viernes, 9 de mayo de 2008

Para todas las madres que pelean con uñas y dientes por sus hijos.

Pintores africanos - Maman et Moi II - Johanna

La Madre
Juana Castillo Escobar ®

No puedo resistirlo por más tiempo. Mis entrañas se revuelven porque, aún a pesar de haberlo parido hace apenas veinte años, lo siento dentro de mí tan vívido como cuando no era nada, como cuando pasó a ser feto, como cuando lo parí entre dolor y sangre, como cuando se lo llevaron y sentí, de pronto, olor a muerte, sabor a hiel...
Cuatro, vinieron cuatro hombres. Uno gordo, era el que llevaba la voz cantante; tres flacos y mal encarados, todos envueltos en abrigos grises de paño grueso, las solapas amplias, alzadas para no dejar ver bien sus rostros en los que el odio estaba tallado como sobre duro granito. Cuatro hombres grises, con botas militares, echaron la puerta abajo, mientras dormíamos, sin avisar, y lo agarraron por los hombros, a mi niño, y lo arrastraron delante de mis ojos, lo secuestraron...
Él sabe que yo estoy con él. Yo le guardo. Yo sé lo que él sabe. Yo conozco dónde está. Yo siento en mis carnes sus padecimientos, me llegan como si fuese a mí a quien torturan con saña. Porque yo sé, una madre sabe cuándo y cuánto están dañando a su hijo que es carne de su carne.
No aguardaré mucho más. En cuanto caiga la noche, envuelta en su negro manto, cubierta por mi rebozo, volaré hasta él.
Esos cuatro no me conocen, no saben nada de mí. En cuanto tenga ocasión extenderé mis alas oscuras y, una vez águila, llegaré a su celda y lo libertaré. Juntos remontaremos el vuelo, escaparemos por el hueco tuerto de la vieja ventana.
Locos, se volverán locos cuando lo busquen en la celda. Locos, todos ellos están locos y más que lo estarán. No podrán explicar a sus superiores cómo han perdido a uno de sus reclusos. Yo les daré motivos para patear. ¡Que pateen las paredes de la prisión hasta que sus pies se conviertan en muñones! Yo, la madre águila, les daré a probar hasta que se harten de la taza del dolor.


______
Nota.- Este relato aparece publicado en la página web de la revista http://www.margencero.com/ en el espacio "Personajes Secundarios, segunda entrega", desde el 26 de Mayo de 2005. El cuaderno al que pertenece, VEINTIDÓS HISTORIAS DE MUJER Y UN RETRATO, está Registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid con el Núm. Expediente: 12/RTPI-006595/2005-12-07 - Ref. Documento: 12/040455-2/05 - Núm. Solicitud: M-006285/2005-12-07 - Fecha: 16 de Agosto de 2005 - Hora: 12,36

sábado, 26 de abril de 2008

Una impresión camino de Salamanca

Te entrego mi alma
Lorenzo Quinn
ME PARECIÓ VER GOLONDRINAS
Juana Castillo Escobar ®

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre la vasta y fría meseta castellana.
Me pareció ver golondrinas alegres
Bajo un sol destemplado
Volaban chillonas y rientes
Como en una primavera temprana.

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre las tierras de Salamanca:
Tú te ibas poco a poco
Fundiéndote en la nada.
Ellas volaban alegres:
Anuncio de una primavera que llegaba.

Me pareció ver golondrinas volando
Mientras tú agonizabas.
A Luis-Manuel
Domingo, 17-II-08 – 11,11 a.m.
_______
Nota.- Este poema forma parte del cuaderno "Poemas con nombre propio", en su mayoría inédito.

martes, 22 de abril de 2008

martes, 15 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

Al final, Lucy
Juana Castillo Escobar ®
A Luis Miguel y María, siempre

Mario sale corriendo de casa. Va nervioso. La noche anterior apuró hasta el infinito la velada, por eso hoy se ha dormido. El jefe, está seguro, lo amonestará. ¡Dios, la tercera bronca del mes! ¡Ya me veo haciendo cola entre cientos de parados! Baja al aparcamiento situado en lo más profundo del edificio e intenta poner el deportivo en marcha; éste sólo gruñe.
- ¡Mierda, la batería! Ayer, con tanta risa y tanto alcohol debí dejarlo encendido...
Ahora está en la calle. Llueve. Un formidable atasco le indica que lo mejor, si quiere llegar a tiempo a la oficina, es ir en metro; no le hace gracia, pero le queda tan cerca... Baja las escaleras corriendo, consigue colarse en un vagón atestado. Tres estaciones más y estará en su destino, podrá abandonar aquel agujero maloliente que le repele. La multitud sale del vehículo y se abalanza sobre las escaleras mecánicas. Observa su entorno: tantas apreturas le incomodan, siente vértigo. Traído y llevado como una peonza queda frente al ascensor, enorme, que, con sus puertas abiertas, parece llamarle. Nadie sube en él. La masa se vuelca en los pasillos laterales. Mario no se lo piensa, aparta a codazos a quien le estorba y se dirige hacia la cabina.
Una exuberante pelirroja tiene la misma idea. Él la sigue. Es endiabladamente hermosa. Se recrea mirando unas piernas que no tienen fin, acabadas en zapatos de tacón de aguja, algo pasados de moda; se deleita con el bamboleo de sus caderas y el movimiento de una cabellera leonada que le lanza rojos e incitantes destellos. Su aroma denso le hace soñar en: "Un affaire en el ascensor", buen título para algo digno de ser contado más tarde en la oficina.
Ya dentro del montacargas ella oprime un botón. Él, a su vez, pulsa el que le llevará directo al vestíbulo. Las puertas se cierran. Ruido de cadenas y de maquinaria oxidada les indica que aquel armatoste se ha puesto en marcha. Una voz enlatada habla desde algún lugar:
- Próxima estación: Guzmán el Bueno, enlace con la línea siete de Metro.
La botonera se apaga. Las puertas hacen un intento de apertura pero vuelven a su estado original: herméticamente cerradas. Mario nota cómo se le humedecen las palmas de las manos, la boca se le reseca, le zumba la cabeza.
No puedes marearte y menos aún teniendo compañía. Vamos, levanta el ánimo; olvídate de la claustrofobia y trata de entablar una conversación, aunque tan sólo se trate de una chorrada. Tal vez no sea el día tan malo como crees. Recuerda, hace nada pensabas tener un "affaire en el ascensor". Además, la chica parece que quiere guerra.
Se vuelve hacia la pelirroja y trata de sonreír, pero en su cara tan sólo se dibuja una mueca. Ella le observa sin pestañear, luego mira su reloj y suspira:
- ¡Llevamos encerrados una eternidad!
Un ruido, y el ascensor se pone en marcha. Se mueve unos metros. Queda, otra vez, suspendido de sus poleas. Ella oprime el botón en el que está dibujada una campana; y él cree oír su sonido en medio del tum-tum de su corazón que le golpea con fuerza en el pecho, en las sienes, en los oídos… Quiere parecer alegre: la alarma advertirá del fallo del ascensor... Pero nadie acude en su ayuda.
- ¿Tienes miedo?
La pregunta de ella reviste más sorna que curiosidad. Acercándosele a la cara, zalamera, vuelve a la carga:
- ¿Acaso me temes? No has abierto la boca en todo este tiempo.
- No, no te temo, en absoluto.
Él traga saliva. Intenta hacerse el valiente. El que ella se le acerque tanto le disgusta, necesita espacio para respirar. Después de unos segundos continúa:
- Estoy de mala uva. Llego tarde a la oficina un día más esta semana. ¡Y estamos aquí varados después de tanto tiempo! Mi jefe me va a matar.
Ella se encoge de hombros. El ascensor tiembla... hacia abajo. Luego, con lentitud, sube para quedarse parado otra vez. Mario respira despacio, no quiere pensar en la caída, en el pozo que se abre bajo sus pies, tampoco en el calor pegajoso y ardiente que le envuelve y no le deja respirar. No desea perder ni los nervios ni la compostura: él es un caballero aunque no está muy seguro de cuánto tiempo más podrá aguantar sin chillar. Hasta la cabina llegan ruidos sordos: conversaciones de gentes que andan apresuradas al otro lado; risas de jóvenes que bromean, carreras, gritos... De nuevo, el silencio. La pelirroja pulsa un botón cualquiera. El ascensor, con un rugido, parece despertar para reemprender su ascenso. Otro conato de apertura, pero las puertas no se abren.
Mario siente que se encuentra, como Jonás, en el interior de la ballena. Intenta distraerse y no sabe cómo. Mira por enésima vez el reloj: siente que los minutos transcurren como horas y éstas pasan veloces como segundos. ¿Ya es tan tarde? ¿Qué pensará mi jefe? Al final me despide, seguro. Observa a la joven que va de un lado al otro de la cabina; ésta parece disminuir ante sus ojos alucinados. Ella, con sus movimientos felinos, consigue que la melena, larga y ondulada, le roce la cara. El aroma denso que desprende su cuerpo, le envuelve y, en estos momentos adversos, lo ahoga... En otras circunstancias se habría hecho el interesante poniendo a prueba sus dotes de donjuan, hubiera tratado de conquistarla, pero aquí metido no es capaz de articular una frase. Su líbido anda por los suelos, como su portafolios, y sabe que no logrará elevarla por más que lo intente. Se considera una ruina humana. Lleva horas envarado en un rincón. Nota cómo sus piernas, pesadas, no le sostienen. Ya no aguanta más y comienza a desanudarse la corbata, tira la chaqueta al piso, se afloja el cinturón: es como si, de pronto, se hinchara y las ropas le produjeran asfixia; pisotea su maletín arrinconado hace horas, grita pidiendo auxilio…, pero nadie le escucha. Con los puños cerrados martillea sobre la puerta, que le devuelve un sonido seco; no le importa magullarse los nudillos, como tampoco le importa estropear sus zapatos de marca contra aquella caja fuerte que lo mantiene encerrado y no le permite salir.
A su espalda ella sonríe con frialdad. No obstante, le da unos ligeros toques en el hombro y, con voz melosa, de mujer castigadora, dice:
- No creo que te oigan. Parece que es la hora de regreso a casa de los trabajadores y, con toda la masa suelta... Pero, no te preocupes, ¡ya nos sacarán!
- ¡No sé cómo puedes estar tan serena! - exclama mordiendo las palabras -. Es que ni te has arrugado...
- Psché. Autosugestión... Nervios de acero... El pensar en mi padre me ayuda mucho: el señor Fer es poderoso, muy poderoso. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Mario, ¿y tú?
El ascensor, de repente, embiste como un toro y retoma su avance para, de inmediato, descolgarse. Mario nota cómo caen, cómo se hunden a velocidad de vértigo, y siente cómo el estómago le oprime la garganta. Va directo al abismo. Cierra los ojos con fuerza, el sopor le marea, le engulle. Quiere gritar, pero no puede. Le falta el aire, de su garganta se escapa un ronquido...
Al despertar, pues le parece un sueño, ve que las puertas de la cabina están abiertas. Mira al frente. Le duele todo. Resplandores dorados y rojos hacen que se sienta deslumbrado. "Un hermoso atardecer - piensa -, o tal vez esté amaneciendo. ¿Cuánto tiempo hemos permanecido encerrados? " Ya ni lo sabe. Se atusa los cabellos con coquetería, recoge la chaqueta y la corbata del suelo y se viste con parsimonia, nota que tiene todo el tiempo del mundo. De nuevo mira al frente. Su vista, ya habituada a aquella luz infernal que tanto le cegó en un principio, le permite ver que al otro lado le aguarda la pelirroja. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Fer, era la señorita Fer, pero estaba por decirle su nombre de pila cuando se revolucionó todo.
Ella le alarga la mano y sonríe con un mohín que es toda una promesa. Mario le devuelve la sonrisa, extiende su mano y pregunta:
- Por cierto, al final, ¿cómo dijo que se llamaba?
- Lucy. Lucy Fer.
Una llamarada corrobora sus palabras y es el saludo que le sirve de bienvenida al profundo Averno.
__________
Nota.- Este relato aparece publicado en la antología "Historias para viajes cortos". Editorial Dragontinas. Año 2003. Págs. 199-200-201-202 y 203
.

