Hace dos meses y un día (parece una condena), alguien que no conozco, me dejó un comentario en mi blog (en la entrada que puse gritando "No a la pedofilia") y, además del comentario, me dejó este premio que siento que no merezco, pero que quiero compartir con todos quienes me visitáis.Un espacio para soñar en el que intentaré que la música, las imágenes, las palabras, se conviertan en puro arte y den de lleno en el corazón
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martes, 19 de agosto de 2008
Premio "AMIGOS DE LA HUMANIDAD 2008"
Hace dos meses y un día (parece una condena), alguien que no conozco, me dejó un comentario en mi blog (en la entrada que puse gritando "No a la pedofilia") y, además del comentario, me dejó este premio que siento que no merezco, pero que quiero compartir con todos quienes me visitáis.Un relato..., para sonreír
sábado, 9 de agosto de 2008
Tras las vacaciones, una imagen y un poema.

El viento del otoño
Barre, de mi acera,
Las hojas muertas
Que el estío ajó.
El viento del otoño,
Susurra en mi oído,
Algunas canciones viejas
Que tu amor me dedicó.
El viento del otoño,
A veces cálido aún,
A veces frío
Nos augura una larga separación.
El viento del otoño
Mueve las ramas vacías
En el eterno combate
Entre el olvido y el amor.
El viento del otoño
Pinta de amarillo y rojo
Los colores
De la desesperación.
El viento del otoño
Trae consigo
Melancolía, anhelo, ternura,
sábado, 5 de julio de 2008
Antes de las vacaciones, un relato.
El hijo ®
Anochece. El cielo púrpura, cubierto de nubes densas con bordes renegridos, amenaza tormenta de granizo o nieve. El frío es intenso.
En la casa, las luces del salón están encendidas, la temperatura es sofocante.
Sentado en una de las esquinas de la sala, en una mecedora de mimbre, un hombre pulsa el mando a distancia. Cambia los canales de televisión en busca de algo que no parece encontrar. Frente a él, hundida en una esquina del tresillo, una mujer cose y observa por encima de los lentes los movimientos de la pantalla. Enfadada rezonga:
- ¿Por qué demonios no paras de una vez? Estás mareando al aparatito, al televisor y a mí.
- Me extraña. Tú no estás viendo la tele. En cuanto a los aparatos, no se quejan... Levántate y tráeme algo fresco de la nevera. Tengo seca la garganta. Aquí dentro hace un calor infernal.
Los ojos de la mujer se nublan. En un principio piensa responderle que sea él quien se levante, que mueva su fofo y seboso culo de la mecedora, que ella no es su criada, pero lo piensa mejor y, sumisa, se acerca a la cocina, abre la nevera y de ella saca un bote de cerveza.
- ¿Es que te has perdido por el camino?
- ¡Ya va! ¡Qué prisas tienes! Toma, y que te aproveche.
- Encima con recochineo. ¿Quieres tener polémica?
Recochineo el tuyo, piensa la mujer, pero se abstiene de decirlo en voz alta. A la pregunta de él responde con delicadeza:
- No, no quiero tener polémica. Preferiría hablar como las personas. Tener una charla civilizada.
-¿Y qué es eso?
- Ya sé que lo has olvidado. También yo me estoy olvidando de cómo intercambiar palabras con los demás desde...
- ¡Cómprate un loro y dale la vara a él!
Da un trago largo, eructa con fuerza, tal y como le enseñó su padre, tal y como enseñó él a su hijo, tal y como deben hacer los hombres. Pulsa de nuevo el mando. Salta de un canal a otro. Cosa extraña, hoy no hay fútbol ni en directo ni en diferido por ninguna parte. En uno de los canales ve un trozo de película lacrimógena, en otro parte de un concurso y en los restantes montañas de anuncios. Enciende un cigarrillo y le da una larga calada, expulsa el humo por la boca formando pequeños aros azulados. Sabe que a ella le molesta el humo, y el olor del tabaco le hacen toser y le provocan irritación en los ojos, pero ahora ya nada le importa. La observa esperando su reacción, como ésta no llega, le dice al cabo:
- ¿Quieres un pitillo?
