- Señora, me agradaría tanto poder contemplar vuestros cabellos y vuestro rostro. Irene se quitó la gran peluca, en realidad le estaba molestando y deseaba dejar su melena al viento; así mismo dejó caer la máscara quedando totalmente desnuda su cara.
-¡Oh, señora mía, vuestra cabellera resplandece bajo la luz de la inmensa luna, es suave como la piel, tan abundante como una cascada, más larga que un ala, dócil, densa, viva y cálida! ¡Hasta la misma Afrodita sentiría envidia de vos! ¡Oh, amor, por ti fui muerto y por ti revivo! Si me amarais terminaríais con este suplicio que me tiene de vagabundo desde hace doscientos años. Quisiera ahogarme en el pozo insondable de vuestros ojos, estos ojos que ahora brillan más que los luceros. Boca, besadme de nuevo, devolvedme la vida porque la vida os debo, sin vos seguiría de peregrino por el mundo de los muertos. Mi pecado ha sido perdonado, vuestro amor me salva, me hace bueno.
Irene no entendía nada, tan sólo quería permanecer así, con él -no, con él no, con Francesco. Él había muerto, había quedado atrás, olvidado hasta su nombre-, con Francesco por toda la eternidad.
Antes del amanecer regresaron, entraron directamente al salón del cuadro, el óleo estaba vacío, sólo había en él cielo y tierra. Ruggiero les aguardaba.
- Debes darte prisa, Francesco, el día está por llegar. ¿Se lo has dicho?
- No, pero creo que, aún sin explicaciones, lo entiende. Bellissima Irene ¿queréis ser mi esposa por los siglos de los siglos, abandonando este mundo y dedicarnos tan sólo el uno al otro?
- No estoy muy segura de lo ocurrido ni de lo que pueda ocurrir, pero os amo -ya hablo como vos- y os seguiré donde quiera que vayáis -fue su respuesta.
Quitándose del dedo meñique un sello, Francesco se lo puso a Irene en el anular.
- Desde ahora consideradme vuestro esposo.
- Como vuestra esposa recibo el anillo, os amo.
Ruggiero les tendió una copa.
- Bebed y celebrad vuestros esponsales.
Tomó primero el cáliz Francesco, después se lo dio a Irene, ella sintió como un vahído, un caminar entre nubes de algodón fuertemente sujeta por los brazos de su esposo y una quietud perfecta.
Ahora Irene tiene una hermosa vista al Gran Canal, aquel cuarto cerrado desde hacía doscientos años (fecha en que falleció Francesco Ruggieri, de una certera estocada en el corazón, a manos de un rival a quien había intentado arrebatarle su esposa) está abierto al público y ellos pueden contemplar aquel hermoso óleo de los príncipes "Francesco e Irene Ruggieri jugando en el jardín de palacio junto a sus hijos", obra atribuida al gran pintor de la escuela veneciana Francesco Guardi (muerto en 1793).

Madrid, 3-III-1998




Nota.- Este relato fue publicado en la Antología de Nuevos Narradores: Cuentos para leer en el Metro (título del que también soy autora). Editorial Catriel. Año 1999 (Edicº de Clara Obligado). Págs. 263, 264, 265, 266, 267 y 268.

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