miércoles, 6 de febrero de 2008

Por Carnaval, un cuento

Máscara del Carnaval de Venezia
2006
Mágico carnaval
® Juana Castillo Escobar

Acodada en la barandilla del barco se dejó deslumbrar por lo que la ciudad, aún semidormida, le mostraba. Entre los pálidos destellos de la luz del amanecer alcanzó a descubrir, al fondo del Adriático, en medio de una laguna, las doradas cúpulas de San Marcos, los leones del Palacio del Dux que parecían desperezarse sobre las columnas en que se sustentaban, el gran reloj…

No, aquello no había sido una locura, sino la idea más feliz que pudo tener en toda su vida; una vida metódica, ordenada, anodina y sin futuro.

Él no lo entendía pero se ahogaba, la ahogaba. Necesitaba ser ella de una vez por todas, la encrucijada era: "dejarlo todo y vivir, aunque fuera peligrosamente; o permanecer callada, sumisa, favorita en un harén que no le agradaba, morir en el olvido…"
Todos los días eran iguales: de la oficina a casa y de casa a la oficina; el trabajo le gustaba, aunque monótono y aburrido, tenía sus alicientes. Lo peor, la estancia en el hogar: "Buenas noches, querida. ¿Qué tal en la oficina?" "Bien. ¿Y tú en la empresa? ¿Tienes nueva secretaria: rubia o morena?" "Dejemos el tema, me cansas. Para tu información te diré que es pelirroja, muy buena. Mañana salgo de viaje, prepárame…" Y así todos los días, todas las noches, toda la vida. Vida que le había dedicado en cuerpo y alma, ella se casó enamorada -o, al menos, pensó que aquello era amor, su primer y único amor- de alguien que le correspondió un tiempo pero que olvidó con rapidez sus promesas de "fidelidad, amor hasta la tumba, respeto…" y todas aquellas palabras que resultaron tan hermosas el día de la boda pero que el viento barrió con un leve soplo.
Esa mañana se levantó mucho más temprano que de costumbre. Mañana muy especial pues había decidido abandonarlo todo: a él le dejó, sobre su mesita de noche, la demanda de divorcio (la encontraría al regreso de su viaje. Viaje que, con seguridad, sería de placer. Con la nueva.).Pasó por el banco y retiró todos sus ahorros; entró en una agencia de viajes, contigua a la oficina, y solicitó información.
- ¿Para los carnavales de Río, Venecia, Tenerife, Cádiz? -le había preguntado la señorita con voz amablemente untuosa.
- Los de Venecia, por favor.
Todo quedó apalabrado para el mediodía, pagaría al contado, billete de ida, la vuelta la programaría después. Recogió sus efectos personales de la oficina.
- ¿Qué haces, Irene, no trabajas hoy? -le preguntó su compañero.
- No, Manuel, lo dejo. Si preguntan invéntate algo -dándole un beso se marchó de aquel lugar que, en verdad, le traía gratos recuerdos de los buenos momentos pasados. Y ahora, el vaporetto, la llevaba suavemente a su destino.
- ¿No tiene frío, signora? -preguntó un amable caballero.
- Algo, pero es agradable. Quería ver amanecer en el mar, le aseguro que no podré olvidar esta imagen.
- Scusi, signora, no me he presentado: soy el príncipe Ruggiero Ruggieri.
- Yo me llamo Irene de la Rosa.
- ¿Viene por primera vez a los carnavales? ¿Sola?
- Sí, son mis primeros carnavales y espero que sean mágicos. Tengo un único problema: no conozco nada ni a nadie.
- Ahora me conoce a mí, si me permite lo arreglaré todo, será una estancia inolvidable, se lo aseguro.
Continuaron hablando hasta que las góndolas llegaron a recoger a los pasajeros. Una grande, negra, reluciente (propiedad del príncipe) fue la encargada de llevarla hasta su hotel. Irene tuvo que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez en aquella góndola, tan semejante a un ataúd y, a la vez, evocadora de aventuras silenciosas.