- ¿Desde cuándo fumo?
- Por si te apetecía...
- Lo que me apetece es hablar. Es necesario que lo hagamos. Tengo que decirte que ayer cuando estuve en el sanatorio...
- No quiero saber nada. No me interesa -le corta con brusquedad.
De un trago acaba con la cerveza. Eructa de nuevo. Los ojos, por un momento, se le han vuelto más líquidos, casi transparentes. A ella no le pasa desapercibido, e insiste:
- El chico desea verte. No comprende el por qué de tu rechazo. Ahora te necesita. Nos necesita más que nunca. Lo está pasando muy mal.
Él entorna los ojos. No desea que ella perciba su debilidad. Él es un hombre, y los hombres no lloran por nada ni por nadie. Con voz ronca que quiere aparentar dureza responde:
- Yo no le necesito. Me ha decepcionado. Tú has sido la culpable por consentirle más de la cuenta, por mimarle demasiado.
- ¿Yo sola? ¿Y tú no lo hacías? De todas formas, ¿quién le llevó de la mano para introducirle en el mundo de los hombres, de los machos? ¿Quién le obligó a hacer cosas que él no deseaba?
- Lo hice por su bien. Tú habrías acabado por vestirle con lacitos y puntillas.
- No exageres. Él tomó su propio camino. Fue su decisión. Acertado o no optó por lo que quería.
- ¿Y quería acaso liarse con quien no debió? Él solito se ha buscado este final. Yo no puedo mirar a la cara a mis compañeros de trabajo, tampoco a mi familia, ni a mí cuando me miro al espejo todas las mañanas.
- Los demás no deberían importarte tanto. Nosotros somos tu familia: tu hijo y yo. Si no le hubieras presionado tanto. Si no hubieras querido hacer de él algo que no deseaba. De siempre fue muy sensible, demasiado... Y ahora se nos va. Y tú eres incapaz de dar tu brazo a torcer, de demostrarle tu apoyo, tu amor de padre. Por ir a verle, por hablar con él, por abrazarle, no te vas a contagiar.
- No quiero hablar más. Sólo deseo que ésto termine cuánto antes.
- ¡Eres frío como un témpano! Permaneciendo en silencio no arreglas nada. Tú también estás enfermo. No de...
- Ni la nombres. No quiero escuchar el nombre de esa enfermedad -grita fuera de sí.
- Tú estás enfermo de miedo.
Cae la noche. Con ella llega el silencio. Un perro aúlla a la luna que se esconde entre celajes blancos que van y vienen a merced de la brisa del norte.
En la casa, la mujer se encuentra en la cocina, prepara la cena. Piensa que su marido está enfermo, enfermo de miedo, del miedo que le produce la sospecha de ser como el hijo. Entre tanto él busca en el televisor algo que le borre de la mente la tragedia de su hogar, pero en la pequeña pantalla no lo encuentra. Se ha vuelto incapaz de mirar dentro de sí donde, tal vez, hallaría una respuesta a sus dudas…
miércoles, 18 de junio de 2008
Un grito solidario: NO A LA PEDOFILIA
¡No a la pedofilia!
¡No al abuso sexual de menores!
Por favor, colabora pegando esto en todos los blogs y espacios amigos. Muchas gracias, Juana.
lunes, 16 de junio de 2008
Una imagen, un poema
Te siento (Copla) Juana Castillo Escobar ®
Que no logro saber de ti?
Donde habitan mis ensueños
Es donde te logro sentir.
Te siento, a veces, cerca.
Otras, estás tan alejada,
Que, por más que lo quisiera,
No te alcanzo, mi adorada.
¿Dónde te escondes, mi vida?
Vida, sin ti, no la quiero.
Prefiero lamer mi herida
Solo, pues sin ti, me muero.
Te siento en lo profundo,
Adherida a mis entrañas.
Te siento mía y confundo
Mi amor con cosas extrañas.
Mi amor, te siento tan mía,
Que no sé bien definir
Lo grande que es mi alegría
Cuando así te puedo sentir.
Cuando te siento tan mía
De amor me quisiera morir.
