jueves, 22 de agosto de 2013

Comparecencia de Rajoy



Ave y playa cubiertas de petróleo - Imagen obtenida en Internet

El pasado jueves día 1 de agosto de 2013, por la mañana, compareció Mariano Rajoy –Presidente del Gobierno de España- ante el Parlamento para hablar sobre un gravísimo caso de corrupción que le salpica no sólo a él, sino a casi toda la cúpula del Partido Popular (P.P.).
No vi la comparecencia al completo por T.V.
Escuché por radio algunos retazos; otras, las que nos ofrecieron las distintas cadenas en sus noticiarios; en tertulias televisadas que se hicieron eco del evento los días subsiguientes… Leí artículos. El escándalo continúa a fecha de hoy (aunque se intente tapar con otros problemas como el enfrentamiento entre España y Gibraltar; los “desfalcos” y, me perdonarán por la expresión, “metidas de pata” de su partido oponente, el PSOE, que tampoco sale muy bien parado).
En este país por lo que se está sabiendo –y se sabía y sabe- roba hasta “el tato”: el que tiene un comercio, eleva los precios al infinito; el que está en paro y lo cobra, y además “cobra en negro” trabajos que lleva a cabo sin estar dado de alta en ningún sitio; hay “pobrecitos” que tienen varios pisos y se ganan la vida explotando con alquileres imposibles a otros que sí que son pobres… Y así, suma y sigue-.
Lo primero que debo decir es que siento vergüenza ajena, muchísima vergüenza. Vergüenza en el momento de decir “soy española”. ¿Por qué debería tenerla? Simplemente, porque soy honrada, porque no entiendo cómo se puede llegar a ese nivel de avaricia, sobre todo las personas que viven por encima de su nivel y que quieren vivir aún mejor. Estas personas suelen ser de derechas –bueno, hoy día creo que no hay derecha ni izquierda en este caso-, pero es indudable que los de derechas son benévolos con esta “panda de chupópteros” que nos gobiernan, porque o les perdonan todo lo que hacen, o ellos hacen igual o les gustaría hacer lo mismo.
Esta reflexión se me está yendo de las manos. Se me escapa la indignación y, así salen, “pelusas” incluso del eoceno.

Lo que en realidad quise poner de relieve, desde el principio era:

1º.- Los señores políticos llegaron al Senado como si se dirigieran a la T4 del aeropuerto de Barajas: cargados con sus maletas, con premura porque tenían que irse de vacaciones.

2º.- Una vez dentro del edificio, sobre todo los situados en las alturas (alcaldesa de Valencia, Cospedal, y alguno que otro más, estaban más pendientes de su smartphone que de las palabras de su “líder” ¡Estarían consultando el reloj :-) !).

3º.- En cuanto al discurso del Sr. Rajoy… Indudablemente escrito por otra persona, como digo, no lo escuché entero; sí retazos del mismo. De él, lo que más me llamó la atención no fueron las negaciones del presidente (muy dado a minimizar y/o negar los problemas, como cuando se hundió el Prestige frente a las costas de Galicia y él, al dar la noticia por T.V. nos informó que de aquel barco sólo “salían unos hilillos de plastilina”… ¡Y tuvieron que venir voluntarios de toda Europa para ayudar a limpiar las playas del chapapote que las cubría y que acabó con la fauna marina y las aves del entorno que aún recuerdo cormoranes y gaviotas embadurnados de petróleo!). En fin, también Pedro negó tres veces a su Maestro y Él le perdonó, tal vez Rajoy piense que con él sucederá lo mismo: que le perdonarán, aunque hay muchos que sí lo harán porque no ven más allá de sus narices.
Retomo la reflexión, lo que me llamó la atención fue una frase, o latiguillo muy utilizado cada vez que leía un párrafo: "fin de la cita".

“Fin de la cita”, ¿quien le escribió el discurso no le advirtió que eso no debería ser leído? ¿Fue M. R. quien dijo que ya sabía hasta dónde debía leer y dónde no? ¿Se repartieron entre los peperos copias de dicho discurso en las que, donde para el presidente ponía “fin de la cita”, para sus adláteres estaba escrito “Aplausos”, “Bien”, “Bravo” o cualquier otra palabra de apoyo? ¡Claro, tal vez por eso miraban sus teléfonos móviles: para saber cuándo debían jalear a su “lider”!

¿Saben lo que me recordaba? Mejor, ¿a quién me recordaba? A Joaquín Prats o a Mayra Gómez Kemp en el “Un, dos, tres”, cuando tenían que leer una pregunta su final era: “…y hasta aquí puedo leer”.

Y, casi para acabar, pondré un ejemplo literario que será más comprensible: era como “Bartleby, el escribiente”, el protagonista anodino que da nombre a este relato incomparable del gran Herman Melville. Bartleby, un hombre anodino, ambiguo, vacío a quien, cada vez que se dirigen a él en la oficina donde trabaja, responde con un: “Preferiría no hacerlo” y continúa con su mutismo. Con esto, el autor, consigue crear una atmósfera agobiante, nos representa a un empleado mediocre que, a mi modo de ver, ni sangre tiene en las venas. Pues ese “Fin de la cita” de M. R., me llevó a recordar todo esto y, si me apuran, a ponerle cara y cuerpo a Bartebly.

4º.- Y lo peor de todo esto, cuando llegue el momento de votar ¿a quién hacerlo? ¡Son todos el mismo perro, pero con diferente collar! 

Juana Castillo Escobar.
Madrid, 22 de agosto de 2013 – 13,23 p.m.