lunes, 7 de abril de 2008

Haikus en Soria

Vista del río Duero desde lo alto de la
ermita de San Saturio -Soria
Haikus
Juana Castillo Escobar ®
0009

Carrascos bajos
La tierra seca besan.
Cielo azul, sol.


Sábado, 20-X-07 – 10,30 a.m.
=Camino de Soria, cerca de Medinaceli.=

0010

Cielo azul,
Duero verde y gris
Melancolía.



Sábado, 20-X-07 – 18,15 p.m.
=Ideado en la ermita de San Saturio. Lo dejé en el libro de visitas.=
______
Nota.- Ambos poemitas pertenecen a un cuaderno inédito, en el que estoy trabajando y que aún no tiene título definitivo, pero al que bauticé de forma provisional como: "Cuaderno de Haikus".

martes, 1 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

EL REGRESO
Juana Castillo Escobar
®

Encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro en aquella ciudad derruida que fue la mía, la de mis padres, la de mis antepasados. El verde de las colinas, enfrentado al azul intenso del mar, contrastaba con las lujosas villas sepultadas bajo metros de polvo y lava un par de años atrás.
Se respiraba soledad y muerte, aún podía notar el olor al azufre amalgamado con la brisa salobre del mar. Pero la naturaleza, siempre pródiga, ponía su punto de luz entre las piedras caídas en forma de vegetación abundante. La primavera pintaba escenarios de colores que alegraban la vista. Escenarios alegres que se enfrentaban a mis sentimientos, apagados, que sólo veían el entorno en blanco y negro porque no era capaz de reaccionar, de volver en mí y darme cuenta de lo afortunado que era: por esas cosas del destino, porque los dioses fueron clementes conmigo, yo me salvé. ¡Me salvé del terremoto y de la erupción! Pero no pude salvar a los míos. No llegué a tiempo para darles mi abrazo de llegada, tal vez de despedida…
- Salve, amigo. ¿Qué haces por estas tierras malditas, centurión?
El aludido se giró sobre sus talones, con lentitud, no quería que el recién llegado pudiera darse cuenta de su debilidad. Él, un centurión del Imperio Romano no debía aparecer como un pusilánime, él a cuyo mando los ejércitos de Tito conquistaron Jerusalén, hicieron gran parte de la campaña en Germania y el Danubio. Él, Josefo Flavio, centurión del ejército romano, no podía dar semejantes signos de flaqueza ante un desconocido.
- Salve –respondió llevándose el puño al corazón en un saludo marcial cuando tuvo frente a sí al recién llegado.
- ¿Te envía el nuevo emperador?
- ¿Tito? No, no exactamente. Acabo de regresar de Germania…
- Entonces no tienes conocimiento de lo que ocurrió con Pompeya y Herculano.
- Sí, hasta Germania llegaron las noticias. Con retraso, pero llegaron. ¿Nos conocemos?
- Quizá. Yo no soy capaz de distinguirte. Quedé ciego de este ojo –y el hombre se lleva el índice hasta la cuenca muerta de su ojo izquierdo-. Y con el otro sólo consigo ver sombras y negrura.
Josefo Flavio se acerca dándose a conocer. Su interlocutor se yergue. El tono de su voz denota sorpresa y alegría.
- ¡Por Zeus tonante! ¿Josefo? ¿El mocoso aquel que tanto me hizo sufrir cada vez que intentaba enseñarle filosofía?
- ¿Tú eres…? –Pregunta Josefo con miedo-. ¿Eres Arístides, mi ayo?
- El mismo. He cambiado, no es preciso que lo digas. Lo sé… -El anciano se pasa las manos por la cara arrugada y reseca.
Josefo le observa. La tez de su interlocutor le habla de días pasados a la intemperie, de penurias y calamidades. Él a su vez siente avivarse una llama de esperanza. Si Arístides se salvó, ¿por qué no iban a correr la misma suerte su esposa Nidia o su hijo Marcial? Deseaba preguntar pero el temor le atenazaba la garganta.
- Te has quedado mudo, mi joven señor. ¿Qué es lo que perturba tu ánimo?
El anciano aguarda paciente. El centurión traga saliva, pero persiste en su silencio.
- Deseas conocer lo ocurrido y no sabes cómo. Mejor debí decir: tienes miedo a conocer el horror que vivimos. Se desataron todas las Furias. Yo fui, no sé por qué coincidencia de los hados, enviado por tu anciano padre a Roma. Llevaba una jornada de camino cuando la tierra tembló y nuestro padre el Vesubio vomitó de sus entrañas fuego, ríos de piedras incandescentes, llovieron cenizas durante días. Me volví. Intenté ayudar y casi perezco en el intento. El fiel Argeo, el sabueso preferido de tu padre, me encontró tirado a la vera del camino. Me arrastró hasta una cueva donde permanecimos escondidos hasta que la furia de Hefesto…
- Vulcano –le corrigió Josefo Flavio sonriendo por primera vez.
- Como quieras llamarlo, joven amo. No estamos en clase de polémica. Sigo siendo de origen griego y sabes que siempre llamé a mis dioses por su nombre.
- Y yo a los míos por el suyo.
- Me alegra sentir en tu voz la buena disposición de ánimo que mantuviste desde tu más tierna infancia.
- Necesito desterrar esta negrura que me invade. Prosigue, Arístides, te escucho.
- Decía que Argeo me arrastró hasta una cueva donde nos escondimos, y continuamos viviendo en ella, hasta que la furia de Hefesto se apaciguó. El dios me arrebató prácticamente la vista, pero para lo que tenía que ver: todo estaba anegado por aquel río de piedras incandescentes. Nuestra bellísima Pompeya quedó sepultada con todas sus riquezas bajo mantos de lava y cenizas. Las villas, los baños públicos, las termas Stabianas, los templos dedicados a Apolo, Isis o Júpiter… Todo arrasado. Todo quedó borrado de la faz de la tierra. Y Poseidón, o Neptuno, como gustes, se alió con Hefesto para agitar las aguas del Mare Nostrum. No quedó nadie, Josefo, nadie consiguió salvarse de sus fuerzas. Siento ser yo quien te diga que toda tu familia pereció…
Josefo traga saliva antes de responder.
- Ya supuse que encontraría la nada. Los recados que llegaron hasta Germania eran contundentes: Pompeya y Herculano han sido arrasadas por las fuerzas de la Naturaleza. En cuanto conseguí ser sustituido por Fabio regresé a Roma. Solicité de Vespasiano, el recién nombrado emperador, una licencia que me fue concedida sine die y cabalgué hasta aquí sin demora. Arión y Pegaso tiraron de mi biga como si también a ellos se les fuera la vida en esto… Yo que pensé que dejaría mi piel enfrentándome a las hachas de los germanos, conseguí salir indemne de las mil y una batallas y ellos…, ellos…
- Llora, Josefo, llora. No se es menos hombre al mostrar los sentimientos que guardas en tu corazón. Cuando tus fuerzas te lo permitan te llevaré a la colina. Junto a mi cueva, que comparto con Argeo, levanté un ara. Haremos ofrendas a Júpiter, Venus, Apolo… al dios que prefieras.
- Tal vez no se merezcan mis ofrendas. No tuvieron compasión de sus criaturas.
- Estás cansado y dices tonterías. Acompáñame. No puedo ofrecerte mucho, pero hoy, muy de mañana, conseguí cazar un par de perdices. Y Dionisos, o Baco, como gustes, me son pródigos: la cueva donde vivo es una antigua bodega en la que hay vino de Rodas para todo el resto de mi vida. Repón tus fuerzas…
Josefo asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocedor de la mala vista de su ayo le oprimió el brazo a la altura del codo. Sólo consiguió decirle:
- Llévame ahora contigo. Después pensaré en mi regreso…
Y Flavio Josefo, con los ojos acuosos, siguió por la vereda de piedras a Arístides, su viejo ayo, el único ser que lo ataba a aquel lugar devastado.
Mis sentimientos son en blanco y negro -pensó-, pero un luchador, un militar romano como yo, un hombre duro que me he enfrentado valientemente a cientos de batallas... Pelearé contra el olvido, contra la muerte aun cuando bien sé que ésta siempre gana, le plantaré cara.
- ¿Sabes Arístides? Levantaré una nueva casa cerca de aquí, una nueva ciudad y, con el tiempo, quizá funde una nueva familia, si Cupido, o Eros que a ti te gusta más, vuelve a asaetear mi corazón dormido. Será una forma de regresar a los orígenes, de pervivir, de no morir para siempre.
Arístides sonrió. De hecho la primavera coloreaba los escenarios de alrededor. La Naturaleza había empezado a reverdecer. Josefo, en cualquier momento, podría regresar también a la vida.


