martes, 16 de diciembre de 2008

Un paisaje, un relato

Imagen internet
El monte de la soledad ®
Juana Castillo Escobar


El coche va tragando kilómetros. Samuel conduce pensativo. A su memoria le viene la imagen de su madre y a sus oídos le llegan las advertencias, los miedos de ella: "Samuel, ¿dónde te has metido? Baja de ahí, no quiero que andes por el monte, puedes extraviarte".
Cada verano regresaban al pueblo, a la vieja casa de adobe de los abuelos y, cada verano, Samuel intentaba escabullirse de la vigilante mirada de su madre, quería "perderse" por aquella montaña que le estaba prohibida y que le atraía cual canto de sirenas. Quería conocer su misterio, el por qué de tanto miedo no lograba entenderlo, sólo sabía que su curiosidad aumentaba día a día.
De vez en cuando su padre ayudaba: "Eloísa, que no se va a morir porque suba unos metros por el monte, le vas a entontecer. Ya no es un bebé". Pero su ayuda servía de muy poco ante la testarudez de la madre, muy marcada por el pasado. "No quiero que le ocurra lo mismo que a mi hermano -decía en un susurro-. A Samuel, no". "Por Dios, Eloísa, eso sucedió hace años, las circunstancias eran otras, estábamos en guerra...", toda reflexión era desoída. Eloísa no daba su brazo a torcer; es más, cuando Samuel contaba unos diez años, dejaron de ir al pueblo de veraneo tratando que el niño olvidase su "insana curiosidad".
Los años habían transcurrido veloces. Samuel creció, estudió una carrera y acabó federándose en un club de alpinistas que hacían escapadas al monte cada fin de semana. Y, cada fin de semana, Eloísa no paraba de aconsejarle, de disuadirle, de intimidarle, pero sin ningún resultado. Samuel ya era un hombre y aquélla era su vida: reportero gráfico en una prestigiosa revista dedicada a la naturaleza, gracias a la cual recorría el mundo y sus misterios.
Ahora, al volante del todo terreno, regresa al pueblito de su niñez. Su madre falleció hace meses y él, tras ejecutar el testamento, ha decidido llevar a cabo lo que hace más de medio siglo era su mayor empeño: subir al Monte de la Soledad. Inconscientemente va pidiendo perdón a su madre por desobedecerla, pero ya va siendo hora: después de haber subido al Himalaya, fotografiado las altas cumbres del Kilimanjaro y recorrido los Andes desde Perú hasta la Patagonia , aquel montecito no es nada, tan sólo una espina clavada en su costado.
- Tal vez, cuando llegue, no encuentre a ningún conocido -murmura-. Lo que sí es cierto es que a mí no me reconocerá nadie. Y la casa, estará prácticamente hundida; en fin, es mi herencia, ya veré lo que hago con ella. Tal vez la venda, dependiendo de cómo se encuentre...
Casi sin darse cuenta ha llegado al final del trayecto, se le ha hecho muy corto el viaje. Aparca en la plaza, frente a la casa de adobe: "No está tan mal como pensaba". Sale del coche, se estira, coge una Nikon de grandes dimensiones y de la guantera saca las llaves del portón. Cuando está acercándose a la entrada sale de la casa un anciano que le mira con gran curiosidad.
- A la paz de Dios -le dice con voz temblorosa, tanto como sus piernas-. ¿Cómo tan tempranico por aquí? ¿Busca a alguien?
- Buenos días -Samuel le observa, le parece alguien conocido, pero después de tantos años duda-. ¿No es ésta la casa de los Yela?
- Pos claro que sí. Yo soy el encargao de cuidarla. Pascualón, pá servirle, la Eloísa me dejó unas llaves y yo vengo de vez en cuando a darle un repaso. ¿Si pué saber quién es usted?
- Yo soy Samuel, tío Pascualón, el hijo de Eloísa...
- ¿El mocoso aquel que na más quería irse p´al monte?
- Ése, ése mismo. ¡Qué alegría tan grande ver a alguien conocido! -le abraza con efusividad.
- Rediez, qué grande estás. ¿Pos y tú madre, cómo s´encuentra? Ya hace que no hay noticias d´ella.
- Mi madre murió el año pasado, seis meses después que mi padre -una nube de tristeza cruza su frente.
- Vaya, pos sí que lo siento, muchacho. Mia tú, les tenía yo apego. ¿Has venío a ver cómo está la casa? Llegas a tiempo, aún no he cerrau la puerta ansí que pasa, pasa y acomodate, estás en la tuya. Si quiés algo ya sabes, en la puerta d´al lao me ties.
- Gracias, tío -le responde Samuel-, ahora iré para allá. Primero quiero dar una vuelta por el interior.
