domingo, 14 de octubre de 2007

En la Edad Media...

El Cantar de Mio Cid
DULCE IV

RAMIRO EN EL CASTILLO DE DON SANCHO GARCÉS

Juana Castillo Escobar




- Incluso el que menos te lo esperas podría ser otro hermano o hermana. Escúchame bien –pidió Sancha a Ramiro-. Ya pronostiqué hace años que en cualquier momento vendrían a buscarte, como así ha sido. Mantén los oídos y los ojos bien abiertos. No te des a conocer, pero intenta saber quienes son los que te rodean. Serás un buen soldado, paje, mozo de cuadras, mensajero, o…, cualquier cosa que pidan que hagas, hazla… -A Sancha le cuesta hablar, traga saliva antes de proseguir-. Serás bueno, lo sé. Y, si me quedo conforme en que te vayas con ellos, es porque dejarás de ser siervo, serás un cortesano; vasallo, sí, pero habitante del burgo. En cuanto puedas acércate al barrio de los menestrales y llévale este escrito a mi padre y este otro al padre de vuestro padre. Deseo que sepan de nosotros. No nos olvides.
- ¿Cómo podría olvidaros, madre, sois mi familia? Yo no deseo marchar de vuestro lado, os soy necesario…
- No te inquietes, tu padre y tus hermanos cuidarán bien de nosotras. Ahora, ve. Sigue tu destino.
Nuño apostilló tras las palabras de su madre:
- Aunque pastor, hermano, no temas. Soy fuerte. Ayudaré a padre. Los tres cuidaremos bien de las mujeres –en un susurro, para no ser oído por Flain, añade-: Recuerda que ya no soy ningún niño. Cumplí catorce años la pasada primavera.
- Y yo doce –añadió Diego con voz aún aflautada.
Dulce y Justa se despidieron del hermano la noche anterior. Permanecieron agazapadas dentro de la casa para no ser vistas por Flain y sus hombres.
Las palabras de Sancha resultaron premonitorias. Ocho años después del nacimiento de las niñas hubo una leva por todas las tierras de los alrededores. Los muchachos de catorce, quince y dieciséis años, como era el caso de Ramiro, fueron reclutados para formar parte de las milicias de don Sancho Garcés que necesitaba sangre nueva. Debía reponer las pérdidas habidas durante los últimos levantamientos. Sus hombres dieron la vida peleando contra los portugueses cuando el rey se enfrentó a éstos reivindicando El Algarbe y contra los ingleses en la cuestión de Gascuña. Don Sancho no dudó en apoyar al monarca en su intento de ocupar Algeciras. Siempre estuvo dispuesto para ir en auxilio de su señor, Alfonso X, rey de Castilla, aun a pesar de los serios quebrantos en la población meseteña que iba disminuyendo por momentos. Pero, era bien conocido el valor de las huestes de don Sancho y su cuidada instrucción.
Llegados al patio del castillo, Flain y sus hombres descabalgaron. El alguacil dejó su montura en manos de uno de los caballerizos y entró a dar cuenta a su señor de la batida. Arrogante, pisa con fuerza. Deja que salten tras de sí chispas de la punta de su espada al caminar cuando ésta choca contra el empedrado. Atraviesa algunas de las estancias hasta llegar a la enorme sala de los trofeos. Don Sancho, con una copa de cobre en la mano, mira por la ventana. Antes de que Flain pudiera decir nada, su señor le espetó:
- ¿Es todo lo que has conseguido?
- Todo. Apenas una docena de campesinos. Pero sabré domarlos. Son fuertes…
- ¿Fuertes? Algunos parecen galgos sarnosos.
- Pero son fuertes. Están acostumbrados a vivir a la intemperie, a trabajar de sol a sol. Aquí, bien comidos y con el adiestramiento oportuno, se convertirán en excelentes guerreros.
Don Sancho movió la cabeza. Su cara, encogida en un rictus que lo mismo pudiera ser de asco que de aburrimiento, parece tallada en piedra. Alza la mano derecha. Flain sabe que, con ese gesto, le echa de su lado. El alguacil, sin embargo, se acerca hasta el costado de su señor. Casi al oído, le dice:
- He traído a alguien especial.
Los ojos de don Sancho se entornan. Frunce el ceño y sus cejas, muy pobladas, se unen tanto que forman una línea oscura en lo alto de su rostro. Adelanta la mandíbula para que Flain continúe. El alguacil casi susurra:
- Entre los muchachos hay alguien a quien tal vez le gustaría conocer. Se trata de Ramiro de Toro.
- ¿Ramiro de Toro? ¿Por qué tendría gusto en conocerle? ¿De quién se trata?
- Tal vez, si os digo que es el hijo de Sancha de…
- ¿Sancha? ¿La hija del herrero?
- La misma.
- Tráelo de inmediato a mi presencia –ordena con voz de trueno.
Flain abandona la sala frotándose las manos. Camina deprisa. Cruza el patio y se acerca al grupo de jóvenes apiñados en uno de los rincones más lejanos. Son lo más parecido a un rebaño sin pastor: medrosos ante la llegada del lobo, en este caso enmascarado en la figura negra del alguacil quien, una vez junto a ellos, grita:
- Ramiro de Toro, acompáñame.
De entre ellos asoma el aludido que sigue al alguacil a buen paso hasta el interior de la fortaleza. Una vez en la sala, con voz engolada, Flain anuncia:
- Estás en presencia de tu señor, don Sancho Garcés. Arrodíllate, muchacho.
Ramiro se arrodilla, pero levanta casi de inmediato la cabeza. Tiene curiosidad por saber cómo es aquél que violentó a su madre, cómo es ese padre desconocido a quien odia hasta sentir el imperioso deseo de matarle en ese mismo momento y lugar.
Don Sancho se encubre en las zonas de penumbra, sólo es un volumen más en aquella sala repleta de cabezas de ciervos, jabalíes, venados y decorada con gruesos tapices con escenas de caza, arcones de madera oscura y una amplia mesa rodeada de sillas de respaldos altos y profusamente repujados. Desde su oscuridad observa al muchacho, iluminado por la luz de la ventana que irradia sobre él. Flain, al verle alzar la cabeza, no duda en golpearle en la espalda para que muestre respeto pero, la voz potente de su señor, rebotando contra los muros de gruesa piedra, le hicieron detenerse:
- Déjanos solos, Flain. Y no se te ocurra ponerle de nuevo la mano encima.
- Pero, señor…
- Vete. Quiero quedarme a solas con el chico.
- Ballestero malo, a los suyos tira –murmura Flain en un tono de voz suficiente como para ser oído.
- Tal vez tengas razón, pero creo que el muchacho es noble y no atentará contra mi persona.
Flain sale de la estancia rápido, tal como entró, masculla palabras ininteligibles. Va enfadado, mucho.
- Así que tú eres el hijo de Sancha de Toro…
Ramiro se levanta de un salto.
- No mencionéis el nombre de mi madre. Vuestros labios la ensucian con sólo hablar de ella.
- Eres valiente –dice don Sancho a la vez que sale de entre las sombras-, como ella.
Se acerca al muchacho, lo mira de arriba abajo. Quedó clavado en sus ojos, aquel azul turquesa… Tan iguales a los de ella. Ahora la recordó: con el cabello por debajo de las caderas, la corona de flores, el ímpetu de su resistencia y aquellos ojos azules que lo miraron más con desprecio y asco que con espanto en el momento de hacerla suya. Aquellos ojos que le perseguían cada noche afeándole su conducta, que lo señalaban, que le miraron de frente durante todo el tiempo que duró su ignominia.
- Creo recordar que tienes una hermana. No suelo prestar atención a ciertos hechos, pero Flain me dio la noticia del nacimiento de un monstruo.
Ramiro siente estas palabras como el picotazo de una avispa. Con un rápido movimiento quita la daga que cuelga del cinto de don Sancho y le pone la punta bajo la barba.
- A mi hermana tampoco la nombréis, ¿me oís? ¿Me oís? ¡Ni la nombréis! –Insiste empujando el filo hasta casi arañar la piel.
- Eres valiente, sí, por todos los diablos. Tienes coraje. Te admiro –luego, después de tragar saliva, añade-: Entrégame la daga no vayas a lastimarte.
Ramiro devuelve el arma a su dueño que la coloca en su lugar. Le mira con insistencia, con asco, pero con gran curiosidad. También a él le parece un hombre valiente. Otro en su lugar hubiera llamado a la guardia y él, un aldeano, un don nadie, en esos momentos, estaría tiñendo de sangre las baldosas de la sala.
- ¿Por qué queréis saber de mi hermana?
- Flain me la pintó como un monstruo del averno. ¿No acabó con ella tu padre?
- No.
- ¿Por qué?
- Mi madre no permitió que fuese muerta.
- Tu madre. Tu madre. Tiene más agallas que toda una mesnada.
- Sí, las tiene.
- Y, ¿entonces?
- Justa tiene ocho años. Es, a pesar de sus defectos, feliz. Yo la veo hermosa.
- ¿Hermosa? Flain contó barbaridades de ella.
- Bueno, una mano le nace en el codo, pero se las apaña bien con la izquierda. La cojera casi la tiene corregida. Bermudo, mi padre –al decirlo se le llena la boca, insiste-. Mi padre, que conoce bien el trabajo en cuero y madera, armó un aparato para la niña. Gracias a él se le modificó la querencia de la pierna y del pie a torcerse hacia dentro. Ahora camina, con dificultad, pero camina. Y su cara, a pesar de todo, es hermosa. Su voz es dulce…
- ¿No es ya tan horrible como Flain me la describió?
- Para mí Justa es un ángel y, a quien se le ocurra hacerle daño, quien ose acercarse a ella para mancillarla o asustarla, no tendré el menor inconveniente en quitarle la vida. Por Dios juro que quitaré la vida a quien le haga daño –lo dice mordiendo las palabras a la vez que mira de frente a su señor, sin miedo, sin vacilaciones.
- Te creo. Regresa al patio. Dile a Flain que te proporcione ropas limpias, aséate bien. A partir de esta misma noche pasarás a formar parte de la escolta que pernocta en el castillo. Quizá te nombre paje de mi hijo, don Lope Garcés, tu hermano.