De hecho, de amor moriría,
Si no te pudiera sentir.
Te siento mía, corazón,
Aun estando separados.
No temas, mi tierno botón,
Lograremos acercarnos.


viernes, 9 de mayo de 2008
Para todas las madres que pelean con uñas y dientes por sus hijos.

Cuatro, vinieron cuatro hombres. Uno gordo, era el que llevaba la voz cantante; tres flacos y mal encarados, todos envueltos en abrigos grises de paño grueso, las solapas amplias, alzadas para no dejar ver bien sus rostros en los que el odio estaba tallado como sobre duro granito. Cuatro hombres grises, con botas militares, echaron la puerta abajo, mientras dormíamos, sin avisar, y lo agarraron por los hombros, a mi niño, y lo arrastraron delante de mis ojos, lo secuestraron...
Él sabe que yo estoy con él. Yo le guardo. Yo sé lo que él sabe. Yo conozco dónde está. Yo siento en mis carnes sus padecimientos, me llegan como si fuese a mí a quien torturan con saña. Porque yo sé, una madre sabe cuándo y cuánto están dañando a su hijo que es carne de su carne.
No aguardaré mucho más. En cuanto caiga la noche, envuelta en su negro manto, cubierta por mi rebozo, volaré hasta él.
Esos cuatro no me conocen, no saben nada de mí. En cuanto tenga ocasión extenderé mis alas oscuras y, una vez águila, llegaré a su celda y lo libertaré. Juntos remontaremos el vuelo, escaparemos por el hueco tuerto de la vieja ventana.
Locos, se volverán locos cuando lo busquen en la celda. Locos, todos ellos están locos y más que lo estarán. No podrán explicar a sus superiores cómo han perdido a uno de sus reclusos. Yo les daré motivos para patear. ¡Que pateen las paredes de la prisión hasta que sus pies se conviertan en muñones! Yo, la madre águila, les daré a probar hasta que se harten de la taza del dolor.
______
Nota.- Este relato aparece publicado en la página web de la revista http://www.margencero.com/ en el espacio "Personajes Secundarios, segunda entrega", desde el 26 de Mayo de 2005. El cuaderno al que pertenece, VEINTIDÓS HISTORIAS DE MUJER Y UN RETRATO, está Registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid con el Núm. Expediente: 12/RTPI-006595/2005-12-07 - Ref. Documento: 12/040455-2/05 - Núm. Solicitud: M-006285/2005-12-07 - Fecha: 16 de Agosto de 2005 - Hora: 12,36
sábado, 26 de abril de 2008
Una impresión camino de Salamanca
Sobre la vasta y fría meseta castellana.
Bajo un sol destemplado
Volaban chillonas y rientes
Como en una primavera temprana.
Me pareció ver golondrinas volando
Sobre las tierras de Salamanca:
Fundiéndote en la nada.
Ellas volaban alegres:
Anuncio de una primavera que llegaba.
Me pareció ver golondrinas volando
Mientras tú agonizabas.
Domingo, 17-II-08 – 11,11 a.m.
martes, 22 de abril de 2008
martes, 15 de abril de 2008
Un relato -de los autopublicados-
Mario sale corriendo de casa. Va nervioso. La noche anterior apuró hasta el infinito la velada, por eso hoy se ha dormido. El jefe, está seguro, lo amonestará. ¡Dios, la tercera bronca del mes! ¡Ya me veo haciendo cola entre cientos de parados! Baja al aparcamiento situado en lo más profundo del edificio e intenta poner el deportivo en marcha; éste sólo gruñe.- ¡Mierda, la batería! Ayer, con tanta risa y tanto alcohol debí dejarlo encendido...
Ahora está en la calle. Llueve. Un formidable atasco le indica que lo mejor, si quiere llegar a tiempo a la oficina, es ir en metro; no le hace gracia, pero le queda tan cerca... Baja las escaleras corriendo, consigue colarse en un vagón atestado. Tres estaciones más y estará en su destino, podrá abandonar aquel agujero maloliente que le repele. La multitud sale del vehículo y se abalanza sobre las escaleras mecánicas. Observa su entorno: tantas apreturas le incomodan, siente vértigo. Traído y llevado como una peonza queda frente al ascensor, enorme, que, con sus puertas abiertas, parece llamarle. Nadie sube en él. La masa se vuelca en los pasillos laterales. Mario no se lo piensa, aparta a codazos a quien le estorba y se dirige hacia la cabina.