Curiosea por la casona. Sube al segundo piso. La verdad es que está mucho mejor de lo que se esperaba, todo en orden y casi lista para vivir en ella. Tal vez lo haga, lo suyo con Susana hace tiempo que acabó, no tiene domicilio fijo y éste puede ser el mejor refugio para su soledad. "Quizá a los niños les guste, podríamos hacer excursiones por el campo, tal vez la montaña les atraiga tanto como a mí". Sale de la casa y se acerca a la de su tío Pascualón, éste le espera sentado en el poyete de piedra.
- ¿Cómo has encontrao to?
- Muy bien, parece que no han pasado los años.
- Me dice la Resti si te vas a quedar a comer con nosotros.
- He pensado subir al monte, aprovechar la mañana.
- ¿Y vas a subir así, sin ná? Espera, te voy a preparar algo.
Entra en la casa y, al cabo de poco tiempo, aparece con un zurrón en una mano y una lámpara de aceite en la otra.
- Ten, la Resti t´ha puesto medio queso, un piazo pan, algo de chorizo y una navaja. También va una bota de vino. Llévate esta lámpara de aceite, por si las moscas.
Samuel le interrumpe:
- No tenías que haberte molestado tanto, llevo comida en el coche, agua y algunas cosillas más.
- Güeno, ¿qué importa? Ansí subíamos al monte hace años. Aunque hoy paece mal día, viene mu negro por allá abajo. Y, cuando lo negro viene de Toledo, malo, se lían unas tormentas que dan miedo. Yo que tú lo dejaba pa´ otro día.
- No tengo otro día hasta las próximas vacaciones. Si he venido hoy ha sido por subir a la montaña, no me iré sin haber satisfecho mi curiosidad. Gracias por todo, cuando baje entraré a despedirme. Creo que nos veremos a menudo.
Samuel camina a buen paso por el campo. Se ha colgado el zurrón al hombro y la lámpara de aceite del cinturón como recuerda habérselo visto hacer al tío Pascualón. Busca entre las jaras y los matorrales alguna rama que le sirva de bastón. La ascensión es suave, va observando el paisaje de bosque mediterráneo y monte bajo que le rodea. Las abubillas cantan en las ramas de los carrascos, algunas urracas vuelan a su alrededor, como observando al intruso que les fotografía sin cesar. El campo huele a romero, tomillo y espliego. "Ah, ¡por qué mi madre no me dejaría disfrutar de todo esto cuando era niño! Es una delicia. He tenido que recorrer medio mundo para poder llegar a este lugar apartado con veinticinco años de retraso". Hace un alto en el camino, mira hacia el pueblo que ya ha quedado muy atrás, tanto, que visto desde allí arriba, más parece una estampa de nacimiento que otra cosa.
- Tenía razón el tío Pascualón, esto se está poniendo muy negro. ¡Menuda la que se está preparando! -Exclama con un silbido.
El cielo parece un mar embravecido de olas oscuras que corren a merced del viento. A lo lejos se empiezan a ver las culebrinas de los relámpagos. "Debería regresar -piensa Samuel-, pero el pueblo me queda demasiado lejos; la tormenta me cogerá a medio camino. Sé que por aquí había cuevas, de la época de la guerra, donde la gente venía a resguardarse cuando oían los bombardeos. El caso es que más abajo he visto varias, ahora da la impresión que han desaparecido. Quizá no haya ninguna más adelante". Un relámpago cercano, seguido por un trueno descomunal le hace correr cuesta arriba. Empiezan a caer gotas de lluvia, cada vez son más grandes y más seguidas, los relámpagos más deslumbrantes y los truenos insoportables.
Se siente fatigado, "Dios, los años no pasan en balde, como no encuentre un refugio veo que me quedo achicharrado bajo una encina. Al final voy a tener que dar la razón a mi madre. ¡Quizá sea ella quien me envía la tormenta, claro, está cabreada porque la he desobedecido! Lo siento, madre, -grita mirando al cielo-. Esta curiosidad me estaba matando desde niño, tenía que subir este monte y lo estoy haciendo, perdóname". Su alarido se empareja con un sonoro trueno que le hace dar un salto hacia atrás, una mata de retama, muy bien colocada, tapa la boca de una cueva en la que cae de espaldas.
- ¡Qué costalada acabo de pegarme, Dios! ¡Al final me tienen que bajar del Monte de la Soledad en angarillas!
Se sacude la ropa, húmeda por el agua de la lluvia; limpia su Nikon, cerciorándose de que no le haya ocurrido nada irreparable; se descuelga del cinturón la lámpara de aceite, del bolsillo interior del chaleco saca un encendedor y prende la mecha. Mira a su alrededor con gran curiosidad: la entrada de la cueva es bastante angosta, oscura, pero allí no entra el agua ni los relámpagos, es un buen sitio para esperar a que escampe. Samuel abre el morral, la caminata le ha abierto el apetito, y el olor de las viandas preparadas por tía Resti más aún, se sienta sobre una piedra y, cuando está a punto de cortar el primer pedazo de queso, siente un aire frío rozarle la nuca, parece que aquella cueva es más profunda de lo que creía pues del interior vienen una especie de susurros, de ruidos extraños.