Madrid, viernes 12-X-07 - Domigo 14-X-07
20,07 p.m.

martes, 18 de septiembre de 2007

El martes un cuento

Aspectos de la vida cotidiana en la Edad Media
Taccuino Sanitatis

El derecho de pernada


DULCE III

LA HISTORIA DE SANCHA
Juana Castillo Escobar

- Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro.
- Madre –interrumpió Nuño entre bostezos-, ¿por qué queréis que se conozca esa historia que decís nos dolerá como aceros?
- Porque es de las que escriben los monjes en los monasterios. Lo quiero para que sirva de ejemplo. Lo quiero para que ninguna otra mujer sufra lo que sufrí yo… Lo que sufrimos vuestro padre y yo.
Los tres muchachos volvieron la vista hacia su padre que, muy erguido sobre el taburete, trataba de serenarse.
- Sí, fue una época dura y yo un cobarde… Un indeciso… Un cabestro…
- No te tortures, Bermudo, aquello pasó. Déjame que les cuente.
Bermudo movió la cabeza en señal de asentimiento, miró a los niños y cedió la palabra a Sancha que dio comienzo a su relato:
- Debéis saber, primero de todo, que tanto vuestro padre como yo no nacimos en esta casucha. Somos, fuimos vecinos del burgo de don Sancho Garcés, cercano a la ciudad de Zamora. Nacimos como ciudadanos libres. Nuestros padres, Garci y Nuño de Toro, eran hermanos. Apalabraron nuestro casamiento nada más nacer vuestro padre. A los cinco años llegué yo…
- Madre –inquirió Diego con su media lengua-, ¿y si no naces?
- Pues vuestro abuelo Nuño, mi padre, le habría devuelto la palabra a Garci y él tendría que buscar otra novia a vuestro padre dentro de la familia.
- Entonces yo no hubiera nacido…
- Deja de molestar, cabezón –cortó Ramiro- queremos oír la historia antes de irnos a dormir.
- Eso –aplaudió Nuño- cállate, cuanto más tarde madre, más tarde cenaremos y yo tengo el estómago encogido de hambre.
- No os peleéis –pidió Sancha con voz cansada-. Podéis llenar la escudilla con la sopa que hice de verduras y unos restos de carne. La dejé al fuego esta mañana. Comed mientras os cuento…
Bermudo se levantó. De un vasar tomó la escudilla de barro, la llenó casi hasta rebosar, repartió tres cucharas de madera a los niños y un mendrugo de pan de harina de haba para que cenasen. Él prefirió aguardar. Los muchachos se sentaron en torno al plato y empezaron a dar buena cuenta de él al tiempo que su madre proseguía con la narración:
- Si yo no hubiese nacido ninguno de vosotros estaríais aquí, es cierto, pero la historia hubiera sido la misma… Sí, la historia es la misma, sólo variamos los actores. Sois nietos de reputados artesanos. Mi padre es herrero. Vuestro tío y también abuelo, Garci, trabaja el cuero y la madera. Son respetados por el resto de los ciudadanos y sus trabajos de los más prestigiosos a muchas leguas a la redonda, al menos lo eran. Bien, a lo que interesa. Cuando cumplí quince años, de esto ya hace nueve, se celebraron nuestros esponsales…
Bermudo, que escuchaba a su mujer con la cabeza gacha, la alzó para añadir con voz entrecortada por la emoción y los ojos brillantes:
- Era la novia más hermosa de cuantas vi hasta aquel momento. Con la melena ondulada cayéndole hasta más abajo de la cintura, la frente coronada con una guirnalda tejida con flores y espigas, un traje de damasco que vuestro abuelo Nuño compró a un comerciante de Al Andalus, traído de Oriente… Yo ya la amaba, pero en aquel instante la quise aún más…
- No sé si sería o no hermosa…
- Madre, lo eres –exclamaron los tres niños casi al unísono-. Muy hermosa –apostilló el pequeño.
- El caso es que, acabado el rito, en medio del banquete de bodas, llegó hasta la casa don Sancho Garcés acompañado del alguacil Flain y una docena de hombres armados. Descabalgaron de sus monturas y se esparcieron por el patio. Don Sancho estaba ya algo bebido, llegaba de cazar algunos venados, o corzos, ni lo recuerdo… El caso es que pidió vino para todos, que se asaran más corderos, y empezaron a beber y a comer sin freno. Sus canciones obscenas acallaron la música de arpas, salterios y zanfoñas que los juglares portugueses, contratados por nuestros padres, tañían para acompañar sus cánticos. De pronto me vi arrastrada por don Sancho hasta el centro del patio, dancemos, gritaba desaforado, dancemos, es tu momento… Y no me quedó más remedio que bailar con él. Cuando me quise dar cuenta me llevaba sobre su hombro, corrió hasta la casa y me subió al dormitorio principal, el que mi madre y las mujeres de la familia habilitaron para nuestra primera noche…
- Y yo no fui capaz de hacer nada –prosiguió Bermudo al ver que Sancha se ahogaba-. Como un pelele vi caer, desde la ventana hasta mis pies, la corona de flores ya marchitas. Escuché desde el patio cómo le rompía las vestiduras, los gritos desgarradores de vuestra madre, su voz pidiendo auxilio, las risotadas del señor, sus frases obscenas que se escaparon a través de las ventanas del dormitorio, el coro formado abajo por sus hombres que trataban de alcanzar a algunas de las invitadas para desfogarse también ellos… En torno a mí, mareándome, me llevaban de un lado a otro las carreras de las sirvientas que huían de aquellas bestias desaforadas, ellas fueron también quienes se llevaron la peor parte… Todos los invitados callaron. Todos se fueron. Incluso yo me fui. Tomé del suelo la corona de flores y corrí, corrí, corrí hasta caer reventado a cientos de leguas de la casa. Anduve perdido durante meses. Regresé a su lado cuando hasta mis oídos llegó el rumor de que la exiliaban de la ciudad porque se encaró con don Sancho Garcés, nuestro amo. Me comporté como un villano. No sé cómo vuestra madre pudo perdonarme…
- Te perdoné porque te amaba, y te amo, porque tú sólo no hubieras podido hacer nada sino morir. En cuanto a mí la vejación sufrida me hizo fuerte –prosiguió Sancha-, pedí a mi padre que buscara un notario que diera fe de que mi esposo huyó el mismo día de nuestro enlace, que yo jamás yací con él…, algunos de los invitados y familiares me apoyaron con su firma A los pocos meses supe que estaba embarazada. Cuando di a luz fui al castillo de don Sancho y le presenté al recién nacido, su hijo. Esto le encolerizó y es por lo que fui exiliada del burgo. Dijo que, si tuviera que reconocer a todos los bastardos habidos en sus escarceos amorosos, le sería imposible darlos de comer. Me dijo que, o me exiliaba, o acabaría de meretriz para dar placer a la tropa. Huí del castillo… Entonces regresó vuestro padre, se hizo cargo de nosotros y juntos construimos este chozo y nos convertimos en siervos de la gleba. Pensamos llegar hasta la Extremadura, incluso más al sur, hasta Al Andalus, pero Flain nos persiguió como un perro acorralándonos como acorrala las piezas de caza. Dijo que estábamos exiliados pero que no por ello debíamos abandonar las tierras de don Sancho, nuestro único amo y señor. Que trabajaríamos para él estas cuatro tierras que nos cedió y de las que tenemos que entregar casi todo el fruto que nos proporcionan.
- ¿Ese niño…? –Preguntó Ramiro, el hijo mayor, con voz temblorosa-. ¿Qué fue de ese niño?
- Ese niño eres tú, hijo –le respondió Bermudo con orgullo en la voz mientras le oprimió con cariño el hombro.
- Lo mataré. Vengaré esta felonía… -gritó el muchacho puesto en pie de un salto. Sus hermanos menores lo miraban con asombro, sin entender muy bien todo lo que estaba ocurriendo.
- No, hijo, no vengarás nada –pidió Sancha con decisión-, al menos por ahora. Ya os dije que esta historia iba a doler, pero era preciso que supierais lo sucedido. ¿Entendéis por qué deseo que Justa viva? Ella, la pobre, no es agraciada. Tal vez se case en algún momento de su vida, tal vez jamás llegue a desposarse pero, si Dulce crece tan hermosa como promete, es seguro que alguien deseará hacerla su mujer. Si Flain aún vive para entonces puede pensar que se trata del desposorio de Justa y, como es fea y deforme, a nadie le interesará ser el primer hombre que yazga con ella. Nadie molestará en la boda de Dulce, ya que nadie sabe de su nacimiento, ni lo sabrán porque vosotros vais a guardarlas como si fueran joyas de inmenso valor. Vuestras hermanas podrán comenzar una vida sin sobresaltos. Además, nunca se sabe qué nos puede deparar el porvenir, y a ti, Ramiro, es seguro que en algún momento vendrán a buscarte para que entres a las órdenes de don Sancho y con esto quiero decirte que no sabes qué te espera. No lo sabemos, pero estando tú a sus órdenes nuestra vida puede ser que varíe, mucho.