Una exuberante pelirroja tiene la misma idea. Él la sigue. Es endiabladamente hermosa. Se recrea mirando unas piernas que no tienen fin, acabadas en zapatos de tacón de aguja, algo pasados de moda; se deleita con el bamboleo de sus caderas y el movimiento de una cabellera leonada que le lanza rojos e incitantes destellos. Su aroma denso le hace soñar en: "Un affaire en el ascensor", buen título para algo digno de ser contado más tarde en la oficina.
Ya dentro del montacargas ella oprime un botón. Él, a su vez, pulsa el que le llevará directo al vestíbulo. Las puertas se cierran. Ruido de cadenas y de maquinaria oxidada les indica que aquel armatoste se ha puesto en marcha. Una voz enlatada habla desde algún lugar:
- Próxima estación: Guzmán el Bueno, enlace con la línea siete de Metro.
La botonera se apaga. Las puertas hacen un intento de apertura pero vuelven a su estado original: herméticamente cerradas. Mario nota cómo se le humedecen las palmas de las manos, la boca se le reseca, le zumba la cabeza.
No puedes marearte y menos aún teniendo compañía. Vamos, levanta el ánimo; olvídate de la claustrofobia y trata de entablar una conversación, aunque tan sólo se trate de una chorrada. Tal vez no sea el día tan malo como crees. Recuerda, hace nada pensabas tener un "affaire en el ascensor". Además, la chica parece que quiere guerra.
Se vuelve hacia la pelirroja y trata de sonreír, pero en su cara tan sólo se dibuja una mueca. Ella le observa sin pestañear, luego mira su reloj y suspira:
- ¡Llevamos encerrados una eternidad!
Un ruido, y el ascensor se pone en marcha. Se mueve unos metros. Queda, otra vez, suspendido de sus poleas. Ella oprime el botón en el que está dibujada una campana; y él cree oír su sonido en medio del tum-tum de su corazón que le golpea con fuerza en el pecho, en las sienes, en los oídos… Quiere parecer alegre: la alarma advertirá del fallo del ascensor... Pero nadie acude en su ayuda.
- ¿Tienes miedo?
La pregunta de ella reviste más sorna que curiosidad. Acercándosele a la cara, zalamera, vuelve a la carga:
- ¿Acaso me temes? No has abierto la boca en todo este tiempo.
- No, no te temo, en absoluto.
Él traga saliva. Intenta hacerse el valiente. El que ella se le acerque tanto le disgusta, necesita espacio para respirar. Después de unos segundos continúa:
- Estoy de mala uva. Llego tarde a la oficina un día más esta semana. ¡Y estamos aquí varados después de tanto tiempo! Mi jefe me va a matar.
Ella se encoge de hombros. El ascensor tiembla... hacia abajo. Luego, con lentitud, sube para quedarse parado otra vez. Mario respira despacio, no quiere pensar en la caída, en el pozo que se abre bajo sus pies, tampoco en el calor pegajoso y ardiente que le envuelve y no le deja respirar. No desea perder ni los nervios ni la compostura: él es un caballero aunque no está muy seguro de cuánto tiempo más podrá aguantar sin chillar. Hasta la cabina llegan ruidos sordos: conversaciones de gentes que andan apresuradas al otro lado; risas de jóvenes que bromean, carreras, gritos... De nuevo, el silencio. La pelirroja pulsa un botón cualquiera. El ascensor, con un rugido, parece despertar para reemprender su ascenso. Otro conato de apertura, pero las puertas no se abren.
