sábado, 27 de septiembre de 2008

Publicación del primer libro del Taller Literario que dirijo


Pluma y Tintero tiene el placer de invitarte a la presentación y lectura de la antología Un sueño dorado, primer libro de relatos del Taller.
El acto tendrá lugar en el Centro Cultural “Pablo Picasso” el próximo día 13 de octubre, lunes, a las 19 horas. Calle Seseña, nº 9.
Autobuses: 25 – 55 – 138
Metro: Casa de Campo, Campamento y Aluche.
Nos encantará encontraros allí,
Las autoras.
Madrid, 27 de Septiembre de 2008
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Nota.- Todo aquel que desee un ejemplar puede solicitarlo y se le enviará por correo postal contra reembolso de 14 €, más los costos devengados por gastos de empaquetado y envío.
Contactar vía e-mail con Juana Castillo:
plumaytintero@yahoo.es
Tenéis que mandar: nombre y apellidos, dirección (calle, número, piso), código postal, provincia y país.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Para darle la bienvenida al otoño... Un relato.

OCASO ®

Juana Castillo Escobar




Había comenzado a anochecer. Por momentos las nubes se teñían de tonos que iban del coral al violeta. Hiela. El otoño se ha presentado antes de tiempo y mucho más desapacible de lo habitual.Cuando el parque quedó vacío de los escasos niños que aún jugaban en él, Adán permaneció sentado en uno de los bancos de madera. Observa el entorno. Su entorno. Ahora lo envuelve un fantasmagórico silencio que él rompe con su voz entrecortada y gangosa:
-Ya puedo acercarme hasta mi contenedor.
Con parsimonia Adán se levanta del asiento. Camina encorvado y se acaricia las barbas. Sonríe mientras contempla cómo de las ramas, ya casi desnudas, se van desprendiendo las hojas secas. Enajenado baila con ellas que caen al suelo al compás de la música que les marca el viento. Este, al principio, es fina brisa; instantes después sopla con fuerza y barre, inmisericorde, el mullido y policromo tapiz que poco antes él mismo ayudó a formarse. Pero el cambio le viene muy bien a Adán pues las hojas están ahora amontonadas junto al contenedor, a su contenedor, en el que intenta encender una fogata. Encorvado sobre el fuego lo remueve con ramas secas que después echa en la hoguera. Las llamas, altas, hacen bailotear la sombra de su nariz prominente por toda su cara. Continúa sonriendo. A través de sus finos labios se adivinan unos dientes pequeños y amarillos de sarro.De improviso el sol cayó y todo quedó a oscuras. Un quejoso ladrido rompe el creciente silencio y hace que Adán se yerga y mire hacia atrás.
-¡Ya vienen estos apestados! ¿Acaso no saben que el parque es mío? ¿Qué es propiedad familiar?… Y, como siempre, querrán calentarse en mi fogata.
Leo, el perro cojo y matalón que acompaña a los recién llegados, se acerca a Adán con lentitud (hay que tener en cuenta, querido lector, que el animalito es cojo de la pata trasera izquierda, además de presentar múltiples heridas y bocados que luce su piel enferma por lo que, es obvio, su salud es más que precaria y no le permite, por tanto, correr). Como decía, Leo se acercó a Adán con lentitud y restregó su lomo, cariñoso, contra el viejo abrigo del primero. Este grita enloquecido:
-¡Quitadme esta bestia sarnosa de encima o lo aso para la cena!
Uno de los recién llegados silba y Leo deja sus carantoñas para otro momento.Se trata de una pareja de unos veinticinco años, tal vez menos, de mugrosos drogadictos. Caminan hasta el contenedor y saludan a Adán. Éste no se digna a levantar la vista. Mueve la cabeza de uno a otro lado. Ha dejado de sonreír. De repente exclama:
-Estaban aquí. Hace un momento estaban aquí mismo. Los habéis asustado y han desaparecido.
-¿Quiénes han desaparecido, tío? Aquí sólo estamos nosotros cuatro. Bueno, cinco, porque se acerca por ahí enfrente una vieja cargada con la casa a cuestas.
Adán continúa con su tema:
-Los he visto. Tal y como te veo a ti y a la sucia de tu novia…
-No te consiento…
-No me consientas lo que quieras, pero los he visto. Han salido de la hoguera para decirme que debo volver a casa y hacer valer mis derechos. Que todo esto es mío… Pero al escuchar los ladridos, de repente me han hecho burla y se han ido.