Martes, 18 de Sepbre. De 2007 – 19,58 p.m. Continuará...

jueves, 13 de septiembre de 2007

El cuento de los lunes en jueves


DULCE
II
Juana Castillo Escobar

Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios. Nadie decía nada. Sancha se incorporó y miró la esquina del jergón. Sólo alcanzó a ver un bulto que no paraba de moverse y de emitir ligeros gorgoritos.
- Bermudo, ayúdame –rogó Sancha.
El hombre se acercó al jergón, sujetó a su mujer por debajo de las axilas y la ayudó a incorporarse. Puesta en pie miró a los niños, luego a su esposo, pidió:
- Llévame fuera. Tengo que adecentarme un poco –tragó saliva antes de añadir-: no toquéis a la niña. Cuando regrese y la vea ya hablaremos.
Bermudo llevó a Sancha junto al pozo, sacó agua, y se retiró algunos metros quedando de espaldas a ella. La mujer lavó bien sus partes, los muslos, las piernas, para quitar de ellas los restos de sangre, algunos ya secos y renegridos. Se secó con la camisa que llevaba puesta y se vistió con otra que se oreaba en el patio sobre una mata de romero florecido. Suspiró:
- Parece que habrá tormenta. El viento de la mañana ya lo pronosticó… Bien, volvamos dentro –Bermudo se dio la vuelta, la tomó por la cintura, y juntos entraron en la choza.
Ya en la casa Sancha se sentó en el jergón que previamente los niños apoyaron sobre el muro para que pudiera estar incorporada. Nuño, el segundo de los hijos, se hizo cargo de sostener a la recién nacida a quien, en cuanto vio que su madre parecía estar cómoda, se la entregó con un movimiento rápido, como si no deseara sostenerla mucho tiempo más.
A Sancha le temblaron las manos cuando empezó a desliar la camisa que le impedía ver a la niña. Antes de acabar dijo:
- A la primera le pondremos el nombre de Dulce. Esta se llamará Justa.
La dejó sobre sus rodillas. Luego la contempló durante unos minutos que se hicieron eternos. De nuevo se mordió los labios. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas que, de un rápido manotazo, limpió. El silencio reinaba en la choza. Nadie, ni el perro, parecía respirar. Bermudo cogió un tocón de madera bien pulido que hacía las veces de taburete y lo acercó hasta su esposa. Sentado junto a ella miraba a la niña. Después de unos instantes empezó a decir:
- ¿Estás segura? ¿Crees que debemos ponerle un nombre? ¿Después de verla…? ¿No será mejor hacer lo que aconsejó Flain? Yo la llevaré al Duero…
Los ojos de Sancha lanzaron una llamarada, ardieron al mirar a su marido, él pareció acobardarse. Cogió a la niña y se la arrimó al pecho. Justa, entre gorgoritos, se prendió al pezón dando buena cuenta de su primer desayuno.
- Nadie osará hacerle daño –dijo Sancha mientras acariciaba la cabeza de la niña-. Vivirá porque así lo deseo.
- Pero, Sancha, debes ser práctica. Es una boca más… Y tú la ves…
- No, Bermudo, no. Esta niña vivirá. Mirad cómo se agarra a la vida. Ella salvará a su hermana, a todos nosotros, porque nos hace fuertes. ¿Qué tiene una mano que le nace en el codo? ¿Una pierna cuyo pie con seguridad no podrá mover? ¿Media cara que no se corresponde con la otra media? Me es igual. Para mí es tan hermosa como su hermana Dulce. Trae, Ramiro, dámela. Quiero verla bien.
El niño acercó a la recién nacida que dormía plácidamente en su regazo. Se la entregó a su madre que la apoyó contra su seno, pero Dulce continuó durmiendo sin apenas inmutarse.
- A ella le alimenta más dormir… ¡Que duerma, ya comerá! Y Justa es intocable, ¿me habéis entendido? In-to-ca-ble.
Hubo un silencio roto sólo por las gotas de lluvia golpeando sobre el tejado de pizarra y el sonido lejano de los primeros truenos. Sancha miró a Bermudo como pidiendo su aprobación. Él movió la cabeza en señal de asentimiento.
- Niños, acercad vuestros taburetes, ya es hora de que conozcáis una historia que, guardada, nos envilece más que si sois conocedores de ella. Quizá tú, Diego, mi pequeño, no lo entiendas… Y en cuanto a ti, Ramiro, no busco que en tu espíritu germine la semilla del odio, pero es preciso que hablemos. Lo que os contaré será suficiente para que comprendáis el por qué de mi decisión de que Justa Permanezca con nosotros… No es algo tomado a la ligera. Bermudo, Nuño…, es tan difícil hablar de ciertas cosas, más cuando sé que, a pesar de ser sólo palabras, dolerán como aceros.


Jueves 13-IX-07 – 16,31 p.m. - Continuará
...

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Un viaje al medievo



DULCE
I
Juana Castillo Escobar

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición porque de donde ella provenía, la servidumbre de la gleba, ser hermosa era más que un pecado, era casi una sentencia de muerte.
Dulce llegó al mundo acunada por el ábrego, templado y húmedo, y los desgarradores gritos de Sancha, su madre, que no hacía sino maldecir a Bermudo, su marido, incapaz de ayudarla. La mujer, recostada sobre un jergón de paja, parió casi como lo hacen las cabras: a cuatro patas y en soledad. Con un cuchillo mal afilado cortó por sí misma el cordón que la mantenía unida a la criatura, la envolvió en un burdo paño de estameña y la entregó a Ramiro, el mayor de sus hijos, un mozalbete de unos ocho años más competente que su padre y capaz de hacerse cargo de su hermana. Sancha le apremió:
- Dejé calentándose agua en el hogar. Saca un par de cazos, viértelos en la tina y lava a la niña. Cuando esté limpia me la traes –dicho esto la mujer se acostó en el jergón, sobre el suelo, ovillado el cuerpo, de espaldas a la lumbre para que le llegara algo de calor a los riñones maltrechos y doloridos por el esfuerzo.
El muchacho siguió las órdenes de su madre. Después de limpiar a su hermana, a quien hasta ese momento sólo consideró un amasijo de carne ensangrentada, se paró unos instantes a observarla. Era la criatura más hermosa que jamás viera. Recordaba vagamente el nacimiento de sus hermanos, pero ellos eran chicos y ninguno tan guapo como aquella niña que le sonreía mientras se le colgaba de uno de sus dedos. Quedó atrapado. In mente se dijo: “Seré tu valedor. Jamás, mientras yo viva, nadie osará hacerte mal alguno, lo juro”.
Ramiro entregó la niña a su madre. Sancha iba a darle el pecho cuando sintió de nuevo dolores de parto. Su cuerpo se convulsionaba con furia, los dolores, más agudos que los precedentes, le hicieron retorcerse como una culebra.
Diego, el hijo pequeño, de unos cinco años, entró corriendo en la choza. Gritaba con su media lengua:
- El a-gua-cil… Los soldados…
Bermudo salió a la puerta. En la lejanía, envueltos en una nube de polvo, Flain, el alguacil, y los soldados de don Sancho Garcés, su señor, trotaban hacia la choza. El hombre entró en la estancia, muy nervioso.
- ¿Qué haremos? –Preguntó frotándose las manos.
Sancha, entre espasmo y espasmo, logró balbucir:
- Ramiro, llévate a la niña… Escondeos en la pocilga… Flain no se asomará a ella… Si llora…, ponle un dedo en la boca… Que crea que es el pecho… Vamos… Y tú, Diego, sal fuera a jugar… No hables con esos hombres…
El niño se apostó junto a la puerta. Vio descabalgar al alguacil y los soldados y, aun a pesar de lo que le atraían los caballos, salió corriendo en pos de un viejo lebrel al que se dedicó a tirarle un palo muy gastado.
Cuando Flain entró Sancha cortaba ya el segundo cordón a la nueva recién nacida. El alguacil retrocedió pero enseguida se rehizo. Con voz de trueno y una risa sardónica espetó:
- ¡Qué puntual soy, no te quejarás! Ni que supiera que ya estabas pariendo… Ja ja ja ja. ¿No ha venido ninguna vieja a ayudarte? Me parece que Bermudo te sirve de poco.
El marido, aparentemente, sin inmutarse, cogió a la niña y la metió de inmediato en la tina en la que aún quedaban restos de sangre de la primera. La lavó bien y la secó con una camisa vieja de uno de los chicos que colgaba de una cuerda sobre el hogar. Flain pidió verla para levantar acta del nacimiento.
- ¿Cómo la llamarás? –Preguntó antes de mirar a la niña.
- Dulce, tal vez Justa… -respondió Sancha con voz que denotaba cansancio-. Aún no lo he pensado, tampoco he visto a la niña…
Flain abrió el paño que cubría a la criatura. Hizo una mueca antes de escribir nada:
- Creo, Sancha, que deberías pensar en tirarla a los cerdos… O ahogarla en el Duero. Esta niña no te servirá en absoluto –rió de nuevo, con una risa malévola-, piensa que has traído al mundo un monstruo. Cuando lleguen las malas cosechas y tengáis que repartiros las cuatro alubias que os correspondan, entonces será cuando pensaréis por qué no terminasteis con ella. Comerá como una más, pero el señor no os dará más grano por este…, por este engendro del diablo. Ponle el nombre que más te plazca. Creo que no vale la pena inscribirla.
- Es mi hija -gritó Sancha con todas sus fuerzas, pero Flain ya no le hizo caso. De un salto montó sobre el caballo y salió al galope seguido por sus soldados. Entonces Sancha cayó exhausta sobre el jergón.
Bermudo soltó a la criatura a los pies de su madre. Sacó agua limpia de un cántaro, llenó un pocillo de barro, y le dio de beber a su mujer que se movió con lentitud. Cuando Sancha volvió en sí miró a su alrededor. Los niños: Ramiro, cargado con la primera recién nacida; Diego, tratando de sujetar al perro; Nuño, el segundo de los hijos, llegado del campo de pastorear las cuatro cabras de la familia y Bermudo, su marido, hacían corro en torno al jergón. El padre movía la cabeza de un lado al otro como un péndulo. En los ojos de todos ellos Sancha pudo ver con claridad el horror que les provocaba el mirar a la segunda niña.