Mario siente que se encuentra, como Jonás, en el interior de la ballena. Intenta distraerse y no sabe cómo. Mira por enésima vez el reloj: siente que los minutos transcurren como horas y éstas pasan veloces como segundos. ¿Ya es tan tarde? ¿Qué pensará mi jefe? Al final me despide, seguro. Observa a la joven que va de un lado al otro de la cabina; ésta parece disminuir ante sus ojos alucinados. Ella, con sus movimientos felinos, consigue que la melena, larga y ondulada, le roce la cara. El aroma denso que desprende su cuerpo, le envuelve y, en estos momentos adversos, lo ahoga... En otras circunstancias se habría hecho el interesante poniendo a prueba sus dotes de donjuan, hubiera tratado de conquistarla, pero aquí metido no es capaz de articular una frase. Su líbido anda por los suelos, como su portafolios, y sabe que no logrará elevarla por más que lo intente. Se considera una ruina humana. Lleva horas envarado en un rincón. Nota cómo sus piernas, pesadas, no le sostienen. Ya no aguanta más y comienza a desanudarse la corbata, tira la chaqueta al piso, se afloja el cinturón: es como si, de pronto, se hinchara y las ropas le produjeran asfixia; pisotea su maletín arrinconado hace horas, grita pidiendo auxilio…, pero nadie le escucha. Con los puños cerrados martillea sobre la puerta, que le devuelve un sonido seco; no le importa magullarse los nudillos, como tampoco le importa estropear sus zapatos de marca contra aquella caja fuerte que lo mantiene encerrado y no le permite salir.
A su espalda ella sonríe con frialdad. No obstante, le da unos ligeros toques en el hombro y, con voz melosa, de mujer castigadora, dice:
- No creo que te oigan. Parece que es la hora de regreso a casa de los trabajadores y, con toda la masa suelta... Pero, no te preocupes, ¡ya nos sacarán!
- ¡No sé cómo puedes estar tan serena! - exclama mordiendo las palabras -. Es que ni te has arrugado...
- Psché. Autosugestión... Nervios de acero... El pensar en mi padre me ayuda mucho: el señor Fer es poderoso, muy poderoso. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Mario, ¿y tú?
El ascensor, de repente, embiste como un toro y retoma su avance para, de inmediato, descolgarse. Mario nota cómo caen, cómo se hunden a velocidad de vértigo, y siente cómo el estómago le oprime la garganta. Va directo al abismo. Cierra los ojos con fuerza, el sopor le marea, le engulle. Quiere gritar, pero no puede. Le falta el aire, de su garganta se escapa un ronquido...
Al despertar, pues le parece un sueño, ve que las puertas de la cabina están abiertas. Mira al frente. Le duele todo. Resplandores dorados y rojos hacen que se sienta deslumbrado. "Un hermoso atardecer - piensa -, o tal vez esté amaneciendo. ¿Cuánto tiempo hemos permanecido encerrados? " Ya ni lo sabe. Se atusa los cabellos con coquetería, recoge la chaqueta y la corbata del suelo y se viste con parsimonia, nota que tiene todo el tiempo del mundo. De nuevo mira al frente. Su vista, ya habituada a aquella luz infernal que tanto le cegó en un principio, le permite ver que al otro lado le aguarda la pelirroja. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Fer, era la señorita Fer, pero estaba por decirle su nombre de pila cuando se revolucionó todo.
Ella le alarga la mano y sonríe con un mohín que es toda una promesa. Mario le devuelve la sonrisa, extiende su mano y pregunta:
- Por cierto, al final, ¿cómo dijo que se llamaba?
- Lucy. Lucy Fer.
Una llamarada corrobora sus palabras y es el saludo que le sirve de bienvenida al profundo Averno.
__________
Nota.- Este relato aparece publicado en la antología "Historias para viajes cortos". Editorial Dragontinas. Año 2003. Págs. 199-200-201-202 y 203.
lunes, 7 de abril de 2008
Haikus en Soria
Carrascos bajos
La tierra seca besan.
Cielo azul, sol.
Sábado, 20-X-07 – 10,30 a.m.
=Camino de Soria, cerca de Medinaceli.=
Cielo azul,
Duero verde y gris
Melancolía.
Sábado, 20-X-07 – 18,15 p.m.