Madrid, 12-13 de Junio de 2006
_____
Nota.- Este relato está publicado en la antología "Más allá del Boom" -Nueva Narrativa Hispanoamericana-. El libro fue presentado en Madrid el 18 de Diciembre de 2007 y pertenece a uno de mis cuadernos de relatos titulado: "Dime una frase y te contaré un cuento".

jueves, 20 de marzo de 2008

En el quinto aniversario de la invasión de Irak: ¡que no suceda nunca más!

¡No en mi nombre!
Juana Castillo Escobar

Gobernantes corruptos, cual aves de rapiña,
Buscan en el mal llamado Tercer Mundo riqueza infinita.
Pozos de petróleo, diamantes, mano de obra fina
Y barata, y muda, y vencida…
Mano de obra que labora por un plato de comida:

¡No en mi nombre!

Gobernantes corruptos que os aliáis
Para financiar una guerra
Injusta, cruel, inhumana, sangrienta,
En la que tan sólo buscáis
Vuestra complacencia:

¡No en mi nombre!

Malos gobernantes que tras falsas sonrisas
Intentáis cubrir las muertes de inocentes
Y os echáis las manos a la cabeza si son vuestros soldados,
Nuestros soldados, nuestros esposos, nuestros hijos, nuestros hermanos,
Los que han caído y mordido el polvo del camino.
Sus armas están donde no debieron:

¡No en mi nombre!

Y, cuando se levanta el pueblo llano,
El pueblo que no desea la guerra,
Un pueblo cansado de dar la cara
Porque al fin el pueblo es quien siempre paga
Los desmanes de ególatras gobernantes
Que tras un escritorio se parapetan
Y ríen las gracias de otros, y culpan a otros de sus tretas,
Cuando las cosas vienen mal dadas
No son capaces de asumir sus errores, ni sus faltas, ni sus mentiras,
Sólo dicen: la culpa fue de este, del otro que dijo falacias,
De alguien fue la culpa, que no nuestra.
Y la lucha continúa.
Y la muerte recoge los despojos de su siega.

No más guerras en mi nombre.
No más muertes.
No más penas.
¡No en mi nombre
Que estoy en contra de sus guerras!



® - Juana Castillo Escobar
Este poema pertenece al cuaderno casi inédito "Contigo somos tres", y está publicado en: My space; lo leí por radio "Onda Latina" (
www.ondalatina.es); publicado en la página Web de la Asociación de Vecinos de Aluche: www.avaluche.con, en Poetas por la Paz y en Poetas del Mundo.
Domingo de Resurrección, 11de Abril de 2004

viernes, 14 de marzo de 2008

Un hiperbreve

LA DUDA ®

Juana Castillo


Sobre la mesa del despacho, de madera noble y bien labrada, en su centro, hay un revólver y un cortaplumas. La luz de la lámpara incide sobre ellos; el primero lanza su negrura al vacío de la habitación y se refleja en el espejo cercano. El cortaplumas brilla, deslumbra, atrae… En caso de suicidio, ¿cuál cumplirá mejor su cometido?


Este micro relato pertenece al cuaderno casi inédito “In crescendo”
Martes, 23-XI-04

jueves, 6 de marzo de 2008

Una imagen, un poema

El jardín de las delicias (detalle) - 1495/1512
Jeroen van Aken (1453 - 1516).
Más conocido por Jheronimus Bosch, "El Bosco"
® 306

Tus palabras me reconfortaron en un pasado no lejano.
Tus palabras fueron tuyas, fueron mías, y nos unieron como a hermanos.
Tus palabras, agua clara, que bebí de tus labios… Ahora, me niegas tus palabras, y yo me muero de sed en este mundo inhumano.
¡Devuélveme, por caridad, tus palabras! ¡Concédeme el consuelo que de ellas yo reclamo! ¡Apiádate de mi, háblame, hermano!
Conseguirás con tus palabras librarme de este Erebo oscuro y solitario en el que ardo.



® Juana Castillo Escobar
Prosa poética del cuaderno inédito “El amor, rosa y espina”
Martes, 19-IX-06 – 21,10 p.m


