miércoles, 5 de agosto de 2009

Regreso de vacaciones

Regresé de vacaciones, contenta, feliz, descansada, con los ojos y el alma repletos de mar, del azul verdoso del Atlántico, de cielo, del verde paisaje de la montaña, también de lo agreste de la misma. Porque en Tenerife pasa de estar a cero metros sobre el nivel del mar a, en menos de media hora, a mil metros sobre él.


Crees tocar el cielo, porque el cielo se viene encima. Cascadas de nubes te envuelven, caen por las laderas, espuma, algodón líquido que ciega, que casi aterra, que hace desaparecer la carretera, que te hace volar, que te lleva al mundo de la cumbre...

A una cumbre donde brilla el sol, abrasador, inmisericorde, un sol que no te da tregua, que se sabe el amo y señor del paraje, agostado por él, pero también por él bendecido con pequeños matojos aún verdes, con flores que parecen de papel, casi secas, con lagartos que no le temen y pasean bajo sus rayos y una tierra volcánica que presenta todos los tonos de rojos, ocres, arena, grises y negros que se conocen bajo el espectro de colores.




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