martes, 16 de septiembre de 2008

Antes de acabar el verano, un relato breve

Foto Google - Niños mineros
Camino de vuelta
Juana Castillo Escobar ®




Son las cinco de la madrugada y, como todos los días, me encamino al trabajo junto a mi padre. Él es un hombre alto, fornido, algo cargado de espaldas, de voz ronca y tos fuerte. Siempre lleva el pico al hombro. Su rostro, surcado de arrugas, triste y renegrido por el hollín que forma parte de él, no sonríe casi nunca.
Yo soy un niño. Sólo tengo seis años, pero soy imprescindible en la mina, al igual que otros muchos hijos de mineros: nosotros cabemos mejor que los mayores por las pequeñas vetas, somos sus ojos, ratoncillos que buscan por los rincones más estrechos la veta del codiciado metal. Me gustaría ir a la escuela, como van los hijos de los ingenieros, pero soy el primogénito de una larga familia que se dedica a esto por generaciones y de una familia grande que se moriría de hambre si yo no trabajara porque, aunque soy pequeño, mi sueldo es de gran ayuda en casa, así se lo he oído decir a mi padre y así debe de ser. Yo me siento orgulloso y feliz cada vez que bajo al pozo y, con el casco y la linterna, me adentro en las entrañas de la madre tierra. Es como hacer el camino de vuelta hacia el útero. Es como desnacer…
-Eso no se dice. El verbo desnacer no existe.
-Es igual. Mira, algo que he inventado.
Sí, lo recuerdo bien, muchacho. Todas las mañanas pensaba esto. Ahora, después de setenta años, y de haber malvivido, he llegado a la conclusión de que sólo eran ideales románticos, de niño, los que me hacían pensar así. Quería parecerme a mi padre. No pude crecer. ¡Qué lejos estaba de imaginar el infierno que vino pocos años después! Mi padre, aquel coloso renegrido, quedó sepultado bajo toneladas de piedra a causa de una explosión mal dirigida. Y yo, mírame bien, chico, yo me he quedado solo, acogido por caridad en este asilo, donde tú, mi cuidador, me escuchas o haces que me escuchas para tenerme contento. La mina, aquella a la que yo me entregaba con ardor cada mañana me dejó ciego, impotente, tullido, enfermo. No pude ir a la escuela. No pude tener hijos a quien escribirles o contarles mis sueños. Me veo solo, de nuevo de madrugada, a la entrada del túnel que me devolverá, al igual que en mi infancia, al seno de la madre tierra en camino de vuelta, un camino sin retorno.
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Nota.- Este relato también está publicado en la página web www.estandarte.com
Pertenece al cuaderno titulado "El giraldillo (veintiún relatos y un poema)", está registrado en Madrid, nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de agosto de 2006.


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