domingo, 24 de febrero de 2008

Un viaje al medievo - Continuación

DULCE VIII
EL REENCUENTRO

® Juana Castillo Escobar




Ramiro corrió escaleras abajo. Llegó al patio alborozado, daba saltos como un niño. Cuando estuvo junto a la carreta en la que venían sus padres, agarró con fuerza las riendas de los mulos y los hizo parar en medio del empedrado, luego alzó los brazos hacia Sancha. Su madre, llorosa, se lanzó a ellos. Madre e hijo quedaron fundidos en un fuerte abrazo durante unos instantes, tiempo suficiente como para que Bermudo se apease.
- Hijo, mi niño... ¡Qué cambiado estás! ¡Te has convertido en todo un hombre…! En un apuesto caballero –los ojos se le nublaron a causa de unas lágrimas que estaban dispuestas a salir aun sin haber sido llamadas-. Tantos años sin verte…
- ¡Madre!
Ramiro metió su cabeza en el cuello de Sancha, como era su costumbre de niño. Restregó su cara contra el cabello de la mujer, aspiró el aroma a romero que destilaba y no fue capaz de controlar el llanto.
- Vamos, vamos –le reprendió Sancha-. ¿Y tú vas a ser nombrado caballero mañana? Un hombre de tu talla y edad no llora… ¡Que ya cumpliste veintiséis primaveras!
- ¡Qué razón tienes, madre, pero no logro evitarlo! ¡Soy tan feliz! ¡Padre! –Exclamó al dirigirse a Bermudo-. ¡Padre, venid junto a nos, venid!
Bermudo se sumó al abrazo. Ramiro, sin soltarse, formulaba mil y una preguntas:
- ¿Dónde andan mis hermanos? ¿Por qué no están aquí? ¿Sabéis que ya no sois siervos de la gleba? ¿Y mis hermanitas, acaso no os acompañan? Madre, padre, ¿necesitáis algo? ¡Soy feliz, no sabéis cuán feliz soy! –Y reía a la par que elevaba de nuevo a Sancha del suelo para girar con ella en sus brazos como aspa de molino.
- ¡Suéltame, loco, que ya no están mis huesos para estos trotes!
- Madre, si aún eres joven y hermosa.
- Anda, anda, bribón… ¡Cómo sabes echar flores a las damas! Se ve que en este tiempo aprendiste bien todas y cada una de las lecciones que te impartieron, incluidos los modales cortesanos… -Sancha ríe. Está feliz.
- Es cierto, madre, sigues tan hermosa como siempre, ¿o no? –Pregunta a Bermudo que permanece junto a los dos, sonriente.
- Tienes razón, hijo. Tu madre seguirá siendo hermosa…, aun centenaria.
- Bueno, tampoco es para tanto… Cuarenta y dos años son muchos, pero cien son muchos más –responde Sancha con sorna.
- No me habéis respondido: ¿Dónde están mis hermanos?
- ¡Ah, muchacho, bien ama quien nunca olvida! Tus hermanos están en casa de tu abuelo Garci –responde Bermudo-. Nos quedaremos en la casa de mi padre. Vive solo y decidimos que estaríamos bien en ella…
- Pero don Lope os preparó el ala sur del castillo para vosotros…
- No, hijo, compréndelo. Es mejor que permanezcamos con los nuestros, tenemos que recuperar el tiempo perdido. Además –añade Sancha-, no deseo que Flain esté cerca de mis hijas.
- Por Flain no te apures, madre. Es un viejo. Un cincuentón podrido por la sífilis e inmovilizado por la gota. ¡Ya no es nadie! Tampoco lo veréis mañana, no ha sido invitado…
- ¡Ah, qué alivio! –Suspira Sancha-. El padre de tu señor cometería desmanes, pero era Flain quien le proporcionaba las piezas para su desfogue. Siempre fue un vil, un canalla... –Luego, la expresión del rostro de Sancha cambia al añadir-: Tus hermanas están dentro de la carreta. No han querido quedarse en casa de tu abuelo, deseaban saber cómo era la ciudad, qué es un castillo, verlo por dentro... Además, te traen algo.
Ramiro corrió hacia la parte trasera del carro. Con un alegre tono de voz grita:
- ¡Ah de la fortaleza, un caballero desea ser recibido por dos hermosas damas!
A través de la piel que recubre el armazón del carro se escucha un murmullo de voces. Risas sordas. Las muchachas se mueven dentro. Cubren sus rostros con velos antes de levantar la badana que les separa del exterior. Con los pies bien asentados sobre los adoquines del patio un apuesto mozo aguarda: amplia sonrisa y puños cerrados sobre la cintura. Las jóvenes se asoman. Les cuesta reconocer a su hermano Ramiro. Ambas lo recuerdan como un muchacho delgaducho, imberbe y con unos increíbles ojos azules y, ahora, ante ellas, se encuentra un hombre alto, atlético, de abundante melena ondulada, bigote, perilla…, pero los que no han cambiado son sus ojos. Los ojos de Sancha, los ojos de Justa, los ojos de Dulce…
- ¿Ramiro? –Pregunta una de las jóvenes tras el embozo del velo-. ¿Eres nuestro hermano Ramiro?
- ¡Claro, chiquilla! ¿Acaso dudas? Vamos, baja de la carreta, yo te ayudo... ¿Dulce?
Una risa, un acento musical, se escapa tras el velo. Al echar los brazos hacia la joven para ayudarla a apearse se da cuenta de su defecto. Con su hermana en volandas exclama:
- Pero…, ¡voto a bríos, Justa!, ¿eres Justa? ¡Déjame, déjame que te vea! –Ramiro observa a su hermana. Está tan diferente- ¡Oh, mi hermanita feúcha, cuán cambiada estás!
Justa sonríe. Abraza a Ramiro. Luego él la deposita sobre el empedrado del patio con mimo. Una vez en el suelo la joven le dice:
- Son las vestimentas que nos proporcionó el señor de Garcés lo que me embellece…, yo soy la de siempre.
- No, mi niña, tienes una luz especial… ¡Algo en ti cambió!
Justa se sonroja, tiene un secreto…, pero ahora no es momento ni lugar para confiárselo a Ramiro. Con gran rapidez se explica:
- Será que casi no cojeo –y, nada más decirlo, se alza un poco el extremo del vestido para enseñarle a su hermano los borceguíes-. Padre me hace una cuña para que no se note este defecto. Este otro -añade moviendo el brazo deforme-… Y el rostro…
- ¿El rostro qué? Se te corrigió mucho. Eres hermosa, hermana, muy hermosa…
- No lo soy, lo dices para contentarme.
- ¿Por qué no has de serlo? Además, eres la única mujer que puede mostrar contento o llanto en su rostro a la vez. Sí, Justa, para mí eres hermosa y para todo aquel que sepa ver más allá de tus ojos…
La joven se sonroja de nuevo. Un carraspeo desde la carreta hace que el diálogo quede en suspenso.
- Alguien piensa que nos olvidamos de ella –dice Ramiro mientras se vuelve con rapidez para ayudar a Dulce. Luego agrega-: Dejadme que os vea bien a las dos, aquí juntas, a la luz del atardecer. Ven, Dulce.
La joven aguarda de pie, con el velo ya bajado. Cuando él le alarga los brazos ella se lanza. Se cuelga del cuello de su hermano y no ve el momento de dejar de darle besos.
- ¡Cuán feliz soy, hermano! ¡Esto es maravilloso! Es tan… Tan… Tan diferente a todo. Hay multitud de cosas y de personas… Cosas que ni sé para qué sirven, ni cómo se llaman…
Acostumbradas a la vida en el campo, retiradas del mundo, Dulce y Justa se deslumbran ante los tenderetes. Es día de mercado, además, Don Lope Garcés, el hermanastro de Ramiro, decidió semanas atrás que el nombramiento como caballero merecía la mayor importancia, de ahí que por los alrededores del castillo, por las calles, en el mismo patio, deambulasen: trovadores, caballeros preparándose para enfrentarse en el torneo anunciado para la jornada siguiente, buhoneros de todo tipo, acróbatas y saltimbanquis… Todo esto extasió a las jóvenes, sobre todo a Dulce.
- Mis hermanitas queridas. ¡Sois dos gemas de gran valor! Os recordaba hermosas, pero la madre Naturaleza ha vertido la copa de sus prodigios sobre ambas…
- ¿Desde cuándo eres poeta y no guerrero? –Preguntó Dulce con sorna.
Su pregunta fue respondida por otra, no con menos sorna, emitida por su hermano:
- Y, ¿desde cuándo mi dulce hermana perdió el miedo? ¿Desde cuándo abandonaste tu refugio en las pocilgas para enfrentarte como una leona…?
- Desde que un hermano mío llamado Ramiro fue reclutado por un villano; desde que mi otro hermano, Nuño, creyó ser mi cancerbero; desde que me topé con una rama de árbol y decidí convertirla en mi espada... Desde que me di cuenta de que puedo protegerme por mí misma, sin ayuda de nadie, porque soy una mujer, no una inválida. Incluso Justa se sabe defender…
- ¡Esta no es mi Dulce! –Y Ramiro abraza a su hermana, deja escapar una carcajada. Atrae a Justa y las ciñe a ambas por la cintura-. Es una mujer guerrera de la antigüedad: una amazona…
- ¿Tú conoces historias de la antigüedad?
- Sí, por supuesto, mi dulce hermana. En el castillo de los Garcés hay una vasta biblioteca…
- Pues no dudes –interrumpe Justa- que nuestra amazona pedirá venia para poder leer los códices que en ella se guarden…
Sancha y Bermudo se acercan al trío. La madre bate palmas a la par que dice:
- Vamos, niñas, es hora de marcharnos. Vuestro hermano tendrá que retirarse a velar sus armas, mañana es su gran día…
- ¡Oh, madre, tan temprano! Aún no se puso el sol.
- Precisamente por eso nos vamos –añade Bermudo-, porque aún queda algo de luz. Hace demasiado tiempo que no me muevo por el burgo y temo que nos perdamos.
- Unas doncellas como vosotras no debéis andar mezcladas con toda esta chusma –dice Sancha-. Además, recordad: la belleza es una gran bendición, pero también una maldición en este mundo de amos y señores. Vamos, niñas, poneos los velos y despedíos de vuestro hermano.
- Aún no le dimos eso…
- ¿Pues a qué esperáis? Vamos, vamos –pide Sancha con apuro.
Dulce se encamina hasta la carreta, baja una trampilla y saca un fardo envuelto en cuero. Se lo tiende a Ramiro. El joven lo toma en sus manos, lo desenvuelve con cuidado: una hermosa espada de brillante hierro y empuñadura de plata repujada queda a la vista de todos. En la hoja, grabada, aparece la leyenda: “Servicio y generosidad”, en una de sus caras, en la otra: “Hermandad eterna”.
- Es obra de tu abuelo Nuño –explica Bermudo-. Nuestro señor, don Lope Garcés, es quien hizo el encargo…
- Y nosotras –añaden a dúo Justa y Dulce-, las encargadas de hacer la entrega. Estamos orgullosas de ti, hermano.
Ramiro se emociona. Abraza a los suyos. El reencuentro, después de los años, aviva el deseo de permanecer unidos, de no volver a separarse, pero todavía no es posible.
La familia se acomoda en la carreta, emprende camino hacia la casa de Garci, padre de Bermudo. En veinticuatro horas sus vidas emprenderán un nuevo rumbo.