=Ideado en la ermita de San Saturio. Lo dejé en el libro de visitas.=
martes, 1 de abril de 2008
Un relato -de los autopublicados-
Encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro en aquella ciudad derruida que fue la mía, la de mis padres, la de mis antepasados. El verde de las colinas, enfrentado al azul intenso del mar, contrastaba con las lujosas villas sepultadas bajo metros de polvo y lava un par de años atrás.
Se respiraba soledad y muerte, aún podía notar el olor al azufre amalgamado con la brisa salobre del mar. Pero la naturaleza, siempre pródiga, ponía su punto de luz entre las piedras caídas en forma de vegetación abundante. La primavera pintaba escenarios de colores que alegraban la vista. Escenarios alegres que se enfrentaban a mis sentimientos, apagados, que sólo veían el entorno en blanco y negro porque no era capaz de reaccionar, de volver en mí y darme cuenta de lo afortunado que era: por esas cosas del destino, porque los dioses fueron clementes conmigo, yo me salvé. ¡Me salvé del terremoto y de la erupción! Pero no pude salvar a los míos. No llegué a tiempo para darles mi abrazo de llegada, tal vez de despedida…
- Salve, amigo. ¿Qué haces por estas tierras malditas, centurión?
El aludido se giró sobre sus talones, con lentitud, no quería que el recién llegado pudiera darse cuenta de su debilidad. Él, un centurión del Imperio Romano no debía aparecer como un pusilánime, él a cuyo mando los ejércitos de Tito conquistaron Jerusalén, hicieron gran parte de la campaña en Germania y el Danubio. Él, Josefo Flavio, centurión del ejército romano, no podía dar semejantes signos de flaqueza ante un desconocido.
- Salve –respondió llevándose el puño al corazón en un saludo marcial cuando tuvo frente a sí al recién llegado.
- ¿Te envía el nuevo emperador?
- ¿Tito? No, no exactamente. Acabo de regresar de Germania…
- Entonces no tienes conocimiento de lo que ocurrió con Pompeya y Herculano.
- Sí, hasta Germania llegaron las noticias. Con retraso, pero llegaron. ¿Nos conocemos?
- Quizá. Yo no soy capaz de distinguirte. Quedé ciego de este ojo –y el hombre se lleva el índice hasta la cuenca muerta de su ojo izquierdo-. Y con el otro sólo consigo ver sombras y negrura.
Josefo Flavio se acerca dándose a conocer. Su interlocutor se yergue. El tono de su voz denota sorpresa y alegría.
- ¡Por Zeus tonante! ¿Josefo? ¿El mocoso aquel que tanto me hizo sufrir cada vez que intentaba enseñarle filosofía?
- ¿Tú eres…? –Pregunta Josefo con miedo-. ¿Eres Arístides, mi ayo?
- El mismo. He cambiado, no es preciso que lo digas. Lo sé… -El anciano se pasa las manos por la cara arrugada y reseca.
Josefo le observa. La tez de su interlocutor le habla de días pasados a la intemperie, de penurias y calamidades. Él a su vez siente avivarse una llama de esperanza. Si Arístides se salvó, ¿por qué no iban a correr la misma suerte su esposa Nidia o su hijo Marcial? Deseaba preguntar pero el temor le atenazaba la garganta.
- Te has quedado mudo, mi joven señor. ¿Qué es lo que perturba tu ánimo?
El anciano aguarda paciente. El centurión traga saliva, pero persiste en su silencio.
- Deseas conocer lo ocurrido y no sabes cómo. Mejor debí decir: tienes miedo a conocer el horror que vivimos. Se desataron todas las Furias. Yo fui, no sé por qué coincidencia de los hados, enviado por tu anciano padre a Roma. Llevaba una jornada de camino cuando la tierra tembló y nuestro padre el Vesubio vomitó de sus entrañas fuego, ríos de piedras incandescentes, llovieron cenizas durante días. Me volví. Intenté ayudar y casi perezco en el intento. El fiel Argeo, el sabueso preferido de tu padre, me encontró tirado a la vera del camino. Me arrastró hasta una cueva donde permanecimos escondidos hasta que la furia de Hefesto…
- Vulcano –le corrigió Josefo Flavio sonriendo por primera vez.
