lunes, 18 de junio de 2007

De regreso al Cuenta Cuentos






LA HABITACIÓN DEL DESEO
Juana Castillo Escobar

La habitación del deseo aguardaba tras de aquella puerta cerrada. Desde niña llamó mi atención cada vez que, junto con mis padres y hermanos, visitábamos el viejo caserón de la abuela.
Debí comenzar este relato, cuento, escrito, o como queramos llamarle, con una variante de esa frase: la habitación de mis deseos, de mis anhelos, de mis interrogantes, del misterio… Porque, para mí, aquella habitación cerrada a piedra y lodo, era un acicate para mi fantasía, siempre viva y dispuesta a ver cosas donde no las hubiera, a inventar historias, a buscar explicaciones a lo que no las tenía.
Recuerdo que los veranos, durante los meses de descanso, cuando el colegio cerraba sus puertas y nos trasladábamos al pueblo, en el viejo caserón mis sueños eran especiales: siempre estaban llenos de magia y ternura, de hadas y duendes, de hermosas princesas y valientes caballeros capaces de vencer dragones, ogros y seres inmundos, sólo por conseguir los favores de su amada. Todos estos personajes vivían para mí, al otro lado de aquella puerta, dentro de la habitación cerrada a la que nadie daba ninguna importancia y yo, en cambio, rendí culto desde los años más tempranos de mi niñez.

-… toc, toc, toc.
Golpeé con los nudillos sobre la puerta de cuarterones gruesos y negros. Hasta mi nariz llegó el aroma a cera con la que la abuela pulía muebles, puertas y todos los objetos de madera de la casa, suelos incluidos. No obtuve respuesta. Llamé con más fuerza, con insistencia… La puerta giró sobre sus goznes, sin hacer ruido, y quedó entreabierta ante mis ojos expectantes. Avancé un par de pasos, después reculé y volví a mi posición inicial en el pasillo: un hálito frío me envolvió al abrirse la puerta, un olor a moho, naftalina y flores muertas se escapó de aquel cuarto condenado. Fue algo parecido a lo que sentí al entrar en una iglesia del norte: frío, miedo y humedad; era como zambullirme en un bosque húmedo y helador pero que me atraía como canto de sirena.
- ¿Hay alguien? –Pregunté con un hilo de voz cuando conseguí avanzar de nuevo. Metí la cabeza por el hueco de la puerta, bien asida al tirador de bronce, con una mano, y a la madera del dintel con la otra. Repetí mi pregunta-: ¿Hay alguien ahí?
Hubo un siseo. Noté como si corriesen seres minúsculos por el fondo del cuarto. Mis ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad del interior, me pareció adivinar la figura de una mujer vestida completamente de blanco, de la cabeza a los pies; también distinguí el respaldo de un sillón enorme, su silueta me recordó al trono del padre de “La Bella Durmiente” y que yo estaba harta de ver dibujado en mi libro de cuentos. Había muebles apilados, estantes, un aparador enorme con un espejo cuya luna era de color negro y, sobre la cual, el polvo dejó una pátina blanca borrada a retazos y en el que adiviné el reverbero, más que ver, de un fanal con flores secas.
Entré. El corazón galopaba en mi pecho, era un potro joven y desbocado, pero, por eso mismo, no le hice ningún caso. La puerta se cerró a mi espalda sin apenas hacer ruido. Respiré profundamente, para apartar el temor… Lo que hice fue atraer el polvo hasta mi nariz lo que me llevó a estornudar de forma ruidosa al menos cinco veces seguidas. Entonces escuché una vocecilla que dijo a mi lado:
- Salud y bienvenida.
Di un respingo. Me puse en guardia: hacía karate en el cole y, de forma inconsciente, abrí las piernas, flexioné las rodillas, y alcé mis brazos en actitud defensiva.
Hubo risas, de nuevo noté carreras en el interior de la habitación, sentí un revoloteo en torno a mi cabeza. Oí con total nitidez junto a mi oído:
- No somos tus enemigos, Betty. Todo lo contrario…
- ¿Dónde…? ¿Dónde estáis? ¡No os veo! ¿Quiénes sois? ¿Cómo sabéis mi nombre?
Las preguntas salían de mi boca a borbotones. Los brazos dejaron de taparme la cara. Puesta en jarras miré en derredor. Entorné los párpados para intentar ver algo más. De pronto se encendió una lucecita sobre mi hombro. Giré la cabeza: a la altura de mis ojos revoloteaba ¿una mariposa de luz? ¿Qué era aquello? Un cuerpecillo sonrosado sostenido por unas alas transparentes, nacaradas, que despedían destellos irisados a su alrededor.
- Hola… ¿Quién…, quién eres?
- Pues…, en realidad…, nadie…
- ¿Cómo puedes ser nadie? Vuelas… Hablas… Brillas…
- Ahora sí, pero es gracias a ti.
- ¿A mí? ¿Por qué?
- Por atreverte a traspasar la puerta.
- ¿Sólo por eso?
- Sí. Has sido muy valiente.
- ¿Valiente al entrar en esta habitación?
- Sí. Hace años que no nos visita ningún niño. Sabemos que estáis en la casa. Os oímos gritar a la hora del baño. Nos encanta escuchar vuestras risas… Pero no veníais a vernos…
- ¿Veros? ¿A quienes? ¿Sois más?
Entonces aquella mariposa de luz se hizo un poco más grande. La vi mover la cabeza asintiendo.
- Pero…, pero… ¡Eres un hada! –Logré exclamar entre balbuceos.
- Sí.
- ¿Y no tienes nombre?
- No. El último que me pusieron se me olvidó. Además, cada niño que traspase la puerta deberá bautizarme de nuevo. ¡Cada uno tiene sus gustos!
- Bueno, entonces te llamaré… Espera que lo piense… Te llamaré… Hada de Luz. ¿Qué te parece?
En lugar de responder su brillo se acrecentó. Fue como si, de repente, se hubieran encendido todas las estrellas del cielo para iluminar una noche oscura. Sonreía. En su carita redonda, de luna llena, brillaban sus ojitos negros, dos bolitas de azabache en medio de unas mejillas sonrosadas.
- ¿Vives aquí sola? –Le pregunté.
- Sí y no –fue su respuesta que me llegó acompañada por un guiño pícaro.
- No entiendo.
- Yo vivo en ese fanal –dijo a la par que se volvía hacia la cómoda, enorme y oscura y me lo indicaba con su dedito-, entre esas rosas desecadas. Pero hay duendecillos que viven entre las juntas del parquet, hadas que van y vienen, viven en el mundo exterior porque han encontrado una salida a través de ese cristal roto del ventanuco que está en lo más alto del techo. De vez en cuando tenemos visita…
- ¿Visita? ¿Quién os visita?
- La dueña de la casa. Viene aquí a descansar. A veces se sienta junto a la ventana, en ese sillón enorme, se queda transpuesta y luego, digo yo, viene también a inspirarse…
- ¿A inspirarse?
- Sí, de vez en cuando la vemos escribir. Nosotros revoloteamos a su alrededor y nos sonríe…