-Joer…, y luego dicen que yo alucino cuando me meto un pico. Tío, tú no te quedas atrás. Estás peor que yo.
Al decir esto Adán monta en cólera. Grita frenético:
-Yo no estoy mal. No estoy loco como quieren hacerme creer mi padre, mi madrastra, médicos, enfermeras y, ahora, también vosotros. Los he visto… Si no me crees márchate a otro lado con tu novia y el sarnoso de tu perro. El fuego lo he encendido yo. Es mío. Largo. Largo.
-Vale, tío, no avasalles, ya nos abrimos. ¡Que pases buena noche con la vieja, ah, y con los fantasmas!
-¡Yo no veo fantasmas, drogata de mierda! Han estado aquí. Juro que han estado aquí…
-Nos largamos. Bajo los pinos pasaremos la noche. Vamos, Leo. Chiqui, muévete, nos fumaremos un par de porritos y a dormir en la gloria…
-No, en la gloria no, en mi parque.
-¡Que te den, loco de mierda!
El viento arrecia. Las ramas, como brazos nudosos, entrechocan. La batalla ha comenzado.La mendiga, una mujer de edad indefinible, casi calva y desdentada, se acerca hasta el contenedor; empuja un carro de hipermercado en el que van todas sus pertenencias. Después de titubear unos instantes, alarga unas manos artríticas y renegridas sobre el fuego, luego las restriega para, un poco después, recorrer con ellas su cara tan arrugada como una pasa. Con ojos vidriosos y voz aguardentosa se dirige a Adán:
-¿Tú también ves apariciones en el fuego?
-¡Déjame en paz, vieja! Hueles mal.
-Yo los veo hace años. Antes no olía mal…, me bañaba todos los días…, me perfumaba…, gustaba a los hombres…, alternaba con ellos. ¿Sabes que fui famosa?
-¿Y a mí qué? Yo sólo sé que, cuando mi madre murió, comenzó mi fin. Primero dejé de hablar a todo el mundo. Luego llegaron mis amigos silenciosos… Mi padre se casó y vendió el parque, mi parque, el parque de mi madre, de mis abuelos… Porque este parque es mío, era mi herencia… Pero yo veía y hablaba con mis amigos silenciosos. Ellos me aconsejaban… Y asusté a mi madrastra. Ella consiguió encerrarme y yo me escapé…
-Te entiendo. Yo también viví bien... Fui una famosa artista de varietés.
La vieja ríe. Tras decir esto alza los brazos y baila; intenta que sus movimientos sean sensuales pero resultan patéticos. Fatigada continúa su explicación:
-Dilapidé verdaderas fortunas en noches de excesos… Ah. Ah. El asma no me deja hablar. Me acurrucaré en este banco, junto a tu fuego… Muchacho, no me gusta dormir sola… Pasaremos la noche en compañía… Si te apetece un trago de aguardiente…, no es coñac francés, pero entona los huesos y me ayuda a conciliar el sueño, a soñar…
-Dejo que te quedes, vieja, con una condición: siéntate de forma que el viento no traiga tus hedores hasta mi nariz. Yo charlaré con mis amigos silenciosos, por eso no quiero aguardiente, deseo estar lúcido durante nuestra reunión. Quizá mañana regrese a casa en busca de lo que me pertenece…
Las farolas hace tiempo que alumbran los rincones más alejados del parque. Despiden una luz amarillenta que alarga los volúmenes y los vuelve indefinidos. La laguna, situada en el centro del jardín, despide aromas a humedad y yerba recién cortada, de ella se desprende una débil neblina. Adán continúa de pie, junto a su fuego. Habla solo. Está decidido: con las primeras luces del día regresará a casa junto con sus amigos los fantasmas, ellos le apoyarán y le servirán de guía ante la intransigencia de los suyos. La pareja de drogadictos, fuertemente abrazados, duerme bajo los pinos. Leo, el perro sarnoso, descansa a su lado hecho un ovillo. Mañana, así lo han decidido ellos también, regresarán a su barrio, en él tienen amigos y una chabola en la que guarecerse del relente de la noche. La niebla se va espesando y el frío se hace cada vez más intenso.La vieja, a pesar de llevar falda sobre falda, sonríe al escapársele el último aliento de vida perseguido por un soplo de viento.
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Nota.- Este relato pertenece al cuaderno titulado "Relatos para las cuatro estaciones" -en el apartado "Otoño"- y presentado en el Registro General de la Propiedad Intelectual el 16 de Agosto de 2005, al que correspondió en nº M-006286/2005, Resolución conforme con nº de asiento registral 16/2008/2297, de fecha 13 de Marzo de 2008. También está publicado en la página web: http://www.estandarte.com

