jueves, 10 de abril de 2014

Una historia real, o una noticia relatada


Hace tanto que no escribo que, en este tiempo, casi perdí la costumbre, las ganas, los temas y el estilo.
Supongo que, aquel que no me conozca, habrá pensado, al pasarse por mis blogs, que me desilusioné, que los he olvidado, que ya no tengo nada que decir ni qué contar…
¡En absoluto, todo lo contrario! Mi silencio se ha debido a mi falta de vista (a la mala vista, o lo que fue peor: a la escasa visibilidad que me ensombreció estos últimos años causada por unas cataratas que, al final, se convirtieron en tupidos cortinones). Una vez operada, y sin poder cantar victoria de forma completa, porque aún estoy a la espera de tener mis nuevas gafas de cerca, parece que saco mi cabeza de ese pozo de oscuridad en el que me encontré recluida.
Durante estos casi tres años, en los que noté cómo mi vista se difuminaba lentamente, me sentí mal. Muy mal. Traté de llevar a buen puerto todas mis actividades literarias: taller, radio, revista, mis escritos –poemas, relatos, novelas- pero nadie sabe, ni se imagina a qué precio. Puedo añadir que, desde finales de enero, hasta finales de marzo, me sentí como en la foto que comparto con todos vosotros: tan apagada, tan cerrada, como mi cuaderno, mi portátil, o mi pluma. Adminículos inservibles sin la mano amiga que los haga funcionar. Y yo me sentí igual.
Eso sí, escribir no escribí, no me era posible porque al operarme primero de un ojo, y luego de otro, la dificultad visual aumentó… Pero pensar… ¡No he parado de pensar en todo este tiempo! He pensado en todo y en todos. En la vida, en la muerte, en los acontecimientos acaecidos en este mundo al que no sé si llamar de Dios (como decían o dicen nuestros mayores) porque, últimamente, parece más del diablo. Me da que los dioses se han ido todos de vacaciones y nos han dejado al albur de lo que acontezca, es decir, de lo que nosotros dejemos que suceda porque, salvo las catástrofes naturales (que también las ha habido, muchas, y de las que me apeno profundamente), los levantamientos, separatismos, odios de todo tipo: raciales, de religión, de pensamiento…, las pseudo-guerras o pre-guerras que nadie para, los enfrentamientos que traen consigo las llamadas movilizaciones de paz, pero que acaban con heridos, destrozos que no deberían suceder, y más, y más enfrentamientos. ¿Es que no hay nadie con la suficiente autoridad que diga ¡BASTA, YA ESTÁ BIEN!? ¿Acaso no nos damos cuenta de que si continuamos de este modo nos iremos todos, TODOS, discúlpenme por esto, a la mierda, al infierno, al carajo o donde cada uno de ustedes que me leen imaginen?
Ya les comenté más arriba, ver aún veo mal: necesito mis gafas de cerca, hasta que las tengan me tengo que apañar con unas “prefabricadas” y que venden en las farmacias, no debo llevarlas puestas demasiado tiempo, pero el poco que consigo “arañar” lo dedico a lo que me gusta: escribir y, hoy, después de meses en silencio, los pensamientos me han salido a borbotones.
No es un cuento, es un relato tremendamente real.

Madrid, 10 de abril de 2014


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