® Juana Castillo Escobar
Lunes, 18-II-08 – 21,49
Domingo, 24-II-08 – 14,10 p.m.



miércoles, 6 de febrero de 2008

Por Carnaval, un cuento

Máscara del Carnaval de Venezia
2006
Mágico carnaval
® Juana Castillo Escobar

Acodada en la barandilla del barco se dejó deslumbrar por lo que la ciudad, aún semidormida, le mostraba. Entre los pálidos destellos de la luz del amanecer alcanzó a descubrir, al fondo del Adriático, en medio de una laguna, las doradas cúpulas de San Marcos, los leones del Palacio del Dux que parecían desperezarse sobre las columnas en que se sustentaban, el gran reloj…

No, aquello no había sido una locura, sino la idea más feliz que pudo tener en toda su vida; una vida metódica, ordenada, anodina y sin futuro.

Él no lo entendía pero se ahogaba, la ahogaba. Necesitaba ser ella de una vez por todas, la encrucijada era: "dejarlo todo y vivir, aunque fuera peligrosamente; o permanecer callada, sumisa, favorita en un harén que no le agradaba, morir en el olvido…"
Todos los días eran iguales: de la oficina a casa y de casa a la oficina; el trabajo le gustaba, aunque monótono y aburrido, tenía sus alicientes. Lo peor, la estancia en el hogar: "Buenas noches, querida. ¿Qué tal en la oficina?" "Bien. ¿Y tú en la empresa? ¿Tienes nueva secretaria: rubia o morena?" "Dejemos el tema, me cansas. Para tu información te diré que es pelirroja, muy buena. Mañana salgo de viaje, prepárame…" Y así todos los días, todas las noches, toda la vida. Vida que le había dedicado en cuerpo y alma, ella se casó enamorada -o, al menos, pensó que aquello era amor, su primer y único amor- de alguien que le correspondió un tiempo pero que olvidó con rapidez sus promesas de "fidelidad, amor hasta la tumba, respeto…" y todas aquellas palabras que resultaron tan hermosas el día de la boda pero que el viento barrió con un leve soplo.
Esa mañana se levantó mucho más temprano que de costumbre. Mañana muy especial pues había decidido abandonarlo todo: a él le dejó, sobre su mesita de noche, la demanda de divorcio (la encontraría al regreso de su viaje. Viaje que, con seguridad, sería de placer. Con la nueva.).Pasó por el banco y retiró todos sus ahorros; entró en una agencia de viajes, contigua a la oficina, y solicitó información.
- ¿Para los carnavales de Río, Venecia, Tenerife, Cádiz? -le había preguntado la señorita con voz amablemente untuosa.
- Los de Venecia, por favor.
Todo quedó apalabrado para el mediodía, pagaría al contado, billete de ida, la vuelta la programaría después. Recogió sus efectos personales de la oficina.
- ¿Qué haces, Irene, no trabajas hoy? -le preguntó su compañero.
- No, Manuel, lo dejo. Si preguntan invéntate algo -dándole un beso se marchó de aquel lugar que, en verdad, le traía gratos recuerdos de los buenos momentos pasados. Y ahora, el vaporetto, la llevaba suavemente a su destino.
- ¿No tiene frío, signora? -preguntó un amable caballero.
- Algo, pero es agradable. Quería ver amanecer en el mar, le aseguro que no podré olvidar esta imagen.
- Scusi, signora, no me he presentado: soy el príncipe Ruggiero Ruggieri.
- Yo me llamo Irene de la Rosa.
- ¿Viene por primera vez a los carnavales? ¿Sola?
- Sí, son mis primeros carnavales y espero que sean mágicos. Tengo un único problema: no conozco nada ni a nadie.
- Ahora me conoce a mí, si me permite lo arreglaré todo, será una estancia inolvidable, se lo aseguro.
Continuaron hablando hasta que las góndolas llegaron a recoger a los pasajeros. Una grande, negra, reluciente (propiedad del príncipe) fue la encargada de llevarla hasta su hotel. Irene tuvo que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez en aquella góndola, tan semejante a un ataúd y, a la vez, evocadora de aventuras silenciosas.
Ya instalada en el Lido, junto al mar, respiró el aire de libertad que le traían las quietas aguas. Salió a ver la ciudad, encontrándose con gentes disfrazadas con tabardos rojos y negros, tricornios, máscaras. Era un bullicio extraño, algo semejante a una ceremonia que conmemora una liturgia macabra. De regreso al hotel descansó hasta bien entrada la tarde, pensó que el príncipe -o el falso príncipe, ¿quién podía asegurarle que en realidad fuera quien decía que era?- se había olvidado de ella, iba a llamar a la centralita para que le informaran de los lugares de reunión y dónde podría encontrar un disfraz cuando tocaron a la puerta de su habitación.
Un botones, prácticamente invisible tras el miriñaque que llevaba en la mano, iba acompañado de una joven que traía varias cajas.
- Signora, el príncipe Ruggieri le envía una sirvienta para que le ayude con su disfraz.
- Gracias, muchacho. Deja el traje sobre la cama, por favor - le dio una propina y éste salió de la estancia.
Había cumplido su promesa enviándole el disfraz más hermoso que jamás pudo soñar, aquel anciano era de fiar. La cuestión era: ¿Se atrevería? ¿Saldría así? Tenía demasiado escote y ella jamás… Fuera miedos y prejuicios, iba a vivir, a disfrutar (aunque sólo fuese durante una noche) lo que se había perdido los últimos diez años.
María ayudó en su arreglo: un discreto maquillaje puso de relieve su belleza madura, ella misma se encontraba hermosa. Se calzó las tupidas medias, pololos de algodón, corpiño -que le dejaba sin aliento pero, a la vez, acentuaba su figura-, los grandes aros y el vestido de raso azul, haciendo aguas, los chapines a juego… Su larga cabellera desapareció bajo la blanca peluca empolvada, el abanico de plumas, un gran camafeo prendido en el escote, la máscara para cubrir parte de su rostro…, no faltaba un solo detalle.
- Signora, la góndola aspetta. Andiamo.
Siguió a María, se sentía como una reina, observada y admirada por el resto de los clientes del hotel. El príncipe Ruggieri sentado en la góndola exclamó: "Sei Bellissima". Irene se ruborizó, lo dejó estar, extraños pensamientos le invadían pero pronto los echó a un lado.
A pocos minutos de su hotel se encontraba el Palazzo Ruggieri, morada del príncipe, éste la ayudó a desembarcar y María le recompuso el traje desapareciendo rápidamente tras una puerta. Todo estaba apagado, como muerto.
- Aún no han llegado los invitados. Quédese en esta habitación, voy a dar instrucciones a la orquesta que ya habrá venido y a pedir que iluminen el gran salón de baile. La recogeré ahora mismo.
Irene se notaba incómoda, algo iba a suceder, lo sabía pero no llegaba a alcanzar si sería bueno o malo. A través del entreabierto balcón el último rayo de sol iluminó la parte central de la estancia, yendo a morir sobre un lienzo en el que un hombre joven, hermosísimo, aparecía abatido por un dolor inmenso. Ella se acercó, quedándose admirada por la belleza de la pintura; a los pies del joven dos máscaras de carnaval: una risueña, la otra triste, en una de ellas aparecía algo escrito. Acercándose aún más tradujo: "Si me besas seré tuyo para la eternidad". Miró de nuevo el óleo, aquellos labios eran tan atractivos, pedían ser besados… "¡Pero si son sólo una pintura!", se dijo.
A pesar de ello y haciendo equilibrios, como pudo, se subió a un escabel que había a un lado del marco y juntó su boca a la del retratado…
Estaba en el salón de baile. Alguien la llevaba por la cintura, bailaban. Echó hacia atrás la cabeza para verle mejor, era la viva imagen del hombre del cuadro pero ¿cuándo le había pedido bailar con ella? ¿Cuándo había llegado toda aquélla gente? ¿Era cierto o lo estaba soñando?
- Señora, gracias por despertarme.
- ¿Yo? ¿Qué?
- Sois, en verdad bellísima. Perdonad mi descaro, me llamo Francesco Ruggieri, ¿y vos? ¿Cuál es vuestra gracia?
- Yo, yo, me me-llamo Irene. Irene de la Rosa. ¿Qué está pasando?
- ¿Irene? ¡Oh, dioses, habéis sido misericordiosos conmigo, al fin me habéis enviado la Paz! Porque Irene, señora mía, significa paz y deseo que vos seáis la paz de mi acongojado espíritu. No os asustéis, acabaréis entendiéndolo, bailemos y disfrutemos toda la noche.
- ¿El príncipe Ruggiero es vuestro padre? ¿Me he desmayado y no me he dado cuenta? Yo estaba en un cuarto algo oscuro y…
- Dejad las preguntas, todo os será revelado después. Ahora dancemos al son de los violines y de las violas, por favor.
Envueltos por la magia de la música, sus cuerpos semejaban unos sólo, no oían el bullicio del resto de los invitados, sino el fuerte latido de sus corazones, todo había quedado en un segundo plano. Irene creía que de un momento a otro iba a morir, quizá estuviera ya muerta y aquello era la antesala del paraíso. ¿Qué la antesala?, el paraíso mismo; jamás había sentido una excitación tal, una dicha tan exagerada.
Danzaron gran parte de la velada. En un determinado momento Francesco le pidió dar un paseo en góndola por el Gran Canal porque "hacía siglos" que no lo visitaba, la luna y el amplio sillón barnizado de negro (el más blando, más cómodo, más agradable del mundo) fueron los mudos testigos de aquel amor naciente.
- Señora, me agradaría tanto poder contemplar vuestros cabellos y vuestro rostro. Irene se quitó la gran peluca, en realidad le estaba molestando y deseaba dejar su melena al viento; así mismo dejó caer la máscara quedando totalmente desnuda su cara.
-¡Oh, señora mía, vuestra cabellera resplandece bajo la luz de la inmensa luna, es suave como la piel, tan abundante como una cascada, más larga que un ala, dócil, densa, viva y cálida! ¡Hasta la misma Afrodita sentiría envidia de vos! ¡Oh, amor, por ti fui muerto y por ti revivo! Si me amarais terminaríais con este suplicio que me tiene de vagabundo desde hace doscientos años. Quisiera ahogarme en el pozo insondable de vuestros ojos, estos ojos que ahora brillan más que los luceros. Boca, besadme de nuevo, devolvedme la vida porque la vida os debo, sin vos seguiría de peregrino por el mundo de los muertos. Mi pecado ha sido perdonado, vuestro amor me salva, me hace bueno.
Irene no entendía nada, tan sólo quería permanecer así, con él -no, con él no, con Francesco. Él había muerto, había quedado atrás, olvidado hasta su nombre-, con Francesco por toda la eternidad.
Antes del amanecer regresaron, entraron directamente al salón del cuadro, el óleo estaba vacío, sólo había en él cielo y tierra. Ruggiero les aguardaba.
- Debes darte prisa, Francesco, el día está por llegar. ¿Se lo has dicho?
- No, pero creo que, aún sin explicaciones, lo entiende. Bellissima Irene ¿queréis ser mi esposa por los siglos de los siglos, abandonando este mundo y dedicarnos tan sólo el uno al otro?
- No estoy muy segura de lo ocurrido ni de lo que pueda ocurrir, pero os amo -ya hablo como vos- y os seguiré donde quiera que vayáis -fue su respuesta.
Quitándose del dedo meñique un sello, Francesco se lo puso a Irene en el anular.
- Desde ahora consideradme vuestro esposo.
- Como vuestra esposa recibo el anillo, os amo.
Ruggiero les tendió una copa.
- Bebed y celebrad vuestros esponsales.
Tomó primero el cáliz Francesco, después se lo dio a Irene, ella sintió como un vahído, un caminar entre nubes de algodón fuertemente sujeta por los brazos de su esposo y una quietud perfecta.
Ahora Irene tiene una hermosa vista al Gran Canal, aquel cuarto cerrado desde hacía doscientos años (fecha en que falleció Francesco Ruggieri, de una certera estocada en el corazón, a manos de un rival a quien había intentado arrebatarle su esposa) está abierto al público y ellos pueden contemplar aquel hermoso óleo de los príncipes "Francesco e Irene Ruggieri jugando en el jardín de palacio junto a sus hijos", obra atribuida al gran pintor de la escuela veneciana Francesco Guardi (muerto en 1793).