Ya instalada en el Lido, junto al mar, respiró el aire de libertad que le traían las quietas aguas. Salió a ver la ciudad, encontrándose con gentes disfrazadas con tabardos rojos y negros, tricornios, máscaras. Era un bullicio extraño, algo semejante a una ceremonia que conmemora una liturgia macabra. De regreso al hotel descansó hasta bien entrada la tarde, pensó que el príncipe -o el falso príncipe, ¿quién podía asegurarle que en realidad fuera quien decía que era?- se había olvidado de ella, iba a llamar a la centralita para que le informaran de los lugares de reunión y dónde podría encontrar un disfraz cuando tocaron a la puerta de su habitación.
Un botones, prácticamente invisible tras el miriñaque que llevaba en la mano, iba acompañado de una joven que traía varias cajas.
- Signora, el príncipe Ruggieri le envía una sirvienta para que le ayude con su disfraz.
- Gracias, muchacho. Deja el traje sobre la cama, por favor - le dio una propina y éste salió de la estancia.
Había cumplido su promesa enviándole el disfraz más hermoso que jamás pudo soñar, aquel anciano era de fiar. La cuestión era: ¿Se atrevería? ¿Saldría así? Tenía demasiado escote y ella jamás… Fuera miedos y prejuicios, iba a vivir, a disfrutar (aunque sólo fuese durante una noche) lo que se había perdido los últimos diez años.
María ayudó en su arreglo: un discreto maquillaje puso de relieve su belleza madura, ella misma se encontraba hermosa. Se calzó las tupidas medias, pololos de algodón, corpiño -que le dejaba sin aliento pero, a la vez, acentuaba su figura-, los grandes aros y el vestido de raso azul, haciendo aguas, los chapines a juego… Su larga cabellera desapareció bajo la blanca peluca empolvada, el abanico de plumas, un gran camafeo prendido en el escote, la máscara para cubrir parte de su rostro…, no faltaba un solo detalle.
- Signora, la góndola aspetta. Andiamo.
Siguió a María, se sentía como una reina, observada y admirada por el resto de los clientes del hotel. El príncipe Ruggieri sentado en la góndola exclamó: "Sei Bellissima". Irene se ruborizó, lo dejó estar, extraños pensamientos le invadían pero pronto los echó a un lado.
A pocos minutos de su hotel se encontraba el Palazzo Ruggieri, morada del príncipe, éste la ayudó a desembarcar y María le recompuso el traje desapareciendo rápidamente tras una puerta. Todo estaba apagado, como muerto.
- Aún no han llegado los invitados. Quédese en esta habitación, voy a dar instrucciones a la orquesta que ya habrá venido y a pedir que iluminen el gran salón de baile. La recogeré ahora mismo.
Irene se notaba incómoda, algo iba a suceder, lo sabía pero no llegaba a alcanzar si sería bueno o malo. A través del entreabierto balcón el último rayo de sol iluminó la parte central de la estancia, yendo a morir sobre un lienzo en el que un hombre joven, hermosísimo, aparecía abatido por un dolor inmenso. Ella se acercó, quedándose admirada por la belleza de la pintura; a los pies del joven dos máscaras de carnaval: una risueña, la otra triste, en una de ellas aparecía algo escrito. Acercándose aún más tradujo: "Si me besas seré tuyo para la eternidad". Miró de nuevo el óleo, aquellos labios eran tan atractivos, pedían ser besados… "¡Pero si son sólo una pintura!", se dijo.
A pesar de ello y haciendo equilibrios, como pudo, se subió a un escabel que había a un lado del marco y juntó su boca a la del retratado…
Estaba en el salón de baile. Alguien la llevaba por la cintura, bailaban. Echó hacia atrás la cabeza para verle mejor, era la viva imagen del hombre del cuadro pero ¿cuándo le había pedido bailar con ella? ¿Cuándo había llegado toda aquélla gente? ¿Era cierto o lo estaba soñando?
- Señora, gracias por despertarme.
- ¿Yo? ¿Qué?
- Sois, en verdad bellísima. Perdonad mi descaro, me llamo Francesco Ruggieri, ¿y vos? ¿Cuál es vuestra gracia?
- Yo, yo, me me-llamo Irene. Irene de la Rosa. ¿Qué está pasando?
- ¿Irene? ¡Oh, dioses, habéis sido misericordiosos conmigo, al fin me habéis enviado la Paz! Porque Irene, señora mía, significa paz y deseo que vos seáis la paz de mi acongojado espíritu. No os asustéis, acabaréis entendiéndolo, bailemos y disfrutemos toda la noche.