Martes, 4-IX-07 – 20,30 p.m.
Continuará...


lunes, 27 de agosto de 2007

Una imagen, un cuento

Desierto de Sonora

¿EL HOMBRE DE NEGRO?

Juana Castillo Escobar

El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él… Las patas de los caballos se hunden en la arena aún caliente haciendo muy dificultoso su galopar. Sus ollares expulsan volutas de humo que, de inmediato, desaparecen en el aire denso de polvo, helador. La noche es clara. La luna, encargada de iluminar aquella inmensidad donde las sombras se alargan de forma inquietante y los gritos de los animales nocturnos más parecen los ayes lastimeros de los espíritus que vagan por las estepas que el ulular de coyotes y aves nocturnas, brilla en lo alto: ojo que observa la persecución sin parpadear, sin apenas inmutarse.
El pistolero, un hombre mal encarado, con cráteres recuerdo de la viruela enterrados en su piel curtida, aprieta los dientes a la vez que espolea a su caballo:
- Por los mil demonios del infierno, corre, maldito animal, corre –luego de imprecar a su montura, grita al hombre de negro que le lleva mucha ventaja-: y tú, hijo del mayor de los chacales, desmonta o dispararé. Aunque sea por la espalda juro que te descerrajaré un par de tiros.
Echa mano del colt y dispara al aire tres veces seguidas. El eco le devuelve el sonido magnificado. Hay desbandada de pájaros recién dormidos. El desierto se sacude del letargo nocturno. El caballo del pistolero se encabrita, trota sin freno, lo tira al suelo y huye. La cabeza del hombre se golpea contra una piedra lo que le hace perder la consciencia. Un hilillo de sangre mana y se abre paso a través de unos cabellos largos, algo grisáceos y aceitosos.
El sonido lejano de unos cascos se aproxima. Un hermoso semental tordo llega junto al herido, de él se apea el hombre de negro que tira con suavidad de las riendas de la montura huida poco antes. Después de atar los dos caballos a un tronco seco observa la situación, luego extiende su capa sobre la arena, levanta sin esfuerzo al pistolero y lo coloca sobre ella. Se descalza los guantes quedando a la vista unas manos blancas, de dedos largos y casi transparentes. Manipula el corte que, de inmediato, deja de sangrar. Observa al herido, aún inconsciente, y, sin mover los labios, mantiene con él un diálogo que más parece monólogo:
- Regresa a tu casa, con tus hijas… Te aguardan con impaciencia, a ellas les eres muy necesario… Yo tuve que venir por tu mujer y tu niño, su hora se cumplió… En cuanto a ti, no debiste verme, pero me ves… No te preocupes, me olvidarás igual que me olvidaste al enfermar de viruelas, cuando nos vimos por primera vez, tampoco entonces eras tú el elegido, sino tu hermano… Ya, ya lo sé, no soy tan horrible como me pintan… Tienes razón, no soy mala, cumplo mi cometido, sin más… Sí, en esta comedia que es el mundo me tocó representar el peor de los papeles, ¿o tal vez es el mejor? No lo sé, jamás me lo hubiera planteado… Pero tu hora aún no llegó, no debo llevarte conmigo y, por más que me persigas, por más que me dispares porque me odias, por más que desees matarme para morir tú, recuerda: soy, de entre todos los comediantes de este gran teatro, la actriz principal… Sin duda, la más odiada, pero la única que jamás morirá.


Madrid, miércoles 22 - jueves 23 de Agosto de 2007 - 13,36 p.m.



martes, 21 de agosto de 2007

Una foto, un poema

Foto de H. SCHATZ
No digas no
Juana Castillo Escobar


No digas no
Cuando sabes bien que
Los dos
Nos morimos por besarnos.

No digas no
Si sabes que
Los dos
Con sólo mirarnos nos amamos.

No digas no
Cuando sabes bien que
Los dos
Muriéndonos estamos.

No digas no
Cuando sabes que
Los dos
Soñamos por conseguir ese beso apasionado.

No digas no
Si sabes que
Los dos
Necesitamos la caricia de nuestras manos.

No digas no
Si sabes que
En silencio nos amamos.

No digas no
Cuando los dos
Deseamos ser algo más que hermanos.

No digas no
Cuando sabes bien que
Los dos
Somos amantes sin tocarnos.

No digas no
Si sabes que
Cada noche nos soñamos.

No digas no
Sabes bien que
Nuestros ojos hablan por nosotros sin hablarnos.

No digas no
Sé mi amor
Y terminamos…

Martes, 30 de Agosto de 2005 - 11,40 p.m.
Arreglos: Domingo, 20 de Novbre. de 2005 - 21,21 p.m.
Nota.- Este poema forma parte del cuaderno titulado "Amor callado, amor secreto" (Poemas para canciones). Registrado en Madrid el 1º de Diciembre de 2005- Núm. de Expediente: 12/RTPI-009387/2005.- Núm. Solicitud: M-008993/2005.-
Ref. Documento: /062133.5/05

lunes, 13 de agosto de 2007

Para empezar la semana, un cuento





EL INVITADO

Juana Castillo Escobar



Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado… Han pasado la noche juntos, su primera noche y, la verdad, no ha sido tan malo. Fernanda lo observa con renovada curiosidad. Allí, tumbado junto a ella, le parece de nuevo tan frágil, tan abandonado, tan triste…
Es divino, después del baño, de la cena abundante, de unos cuantos masajes, bien peinado..., todos somos, parecemos otra cosa, piensa Fernanda mientras sus labios dibujan una pícara sonrisa.
Sin hacer ruido se levanta de la cama. Envuelta en una bata de felpa muy usada, se acerca a la ventana. Mira a la calle a través de los visillos de organdí. Fuera la niebla no le permite ver más allá de la barandilla de la terraza. Un escalofrío le traspasa el cuerpo de pies a cabeza. Se gira hacia la cama. Murmura: Hiciste bien en venirte conmigo. ¡No quiero pensar qué hubiera sido de ti de pasar la noche a la intemperie! Verás lo bien que estaremos los dos juntos. Está visto que congeniamos, si no ¿de qué ibas a seguir aquí? Tan dormido, tan feliz, porque yo lo sé, se te ve muy feliz.
Mira de nuevo a la calle. El viento arrecia. La rama descarnada de un plátano de indias repica sobre el cristal de la ventana, pareciera que buscase cobijo también ella en la calidez del dormitorio. Fernanda mira al cielo, luego al termómetro que tiene en el exterior: Uf, cinco bajo cero. Hoy no pienso salir a la calle. Además, tengo un invitado… Y no necesito nada. Tengo provisiones suficientes para una semana. Frotándose las manos, que se le han quedado amoratadas por el frío, entra en el aseo. Tomaré una ducha antes de que se despierte. Quiero tenerle preparado un desayuno especial, vamos, algo que le haga quedarse conmigo para siempre. Como Fernanda que me llamo este no se me escapa. Es mío. Yo lo encontré así que no me venga nadie con reclamaciones. Soy feliz, feliz, después de años puedo decir que soy inmensamente feliz.
Fernanda entra en la ducha y canta bajo el agua, primero muy comedida, luego con fuerza. Es como si hubiera despertado después de años de vivir aletargada. Luego, va a la cocina donde prepara un suculento desayuno.
En el dormitorio, el durmiente se despereza. Lucha con las sábanas y bajo ellas hasta que consigue zafarse. De un salto deja atrás cama, mantas y edredón y vuelve a estirarse con parsimonia, con verdadero deleite. Se pasea por el cuarto, todo lo mira, todo le resulta extraño, al menos sus ojos es lo que indican: que el lugar no le es familiar. Un aroma, apetitoso por demás, hace que sus orificios nasales aleteen de puro gusto. Sale de la habitación sin apenas hacer ruido. Plantado en el quicio de la puerta de la cocina observa a Fernanda que le aguarda con un plato de porcelana en la mano, una sonrisa de oreja a oreja y una frase llena de amor:
- A ver, mi chiquitín, ya tienes tu comidita. Ven, gatito, ven… Por cierto, en cuanto desayunemos te bautizaré. Un minino tan bellísimo como tú necesita tener un nombre propio… Verás qué felices seremos…
Y el gato de angora corrió hasta las piernas de Fernanda, después de restregarse blandamente contra ellas, dio buena cuenta del desayuno.

Madrid, 10-VIII-07 – 21,30 p.m.





Más historias con el mismo comienzo en: http://elcuentacuentos.com/

domingo, 12 de agosto de 2007

Después del terremoto una reflexión

La Tierra tiembla, cruje, se despereza...
Animal herido, torturado, aguijoneado por las malas artes del hombre, se revuelve inquieta.
Madre dolorosa, que todo nos da, que todo nos proporciona, ha dejado de ser paciente y se queja, se revuelve contra sus hijos, maltratadores que no la respetan.