Madrid, 3-III-1998




Nota.- Este relato fue publicado en la Antología de Nuevos Narradores: Cuentos para leer en el Metro (título del que también soy autora). Editorial Catriel. Año 1999 (Edicº de Clara Obligado). Págs. 263, 264, 265, 266, 267 y 268.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Taccuino Sanitatis - Alimentos

DULCE VII
CUENTA DON LOPE GARCÉS...

Juana Castillo Escobar


Una vez acomodados en la mesa, frente a frente, Lope llama a los criados. Pide que les sirvan un refrigerio allí mismo, en los aposentos de Ramiro. Mientras son distribuidas las viandas: una fuente con frutas: ciruelas pasas, moras, higos, lonchas de membrillo y uvas, junto con almendras, avellanas y nueces; una hogaza de pan en rebanadas, formando cuencos donde les presentaron gran variedad de quesos curados, jamón, cecina de ciervo y jabalí, y carne asada de aves, él escancia vino en dos copas, alarga una hasta su hermanastro y, bien asida la suya entre ambas manos, después de oler el contenido, da un gran sorbo. Traga el líquido, fuego oscuro y denso como la sangre, con lentitud, sintiendo cómo le baja por el esófago que comenzó a arderle pero lo necesita para enfrentarse a su hermanastro. Después de pedir a los criados que les dejen solos, coge un puñado de almendras que come con placer antes de iniciar su relato. Se limpia los labios con el dorso de la mano, luego se mesa bigote y perilla y empieza a hablar:
- Desde que nuestro pad… -Lope deja la palabra en suspenso después de sentir la fría mirada de Ramiro, pero continúa de inmediato-: desde que pasaste a mi servicio tú me observabas, también lo hice yo. Eras, y aún sigues siéndolo, metódico, callado, atento, enigmático… Solitario…, aunque ya no tanto. Te acostumbraste a mí. Ambos nos acostumbramos a estar unidos. Por ello me pareció tan extraño ver cómo, de vez en cuando, parlamentabas en las caballerizas con Suero. ¿Recuerdas la primera vez que os vi?
- Sí, voto a bríos, bien lo recuerdo: el sobresalto de mi primo, el mío propio al verte allí, tus ojos inquiriendo respuestas, tu silencio tan profundo como el del mismo Suero. Pero nada dijiste. Tal y como fue tu llegada así nos dejaste: en un mutismo total.
- No deseaba inquietarte. Estábamos aprendiendo a conocernos y, pardiez, me resultó extraño tanto secretismo pero no quise que nuestra naciente amistad sufriera deterioro. Entonces me dije, ¿a qué preguntar? Seguiré a Suero. Él me dará las respuestas que busco. Y así fue. No aquella misma noche porque estaba seguro de que tú acecharías mis movimientos, dejé correr el tiempo, cierto que no demasiado...
Ambos se observan de frente, a los ojos. Ramiro pareciera leer a través de los ojos de su hermanastro; éste se frota las manos antes de continuar. Busca las palabras idóneas. Sentados uno frente al otro es como si se echaran un pulso con la sola fuerza de la mirada. Lope apura de un trago los restos de vino de su copa y se sirve de nuevo, chasca la lengua y paladea el caldo, Ramiro toma un racimo de uvas, lo encierra en su mano hasta casi despachurrarlo, luego arranca lentamente los frutos, los come y escupe las semillas sobre la mesa. Un par de palomas que pasean por el alféizar de la ventana vuelan hasta el interior para recoger las semillas y las migas que caen al suelo, luego deambulan por el cuarto sin ser molestadas ni por los podencos, que dormitan en un rincón, ni por los humanos, enfrascados en su plática.
- ¿Quieres continuar? –Pide con una brusquedad que, más que enfado es miedo.
Lope asiente, carraspea y dice:
- Una tarde, hará ya cinco años, seguí a Suero. Aproveché un momento en el que tú saliste de caza…, o no sé dónde, ya no lo recuerdo, con mi padre. Estarías fuera del burgo, al menos, una semana. Procuré no ser visto por él ni por tu familia. Sabes que soy un maestro a la hora de camuflarme…
- A veces –le espetó Ramiro-, porque otras eres un blanco certero.
- Sí, lo admito. A veces se me olvida que debo cuidarme de no ser herido.
- ¡Claro, si hay otro que puede serlo en tu lugar!
- Ramiro, lo lamento. ¿Hasta cuándo deberé agradecerte que me salvaras la vida? ¿Acaso me guardas rencor por ello? ¿Qué te ocurre?
- Nada, nada… Disculpa. No sé por qué lo he dicho. Estoy nervioso y no pienso. Sabes que te quiero como a un hermano…
Lope mueve la cabeza, asiente antes de añadir:
- En luengo camino y en cama angosta se conocen los amigos, y nosotros llevamos un largo recorrido a nuestras espaldas. No obstante quiero que sepas que jamás pretendí hacer mal alguno a tu familia, sentí curiosidad, es todo…
- Bien, bien, regresemos al asunto que nos conviene. ¿Qué sucedió? ¿Cómo los conociste? ¿Qué sabes de ellos?
- Sucedió que en aquella primera ocasión vi a tu madre. Comprobé su alegría al recibir tus noticias, cómo llamaba al resto de la familia para celebrar juntos la llegada de Suero. Bailaron, cantaron, hicieron una pequeña fiesta. En aquel momento sólo vi a tus padres y a Diego, el menor de tus hermanos. ¡Hasta el perro ladraba satisfecho! Regresé sobre mis pasos y esperé. Cuando vi a Suero camino del burgo me hice el encontradizo con él. Se sobresaltó. Se llevó la mano al pecho, supuse que bajo la camisa guardaba importantes noticias para ti. A pesar de su sordera es listo, muy listo… Intentó engañarme, pero logré sonsacarle cuanto me propuse y llegamos a un acuerdo: él debía decirme cuándo iba a volver con noticias. En la siguiente salida yo le acompañaría, de lejos. Antes de llegar a la cabaña intercambiaríamos nuestro cometido y personalidades: él me hacía entrega de tu escrito y era yo quien me presentaba ante tus padres. Y así se hizo. Para la ocasión vestí de paje, algo muy usado que encontré en el ropero del castillo, y me acerqué montado en el mulo que usa Suero. Antes de llegar a la cabaña vi, bajo un enebro, dos jóvenes escarmenando lana. Estaban de espaldas a mí. Me apeé de la montura y caminé hacia ellas procurando hacer el menor ruido posible. Mi intención no fue asustarlas, sino poder disfrutar de su imagen: sentadas junto al tronco, con sus cabellos dorados como la mies cayéndoles por los hombros, verlos moverse al compás de la brisa como los pendones en la batalla y sus manos abriendo las guedejas de lana con tamaña delicadeza… No vi la rama seca bajo mis pies, chascó con fuerza y yo casi perdí el equilibrio. Cuando me quise dar cuenta una de aquellas beldades blandía una espada que apuntaba directa a mi garganta.
- ¿Beldades? ¿Una de mis hermanas con una espada?
- Sí, Ramiro, sí. Saben defenderse y no quieras saber cómo ni cuánto.
- Pero, pero… Si Dulce, cada vez que escuchaba el sonido de los cascos de una caballería, iba a esconderse a la pocilga y no era capaz de salir de allí hasta que el visitante inoportuno abandonaba los alrededores. Es más, se embadurnaba en las heces de los puercos para que ningún hombre se acercase a ella…, para ser irreconocible.
- Las cosas cambian. ¿Cuánto hace que no vas a verles?
- Al menos cinco años, me tienes demasiado entretenido…
- Pues aquellas niñas son dos mujeres de dieciocho años que se manejan muy bien por sí mismas. ¡Ya sabían hacerlo después de tu última visita!
- Cuéntame, Lope, sigue contando.
- Bien, pues a punto estuve de perder mi cuello a manos de…
- ¿Justa?
- No, de Dulce. No hace honor a su nombre. Pelea como un caballero. Pelea como tú.
- ¿Llegaste a luchar contra ella?
- ¡Pardiez, por supuesto que no! ¡Si ni tan siquiera llevé mi daga! Cuando vio que iba desarmado me lanzó una rama de árbol, hubo unos instantes de lucha, pero me pudo casi sin esfuerzo. Acabó…, mejor decir, acabé recibiendo mandobles en el trasero hasta que llegamos a la puerta del chozo. Me presentaron a tus padres como el nuevo correo, pero eso no hizo que Dulce depusiera su aire defensivo. Tu madre leyó el mensaje, me dio agua y le pidió a tu hermana que dejase de apuntarme con el arma, pero ella no cejó en su empeño. Me mantuvo durante todo el tiempo que estuve con ellos vigilado. ¡Qué mujer!
- No me lo esperaba, voto a bríos, no me lo esperaba. Jajajaja, mi hermanita hermosa amedrentando a su señor don Lope Garcés. Jajajajaja -las carcajadas de Ramiro se expandieron por el cuarto y resonaron alegres-. ¿Qué hiciste?
- Nada, recuerda, yo era un simple correo, nada más… Un bobo, un don nadie…
El sonido de unas ruedas sobre el empedrado del patio dejó la conversación en suspenso. Ramiro se levantó, fue hasta la ventana y se asomó para ver quiénes eran los recién llegados. Sentados en el pescante iban sus padres, Bermudo y Sancha.
- Lope, es mi familia. Han llegado.
- Bien, ¿a qué esperas? Baja a reunirte con ellos. Pueden disponer de las habitaciones del ala sur, ya mandé que las preparasen.
- Ven, hermano, acompáñame.
- No, Ramiro, es vuestro momento. Yo…, ya los veré mañana, en el instante de tu nombramiento.
Ramiro miró a Lope con asombro.
- Pero, ¿por qué no has de acompañarme? No creo que Dulce te reciba con la espada en la mano-dijo Ramiro con sorna a la vez que esbozaba una amplia sonrisa.
- Tampoco yo lo creo, pero estorbaría. Mañana, mañana será la ocasión idónea para muchas cosas. Vamos… ¿A qué esperas? Ve con ellos.