Ese era mi sueño de niña. Un sueño persistente, con ligeras variaciones, que me duró hasta bien entrados los once años.
Luego llegó la pubertad. Con ella cambios y complejos. La habitación continuaba siendo la misma: una puerta cerrada tras la cual crecían mis deseos. Deseos de crecer, de hacerme mayor, de convertirme en una joven delgada y bonita, alguien capaz de interesar a un caballero y que éste estuviera dispuesto a darlo todo por mí.
Murió la abuela.
Dejamos de veranear en el caserón. Hubo una época en la que mis sueños se fueron esfumando como la bruma después de una mañana de niebla.
Mis hermanos se casaron.
Crecí. También mis complejos pero, al final, encontré a alguien que me quiso, como me dijo la abuela antes de dejarnos: “Serás feliz. Llegará alguien que te quiera por lo que vales, por lo que eres y no por cómo eres, eso le dará igual. Haz caso de una vieja que te quiere y conoce bien”.
He sido madre. He vuelto al caserón de la abuela, en el que ahora vive mi madre, con mi marido y mi hija. La puerta de la habitación de los deseos continúa cerrada, ¿acaso importa? María, nuestra hija, con su media lengua pregunta: “¿Qué hay detás?”, entonces yo me siento en la mecedora, la acurruco junto a mi corazón y le cuento historias que por la noche, y cuando nadie me ve, escribo sentada en el viejo y enorme sillón de la abuela. Hada Luz me acompaña para iluminar los momentos en los que la inspiración se vuelve esquiva.
La habitación del deseo está al otro lado de la puerta de la fantasía, pero no necesito traspasarla, ella viene a mí cada noche. Es una cita no acordada a la que no falto por nada del mundo.

Madrid, 18 de Junio de 2007
19,01 p.m.

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