- Como quieras llamarlo, joven amo. No estamos en clase de polémica. Sigo siendo de origen griego y sabes que siempre llamé a mis dioses por su nombre.
- Y yo a los míos por el suyo.
- Me alegra sentir en tu voz la buena disposición de ánimo que mantuviste desde tu más tierna infancia.
- Necesito desterrar esta negrura que me invade. Prosigue, Arístides, te escucho.
- Decía que Argeo me arrastró hasta una cueva donde nos escondimos, y continuamos viviendo en ella, hasta que la furia de Hefesto se apaciguó. El dios me arrebató prácticamente la vista, pero para lo que tenía que ver: todo estaba anegado por aquel río de piedras incandescentes. Nuestra bellísima Pompeya quedó sepultada con todas sus riquezas bajo mantos de lava y cenizas. Las villas, los baños públicos, las termas Stabianas, los templos dedicados a Apolo, Isis o Júpiter… Todo arrasado. Todo quedó borrado de la faz de la tierra. Y Poseidón, o Neptuno, como gustes, se alió con Hefesto para agitar las aguas del Mare Nostrum. No quedó nadie, Josefo, nadie consiguió salvarse de sus fuerzas. Siento ser yo quien te diga que toda tu familia pereció…
Josefo traga saliva antes de responder.
- Ya supuse que encontraría la nada. Los recados que llegaron hasta Germania eran contundentes: Pompeya y Herculano han sido arrasadas por las fuerzas de la Naturaleza. En cuanto conseguí ser sustituido por Fabio regresé a Roma. Solicité de Vespasiano, el recién nombrado emperador, una licencia que me fue concedida sine die y cabalgué hasta aquí sin demora. Arión y Pegaso tiraron de mi biga como si también a ellos se les fuera la vida en esto… Yo que pensé que dejaría mi piel enfrentándome a las hachas de los germanos, conseguí salir indemne de las mil y una batallas y ellos…, ellos…
- Llora, Josefo, llora. No se es menos hombre al mostrar los sentimientos que guardas en tu corazón. Cuando tus fuerzas te lo permitan te llevaré a la colina. Junto a mi cueva, que comparto con Argeo, levanté un ara. Haremos ofrendas a Júpiter, Venus, Apolo… al dios que prefieras.
- Tal vez no se merezcan mis ofrendas. No tuvieron compasión de sus criaturas.
- Estás cansado y dices tonterías. Acompáñame. No puedo ofrecerte mucho, pero hoy, muy de mañana, conseguí cazar un par de perdices. Y Dionisos, o Baco, como gustes, me son pródigos: la cueva donde vivo es una antigua bodega en la que hay vino de Rodas para todo el resto de mi vida. Repón tus fuerzas…
Josefo asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocedor de la mala vista de su ayo le oprimió el brazo a la altura del codo. Sólo consiguió decirle:
- Llévame ahora contigo. Después pensaré en mi regreso…
Y Flavio Josefo, con los ojos acuosos, siguió por la vereda de piedras a Arístides, su viejo ayo, el único ser que lo ataba a aquel lugar devastado.
Mis sentimientos son en blanco y negro -pensó-, pero un luchador, un militar romano como yo, un hombre duro que me he enfrentado valientemente a cientos de batallas... Pelearé contra el olvido, contra la muerte aun cuando bien sé que ésta siempre gana, le plantaré cara.
- ¿Sabes Arístides? Levantaré una nueva casa cerca de aquí, una nueva ciudad y, con el tiempo, quizá funde una nueva familia, si Cupido, o Eros que a ti te gusta más, vuelve a asaetear mi corazón dormido. Será una forma de regresar a los orígenes, de pervivir, de no morir para siempre.
Arístides sonrió. De hecho la primavera coloreaba los escenarios de alrededor. La Naturaleza había empezado a reverdecer. Josefo, en cualquier momento, podría regresar también a la vida.
Madrid, 12-13 de Junio de 2006
jueves, 20 de marzo de 2008
En el quinto aniversario de la invasión de Irak: ¡que no suceda nunca más!