Domingo, 9-XII-07 – 20,30 p.m.
Domingo, 23-XII-07 – 21,42 p.m
.

martes, 20 de noviembre de 2007


Taccuino Sanitatis
Danza


DULCE VI
DE REGRESO AL BURGO


Juana Castillo Escobar



- Una mancha de vino en el mantel, señal de alegría es –exclamó Justa con voz cantarina.
- Eso dicen –respondió Bermudo-. Y yo añado: una mancha de vino en el mantel, desperdicio de santo líquido es.
Todos rieron. Alzaron los cuencos de madera que entrechocaron entre sí. En la cabaña reinaba la dicha. Bermudo, Justa, Sancha, Dulce, Nuño, Diego y Suero, brindaron por las noticias de las que este último era portador y quien, a pesar de su sordera, era capaz de seguir las conversaciones con la agilidad de una liebre.
Sancha, pletórica, se levantó de la mesa, tomó a Justa de las manos y, al son de un romance antiguo que la madre recitaba en voz alta, danzaron en medio de la cabaña. Pronto sonaron las palmas. Dulce corrió por el arpa, Nuño sacó el caramillo de su bolsa de cuero, de la que jamás se desprendía, Diego daba rítmicas palmadas sobre la madera de la mesa y Bermudo y Suero acompañaban entrechocando sus manos al compás de la música.
No era para menos aquella explosión de júbilo. Una dicha que le llevó a Sancha a sacar la única pieza que guardaba de su ajuar: un mantel ricamente bordado que fue de su madre, y antes de su abuela, y que guardaba como una reliquia. Un mantel que le traía a la memoria instantes de su vida pasada y que, según la misiva de Ramiro, era posible que recomenzase en breve. Bermudo, aun indeciso y perplejo, acabó sumándose a la fiesta.
La carta del hijo se movía por la mente de Sancha al compás de la música. Se le entremezclaba con los versos aprendidos de un juglar galaico-portugués que pernoctó tiempo atrás en los alrededores de la cabaña.


E-nas verdes ervas
vi anda-las cervas,
meu amigo.


Lope desea hacerme caballero. Y mi deseo sería teneros conmigo en un momento tan importante de mi vida.

E-nos verdes prados
vi os cervos bravos,
meu amigo.



Pero mis deseos no cuentan. Al menos éstos. No quiero ese nombramiento. Sólo me sentiré satisfecho cuando pueda estar con todos vosotros, olvidar mi vida de luchas y ser el guardián de mis hermanas. ¡Cuánto os extraño! Cuando regrese no conoceré a las niñas…


E con sabor d´elas
lavei mias garcetas,
meu amigo.

¿Sabes, madre, que fuiste adivina? En Lope, mi medio hermano, encontré un buen amigo, el mejor que pudiera nunca soñar. Pero… A pesar de mi lealtad hacia él, de mi cariño, puesto que lo amo como a un hermano, me es imposible revelarle el secreto de Dulce… ¡Al fin es hijo de quien es!

E con sabor d´elos
lavei meus cabelos,
meu amigo.

Sancha sonríe mientras baila. Sonríe al recordar el último párrafo del escrito de Ramiro. Sonríe al pensar en el secreto de Dulce mientras canta acompañada por Justa. Sonríe satisfecha mientras observa los cabellos dorados de sus dos hijas. Sonríe, porque dentro de poco todos estarán de regreso en el burgo, porque su castigo terminó, porque abrazará a sus padres y hermanos, porque se siente libre.


(1)Des que los lavei
d´ouro los liei,
meu amigo.