Domingo, 12-VIII-07 - 10,51 a.m. (Escrito una hora y cinco minutos después del terremoto)

viernes, 10 de agosto de 2007

Un poema para el viernes

El mendigo, 1645
Bartolomé Esteban Murillo


MENDIGO
Juana Castillo Escobar


Vagabundo por las calles,
Perdido en la gran ciudad,
Mendigo sin pedir a nadie,
Sólo admito, por caridad,
Las sonrisas amables
Que, amablemente, pocos me dan.

Vagabundo solitario,
Del negro asfalto, corsario,
Asfalto que convertí en mar
En el instante mismo
En el que me dediqué a mendigar.

Mendigo porque vivo en la calle,
Porque voy haraposo,
Porque duermo en un portal
Bajo la noche estrellada
Con la luna como igual:
Solitaria mendiga en un cielo
De hielo o de cristal.

Vagabundo solitario,
Del negro asfalto, corsario,
Asfalto que convertí en mar
En el instante mismo
En el que me dediqué a mendigar.

Soy mendigo porque quiero.
Soy vagabundo
Que camina solitario por un mundo
Tan hermoso y fiero.
Camino solitario
Por un mundo en el que no existe la piedad.

Vagabundo solitario,
Del negro asfalto, corsario,
Asfalto que convertí en mar
En el instante mismo
En el que me dediqué a mendigar.



Jueves, 1º de Sepbre. de 2005 - 21,15 p.m.
Corregida el sábado, 19 de Novbre. de 2005 - 12,32 p.m. Este poema forma parte del cuaderno casi inédito titulado "Amor callado, amor secreto" y que está registrado en Madrid.

sábado, 28 de julio de 2007

Tras las vacaciones, un hiperbreve

Venus ante el espejo, Velázquez

LA MIRADA

Juana Castillo Escobar


La mirada que le devolvió el espejo no era la suya, era la de él: situado a su espalda pareció taladrarla con aquellos ojos oscuros que tanto le atrajeron nada más conocerle.
El hombre avanzó despacio. Ella sitió su aliento en el cuello y un escalofrío le recorrió la espalda. Supo que sucumbiría ante sus encantos, sin remedio, en el mismo instante en que él se lo pidiera. Lo supo y no quiso hacer nada por cambiar el rumbo de la historia…
La mujer despertó sobresaltada, empapada en sudor, con el rostro aún cubierto de lágrimas.
Los primeros rayos de un pálido amanecer atravesaron la habitación, fueron a chocar contra el espejo. Ella se sentó en la cama, se restregó los ojos… Entre las nubes del sueño miró hacia la cómoda, la superficie del espejo, lisa como un mar en calma, estaba gris, muerta: la mirada que tanto le atrajo, que no era la suya, ya no estaba allí.

Puerto de la Cruz – Sábado, 21-VII-07 – 19,43 p.m.


viernes, 29 de junio de 2007

De estreno








El pasado 16 de Junio, en la sala "Aires" de Córdoba, tuvo lugar la presentación de este libro: "CREADORES III/CRIADORES III".

Entre más de un centenar de artistas de España, Alemania, Portugal, Brasil, Méjico, Cuba, Argentina, Francia, Mozambique, Isarael, Angola,

Rusia, tengo el honor de encontrarme. Participo en este volumen como: Pintora, poetisa y cuentista.

Es mi deseo compartir con todos vosotros, amigos que me visitáis la alegría de este nacimiento que, aunque se trata de un "nacimiento por encargo", léase, previo pago de su importe, no por ello me resulta menos querido.
Espero que disfrutéis con la lectura del relato y del poema y que, mis balbuceos como pintora autodidacta, os resulten agradables a la vista.


La mina
Juana Castillo Escobar

Todas las mujeres de la comarca, las pupilas entenebrecidas, aguardan nerviosas, en silencio. Una de ellas mira ausente, el cabello encanecido por las pavesas que vuelan y nublan el cielo del valle, más sombrío de lo habitual. La bocamina exhala grises volutas. Desde su veta reventada aún llegan los estertores de la explosión. Al cabo, empieza el movimiento: las cestas suben ahítas de espectros envueltos en mugre, sangre, sudor y muerte.
Ella busca con ansia a su recién estrenado marido. La pena le rasga las entrañas, que ya no están vacías. Él no aparece. Alucinados, los trabajadores que pueden hacerlo por sí mismos huyen del pozo. Otros, salen sobre las espaldas de sus compañeros. Y, otros, son transportados en pedazos dentro de las carretillas.
El llanto, el clamor de las mujeres ante la masacre, crece y se difunde a través del bosque renegrido y solitario. Ella, enloquecida, cree oír fragmentos de diálogos, conversaciones grabadas en su mente que le hacen llorar de rabia, dolor, desesperanza e impotencia. Dejemos el valle -le pidió no hace mucho-. La mina cerrará. Moriremos con ella. Mujer, hablas de lo que no entiendes. Yo soy feliz aquí. La mina está a pleno rendimiento. En sus entrañas hay… ¿Por qué no le respondió a tiempo? ¿Por qué dejar las cosas para una mejor ocasión? Ahora es tarde para decirle: En mis entrañas crece tu semilla, pero no conoces ni conocerás su existencia. Das por hecho que no entiendo nada de nada porque soy mujer. Pero supe desde siempre, desde la noche negra de los tiempos, que la mina en todo momento cobra su tributo, no mira a quién le pasa la factura ni la cantidad de sangre que recolecta. ¡La odio! Es cierto que la mina lo da todo, pero también lo absorbe todo. ¡Ogro que se alimenta de carne humana! ¡Siempre fue mi rival! ¡No ha parado hasta hacerte suyo pero, mi hijo, no lo será jamás! La mujer, con el cabello cubierto de pavesas, abre sus ojos del color del plomo derretido. Con ellos encharcados mira a su alrededor: el espectáculo es dantesco ante él decide emprender su camino a la ventura y la libertad. Irá lo más lejos posible de la mina, en busca de un cielo luminoso bajo el cual criar a su retoño.


Son los ojos

Juana Castillo Escobar


Son los ojos dos espejos
Por donde se nos escapa el alma.
Son los ojos dos cerezos
En los que nuestra fruta está colgada.

Son tus ojos y los míos
Dos lagunas en calma.
Son tus ojos, cielo mío,
El lugar en el que reposa mi alma.

Dos espejos son tus ojos
En los que me veo reflejado.
Son tus ojos los cerrojos
Con los que me tienes encerrado.

Son tus ojos y los míos
Dos sabios que charlan.
Son tus ojos y los míos
Dos palomas que se abrazan.

Dos luceros son tus ojos
Que alumbran en tu cara.
Son tus ojos dos luceros
Que al brillar dan esperanza.
Son tus ojos y los míos
Dos amantes que se aman.
Son tus ojos y los míos
El huracán y la calma.

Son tus ojos y los míos
Dos espejos que se encaran.
Son tus ojos, cielo mío,
Donde se te refleja el alma.





Nota.- Si estáis interesados en ver el vídeo de la presentación id a: http://www.youtube.com/watch?v=s3JR4OrKmUA

http://www.youtube.com/watch?v=vFtrsZ_aKjU

sábado, 23 de junio de 2007

Un poema para el día de San Juan

Anochecer en el Puerto de la Cruz, Tenerife



LA MAÑANA DE SAN JUAN

Juana Castillo Escobar


La mañana de San Juan
Te pedí que saliéramos
Juntos a pasear
Por la orilla de la mar.

Por la orilla del mar, mi niña,
Juntos paseamos los dos.
Cogiditos de la mano
Hacíamos un hueco al amor.

La mañana de San Juan
Juntos salimos a pasear,
Cogiditos de la mano,
Por la orillita del mar.

Era tu risa, mi niña,
Tan clara como la mar,
Y tus labios, tan jugosos,
Que sentí la necesidad
De besarlos ardoroso…

Y me invité a besar tu boca, niña,
En la orilla del mar,
Una mañana embrujada,
La mañana de San Juan.

Nada más comenzar a reír, mi niña,
Te besé con pasión, y tú, asustada,
Quisiste huir de mí cual potrilla desbocada.
Corrías, saltarina, niña,
Por la orillita de un mar en calma.

Por la orilla de la mar
Te pedí
Que saliéramos a pasear
La mañana de San Juan.

Cuando te alcancé, niña, pude conseguir
Robar de tus labios otro beso,
El segundo que te pedí.
Un beso con sabor salado como la mar.

Sueño ahora con los besos que te di
A la orillita del mar
Cuando, solos los dos,
Jugábamos a amarnos
La mañana de San Juan.


