miércoles, 29 de diciembre de 2010

¡FELIZ NAVIDAD!

Belén de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia - 25-XII-2010
Foto: colección particular

Este año, al igual que el pasado, salimos de Madrid a disfrutar de estos días (junto a nuestra hija) en un punto distinto al que residimos habitualmente. De la tarde-noche del 23 de diciembre, a la tarde-noche del 27-XII, estuvimos en Valencia.
Las pasadas Navidades, las del 2009, fueron templadas, lluviosas y grises, mas no por ello malas. Conocí un lugar en el que nunca estuve y que de siempre llamó mi atención. En ningún momento me sentí defraudada. Todo lo contrario: estar en Córdoba fue como sumergirme en el pasado e imaginar tres culturas hermanadas por el respeto y la tolerancia. Porque aún se vive en el ambiente, en sus callejas de la judería y del barrio árabe, en el cogollo surgido en torno a la mezquita.
Este año la Navidad ha sido todo lo contrario: luminosa como un cuadro de Sorolla, pero fría, muy fría, tanto como en Madrid, algo que no me esperaba encontrar a orillas del Mediterráneo. ¡Claro que mis recuerdos de Valencia son de una ciudad abrasadora, veraniega, con el calor del mes de julio, pegajoso...! También de una Valencia en fallas, durante un mes de marzo muy cálido y primaveral.
Volver a Valencia, después de 32 años, ha supuesto un reencuentro. Una especie de búsqueda de algo que ya no existe, porque ya no existen las personas, ni tan siquiera las calles, reconvertidas en plazas o, de tan remodeladas, irreconocibles. Mi Valencia de los 14, 15, 16, 17, 18... 23 años, ya no existe, es un recuerdo, un buen recuerdo.
Ahora, a partir de ayer, empezaré a dar forma a este nuevo recuerdo en el que la ciudad cambió; yo, como co-protagonista de este viaje, cambié (y mucho), también mis acompañantes cambiaron: mis tías abuelas -que ya no viven-, mi hermana pequeña, que seguirá siendo la pequeña, pero ya no es la niña de siete años, sino una mamá que traspasó la barrera de los cuarenta, mis amigos valencianos... Estas personas se convirtieron en mi marido y mi hija... La nostalgia me invadió el día de Nochebuena por la mañana cuando visitamos el Mercado Central y la Lonja, se me puso un nudo en la garganta, no quería que pasara pero, llorar no cuesta nada y, como iba de "incógnito" con las gafas de sol, pedí permiso para homenajear a aquel tiempo pasado que no fue mejor ni peor, sólo diferente y eché unas cuantas lágrimas. Lo necesitaba, el nudo me hubiera ahogado.
Y al día siguiente, el de Navidad, por la mañana, visita a la Albufera y comida en la Malva rosa, "mi playa", porque en ella descubrí el mar y mi gran debilidad por esa masa de agua en constante movimiento. Hizo frío, pero disfruté paseando sobre su fina arena como un niño que empieza a dar sus primeros pasos sin ayuda de la mano de los mayores.
¡¡¡FELIZ NAVIDAD, YA DESDE MADRID!!!
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