Una vez en el castillo Ramiro se apeó de la montura cuando ésta aún continuaba al galope. Entregó las riendas a uno de los pajes y cruzó el patio a grandes zancadas. Corriendo, su hermanastro trataba de seguirle los pasos. El futuro caballero atravesó el castillo y se encerró en sus aposentos. Lope entró poco después. Iba sin resuello. Cada vez que corría la fatiga lo dejaba exhausto. Se acercó a Ramiro y le asió por el codo para que dejase de mirar por la ventana y le mirase a él. Sus ojos eran dos interrogaciones y, como no podía hablar, su hermanastro inició la conversación:
- Tus secretos están seguros conmigo, me dijiste junto al río. Lope, ¿de qué secretos me hablas? ¿Qué es lo que sabes o crees saber?
Ramiro aguardó unos segundos para darle tiempo a Lope a tomar aire. Se desasió de la mano que lo sujetaba. Fue hasta el arcón, sobre él, en toda época, le aguardaba una bandeja que sostenía una jarra y varias copas. Sirvió agua fresca y cristalina en una de ellas y se la tendió a su medio hermano. Éste bebió con ansia. Se secó la cara con el dorso de la mano y después de suspirar dijo:
- Conozco cosas…, desde tiempos pretéritos conozco…
- ¿Qué cosas conoces? ¿A qué te refieres?
- Sé la historia a de Sancha, tu madre. Él me la contó poco antes de morir, fue cuando me pidió que te nombrase caballero y que tratara de corregir su afrenta levantando el castigo a tu familia. - ¿Harás qué…?
- Ya lo hice. Di orden al notario para que levantara acta de que tu madre, y el resto de tu familia, dejan de ser siervos de la gleba. A partir del instante mismo en el que estampé mi firma en ese documento pasaron a ser vasallos… Pueden regresar al burgo en cuanto lo deseen. Quise darte una sorpresa… Hermano, en ocasiones eres tan terco que no queda otra que responder tus demandas. Las sorpresas son incompatibles contigo.
- ¿Ellos vendrán? ¿Ya no están exiliados? Pero… No, no creo que regresen. Son demasiados años lejos… Acostumbrados a la vida del campo…
- ¿Qué temes en realidad?
- ¿Temer? ¿Qué tendría que temer?-La voz de Ramiro tiembla al formular la pegunta. Pasea de un lado a otro de la estancia como un perro enjaulado. Repite-: No tengo nada que temer. Nada. ¿Debería tener miedo por algo?
- Sí, quizá temas que a Dulce, tu hermana, esa muchacha tan hermosa, le suceda algo parecido a lo que le ocurrió a tu madre.
- ¿De qué me hablas?
De nuevo la voz de Ramiro tembló al formular su pregunta. Cerró los puños y puso los brazos tras la espalda; los nudillos estaban blancos por la presión y porque intentaba, por todos los medios, no descargar su furia contra Lope que respondió a su demanda con total tranquilidad:
- No quieras despistarme, Ramiro. Conozco a tu hermana… A tus hermanas… A toda tu familia.
- ¿Desde cuándo?
- Desde que enviaste el tercer o cuarto mensaje a los tuyos.
- De eso hace ya mucho tiempo.
- Puede que unos cinco años.
Ramiro frunció el ceño. Sus cejas formaron una línea oscura por encima de sus ojos claros. Lope sonrió al decir:
- No quieres que te hable de mi padre, don Sancho Garcés, como tu padre, pero en estos instantes eres como él: mandíbula adelantada, tus cejas se han convertido en una sobre los ojos, estás esforzándote para no descargar tu puño sobre mi cara, lo que hace que la tuya parezca como esculpida en mármol… Creo que eres su viva imagen, más que yo…
- Cuéntame todo lo que sabes y yo dejé de saber.
- ¿Cómo?
- Que me hables de mi familia, cómo pudiste llegar hasta ellos, ¿por qué te dejaron que vieras a Dulce? ¿Acaso ya no la guardan? ¿Ya no se esconde? En sus mensajes nada ponían al respecto… ¿Por qué no me hablaste antes de todo esto? ¿Por qué…?
- ¡Basta!, ¡basta ya! Desde el primer momento supe que no iba a conseguir darte esta sorpresa. Sentémonos y te contaré.


(1) Poema de Pero MEOGO – Poesía Galaico-portuguesa – Lírica española de tipo popular (siglos XIII-XIV). El poema está incompleto, yo sólo he añadido al texto una parte de él.

Domingo, 11-XI-07 – 21,50
Martes, 13-XI-07 – 15,30-16,03
Martes, 20-XI-07 – 21,38 p.m.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Un viaje al medievo - Continuación

Taccuino Sanitatis
Escena de lucha - Edad Media

DULCE V
EL RÁPIDO FLUÍR DEL TIEMPO

Juana Castillo Escobar


- Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de éstos con tus palabras –dijo Ramiro casi sin resuello.
Don Lope Garcés, su hermanastro, lo miraba sin pestañear. Diez años habían transcurrido desde el instante en el que se conocieron. Diez años en los que se hermanaron casi sin darse cuenta. Diez años de entrenamiento conjunto: clases de lucha, de esgrima, de equitación, de estudio… En fin, diez años de silencios en el scriptorium, diez años de galanteos, diez años de guerras y escaramuzas compartidas, en las que Ramiro salvó al hijo de don Sancho de morir asaeteado en un par de ocasiones, y que le sirvieron al siervo de la gleba para llegar a ser nombrado capitán de la guardia y, en breve, caballero.
- Sí, Lope, has de ser coherente en todo lo que hagas a partir de ahora. Recuerda de donde provengo, de una familia…
- Lo tengo en cuenta, Rodrigo. Aun a tu pesar, serás nombrado caballero. Es mi decisión y la de mi padre… La de nuestro padre antes de morir.
- Por eso no deseo…
- ¿Todavía le odias?
- No le odio, Lope. Lo que deseo es no deberle nada…
- Le debes la vida, ¿te parece poco?
- Que me dio a la fuerza. No fui engendrado por amor.
- ¿Acaso crees que él amaba a mi madre? ¿Qué yo fui engendrado por amor?
- Era su esposa…
- Por imposición. No. El amor siempre estuvo ausente de su tálamo, pero eran esposos, algo necesario para tener descendencia de buena cuna… ¡Bah, el amor sólo queda para los juglares!
Hubo un silencio. Ramiro recordó a su familia, la historia de su madre, a don Sancho Garcés a quien aprendió a admirar por su fuerza y coraje en la batalla, por sus dotes de mando, por ser un excelente adalid al que seguir sin pestañear, pero a quien no pudo amar como padre. Su padre era Bermudo de Toro, un artesano venido a menos pero, para él, un señor.
- ¿En qué cavilas?
- Nada, cosas mías.
- Te conozco, Ramiro, casi mejor que a mí y sé que algo no marcha bien dentro de esa testa. Di. Cuéntame.
- No deseo ser nombrado caballero, no deseo seguir luchando… Sólo deseo regresar al agro, junto a los míos.
- Mientes.
- No, no, no miento…
- Sí. Cuando mientes, como ahora, o algo no es tal cual tú lo deseas, no paras de frotarte el bigote con el índice. ¿Qué temes?
- No lo sé.
- Sí, sí lo sabes. Has vuelto a pasarte el dedo bajo la nariz. ¿Tan difícil es confiar en mí? Pensé que éramos amigos. Que los secretos entre nosotros no existían.
Ramiro tomó una gran bocanada de aire. Sintió cómo se le llenaban los pulmones de aquella brisa que anunciaba una pronta primavera. Miró al río. El Duero discurría rápido bajo sus ojos. Miró al cielo, los buitres leonados, con las alas extendidas, volaban en círculo sobre sus cabezas y lanzaban gritos tan agudos que hicieron que los caballos se encabritasen.
- Caminemos –pidió Ramiro.
Ambos jóvenes descabalgaron. Caminaron por la orilla del río, despacio, seguidos por sus monturas que llevaban bien asidas por las riendas. Ramiro tenía la mirada perdida, unas veces miraba al frente, otras al suelo…, de vez en cuando pateaba una piedra con la bota lanzándola varios metros por delante de ellos, o se agachaba y, tomando la piedra en sus manos, la lanzaba sobre la superficie del río haciéndola saltar sobre las aguas.
- Lope, no sé si sabré ser caballero.
- Lo eres… En ti es algo innato. Nuestro padre lo presintió nada más conocerte.
- No hables de tu padre como “nuestro padre”. No…
- Conforme. Lo dejaré estar. Pero, te pongas como te pongas, dentro de quince días, serás nombrado caballero en la iglesia de la Magdalena. Supongo que enviarás un mensaje a tu familia para que te acompañen en ese momento glorioso…
- ¿Un mensaje?
- Sí. ¿Acaso piensas que no conozco el hecho de que permaneces en contacto con ellos? ¿Qué no sé que Suero lleva tus correos?
Ramiro quedó clavado sobre la arena. Miró de frente a Lope. Sus ojos eran dos interrogaciones que su medio hermano se dispuso a desvelar de inmediato:
- Sé que nunca has olvidado a tu familia, que elegiste a Suero porque es tu primo, porque es sordomudo y porque te ha dado motivos fundados para que confiaras en él. No, no digas nada. Lo sé, no quieras saber cómo…
- ¿Qué más sabes? –Ramiro suelta las riendas de su caballo, sujeta a Lope por los hombros, lo zarandea hacia delante y atrás- ¿Qué más sabes?
- Muchas cosas… Pero no debes temer. Tus secretos están seguros conmigo. Yo siempre confié en ti, supe que jamás me apuñalarías por la espalda. Confía ahora en mí.
Ramiro soltó a Lope. Durante unos instantes lo miró de frente, luego subió en su montura y galopó hasta el castillo seguido de cerca por su hermanastro.






Madrid, jueves 1º de Noviembre de 2007 – 21,18 p.m.
Continuará...

Presentación virtual de mi último libro: "Palabras de tinta y Alma"