
Crees que eres una escritora de prestigio porque te han publicado unos cuentecillos pero, en realidad, ¿acaso alguien te conoce? A ver, a ver, aquí está la receta de las berenjenas gratinadas… ¿Qué iba diciendo? ¡Ah, sí, que nadie te conoce! No eres como la Etxebarría. Bueno, ni falta que me hace, creo que soy algo mejor. No, bastante mejor. Barres a ritmo de soneto, cuando piensas en verso, y, si la idea es buena, tiras la escoba y escribes, escribes, escribes, hasta que un tufillo a quemado llega desde la cocina. ¡Dios, las lentejas! ¡Otro día que comemos ensalada de primero! Pondré unos huevos a cocer para que no esté tan solitaria la lechuga... ¡Ay, el capítulo catorce de la novela, aún espera en el ordenador! Y te vas, y de nuevo escribes, escribes, escribes hasta que suena una detonación en la cocina: ¡Oh, no, los huevos! Y, cuando entras, te encuentras la cazuela casi negra, la campana extractora con estalactitas de clara y cáscara renegrida, y las yemas explotadas por el suelo. ¡No, otra vez no!
No se puede servir a dos señores, más de dos. Porque, de vez en cuando, suena el teléfono y, como buena secretaria, tomas el recado, lo anotas… No, no te apures, que en cuanto llegue le digo que le has llamado. Y, cuando llega la niña, la respuesta es: Bah, ya lo sabía, me envió un mensaje al móvil. ¿Qué hay de papeo? Y se acopla ante el ordenador y te borra, o casi, lo escrito… Es que tengo que conectarme. Entonces has dejado de ser la escritora que quieres ser, que intentas ser, para dar paso a los demás. Te cuelgas el delantal y regresas a tus pucheros. Lees de nuevo la receta: berenjenas gratinadas. Lavas bien las berenjenas y, en su brillante barriga, ves reflejada tu cara, deforme, como en un espejo convexo y la imaginación empieza a revolotear, a inventar historias. También entre los pucheros, ya lo dijo la Santa, se encuentra la inspiración. Es entonces cuando el viejo bloc de notas y un bolígrafo a punto de dar su última gota de tinta por ti, te ayudan a recordar algo que más tarde te puede servir… Quizá la obra maestra espera agazapada tras un picadillo de cebolla y de pimientos verdes con los que vas a rellenar un par de berenjenas que, después de cubrir con una buena cantidad de queso rallado, pondrás a gratinar. El cuento está ahí.