domingo, 31 de agosto de 2008

Antes de acabar el mes, un relato.




LA CASA ABANDONADA
Juana Castillo Escobar ®



Ángel va por el campo. Lleva una mochila al hombro. Es un chico despierto y juguetón que todo le produce una enorme curiosidad. El día se nubla por momentos. Gruesos y negros nubarrones se forman sobre su cabeza. Ve frente a sí la boca de una cueva algo disimulada tras una mata de retama. Es preciso resguardarse, el aguacero no se ha hecho esperar.
El interior de la cueva está oscuro. Ángel saca un encendedor del bolsillo trasero del pantalón, siempre lo lleva "por si las moscas". La llamita ilumina la entrada de la gruta. Estrecha y fría, sus paredes chorrean agua, del interior llega el silbido del viento. Ni corto ni perezoso el muchacho sigue hacia delante. Se percata que, al fondo de la entrada, hay un repecho; lo sube y encuentra frente a sí un pasillo angosto y oscuro como panza de ballena, pero llamativo y sugerente de aventuras sin fin. Avanza por aquel pasadizo. El mechero se le apaga varias veces.
- Debería haberme fabricado una antorcha, como hacían lo antiguos -masculla entre dientes y risitas-. Con esto no veo una gorda.
Hay un recodo. A su izquierda, peldaños empinados; el pasillo continúa de frente. No se lo piensa dos veces, sube por la escalera de piedra, al fin y al cabo le llevarán a algún sitio. Los peldaños son altos, desiguales, en forma de caracol. Al final de la escalera Ángel se topa con una trampilla.
- ¡Vaya, fin de trayecto! -Suspira desilusionado, al instante se interroga-: ¿Si empujo un poco con el hombro...?
La trampilla cede con trabajo, los goznes chirrían y su lamento se expande por todo el lugar con un sonido que trae y lleva el eco. Pero, al final, la trampilla se abre. Ángel se encuentra en lo que parecen las caballerizas de una mansión. Aún cuelgan las antiguas monturas en travesaños de madera, hay arreos tirados por el suelo, herraduras oxidadas, balas de paja y, suspendida de un clavo, envuelta entre telarañas, una vieja lámpara de aceite.
- ¡Ah -exclama mientras la coge y la enciende-, así se está mucho mejor! ¡Ahora ya puedo ver por donde camino!
Gira sobre sus talones. Lleva la lámpara en la mano derecha, alzada, para iluminar el entorno. En voz alta se pregunta:
- ¿Dónde demonios habré ido a parar? Cuando se lo cuente a mi madre le da algo, con lo miedosa que es.
Con la lámpara de aceite a la altura de los ojos, avanza por las caballerizas. Sale a un patio vacío y allí opta por una de las puertas que está entornada...

Hace apenas dos días que llegó a aquel pueblecito olvidado. Sus padres buscaban paz y sosiego, unas vacaciones diferentes. Él se negaba. Quería veranear en un sitio en el que "vivir aventuras a lo Indiana Jones. ¡Bah, este pueblucho de medio centenar de habitantes no me sirve!" Consideraba que se aburriría como una ostra. Gritó, pataleó, pero no le sirvió de nada, permanecería en aquel lugar durante todo el verano.
Nada más bajar del coche la vio en lo alto del monte, solitaria: "La Casona". Por su aspecto más parecía un castillo abandonado, casi derruido.
A las veinticuatro horas ya estaba preguntando y dándose a conocer:
- Hola, me llamo Ángel, he venido con mis padres a pasar aquí el verano ¿qué se puede hacer en este lugar?
"Pescar", le decían unos. "Cazar", otros. "Caminar por el monte", otros. "Observar las aves..."
Una muchacha a quien preguntó fue quien le habló de la casa, lo que contribuyó a que aumentase cada vez más su intriga:
- Yo no sé mucho. Sólo llevo una semana aquí. Pero, por lo que he oído en estos días, se trata de una casa encantada o maldita. Creo que lleva siglos abandonada. Dicen que está hundida en la montaña. La llaman "La Casona".
- Mañana mismo iré a verla -sentenció el chico con resolución-. ¿Me acompañas?
- No creo que me dejen mis padres. Además, soy muy miedosa y te estorbaría. Cuando vuelvas me lo cuentas.
Así Ángel, incitada su curiosidad, había partido muy de mañana hacia lo alto del monte.
Su madre no paró de recriminarle para que no saliera con frases como: "El día está muy oscuro y amenaza tormenta. Llevamos poco tiempo en el lugar y puedes extraviarte. No es conveniente que te aventures solo por unos parajes que te son desconocidos..."
Todo fue inútil. La curiosidad de su hijo le hacía testarudo y emprendedor. Ya tenía un motivo para quedarse. La aventura le llamaba. Preparó su mochila con unos cuantos sándwiches, agua, un pequeño botiquín y un impermeable y se encaminó hacia el monte, lo que menos se esperaba es que la entrada a la mansión fuera a través de una insignificante cueva.