Jueves, 25 - Domingo, 28 de Agosto de 2005 - 13,49 p.m.
Nota.- Este poema forma parte del cuaderno, inédito en parte, titulado: "Amor callado, amor secreto". Registrado en el Registro de la Propiedad de Madrid. Núm. Expediente: 12/RTPI-009387/2005 Núm. Solicitud: M-008993/2005. Ref. Documento: 12/062132.4/05. Fecha: 1 de
Diciembre de 2005. Hora: 11,59.

lunes, 18 de junio de 2007

De regreso al Cuenta Cuentos






LA HABITACIÓN DEL DESEO
Juana Castillo Escobar

La habitación del deseo aguardaba tras de aquella puerta cerrada. Desde niña llamó mi atención cada vez que, junto con mis padres y hermanos, visitábamos el viejo caserón de la abuela.
Debí comenzar este relato, cuento, escrito, o como queramos llamarle, con una variante de esa frase: la habitación de mis deseos, de mis anhelos, de mis interrogantes, del misterio… Porque, para mí, aquella habitación cerrada a piedra y lodo, era un acicate para mi fantasía, siempre viva y dispuesta a ver cosas donde no las hubiera, a inventar historias, a buscar explicaciones a lo que no las tenía.
Recuerdo que los veranos, durante los meses de descanso, cuando el colegio cerraba sus puertas y nos trasladábamos al pueblo, en el viejo caserón mis sueños eran especiales: siempre estaban llenos de magia y ternura, de hadas y duendes, de hermosas princesas y valientes caballeros capaces de vencer dragones, ogros y seres inmundos, sólo por conseguir los favores de su amada. Todos estos personajes vivían para mí, al otro lado de aquella puerta, dentro de la habitación cerrada a la que nadie daba ninguna importancia y yo, en cambio, rendí culto desde los años más tempranos de mi niñez.

-… toc, toc, toc.
Golpeé con los nudillos sobre la puerta de cuarterones gruesos y negros. Hasta mi nariz llegó el aroma a cera con la que la abuela pulía muebles, puertas y todos los objetos de madera de la casa, suelos incluidos. No obtuve respuesta. Llamé con más fuerza, con insistencia… La puerta giró sobre sus goznes, sin hacer ruido, y quedó entreabierta ante mis ojos expectantes. Avancé un par de pasos, después reculé y volví a mi posición inicial en el pasillo: un hálito frío me envolvió al abrirse la puerta, un olor a moho, naftalina y flores muertas se escapó de aquel cuarto condenado. Fue algo parecido a lo que sentí al entrar en una iglesia del norte: frío, miedo y humedad; era como zambullirme en un bosque húmedo y helador pero que me atraía como canto de sirena.
- ¿Hay alguien? –Pregunté con un hilo de voz cuando conseguí avanzar de nuevo. Metí la cabeza por el hueco de la puerta, bien asida al tirador de bronce, con una mano, y a la madera del dintel con la otra. Repetí mi pregunta-: ¿Hay alguien ahí?
Hubo un siseo. Noté como si corriesen seres minúsculos por el fondo del cuarto. Mis ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad del interior, me pareció adivinar la figura de una mujer vestida completamente de blanco, de la cabeza a los pies; también distinguí el respaldo de un sillón enorme, su silueta me recordó al trono del padre de “La Bella Durmiente” y que yo estaba harta de ver dibujado en mi libro de cuentos. Había muebles apilados, estantes, un aparador enorme con un espejo cuya luna era de color negro y, sobre la cual, el polvo dejó una pátina blanca borrada a retazos y en el que adiviné el reverbero, más que ver, de un fanal con flores secas.
Entré. El corazón galopaba en mi pecho, era un potro joven y desbocado, pero, por eso mismo, no le hice ningún caso. La puerta se cerró a mi espalda sin apenas hacer ruido. Respiré profundamente, para apartar el temor… Lo que hice fue atraer el polvo hasta mi nariz lo que me llevó a estornudar de forma ruidosa al menos cinco veces seguidas. Entonces escuché una vocecilla que dijo a mi lado:
- Salud y bienvenida.
Di un respingo. Me puse en guardia: hacía karate en el cole y, de forma inconsciente, abrí las piernas, flexioné las rodillas, y alcé mis brazos en actitud defensiva.
Hubo risas, de nuevo noté carreras en el interior de la habitación, sentí un revoloteo en torno a mi cabeza. Oí con total nitidez junto a mi oído:
- No somos tus enemigos, Betty. Todo lo contrario…
- ¿Dónde…? ¿Dónde estáis? ¡No os veo! ¿Quiénes sois? ¿Cómo sabéis mi nombre?
Las preguntas salían de mi boca a borbotones. Los brazos dejaron de taparme la cara. Puesta en jarras miré en derredor. Entorné los párpados para intentar ver algo más. De pronto se encendió una lucecita sobre mi hombro. Giré la cabeza: a la altura de mis ojos revoloteaba ¿una mariposa de luz? ¿Qué era aquello? Un cuerpecillo sonrosado sostenido por unas alas transparentes, nacaradas, que despedían destellos irisados a su alrededor.
- Hola… ¿Quién…, quién eres?
- Pues…, en realidad…, nadie…
- ¿Cómo puedes ser nadie? Vuelas… Hablas… Brillas…
- Ahora sí, pero es gracias a ti.
- ¿A mí? ¿Por qué?
- Por atreverte a traspasar la puerta.
- ¿Sólo por eso?
- Sí. Has sido muy valiente.
- ¿Valiente al entrar en esta habitación?
- Sí. Hace años que no nos visita ningún niño. Sabemos que estáis en la casa. Os oímos gritar a la hora del baño. Nos encanta escuchar vuestras risas… Pero no veníais a vernos…
- ¿Veros? ¿A quienes? ¿Sois más?
Entonces aquella mariposa de luz se hizo un poco más grande. La vi mover la cabeza asintiendo.
- Pero…, pero… ¡Eres un hada! –Logré exclamar entre balbuceos.
- Sí.
- ¿Y no tienes nombre?
- No. El último que me pusieron se me olvidó. Además, cada niño que traspase la puerta deberá bautizarme de nuevo. ¡Cada uno tiene sus gustos!
- Bueno, entonces te llamaré… Espera que lo piense… Te llamaré… Hada de Luz. ¿Qué te parece?
En lugar de responder su brillo se acrecentó. Fue como si, de repente, se hubieran encendido todas las estrellas del cielo para iluminar una noche oscura. Sonreía. En su carita redonda, de luna llena, brillaban sus ojitos negros, dos bolitas de azabache en medio de unas mejillas sonrosadas.
- ¿Vives aquí sola? –Le pregunté.
- Sí y no –fue su respuesta que me llegó acompañada por un guiño pícaro.
- No entiendo.
- Yo vivo en ese fanal –dijo a la par que se volvía hacia la cómoda, enorme y oscura y me lo indicaba con su dedito-, entre esas rosas desecadas. Pero hay duendecillos que viven entre las juntas del parquet, hadas que van y vienen, viven en el mundo exterior porque han encontrado una salida a través de ese cristal roto del ventanuco que está en lo más alto del techo. De vez en cuando tenemos visita…
- ¿Visita? ¿Quién os visita?
- La dueña de la casa. Viene aquí a descansar. A veces se sienta junto a la ventana, en ese sillón enorme, se queda transpuesta y luego, digo yo, viene también a inspirarse…
- ¿A inspirarse?
- Sí, de vez en cuando la vemos escribir. Nosotros revoloteamos a su alrededor y nos sonríe…

Ese era mi sueño de niña. Un sueño persistente, con ligeras variaciones, que me duró hasta bien entrados los once años.
Luego llegó la pubertad. Con ella cambios y complejos. La habitación continuaba siendo la misma: una puerta cerrada tras la cual crecían mis deseos. Deseos de crecer, de hacerme mayor, de convertirme en una joven delgada y bonita, alguien capaz de interesar a un caballero y que éste estuviera dispuesto a darlo todo por mí.
Murió la abuela.
Dejamos de veranear en el caserón. Hubo una época en la que mis sueños se fueron esfumando como la bruma después de una mañana de niebla.
Mis hermanos se casaron.
Crecí. También mis complejos pero, al final, encontré a alguien que me quiso, como me dijo la abuela antes de dejarnos: “Serás feliz. Llegará alguien que te quiera por lo que vales, por lo que eres y no por cómo eres, eso le dará igual. Haz caso de una vieja que te quiere y conoce bien”.
He sido madre. He vuelto al caserón de la abuela, en el que ahora vive mi madre, con mi marido y mi hija. La puerta de la habitación de los deseos continúa cerrada, ¿acaso importa? María, nuestra hija, con su media lengua pregunta: “¿Qué hay detás?”, entonces yo me siento en la mecedora, la acurruco junto a mi corazón y le cuento historias que por la noche, y cuando nadie me ve, escribo sentada en el viejo y enorme sillón de la abuela. Hada Luz me acompaña para iluminar los momentos en los que la inspiración se vuelve esquiva.
La habitación del deseo está al otro lado de la puerta de la fantasía, pero no necesito traspasarla, ella viene a mí cada noche. Es una cita no acordada a la que no falto por nada del mundo.

Madrid, 18 de Junio de 2007
19,01 p.m.

Más relatos con la misma frase ver en: http://cuentacuentos06.spaces.live.com/?owner=1

domingo, 17 de junio de 2007

Veletas y poesía








EL GIRALDILLO


Juana Castillo Escobar


Gira, gira, el giraldillo.
Gira y gira sin parar.
Gira, gira, el giraldillo.
El giraldillo no hace más que girar.

Gira la veleta,
Figura de mujer alada,
Que persigue, pizpireta,
Su acomodo en la balconada.

Gira, gira, el giraldillo.
Gira y girar sin parar.
Gira, gira, el giraldillo.
El giraldillo no hace más que girar.

Gira la veleta,
Niña, como ella giras tú.
Yo te aconsejo, coqueta,
Que no pierdas la juventud
Girando sin una meta.

Gira, gira, el giraldillo.
Gira y gira sin parar.
Gira, gira, el giraldillo.
El giraldillo no hace más que girar.