Guarda el pan, el queso, la navaja..., y se cuelga de nuevo el zurrón al hombro, la Nikon del cuello, se pone en pie con la lámpara de aceite a la altura de su cabeza y mira a su alrededor. La entrada de la cueva no es tan estrecha como le había parecido en un principio, hay una especie de muro que la divide, una entrada lateral le lleva a un pasillo pedregoso, húmedo, oscuro y no muy ancho. "Esto es lo mío, ¿qué habrá más allá? Al final descubro un yacimiento prehistórico y me hago famoso". Aguza el oído, de hecho se oyen cánticos, muy apaciguados, muy lejanos pero son cánticos salidos de una garganta humana, no son aullidos ni el ulular del viento a través de una chimenea o de alguna oquedad.
Samuel camina lentamente, está demasiado oscuro por lo que alarga la mecha de la lámpara: "Esto ya es otra cosa, ahora veo mejor -suspira-. Puagh, qué olor más fétido -escupe."
Según va adentrándose por el largo pasillo el aire se hace más caliente, un olor acre (mezcla de moho, orina y humo) le envuelve. "Se estaba mejor afuera, esto levanta el estómago al más pintado. Parece que me he transplantado al Tíbet, allí no aguanté y aquí no sé si acabaré vomitando hasta la primera papilla". Mientras va mascullando esto el rumor que le llega desde el interior se hace más audible, aguza el oído, y escucha:
- Agnus Dei, qui tollis peccata mundi. Miserere nobis. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrix...
- Me cago en..., si están hablando en latín, están rezando una letanía. Lo mismo me he colado en la cueva de un ermitaño.
Cada vez se oye más cercana la oración, el pasillo se ensancha acabando en seis escalones que le dan paso a una gran sala de forma oval e iluminada por cuatro fogatas situadas en los lugares más estratégicos; en el centro de la misma hay otro gran fuego encendido, sobre éste se está asando algo. "Quizá sea la comida del ermitaño -piensa Samuel". Él no se ha dado cuenta, pero los rezos han terminado de repente. Apaga la lámpara de aceite y la deja sobre un saliente de la roca, el zurrón lo deposita en el suelo, la Nikon continúa colgando de su cuello. Mira a su alrededor, la belleza de aquel lugar le llena de placer: el techo de la cueva parece que está cuajado de estrellas por lo brillante, dos grandes estalactitas que van del techo al suelo, dividen la gruta en dos enormes salas, hay cuevas pequeñas horadadas por las zonas bajas de las paredes semejantes a habitaciones. A su izquierda ve un semicírculo, oscuro, semejante a un ábside; camina unos pasos hacia ese lugar, se siente atraído por lo que parece un altar: aprovechando un saliente de la roca "el ermitaño" lo ha cubierto con un paño, que en otros tiempos debió ser blanco, bordado, quizá de hilo de Holanda... A pesar de la escasa luz se le ve ajado y roto. Sobre este altar hay un bulto en posición yacente, Samuel se acerca más, entre penumbras ve los restos insepultos de un niño, su esqueleto.
- ¡Dios! ¿Qué es esto? -exclama en voz alta, tan alta que resuena por toda bóveda de la gruta.
A su espalda unas pisadas le hacen volverse con rapidez. Frente a él está "el ermitaño", con cara de pocos amigos y blandiendo un grueso garrote. Samuel se asusta, no por su actitud belicosa, sino por su aspecto: es un anciano encorvado, de ojos brillantes, cabellos blancos, largos y ralos; la barba le llega hasta la cintura, las cejas son anchas y espesas. Sus manos, nudosas y deformadas, presentan uñas largas unas, rotas otras, ennegrecidas todas ellas. Los pies los lleva envueltos en pieles, sus ropas son verdaderos harapos.
- Tranquilo, amigo -le dice, tratando de apaciguarle-, no sabía que aquí vivía alguien. Siento haberle asustado.
El viejo le mira, parece no entenderle, aún continúa con el bastón en alto. Con voz gangosa logra articular algunas palabras:
- ¿Dónde tú tienes el palo de fuego?
- ¿Qué palo de fuego?
- Ese que: pum-pum-pum y mata.
- ¿Un rifle? ¿Te refieres a un rifle? Yo no tengo rifle, ni pistola, ni palo de fuego. Vengo en son de paz.
