lunes, 24 de diciembre de 2007

Taccuino Sanitatis - Alimentos

DULCE VII
CUENTA DON LOPE GARCÉS...

Juana Castillo Escobar


Una vez acomodados en la mesa, frente a frente, Lope llama a los criados. Pide que les sirvan un refrigerio allí mismo, en los aposentos de Ramiro. Mientras son distribuidas las viandas: una fuente con frutas: ciruelas pasas, moras, higos, lonchas de membrillo y uvas, junto con almendras, avellanas y nueces; una hogaza de pan en rebanadas, formando cuencos donde les presentaron gran variedad de quesos curados, jamón, cecina de ciervo y jabalí, y carne asada de aves, él escancia vino en dos copas, alarga una hasta su hermanastro y, bien asida la suya entre ambas manos, después de oler el contenido, da un gran sorbo. Traga el líquido, fuego oscuro y denso como la sangre, con lentitud, sintiendo cómo le baja por el esófago que comenzó a arderle pero lo necesita para enfrentarse a su hermanastro. Después de pedir a los criados que les dejen solos, coge un puñado de almendras que come con placer antes de iniciar su relato. Se limpia los labios con el dorso de la mano, luego se mesa bigote y perilla y empieza a hablar:
- Desde que nuestro pad… -Lope deja la palabra en suspenso después de sentir la fría mirada de Ramiro, pero continúa de inmediato-: desde que pasaste a mi servicio tú me observabas, también lo hice yo. Eras, y aún sigues siéndolo, metódico, callado, atento, enigmático… Solitario…, aunque ya no tanto. Te acostumbraste a mí. Ambos nos acostumbramos a estar unidos. Por ello me pareció tan extraño ver cómo, de vez en cuando, parlamentabas en las caballerizas con Suero. ¿Recuerdas la primera vez que os vi?
- Sí, voto a bríos, bien lo recuerdo: el sobresalto de mi primo, el mío propio al verte allí, tus ojos inquiriendo respuestas, tu silencio tan profundo como el del mismo Suero. Pero nada dijiste. Tal y como fue tu llegada así nos dejaste: en un mutismo total.
- No deseaba inquietarte. Estábamos aprendiendo a conocernos y, pardiez, me resultó extraño tanto secretismo pero no quise que nuestra naciente amistad sufriera deterioro. Entonces me dije, ¿a qué preguntar? Seguiré a Suero. Él me dará las respuestas que busco. Y así fue. No aquella misma noche porque estaba seguro de que tú acecharías mis movimientos, dejé correr el tiempo, cierto que no demasiado...
Ambos se observan de frente, a los ojos. Ramiro pareciera leer a través de los ojos de su hermanastro; éste se frota las manos antes de continuar. Busca las palabras idóneas. Sentados uno frente al otro es como si se echaran un pulso con la sola fuerza de la mirada. Lope apura de un trago los restos de vino de su copa y se sirve de nuevo, chasca la lengua y paladea el caldo, Ramiro toma un racimo de uvas, lo encierra en su mano hasta casi despachurrarlo, luego arranca lentamente los frutos, los come y escupe las semillas sobre la mesa. Un par de palomas que pasean por el alféizar de la ventana vuelan hasta el interior para recoger las semillas y las migas que caen al suelo, luego deambulan por el cuarto sin ser molestadas ni por los podencos, que dormitan en un rincón, ni por los humanos, enfrascados en su plática.
- ¿Quieres continuar? –Pide con una brusquedad que, más que enfado es miedo.
Lope asiente, carraspea y dice:
- Una tarde, hará ya cinco años, seguí a Suero. Aproveché un momento en el que tú saliste de caza…, o no sé dónde, ya no lo recuerdo, con mi padre. Estarías fuera del burgo, al menos, una semana. Procuré no ser visto por él ni por tu familia. Sabes que soy un maestro a la hora de camuflarme…
- A veces –le espetó Ramiro-, porque otras eres un blanco certero.
- Sí, lo admito. A veces se me olvida que debo cuidarme de no ser herido.
- ¡Claro, si hay otro que puede serlo en tu lugar!
- Ramiro, lo lamento. ¿Hasta cuándo deberé agradecerte que me salvaras la vida? ¿Acaso me guardas rencor por ello? ¿Qué te ocurre?
- Nada, nada… Disculpa. No sé por qué lo he dicho. Estoy nervioso y no pienso. Sabes que te quiero como a un hermano…
Lope mueve la cabeza, asiente antes de añadir:
- En luengo camino y en cama angosta se conocen los amigos, y nosotros llevamos un largo recorrido a nuestras espaldas. No obstante quiero que sepas que jamás pretendí hacer mal alguno a tu familia, sentí curiosidad, es todo…
- Bien, bien, regresemos al asunto que nos conviene. ¿Qué sucedió? ¿Cómo los conociste? ¿Qué sabes de ellos?