Madrid, 25 de Octubre de 2005

Nota.- Este poema nació de una proposición hecha por Rafael CORTES MINUTTI, artesano de México que se dedica a construir veletas. Me pidió que participase con un relato, o un poema, que más tarde serían leídos y estudiados en la Universidad autónoma de México. El relato, titulado: "El giradillo, amor a primera vista", lo podéis leer en la página web: http://www.margencero.com/ en la revista conmemorativa del 5º aniversario. El poema está registrado en Madrid y forma parte de un cuaderno titulado: "El giraldillo (veintiún relatos y un poema). Registro de la Propiedad Intelectual, 24-V-06, nº M-004098/2006.

martes, 12 de junio de 2007

Un mar de poesías

El Atlántico en la isla de Tenerife







LA MAR OCÉANA
Juana Castillo Escobar


El mar, océano, bate contra negras rocas de lava.
Embravecido,
Sabedor de su poderío,
Estalla esmeralda para, más tarde,
Convertirse en inocua espuma blanca.

Ruge el mar y espanta
Todo temor conocido.
Él es el amo.
Señor de lo humano y lo divino.

Verde océano.
Movimiento constante de envite y retroceso.
Penetras en la playa, la lames, la besas
Y, cual infiel amante,
Oh, verde océano, huyes…
Para regresar con más fuerza
Si cabe.
Y la playa, amante fiel,
Sus brazos te abre
Para cobijarte un instante.

Lunes, 29-VII-2002, 9,50 a.m.

Nota.- Este poema forma parte del cuaderno inédito titulado: "Poemario - Cuaderno del Puerto de la Cruz, 2002".








Esculpiendo poesía

Escultura en bronce. Autor: Lorenzo Quinn
JUNTO A TÍ
Juana Castillo Escobar


Tus dedos vagorosos
Recorrieron con suavidad mi piel,
Su blando terciopelo logró avivar
De mi dormido deseo la llama
Aquel día junto al mar.
Y junto a ti,
Sentados frente al mar,
Volví a sentir
Cuánto se puede querer.
Y junto a ti
Noté cómo mi sangre hizo latir
De nuevo mi corazón
Añoso y roto por el dolor.
Y tu piel de espuma
Mezclada con mi piel,
Tus manos suaves,
Tus ojos color de miel,
Tus cabellos al viento cual abundante mies
Bombearon nueva ilusión,
Trayéndome el deseo de otro amor.
Tus dedos vagorosos,
Con suavidad,
Recorrieron mi piel desatendida años atrás
Haciéndola vibrar.
Tocaron mi corazón dormido
Y lo consiguieron despertar.
Y ahora aquí,
A tu lado, frente al mar,
Es mi deseo siempre vivir
Mecida por su espuma y tu mirar.
Y junto a ti,
Cerquita muy cerca de tu piel,
Fundidos en un solo sentir
Hasta la eternidad quiero vivir
Recalada frente al mar.
A tu lado vivir
Cerca de tu mirar
De ojos profundos y amantes
Que me encuentran sin llamar.
Y junto a ti,
Muy cerca, cerquita de ti,
Fundida con tu piel,
Color de miel,
Quiero vivir, amor, una eternidad sin fin.


Jueves, 28 de Julio de 2005 - 13,25 p.m.


Nota.- Este poema es una ligera variación del que forma parte del cuaderno, en parte inédito, titulado "Contigo somos tres -Poemas para canciones" y registrado en Madrid en el Registro de la Propiedad Intelectual.

jueves, 7 de junio de 2007

El poema que dio título al Blog


PERLAS DE LUNA

Juana Castillo Escobar


Perlas de luna llora la niña
Por un amor que la olvidó.
Perlas de sangre llora contrita
Porque su amante la abandonó.
Lágrimas que son perlas
Resbalan por sus ebúrneas mejillas.
La niña llora en silencio
Su soledad infinita.
Perlas de luna llora,
Llora perlas de sangre,
Perlas escapadas de las ventanas del alma,
Perlas etéreas que se funden con el aire.
Llora perlas de luna la niña
Mas su amor ya ni lo sabe.

Martes, 27-III-07 – 11,39 a.m.

Nota.- El presente poema forma parte del cuaderno inédito titulado: "Poemas en Madrid - 2007".

martes, 29 de mayo de 2007

Manos: escultura y poesía

Después del amor, Lorenzo Quinn
MANOS
Juana Castillo Escobar

Manos amantes que acarician
Inundando el cuerpo de sensaciones.
Manos suaves de madre que guardan
Al hijo amado de infundados e inevitables temores.
Manos del recién nacido que buscan
El terciopelo de un cálido seno que es su cobijo y alimento.
Manos amables que ayudan
Al impedido, al herido, al anciano, al desvalido
A levantarse del suelo sobre el que han caído…

Frente a estas manos existen otras manos,
Garras,
Que amenazan, atenazan, amedrentan,
Empuñan las armas que nos matan.
¡Manos, siempre manos!
Manos de vida. Manos de parca…

Manos orantes piden al cielo que,
Tras el torrente de desdichas,
Nos envíe aguas mansas.

Manos que acarician, de madre, de infante,
De ayuda, de amante…
Manos que ensalzan al hombre.
Manos que salvan sin preguntar a quién,
Cuánto, cuándo ni dónde.
Viernes, 26 de Marzo de 2004 - 11,38 a.m.
Nota.- Este poema pertenece al cuaderno inédito titulado:
"Contigo somos tres, poemas para canciones 1",
y que está registrado en Madrid.

viernes, 25 de mayo de 2007

El tiempo: pintura y poesía


LA ILUSIÓN DEL TIEMPO

Juana Castillo Escobar

Camino ligera en el intento
De atrapar la ilusión del tiempo.
¡Vana ilusión!
El tiempo no se deja atrapar,
Se agota al momento.
El mañana ya es ahora,
El ahora es ayer,
El ayer algo que no vuelve
Y se añora…
¿Por qué este frenesí?
El tiempo, por sí solo, vuela
Con alas de transparente marfil
Y nos deja su huella marcada
En el rostro, en el alma,
En la edad, en la espalda
Que achacosa, poco a poco, se ve encorvada.
No corramos a buscar el tiempo
Pues él rápido nos alcanza.
Vivamos y disfrutemos de él
Pues él se encargará de enfrentarnos
Al momento, cara a cara,
Que será el final de los tiempos:
Cuando debamos rendir el alma.


Pto. De la Cruz. Martes, 12 de Julio de 2005 - 18,10 p.m.

Nota.- Este poema pertenece al cuaderno inédito, pero registrado en Madrid, "POEMARIO, cuaderno de verano, Puerto de la Cruz" (Al apartado: poemas 2005 en el Puerto de la Cruz).

lunes, 21 de mayo de 2007

Finalista en el XXIV Concurso de Relato Breve convocado por la Asociación de Vecinos de Vicálvaro

En el escenario, junto con otros finalistas.














Al finalizar el evento con mis amigas: Elena, Gloria,
Isabel (de verde, madre de Elena) y yo.
















Con mi marido, después de pasados
los nervios de la espera.















Con mi amiga Susana, cuentista madrileña, como todas nosotras,
quien también me dio una gran sorpresa al acudir a esta cita
(la foto pertenece a otro acontecimiento, pero es igual).















Esta es la foto del trofeo que me acredita como
finalista de este certamen.















De ese día recuerdo los nervios; la mañana, maravillosa, de muchísimo bochorno (en algunos termómetros llegué a ver que marcaban 30º); pero, sobre todo, lo que me queda de ese momento es el calor y el cariño de todos los que me acompañaron, así como los parabienes y felicitaciones de los que, al estar lejos, no pudieron venir pero yo los llevaba conmigo en el corazón.

El relato por el que conseguí este galardón se titula "El jorobado", me inspiré en la obra de Anton Chéjov titulada "La tristeza", en uno de sus personajes, a quien yo le inventé la siguiente historia:

