martes, 10 de febrero de 2009

Un relato para todos los públicos

Caballeros medievales enfrentados en un torneo
E L T O R N E O ®
Juana Castillo Escobar

En lo alto el limpio cielo, desnudo de nubes, como pintado de azul. Bajando, poco a poco, una pradera verde esmeralda circunda las ocres arenas del palenque. Acercándose aún más, se puede distinguir el lugar del encuentro: la tierra, cercada con maderos engalanados con guirnaldas de flores, estandartes y escudos de armas de los combatientes. La tribuna aún permanece vacía.
Poco a poco el espacio se llena. Villanos, saltimbanquis, pícaros y campesinos ataviados con trajes de lana oscura, ocupan el entorno. Traen consigo una sorda algarabía. Caballeros en sus monturas van apareciendo por los ángulos de aquel recinto. Toman posiciones entremezclándose con las gentes unos, aguardando a los reyes en la tribuna, otros.
Pajes vestidos con ternos de alegres colores hacen sonar las trompas. Es un día festivo. Se celebra la llegada de la primavera con ferias, bailes y torneos en los que, los caballeros combatientes, buscan la gloria.
La pradera se llena por momentos de gentes venidas de todos los rincones.
En la arena, los ayudantes van de un lado a otro dando los últimos toques, colocando armas y escudos en los lugares correspondientes.
Silencio. Llegan el Rey y la Reina. Descabalgan de sus monturas y, cogidos de la mano, suben al estrado sentándose en sus tronos. La nobleza, gentileshombres y caballeros experimentados les acompañan. De éstos, algunos de ellos, tienen la tarea de arbitrar el torneo. Son los jueces de la liza.
Los aldeanos rompen el silencio cuando, desde sus posiciones, ven llegar a los dos paladines: El Caballero del León y El Caballero de Esmeralda. Suenan vítores, aclamaciones y un gran alboroto inunda el entorno.
- Os venceré, tenedlo por seguro -dice, a través del yelmo, el Caballero del León con voz metálica.
- No vendáis la piel del tigre antes de haberlo cazado -le responde el Caballero de Esmeralda, haciendo que sus palabras resuenen silvantes a través de la ventalla del casco.
Las monturas de los litigantes marchan a paso lento, suben y bajan el cuello con dificultad por el peso de la barda. Los jinetes tiran de las riendas. Llegados ante la tribuna, los caballeros hacen una reverencia. Suenan las trompas. Cabalgan de nuevo y van a situarse en sus puestos. Antes de que cada uno de ellos se ponga a uno u otro lado de la tela, se dirigen metálicas palabras:
- ¿Qué arma elegís, Caballero de Esmeralda?
- Para empezar tomaré el hacha.
- Bien, señor. Yo escojo las mazas -responde el del León, y con un ligero trote se apresta al combate.
De nuevo el sonido de la trompa. El juez da la señal, los contendientes aguijonean sus monturas con el pico de las espuelas. Los caballos se encabritan, se quedan sobre los cuartos traseros, de un salto emprenden el galope y dejan a ambos hombres frente a frente. Entrechocan los hierros. El Caballero del León es diestro en el manejo de las mazas, hace que el de Esmeralda se tambalee varias veces, pero éste es ágil y esquiva los golpes parapetándose tras el escudo. En una de las embestidas, el Caballero del León le pilla desprevenido haciendo que el hacha caiga de sus manos. El vocerío inunda el cercado.
- ¿Aún queréis continuar? -pregunta ufano el del León.
- ¡Hasta la muerte! -es la escueta respuesta.
- Seguiremos con las lanzas. Rápido, rápido -vocifera el primer caballero.
Nuevamente en sus puestos. Uno a cada lado de la tela. Tocan con la punta de sus lanzas la visera del casco saludándose, espolean a los caballos que trotan pesados bajo la carga de sus armaduras. Hay un fuerte encontronazo. El Caballero de Esmeralda da con su lanza en el quijote de su enemigo quien, tocado más que nada en su orgullo, se revuelve furioso y roza el peto del adversario. Otra vuelta a lo largo de la tela. El de Esmeralda hace arrastrar la punta de la lanza por la grupera de la montura de su rival. El del León toca la hombrera del adversario, con tal furia, que se le parte la vara. El Caballero de Esmeralda cae pesadamente del corcel.
- ¿Aún seguís queriendo más? -dice el del León-. O, ¿dejamos aquí la liza? Los jueces pueden nombrar ya un paladín.
El vocerío atruena y ensordece. La soberana se revuelve en su trono. El rostro se le ha puesto azul como el cielo, pero se serena con rapidez.
- No, no dejamos la liza, señor. Ahora a espada -reta el Caballero de Esmeralda.
Comienza la lucha cuerpo a cuerpo, sin monturas. La contienda se efectúa bajo la tribuna. El de Esmeralda es rápido y audaz con la espada. Está bien entrenado. De un certero tajo, corta el penacho de plumas blanquiazules del casco de su adversario. El del León se encuentra acorralado y herido en su amor propio. Hay un instante de titubeo que aprovecha el Caballero de Esmeralda para golpearle sobre el faldar. Salta a su alrededor, le da en el guardarrenes. Por último, un diestro choque en el peto le hace perder el equilibrio y caer al suelo plúmbeamente.
El Caballero del León ha mordido el polvo. Su adversario le mantiene caído, el escarpe sobre el vientre, la punta de la espada sobre la gorguera. Sereno, aguarda el dictamen del jurado...
Desde fuera del palenque una voz terrenal, femenina, se deja oír con claridad:
- Iván, desconecta el ordenador. ¡La cena está servida!
Y, donde hace unos instantes hubo lucha, cielo azul, gentes y voces metálicas, tan sólo queda ahora el agujero negro de la pantalla.

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Nota.- Este relato fue publicado por la revista MH (Mujer de Hoy), número 84. Semana del 18 al 24 de Noviembre de 2000, página 62.

También lo tuve publicado en my space (05-XII-22), lugar del que viene trasladado.
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