Tras la puerta que daba al patio, se encontró con lo que, en otros tiempos, fuera la cocina de aquella gran casa: estaba vacía. De ella salió a un largo pasillo, empujó otra puerta y se encontró en el salón, un espacio rectangular, enorme, también vacío. Fue atravesando aposentos, dormitorios, pasillos, salones y salitas. Todo estaba vacío de muebles, vacío de lámparas, vacío de recuerdos, tan sólo existía en ellos polvo, telarañas, unos ajados cortinones de terciopelo granate que cubrían los ventanales y soledad.
Ángel fue avanzando lentamente. Subió por una gran escalera de mármol y llegó a un espléndido salón de baile, vacío también. Anduvo por un pasillo, tras una puerta se encontró con la biblioteca, abandonada. Salió al corredor, empujó otra puerta y tras ésta se vio sumergido en una sala abarrotada de las cosas más dispares: espejos, candelabros, cajas de música, balancines, sillas, sillones, cojines tirados por los suelos, libros, cuberterías, vajillas, cartas amarillentas y empolvadas, joyas y, colgando de la pared del fondo, totalmente limpio, un cuadro en el que una joven de cabellos rubios, ojos profundos y cara de ángel le sonreía dulcemente.
"¡Qué bonita es! -Pensó-. Su cara me resulta familiar, pero no sé bien a quien me recuerda!"
Curioseaba por la habitación cuando se percató de que existía un cuarto contiguo, abrió las cortinas y alzó la lámpara de aceite. Avanzó expectante. Vio ante sí un caballete sobre el que estaba posado otro lienzo. Se acercó: era la misma joven de la otra sala pero ahora iba vestida de amazona. Un pincel, que parecía movido por cuerdas invisibles, rellenaba de color los espacios en blanco. Una voz gutural, de ultratumba, resonó en el gabinete:
- Baja esa luz, me ciega y no puedo continuar mi trabajo.
Ángel dio un respingo. La lámpara de aceite se estremeció en sus manos.
"Esto es una broma, claro. Una broma preparada por los chicos del pueblo", pensó.
- Yo no gasto bromas -le respondió la voz después de leerle el pensamiento.
Creyó morir de miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el temor.
- ¿Quién eres? -Preguntó sin saber muy bien hacia donde dirigirse.
- Rodrigo, el dueño y señor de esta casa. Deja de deslumbrarme, por favor, baja la mecha de esa lámpara.
Así lo hizo. A medida que la habitación se quedaba en penumbra, se iba recortando la silueta de un hombre fornido, de nobles rasgos, cabellos y barba dorados que permanecía en pie delante del caballete. En la mano derecha sostenía un pincel.
- Ahora puedo verte -le dijo el muchacho lleno de júbilo.
- Yo te he visto en todo momento. Hacía siglos que no venía nadie por aquí.
- ¿Siglos? Pero, dime de verdad: ¿quién eres?
- Te lo he dicho. Mi nombre es Rodrigo de Montalvo, sexto duque de Torre Hermosa.
- ¿Duque de este pueblo de nada?
- En mi época fue una gran villa pero, tras mi pecado, la gente debió salir huyendo de él y de mí.
- Cuéntame tu historia, por favor -le rogó mientras tomaba asiento en el borde de un polvoriento cojín.