- ¿Paz? -deja el bastón en el suelo y se sienta sobre una piedra, le señala a Samuel otra invitándole a sentarse- ¿Ya no hay hombres que matan? ¿Comer quieres? Es animal de río, come -le alcanza un trozo de rata asada-. Es carne, buena, no siempre tengo carne.
- No, gracias. Si quieres he traído comida: queso, chorizo y vino.
- ¿Vino? Yo no bebo, no deja mamá. Queso sí, chorizo sí. ¿Tienes pan? Desde entonces no como pan.
- ¿Desde cuándo?
- Desde la guerra. Desde que huimos de los hombres que mataban. Desde que me perdí.
Samuel le observa con curiosidad, empieza a atar cabos, le pide que le cuente su historia a lo que el viejo accede:
- De mañana sonaron bombas, en el otro pueblo. Padre nos despertó. Madre esperaba otro hijo, no podía subir deprisa hasta la cueva, se quedó abajo. Martín, el hijo del tío Pascualón, iba con mí; corrimos cuesta arriba, nos perdimos. Un hombre con rifle le mató, se cayó encima de mí, yo me asusté, me dieron golpes, creyeron que yo muerto también y se fueron. Ya no bajé, sólo a buscar el arcón de madre. Me quedé solo.
- ¿Te acuerdas de cuál es tu nombre?
- Sí -titubea- Antonio. Antonio Yela. De los Yela de...
Samuel no le deja continuar, atropelladamente le cuenta que él es su sobrino, que su madre tuvo una hija, que dio a luz junto a una de las cuevas más cercanas al pueblo, que los "hombres que mataban" la dejaron en paz, que ahora todo estaba tranquilo y él podría regresar y vivir en la casa de adobe de los abuelos, al fin y al cabo le pertenecía en buena ley; vivir como una persona y rodeado de personas. El pobre viejo mueve la cabeza, titubea, aquello le suena a locura "hace tanto tiempo que no está con el resto del mundo que ha muerto para él."
- Si voy de aquí ¿dónde llevo a Martín?, además ya no puedo con el arcón de madre.
- No te preocupes, a Martín vendría a buscarle más tarde con algunos hombres del pueblo, el arcón tal vez pueda bajarlo yo. ¿Dónde está?
- Aquí, en agujero.
Samuel lo saca con cuidado, es una gran caja de madera bien trabajada, ahora es de color verdinegra por el musgo que se le ha adherido por los bajos. Aún conserva los herrajes, aunque oxidados. "¿Puedo abrirlo? -pregunta."
- Sí.
El arcón contiene de todo un poco: fotografías antiguas, un bolso de fiesta, un traje de pana ("El traje de los domingos, era de padre -le explica Antonio-"), un vestido de novia bastante bien conservado a pesar de las circunstancias, unos zapatos de tela, dos candelabros, restos de vajilla, monedas de la República y anteriores, libros, cartas de amarillento papel... "¡Ah, -exclama Samuel- si hubiera encontrado todo esto cuando tenía diez años, menudo tesoro! ¡Cuántos sufrimientos se habría ahorrado mi madre, habría conocido a su hermano! ¡Qué cantidad de vueltas da la vida! Cuando regresemos el tío Pascualón no lo va a poder creer. Enterrará a su hijo, se quedará tranquilo sabiendo dónde está".
- Tío Antonio, cuando acabemos de comer te vendrás conmigo. Tienen que saber que estás vivo. Pascualón se llevará una gran sorpresa. Regresarás al mundo de los vivos, pero antes tendré que adecentarte un poco, también te llevaré al médico... -Samuel le va enumerando todo lo que piensa hacer, Antonio le escucha, asiente con la cabeza mientras da buena cuenta de lo preparado por tía Resti-. Dejaremos esto tal y como me lo he encontrado, vamos a ver si ya ha parado de llover, si es así emprenderemos el camino de regreso.
Antonio se levanta con lentitud, le sigue como si de un perrillo amaestrado se tratase; Samuel recoge sus cosas, enciende la mecha de la lámpara de aceite y, abriendo la marcha, se dirige hacia la salida. Los densos nubarrones de unas horas antes han dado paso a un cielo azul, en el que el arco iris luce como celebrando la vuelta del "niño perdido". Atrás queda la cueva, las ilusiones de Samuel por hacerse famoso tras encontrar "un tesoro escondido", han dado lugar a la alegría sincera de tener junto a sí a alguien que daban por muerto desde hacía años, por haber satisfecho su curiosidad por el Monte, pero quedándole aún por explorar la cueva y un arcón y un anciano llenos de recuerdos…, pero esto ya es materia para otra historia.
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Nota.- Este relato está publicado en www.estandarte.com y pertenece al cuaderno "El giraldillo (Veintiún relatos y un poema)", presentada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid y Registrado con el nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de Agosto de 2006.
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