Gobernantes corruptos, cual aves de rapiña,
Buscan en el mal llamado Tercer Mundo riqueza infinita.
Pozos de petróleo, diamantes, mano de obra fina
Y barata, y muda, y vencida…
Mano de obra que labora por un plato de comida:
¡No en mi nombre!
Gobernantes corruptos que os aliáis
Para financiar una guerra
Injusta, cruel, inhumana, sangrienta,
En la que tan sólo buscáis
Vuestra complacencia:
¡No en mi nombre!
Malos gobernantes que tras falsas sonrisas
Intentáis cubrir las muertes de inocentes
Y os echáis las manos a la cabeza si son vuestros soldados,
Nuestros soldados, nuestros esposos, nuestros hijos, nuestros hermanos,
Los que han caído y mordido el polvo del camino.
Sus armas están donde no debieron:
¡No en mi nombre!
Y, cuando se levanta el pueblo llano,
El pueblo que no desea la guerra,
Un pueblo cansado de dar la cara
Porque al fin el pueblo es quien siempre paga
Los desmanes de ególatras gobernantes
Que tras un escritorio se parapetan
Y ríen las gracias de otros, y culpan a otros de sus tretas,
Cuando las cosas vienen mal dadas
No son capaces de asumir sus errores, ni sus faltas, ni sus mentiras,
Sólo dicen: la culpa fue de este, del otro que dijo falacias,
De alguien fue la culpa, que no nuestra.
Y la lucha continúa.
Y la muerte recoge los despojos de su siega.
No más guerras en mi nombre.
No más muertes.
No más penas.
¡No en mi nombre
Que estoy en contra de sus guerras!
® - Juana Castillo Escobar
Este poema pertenece al cuaderno casi inédito "Contigo somos tres", y está publicado en: My space; lo leí por radio "Onda Latina" (www.ondalatina.es); publicado en la página Web de la Asociación de Vecinos de Aluche: www.avaluche.con, en Poetas por la Paz y en Poetas del Mundo.
domingo, 16 de marzo de 2008
viernes, 14 de marzo de 2008
Un hiperbreve
Juana Castillo
Este micro relato pertenece al cuaderno casi inédito “In crescendo”
Martes, 23-XI-04
jueves, 6 de marzo de 2008
Una imagen, un poema
® 306Tus palabras me reconfortaron en un pasado no lejano.
Tus palabras fueron tuyas, fueron mías, y nos unieron como a hermanos.
Tus palabras, agua clara, que bebí de tus labios… Ahora, me niegas tus palabras, y yo me muero de sed en este mundo inhumano.
¡Devuélveme, por caridad, tus palabras! ¡Concédeme el consuelo que de ellas yo reclamo! ¡Apiádate de mi, háblame, hermano!
Conseguirás con tus palabras librarme de este Erebo oscuro y solitario en el que ardo.
domingo, 24 de febrero de 2008
Un viaje al medievo - Continuación
DULCE VIII Ramiro corrió escaleras abajo. Llegó al patio alborozado, daba saltos como un niño. Cuando estuvo junto a la carreta en la que venían sus padres, agarró con fuerza las riendas de los mulos y los hizo parar en medio del empedrado, luego alzó los brazos hacia Sancha. Su madre, llorosa, se lanzó a ellos. Madre e hijo quedaron fundidos en un fuerte abrazo durante unos instantes, tiempo suficiente como para que Bermudo se apease.
® Juana Castillo Escobar
Lunes, 18-II-08 – 21,49
martes, 12 de febrero de 2008
miércoles, 6 de febrero de 2008
Por Carnaval, un cuento
Acodada en la barandilla del barco se dejó deslumbrar por lo que la ciudad, aún semidormida, le mostraba. Entre los pálidos destellos de la luz del amanecer alcanzó a descubrir, al fondo del Adriático, en medio de una laguna, las doradas cúpulas de San Marcos, los leones del Palacio del Dux que parecían desperezarse sobre las columnas en que se sustentaban, el gran reloj…
No, aquello no había sido una locura, sino la idea más feliz que pudo tener en toda su vida; una vida metódica, ordenada, anodina y sin futuro.