- ¿El príncipe Ruggiero es vuestro padre? ¿Me he desmayado y no me he dado cuenta? Yo estaba en un cuarto algo oscuro y…
- Dejad las preguntas, todo os será revelado después. Ahora dancemos al son de los violines y de las violas, por favor.
Envueltos por la magia de la música, sus cuerpos semejaban unos sólo, no oían el bullicio del resto de los invitados, sino el fuerte latido de sus corazones, todo había quedado en un segundo plano. Irene creía que de un momento a otro iba a morir, quizá estuviera ya muerta y aquello era la antesala del paraíso. ¿Qué la antesala?, el paraíso mismo; jamás había sentido una excitación tal, una dicha tan exagerada.
Danzaron gran parte de la velada. En un determinado momento Francesco le pidió dar un paseo en góndola por el Gran Canal porque "hacía siglos" que no lo visitaba, la luna y el amplio sillón barnizado de negro (el más blando, más cómodo, más agradable del mundo) fueron los mudos testigos de aquel amor naciente.
- Señora, me agradaría tanto poder contemplar vuestros cabellos y vuestro rostro. Irene se quitó la gran peluca, en realidad le estaba molestando y deseaba dejar su melena al viento; así mismo dejó caer la máscara quedando totalmente desnuda su cara.
-¡Oh, señora mía, vuestra cabellera resplandece bajo la luz de la inmensa luna, es suave como la piel, tan abundante como una cascada, más larga que un ala, dócil, densa, viva y cálida! ¡Hasta la misma Afrodita sentiría envidia de vos! ¡Oh, amor, por ti fui muerto y por ti revivo! Si me amarais terminaríais con este suplicio que me tiene de vagabundo desde hace doscientos años. Quisiera ahogarme en el pozo insondable de vuestros ojos, estos ojos que ahora brillan más que los luceros. Boca, besadme de nuevo, devolvedme la vida porque la vida os debo, sin vos seguiría de peregrino por el mundo de los muertos. Mi pecado ha sido perdonado, vuestro amor me salva, me hace bueno.
Irene no entendía nada, tan sólo quería permanecer así, con él -no, con él no, con Francesco. Él había muerto, había quedado atrás, olvidado hasta su nombre-, con Francesco por toda la eternidad.
Antes del amanecer regresaron, entraron directamente al salón del cuadro, el óleo estaba vacío, sólo había en él cielo y tierra. Ruggiero les aguardaba.
- Debes darte prisa, Francesco, el día está por llegar. ¿Se lo has dicho?
- No, pero creo que, aún sin explicaciones, lo entiende. Bellissima Irene ¿queréis ser mi esposa por los siglos de los siglos, abandonando este mundo y dedicarnos tan sólo el uno al otro?
- No estoy muy segura de lo ocurrido ni de lo que pueda ocurrir, pero os amo -ya hablo como vos- y os seguiré donde quiera que vayáis -fue su respuesta.
Quitándose del dedo meñique un sello, Francesco se lo puso a Irene en el anular.
- Desde ahora consideradme vuestro esposo.
- Como vuestra esposa recibo el anillo, os amo.
Ruggiero les tendió una copa.
- Bebed y celebrad vuestros esponsales.
Tomó primero el cáliz Francesco, después se lo dio a Irene, ella sintió como un vahído, un caminar entre nubes de algodón fuertemente sujeta por los brazos de su esposo y una quietud perfecta.
Ahora Irene tiene una hermosa vista al Gran Canal, aquel cuarto cerrado desde hacía doscientos años (fecha en que falleció Francesco Ruggieri, de una certera estocada en el corazón, a manos de un rival a quien había intentado arrebatarle su esposa) está abierto al público y ellos pueden contemplar aquel hermoso óleo de los príncipes "Francesco e Irene Ruggieri jugando en el jardín de palacio junto a sus hijos", obra atribuida al gran pintor de la escuela veneciana Francesco Guardi (muerto en 1793).

Madrid, 3-III-1998




Nota.- Este relato fue publicado en la Antología de Nuevos Narradores: Cuentos para leer en el Metro (título del que también soy autora). Editorial Catriel. Año 1999 (Edicº de Clara Obligado). Págs. 263, 264, 265, 266, 267 y 268.

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