- Sucedió que en aquella primera ocasión vi a tu madre. Comprobé su alegría al recibir tus noticias, cómo llamaba al resto de la familia para celebrar juntos la llegada de Suero. Bailaron, cantaron, hicieron una pequeña fiesta. En aquel momento sólo vi a tus padres y a Diego, el menor de tus hermanos. ¡Hasta el perro ladraba satisfecho! Regresé sobre mis pasos y esperé. Cuando vi a Suero camino del burgo me hice el encontradizo con él. Se sobresaltó. Se llevó la mano al pecho, supuse que bajo la camisa guardaba importantes noticias para ti. A pesar de su sordera es listo, muy listo… Intentó engañarme, pero logré sonsacarle cuanto me propuse y llegamos a un acuerdo: él debía decirme cuándo iba a volver con noticias. En la siguiente salida yo le acompañaría, de lejos. Antes de llegar a la cabaña intercambiaríamos nuestro cometido y personalidades: él me hacía entrega de tu escrito y era yo quien me presentaba ante tus padres. Y así se hizo. Para la ocasión vestí de paje, algo muy usado que encontré en el ropero del castillo, y me acerqué montado en el mulo que usa Suero. Antes de llegar a la cabaña vi, bajo un enebro, dos jóvenes escarmenando lana. Estaban de espaldas a mí. Me apeé de la montura y caminé hacia ellas procurando hacer el menor ruido posible. Mi intención no fue asustarlas, sino poder disfrutar de su imagen: sentadas junto al tronco, con sus cabellos dorados como la mies cayéndoles por los hombros, verlos moverse al compás de la brisa como los pendones en la batalla y sus manos abriendo las guedejas de lana con tamaña delicadeza… No vi la rama seca bajo mis pies, chascó con fuerza y yo casi perdí el equilibrio. Cuando me quise dar cuenta una de aquellas beldades blandía una espada que apuntaba directa a mi garganta.
- ¿Beldades? ¿Una de mis hermanas con una espada?
- Sí, Ramiro, sí. Saben defenderse y no quieras saber cómo ni cuánto.
- Pero, pero… Si Dulce, cada vez que escuchaba el sonido de los cascos de una caballería, iba a esconderse a la pocilga y no era capaz de salir de allí hasta que el visitante inoportuno abandonaba los alrededores. Es más, se embadurnaba en las heces de los puercos para que ningún hombre se acercase a ella…, para ser irreconocible.
- Las cosas cambian. ¿Cuánto hace que no vas a verles?
- Al menos cinco años, me tienes demasiado entretenido…
- Pues aquellas niñas son dos mujeres de dieciocho años que se manejan muy bien por sí mismas. ¡Ya sabían hacerlo después de tu última visita!
- Cuéntame, Lope, sigue contando.
- Bien, pues a punto estuve de perder mi cuello a manos de…
- ¿Justa?
- No, de Dulce. No hace honor a su nombre. Pelea como un caballero. Pelea como tú.
- ¿Llegaste a luchar contra ella?
- ¡Pardiez, por supuesto que no! ¡Si ni tan siquiera llevé mi daga! Cuando vio que iba desarmado me lanzó una rama de árbol, hubo unos instantes de lucha, pero me pudo casi sin esfuerzo. Acabó…, mejor decir, acabé recibiendo mandobles en el trasero hasta que llegamos a la puerta del chozo. Me presentaron a tus padres como el nuevo correo, pero eso no hizo que Dulce depusiera su aire defensivo. Tu madre leyó el mensaje, me dio agua y le pidió a tu hermana que dejase de apuntarme con el arma, pero ella no cejó en su empeño. Me mantuvo durante todo el tiempo que estuve con ellos vigilado. ¡Qué mujer!
- No me lo esperaba, voto a bríos, no me lo esperaba. Jajajaja, mi hermanita hermosa amedrentando a su señor don Lope Garcés. Jajajajaja -las carcajadas de Ramiro se expandieron por el cuarto y resonaron alegres-. ¿Qué hiciste?
- Nada, recuerda, yo era un simple correo, nada más… Un bobo, un don nadie…
El sonido de unas ruedas sobre el empedrado del patio dejó la conversación en suspenso. Ramiro se levantó, fue hasta la ventana y se asomó para ver quiénes eran los recién llegados. Sentados en el pescante iban sus padres, Bermudo y Sancha.
- Lope, es mi familia. Han llegado.
- Bien, ¿a qué esperas? Baja a reunirte con ellos. Pueden disponer de las habitaciones del ala sur, ya mandé que las preparasen.
- Ven, hermano, acompáñame.
- No, Ramiro, es vuestro momento. Yo…, ya los veré mañana, en el instante de tu nombramiento.
Ramiro miró a Lope con asombro.
- Pero, ¿por qué no has de acompañarme? No creo que Dulce te reciba con la espada en la mano-dijo Ramiro con sorna a la vez que esbozaba una amplia sonrisa.
- Tampoco yo lo creo, pero estorbaría. Mañana, mañana será la ocasión idónea para muchas cosas. Vamos… ¿A qué esperas? Ve con ellos.


Domingo, 9-XII-07 – 20,30 p.m.
Domingo, 23-XII-07 – 21,42 p.m
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