- Pues verás -comenzó Rodrigo-, yo estaba felizmente casado con Clara de Montignac, la joven a la que siempre estoy pintando. Teníamos un hijo: Felipe. Nos amábamos con pasión. También tenía un hermano gemelo, Ramiro, estaba casado y tenía una hija: Lucía. Tanto nos parecíamos que, una vez en que yo salí de viaje a la corte llamado por el rey, mi hermano se hizo pasar por mí y sedujo a mi esposa. Al regresar de improviso, los encontré juntos, me cegaron los celos y los maté a los dos sin escuchar las razones de Clara. Quise acabar también con Felipe, pero la cocinera debió huir con él. Yo me clavé una daga en el costado y fui maldecido con vagar eternamente por mi castillo, en solitario, hasta que un descendiente mío se dirigiera a mí sin miedo, sepultara en sagrado los huesos de Clara, los de mi hermano y los míos.
- Y ¿dónde podré encontrar a alguien que sea pariente suyo después de tantos años?
- En la iglesia, quizá, sepan darte razón de mi estirpe.
Ángel se levantó. Aquel lugar estaba empezando a gustarle. Tenía "trabajo de investigación por delante". Se despidió de Rodrigo con la promesa de regresar y acabar con su vida-muerta o su muerte en vida.
- Aguarda, muchacho, abre esa cómoda…
El joven hizo lo que el espectro le pedía. Una vez abiertos los postigos el duque le dijo:
- Busca y llévate algunos documentos, son papeles en los que viene el árbol genealógico. Y este camafeo, te lo regalo, en él va la imagen de Clara. Quizá alguien, al verlo, pueda ayudar en tus pesquisas.
Fuera había dejado de llover. Olía a tierra mojada y el arco iris sonreía sobre el pueblo. Ángel se encontraba de nuevo en la boca de la cueva. Mientras se estiraba complacido masculló:
- Ahora este pueblucho me parece más interesante que cuando llegué. Tengo una larga tarea. Cuando se lo cuente a papá y a mamá, no se lo van a creer.
Bajó por la ladera de la montaña como alma que lleva el diablo. Tenía prisa por hablar con quien fuera. La primera persona con quien se topó fue con su vecina.
- Hola, Ángel. ¿Has subido hasta la casa? ¿A pesar del mal día?
Los ojos de Clara, los del cuadro, le miraban frente a frente. La carita redonda y la sonrisa de ángel se dibujaban también en la cara de la niña.
- ¿Cómo me dijiste que te llamas? -Preguntó curioso.
- Clara, Clara Montalvo, ¿por qué? No has contestado a mi pregunta.
- Déjalo, tenemos que hablar mucho tú y yo este verano. Tal vez la próxima vez me tengas que acompañar a la casa abandonada. He encontrado un trabajo que te implica y que espero te guste -la niña movió la cabeza dubitativamente. Ángel exclamó con ánimo-: ¡Ya verás, terminará por apasionarte! ¡Hasta tus padres se verán beneficiados! ¡Guau, menudo papelón!
Y, sin darle mayores explicaciones le puso en la palma de la mano el camafeo. Después corrió hasta su casa. Tenía que cambiarse, estar presentable para llegar a la altura de un cometido tan importante como el que se traería entre manos. Supo que su fama crecería desde aquel mismo instante.
Las visitas turísticas no se hicieron esperar...
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Nota.- Este relato está publicado también en la página www.estandarte.com. Pertenece al cuaderno titulado: "El giraldillo (veintiún relatos y un poema)" y registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid. Fecha: 24 de mayo de 2006, nº M-004098/2006. Nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de agosto de 2006.


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