martes, 16 de septiembre de 2008

Antes de acabar el verano, un relato breve

Foto Google - Niños mineros
Camino de vuelta
Juana Castillo Escobar ®




Son las cinco de la madrugada y, como todos los días, me encamino al trabajo junto a mi padre. Él es un hombre alto, fornido, algo cargado de espaldas, de voz ronca y tos fuerte. Siempre lleva el pico al hombro. Su rostro, surcado de arrugas, triste y renegrido por el hollín que forma parte de él, no sonríe casi nunca.
Yo soy un niño. Sólo tengo seis años, pero soy imprescindible en la mina, al igual que otros muchos hijos de mineros: nosotros cabemos mejor que los mayores por las pequeñas vetas, somos sus ojos, ratoncillos que buscan por los rincones más estrechos la veta del codiciado metal. Me gustaría ir a la escuela, como van los hijos de los ingenieros, pero soy el primogénito de una larga familia que se dedica a esto por generaciones y de una familia grande que se moriría de hambre si yo no trabajara porque, aunque soy pequeño, mi sueldo es de gran ayuda en casa, así se lo he oído decir a mi padre y así debe de ser. Yo me siento orgulloso y feliz cada vez que bajo al pozo y, con el casco y la linterna, me adentro en las entrañas de la madre tierra. Es como hacer el camino de vuelta hacia el útero. Es como desnacer…
-Eso no se dice. El verbo desnacer no existe.
-Es igual. Mira, algo que he inventado.
Sí, lo recuerdo bien, muchacho. Todas las mañanas pensaba esto. Ahora, después de setenta años, y de haber malvivido, he llegado a la conclusión de que sólo eran ideales románticos, de niño, los que me hacían pensar así. Quería parecerme a mi padre. No pude crecer. ¡Qué lejos estaba de imaginar el infierno que vino pocos años después! Mi padre, aquel coloso renegrido, quedó sepultado bajo toneladas de piedra a causa de una explosión mal dirigida. Y yo, mírame bien, chico, yo me he quedado solo, acogido por caridad en este asilo, donde tú, mi cuidador, me escuchas o haces que me escuchas para tenerme contento. La mina, aquella a la que yo me entregaba con ardor cada mañana me dejó ciego, impotente, tullido, enfermo. No pude ir a la escuela. No pude tener hijos a quien escribirles o contarles mis sueños. Me veo solo, de nuevo de madrugada, a la entrada del túnel que me devolverá, al igual que en mi infancia, al seno de la madre tierra en camino de vuelta, un camino sin retorno.
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Nota.- Este relato también está publicado en la página web www.estandarte.com
Pertenece al cuaderno titulado "El giraldillo (veintiún relatos y un poema)", está registrado en Madrid, nº de asiento registral 16/2006/5098, de fecha 30 de agosto de 2006.