EL JOROBADO

Juana Castillo Escobar


La ciudad amaneció envuelta en una blanda capa de nieve. El frío es intenso. Caen gruesos copos. Todo aparece como sepultado bajo ellos: los tejados, las aceras, las farolas, los sombreros, los lomos de los caballos, las capotas de los coches, incluso los hombros de los viandantes que circulan deprisa, ateridos de frío.
Iván Mijáilovich Chernenko observa la calle desde el otro lado de los cristales de su casa. En la sala hace calor, no es muy espaciosa pero la chimenea es grande y en ella crepitan gruesos troncos que chisporrotean diríase que alegres. Iván Mijáilovich, joven de unos veintitrés años, bajo, chepudo, no mal parecido de cara en la que luce un mostacho rubio y poblado, de piernas cortas y fuertes, no cesa de mirar a la calle con ojos de un azul transparente, de cristal. Odia la nieve. Odia todo lo que le rodea. Se odia…
La nieve tuvo la culpa de su desgracia. Así se lo contó una noche el ama de cría siendo él adolescente. Iván Mijáilovich y su odio añaden: La nieve fue culpable, y la imprudencia de mi madre. Una mujer estúpida, como todas ellas. ¿A qué tuvo que salir un día de invierno estando encinta? ¿Qué capricho tonto era ese de pasear por la nieve, acaso no iba a tener otros momentos parecidos? ¿Acaso buscaba lo que halló, resbalarse, perderme en la caída? Pero no lo supo hacer, insensata. Ana Andreievna no lo supo hacer. No pensó en que podían sobrevenirle otras consecuencias. Creyó que iba a abortar, jamás que alumbraría un engendro como yo del que mi padre reniega y a quien repudia sin miramiento alguno.
Mijail Mijáilovich Chernenko, padre de Iván, alto funcionario en la corte del zar Alejandro II, aristócrata de rancio abolengo, hombre de elevada estatura, bien formado y guapo, se sintió orgulloso el día en que su esposa Ana dio a luz a su primogénito: un muchacho que prometía ser un fiel retrato del progenitor. Hubo tres días de fiesta en el palacio de los Chernenko, una paga extraordinaria para los criados de la casa, dulces y ropas para los esclavos, una jornada de asueto para los trabajadores del campo… A los pocos meses del nacimiento el defecto del niño se hizo patente y creció a lo largo de los años.
Para Mijail Mijáilovich aquel niño significó un fracaso, una lacra en la familia y lo apartó poco a poco de su lado. Nacieron dos hermanas y Mijail las prefirió a su hijo varón, a su primogénito, a quien educó con ayos franceses en el palacio familiar pero en un ala apartada del resto de las estancias, donde no pudiera ser visto. Si lo encontraba merodeando por el cuarto de juegos o las habitaciones de sus hermanos le molía a latigazos. Le trataba peor que a un esclavo.
Cuando Iván estuvo en la edad de proseguir sus estudios en la Universidad, lo matriculó en la de Facultad de Medicina, sin antes pedirle opinión. Mandó que le buscaran un piso en un barrio modesto, entre comerciantes, pillos, rameras y estudiantes; en un lugar en el que su hijo y su fealdad no desentonasen. Le asignó una pensión y se desentendió de él. De todo esto pronto se cumplirían cuatro años.
Sonó la campanilla de la puerta principal. Olga, su ama de cría, alguien que estuvo a su lado desde el primer minuto de su vida, que lo amaba como a un hijo, que le aguantaba todos los improperios, empujones y, en alguna ocasión, algún que otro latigazo propinado con la borla del ceñidor de su bata, ahora era su cocinera y ama de llaves, salió a abrir. Al poco tiempo llegó, iba arrastrando los pies al caminar. Tocó con los nudillos la puerta de la sala y pidió permiso para entrar:
- Su señoría, ¿da su venia? ¿Puedo pasar?
- Pasa, vieja –respondió Iván con acritud.
Olga entró con la vista agachada. Iván le prohibió meses atrás que le mirase a la cara. Llevaba una bandeja de plata y sobre ésta iba una carta. Nerviosa, la mujer dijo:
- Un muchacho acaba de dejar este recado para su señoría. Continúa en el descansillo. Aguarda una respuesta.
Iván Mijáilovich se apartó del balcón. Recogió la carta con la punta de los dedos. Rasgó el sobre con el pulgar. Se dirigió, cojeando levemente, hasta la chimenea. Leyó con avidez la nota. Decía: “Tenemos que vernos. Ha surgido un problema, nada grave. En cuanto esté solucionado, para lo que tendremos que pasarnos antes por el puesto de policía, nos quedará el resto de la tarde libre para nosotros. Propongo, y Yuri lo aprueba, que en esta ocasión visitemos la casa de madame Nolenkov. Nos vemos en una hora en la plaza de V. Tu afectísimo, Vaska”.
El jorobado tira la carta al fuego. Se frota las manos y, lentamente, se dirige hacia el escritorio. Prepara una hoja de papel, moja con parsimonia la pluma de pavo real en el tintero, escribe: “Mi queridísimo Vaska, cuenta conmigo para lo que haga falta. Imagino que irás a denunciar al villano que te asaltó anteanoche. En cuanto a la idea de pasar después por la casa de madame Nolenkov me parece excelente.
Te saludo, amigo. Iván Mijáilovich Chernenko”.
Dobla el pliego con parsimonia. Lo introduce en un sobre blanco, impoluto, que lacra con su anillo. El padre le prohibió utilizar en sus documentos el escudo familiar, pero Iván mandó que un joyero le hiciera un anillo con un águila rampante, anillo que luce orgulloso en su meñique izquierdo. Su padre quiso que fuera como los demás, un don nadie, pero él desea, necesita de este boato externo para no olvidar del todo quién es y cuál es su origen. Una vez cerrado el sobre lo coloca en la bandeja que en actitud servil le presenta Olga. Ella sale del cuarto de espaldas, como entró, con la cabeza agachada.
Iván permanece sentado en el sillón. Toma un cigarro de una caja de ébano finamente labrada, lo enciende con un fósforo de palo largo que luego echa al fuego. Da un par de bocanadas al puro, luego suelta el humo formando pequeños círculos. Sonríe con sarcasmo.
Mi afectísimo Vaska –piensa-, siempre es lo mismo. Todos me desprecian. Todos mienten. Éste dice ser mi amigo porque siempre le pago sus caprichos y sus juergas, si no, ¿de qué iba a soportar estar cerca de un jorobado como yo? Simple y llanamente: porque no tiene donde caerse muerto y, gracias a mí, puede tragar todo el vodka que es capaz de admitir su cuerpo, tener las mujeres que se le de la gana y algunos copecs en el bolsillo con lo que ir malviviendo… -Suspira- ¡Ah, aun a pesar del desprecio que me produce me arreglaré! Saldré de nuevo esta noche con ellos.
Iván Mijáilovich tira del cordón de la campanilla disimulado tras de la gruesa cortina que cubre la puerta. Olga llega a los pocos minutos.
- ¿Qué se le ofrece a su señoría?
- Avisa a tu marido. Voy a salir. Tiene que ayudarme con el calzado.
- Lo que mande el señor.
Y Olga sale, caminando siempre de espaldas y la mirada baja, de la sala.
Media hora después Iván Mijáilovich camina todo lo rápido que puede y que su cojera le permite. Se ha puesto un grueso abrigo de piel y botas de montar. Apenas se tropieza con nadie por la calle, es un barrio tranquilo a ciertas horas, lo malo está cuando llegue al centro.
Ahora nieva en finos copos, caen suavemente, alguno de ellos se le pegan a Iván Mijáilovich en el poblado bigote pero el vaho de su respiración los convierte pronto en agua, y ésta no tarda en transformarse en hielo.
El jorobado ya está en el centro. El bullicio es alucinante. Los ciudadanos caminan deprisa, encogidos, golpeándose entre sí se lanzan gruñidos amenazantes. Los cocheros azuzan a los caballos para que vayan más aprisa, las farolas titilan con el viento, parecen también ellas muertas de frío. Una joven pasa junto a Iván y él le lanza una obscenidad. Ella, enojada, le grita:
- Y tú un jorobado. Aunque te escondas bajo ese abrigo tan grueso se te nota la joroba. ¡Sí, eres un jorobado despreciable con quien no me iría aunque pusieras a mis pies todas las joyas de la corona!
Algunos viandantes observan la escena, murmuran algo, mas no aflojan el paso, nadie se detiene. Un grupo de muchachos que juega en la calle acaba haciendo del jorobado la diana a la que van a parar todas las bolas de nieve.
Iván Mijáilovich, irritado, aprieta cuanto puede el paso. No le apetece el encuentro con sus amigos pero, se dice mientras camina, ya encontrará a su vez el blanco perfecto en el que poder descargar su ira. Tres calles más allá le aguardan dos de sus amigos. Se saludan con efusividad, en voz alta. Luego buscan un coche. Estacionado frente a una taberna hay un trineo vacío. En el pescante, inmóvil como una estatua de hielo, aguarda el cochero. Los jóvenes se paran delante de él, le ofrecen veinte copecs por ir hasta el puesto de policía. Los tres amigos suben al trineo a pesar de ser de dos plazas. Dos de ellos se sientan. El excelentísimo Iván Mijáilovich Chernenko se ve obligado a viajar de pie. Se siente denigrado, su ira, su odio, aumenta por momentos. No importa, la espalda del cochero, encogida o por el frío o por la edad, le queda tan a mano que con los puños cerrados le obliga a arrear al caballo, disfruta con cada latigazo propinado sobre el lomo del rocín.
Mientras sus amigos cuchichean, hablan de mujeres, de la borrachera que agarraron Vaska y uno de ellos en casa de Dukmasov, el jorobado insulta al cochero que se ha ladeado un poco para entablar algo de conversación. Pero el jorobado no le hace caso, se ríe de su feo gorro, se ríe de él, le riñe, es incapaz de escuchar el grito lastimero del anciano que busca un interlocutor al que poder contar su desgracia: la muerte de su único hijo. El jorobado, displicente, le responde:
- Antes o después todos moriremos. Y tú deberías despertar, mejor aún, resucitar y hacer que tu caballo vaya más aprisa. La muerte es algo natural… Además, pierdes el tiempo, ¿crees que me importa tu vida?
El anciano mira de nuevo al frente. En pocos minutos llegan al lugar convenido. Iván Mijáilovich paga los veinte copecs, se baja del trineo y con dificultad sigue los pasos de sus amigos que caminan por la acera a buen ritmo.
Se percata que durante todo el trayecto lo único que ha hecho ha sido insultar al cochero, descargar su ira sobre él, pero ni se ha preocupado en saber con todo detalle el por qué de esa visita al puesto de policía. Encoge los hombros y, como puede, sigue a sus amigos. Se dice: Una vez aquí es imposible huir. Se verá en unos minutos qué es lo que ocurre. Está a punto de resbalar pero se yergue de inmediato, se cierra el abrigo con aire digno, luego mueve la cabeza y añade: Odio los días de nieve y a las mujeres estúpidas que pasean embarazadas sobre su superficie resbaladiza. Me odio por no haber muerto entonces. Me odio por no quererme.

Domingo, 11-II-07 – De 18,55 a 20,35 p.m.

Presentación virtual de mi último libro: "Palabras de tinta y Alma"