martes, 24 de mayo de 2011

Un relato corto para casi acabar el mes

Teatro Español - Madrid - Imagen obtenida en Internet

ENSAYO
Juana Castillo Escobar ®



- Está usted despedido –atronó la voz del hombre-. Puede largarse. ¿Qué viene ahora?
- La escena primera del Primer Acto –se le oyó decir a la asistente con un hilo de voz.
- Esperemos que éstos sean mejores… ¡Veo que no estrenamos “La separación de Ramírez” en la vida! ¿Tan difícil es ser un poco congruente? Vamos, saber actuar…
Desde el escenario se escuchan toses. El director de escena toma asiento. Abre el texto y, con un movimiento de brazo, indica a los dos actores que pueden comenzar su representación. El hombre lee entre dientes y observa, es como si tuviera cuatro ojos.

ESCENA PRIMERA. Entre dos luces. Un despacho lleno de humo. Una mesa de madera negra, lo más parecido a un viejo escritorio castellano sobre el que hay pliegos de papel, proyectos, un antiguo teléfono de baquelita. Dos hombres en el escenario. Uno, grueso, está sentado, mira uno de los pliegos de papel, fuma un enorme y caro Habano. El otro, delgado, casi transparente, de voz chillona, está de pie.

DON EUGENIO.- Vamos, vamos, Ramírez… ¡He visto muertos con más sangre que usted!
RAMÍREZ.- Es que, don Eugenio, no creo merecerme esto.
DON EUGENIO.- ¿El qué? ¿Su despido?
RAMÍREZ.- Claro, ¿qué si no?
DON EUGENIO.- Pero, Ramírez, ¿usted cree que estos planos son de recibo?

RAMÍREZ suspira con indolencia, se restriega las manos con fuerza, como si las tuviera heladas. Intenta sonreír. Mueve la cabeza hacia la derecha, para apartar el flequillo que le cae, rebelde, sobre los ojos. DON EUGENIO se repantinga en el sillón, da una larga calada al puro y le echa el humo a su interlocutor que tose con cautela.

DON EUGENIO.- Ramírez, últimamente está usted en muy malas condiciones.
RAMÍREZ.- Comprenda… Desde que me separé…
DON EUGENIO.- Ya… Desde que se separó sólo piensa en muslos y pechugas. Porque, Ramírez, esta columna no me negará que es una pierna, hermosísima, pero una pierna de fémina. Y este adorno en la cornisa un pecho con todas las de la ley. Y no le digo lo que ha puesto sobre la entrada principal porque, porque…

RAMÍREZ avanza hacia el escritorio, en actitud humilde. Intenta girar la butaca de cuero para sentarse frente al hombre grueso, que es su jefe. Quiere justificar sus lapsus a la hora de proyectar el nuevo edificio que tiene entre manos. Sabe que es un gran arquitecto y desea hacerle saber a su jefe que no volverá a ocurrir, sólo que ahora pasa una mala racha.

Pero el hombre delgado calcula mal el espacio. Intenta tomar asiento, tal y como está escrito en el texto. Y, sin saber cómo, el brazo del sillón: lo más parecido a una hoja de acanto casi en forma de garra, se le hinca en sus partes. El dolor hace que el hombre se enrosque sobre sí y exclame saliéndose del guión:
- ¡Dios, me he cascado los dos!
- Tío, que eso no está escrito…
- ¡Y a mí qué! –Sin poder respirar, jadeando, añade-: Si te los hubieras dejado tú en mi lugar… Me gustaría verte. Seguro que pegabas saltos como un canguro.
- Venga, sigue, que se nos va a jo…
- Que se joda lo que sea. Yo sí que lo estoy. ¡Dios, cómo duele! Se me acabarán saliendo las yemas por la boca; las siento en la garganta…
- Vamos, hombre, resiste… Es la mejor comedia que nos ha salido en meses…
El otro no hace caso de las palabras de su amigo. Continúa con sus quejas:
- Y, encima, esta peluca tan llena de piojos…. ¡Me están comiendo vivo! Vaya atrezzo… –el hombre delgado se quita la peluca y la tira sobre la tarima del escenario. Se rasca con avidez la calva que le brilla bajo los focos.


Desde el patio de butacas, una voz grave, estentórea les grita:
- Ustedes dos: quedan despedidos.
La asistente se encoge en la butaca. Masculla: "Como siga así este tío desbarata la compañía al completo. Y a estas alturas a ver dónde vamos a buscar... ".
La voz del director, que grita airado, corta su pensamiento. En el patio de butacas sólo se le oye a él:
- Venga, que pasen los suplentes. No he tenido que aguantar a unos actores tan indisciplinados, tan malos, en todos los días de mi vida. Porca miseria!

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