sábado, 26 de abril de 2008

Una impresión camino de Salamanca

Te entrego mi alma
Lorenzo Quinn
ME PARECIÓ VER GOLONDRINAS
Juana Castillo Escobar ®

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre la vasta y fría meseta castellana.
Me pareció ver golondrinas alegres
Bajo un sol destemplado
Volaban chillonas y rientes
Como en una primavera temprana.

Me pareció ver golondrinas volando
Sobre las tierras de Salamanca:
Tú te ibas poco a poco
Fundiéndote en la nada.
Ellas volaban alegres:
Anuncio de una primavera que llegaba.

Me pareció ver golondrinas volando
Mientras tú agonizabas.
A Luis-Manuel
Domingo, 17-II-08 – 11,11 a.m.
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Nota.- Este poema forma parte del cuaderno "Poemas con nombre propio", en su mayoría inédito.

martes, 22 de abril de 2008

martes, 15 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

Al final, Lucy
Juana Castillo Escobar ®
A Luis Miguel y María, siempre

Mario sale corriendo de casa. Va nervioso. La noche anterior apuró hasta el infinito la velada, por eso hoy se ha dormido. El jefe, está seguro, lo amonestará. ¡Dios, la tercera bronca del mes! ¡Ya me veo haciendo cola entre cientos de parados! Baja al aparcamiento situado en lo más profundo del edificio e intenta poner el deportivo en marcha; éste sólo gruñe.
- ¡Mierda, la batería! Ayer, con tanta risa y tanto alcohol debí dejarlo encendido...
Ahora está en la calle. Llueve. Un formidable atasco le indica que lo mejor, si quiere llegar a tiempo a la oficina, es ir en metro; no le hace gracia, pero le queda tan cerca... Baja las escaleras corriendo, consigue colarse en un vagón atestado. Tres estaciones más y estará en su destino, podrá abandonar aquel agujero maloliente que le repele. La multitud sale del vehículo y se abalanza sobre las escaleras mecánicas. Observa su entorno: tantas apreturas le incomodan, siente vértigo. Traído y llevado como una peonza queda frente al ascensor, enorme, que, con sus puertas abiertas, parece llamarle. Nadie sube en él. La masa se vuelca en los pasillos laterales. Mario no se lo piensa, aparta a codazos a quien le estorba y se dirige hacia la cabina.
Una exuberante pelirroja tiene la misma idea. Él la sigue. Es endiabladamente hermosa. Se recrea mirando unas piernas que no tienen fin, acabadas en zapatos de tacón de aguja, algo pasados de moda; se deleita con el bamboleo de sus caderas y el movimiento de una cabellera leonada que le lanza rojos e incitantes destellos. Su aroma denso le hace soñar en: "Un affaire en el ascensor", buen título para algo digno de ser contado más tarde en la oficina.
Ya dentro del montacargas ella oprime un botón. Él, a su vez, pulsa el que le llevará directo al vestíbulo. Las puertas se cierran. Ruido de cadenas y de maquinaria oxidada les indica que aquel armatoste se ha puesto en marcha. Una voz enlatada habla desde algún lugar:
- Próxima estación: Guzmán el Bueno, enlace con la línea siete de Metro.
La botonera se apaga. Las puertas hacen un intento de apertura pero vuelven a su estado original: herméticamente cerradas. Mario nota cómo se le humedecen las palmas de las manos, la boca se le reseca, le zumba la cabeza.
No puedes marearte y menos aún teniendo compañía. Vamos, levanta el ánimo; olvídate de la claustrofobia y trata de entablar una conversación, aunque tan sólo se trate de una chorrada. Tal vez no sea el día tan malo como crees. Recuerda, hace nada pensabas tener un "affaire en el ascensor". Además, la chica parece que quiere guerra.
Se vuelve hacia la pelirroja y trata de sonreír, pero en su cara tan sólo se dibuja una mueca. Ella le observa sin pestañear, luego mira su reloj y suspira:
- ¡Llevamos encerrados una eternidad!
Un ruido, y el ascensor se pone en marcha. Se mueve unos metros. Queda, otra vez, suspendido de sus poleas. Ella oprime el botón en el que está dibujada una campana; y él cree oír su sonido en medio del tum-tum de su corazón que le golpea con fuerza en el pecho, en las sienes, en los oídos… Quiere parecer alegre: la alarma advertirá del fallo del ascensor... Pero nadie acude en su ayuda.
- ¿Tienes miedo?
La pregunta de ella reviste más sorna que curiosidad. Acercándosele a la cara, zalamera, vuelve a la carga:
- ¿Acaso me temes? No has abierto la boca en todo este tiempo.
- No, no te temo, en absoluto.
Él traga saliva. Intenta hacerse el valiente. El que ella se le acerque tanto le disgusta, necesita espacio para respirar. Después de unos segundos continúa:
- Estoy de mala uva. Llego tarde a la oficina un día más esta semana. ¡Y estamos aquí varados después de tanto tiempo! Mi jefe me va a matar.
Ella se encoge de hombros. El ascensor tiembla... hacia abajo. Luego, con lentitud, sube para quedarse parado otra vez. Mario respira despacio, no quiere pensar en la caída, en el pozo que se abre bajo sus pies, tampoco en el calor pegajoso y ardiente que le envuelve y no le deja respirar. No desea perder ni los nervios ni la compostura: él es un caballero aunque no está muy seguro de cuánto tiempo más podrá aguantar sin chillar. Hasta la cabina llegan ruidos sordos: conversaciones de gentes que andan apresuradas al otro lado; risas de jóvenes que bromean, carreras, gritos... De nuevo, el silencio. La pelirroja pulsa un botón cualquiera. El ascensor, con un rugido, parece despertar para reemprender su ascenso. Otro conato de apertura, pero las puertas no se abren.
Mario siente que se encuentra, como Jonás, en el interior de la ballena. Intenta distraerse y no sabe cómo. Mira por enésima vez el reloj: siente que los minutos transcurren como horas y éstas pasan veloces como segundos. ¿Ya es tan tarde? ¿Qué pensará mi jefe? Al final me despide, seguro. Observa a la joven que va de un lado al otro de la cabina; ésta parece disminuir ante sus ojos alucinados. Ella, con sus movimientos felinos, consigue que la melena, larga y ondulada, le roce la cara. El aroma denso que desprende su cuerpo, le envuelve y, en estos momentos adversos, lo ahoga... En otras circunstancias se habría hecho el interesante poniendo a prueba sus dotes de donjuan, hubiera tratado de conquistarla, pero aquí metido no es capaz de articular una frase. Su líbido anda por los suelos, como su portafolios, y sabe que no logrará elevarla por más que lo intente. Se considera una ruina humana. Lleva horas envarado en un rincón. Nota cómo sus piernas, pesadas, no le sostienen. Ya no aguanta más y comienza a desanudarse la corbata, tira la chaqueta al piso, se afloja el cinturón: es como si, de pronto, se hinchara y las ropas le produjeran asfixia; pisotea su maletín arrinconado hace horas, grita pidiendo auxilio…, pero nadie le escucha. Con los puños cerrados martillea sobre la puerta, que le devuelve un sonido seco; no le importa magullarse los nudillos, como tampoco le importa estropear sus zapatos de marca contra aquella caja fuerte que lo mantiene encerrado y no le permite salir.
A su espalda ella sonríe con frialdad. No obstante, le da unos ligeros toques en el hombro y, con voz melosa, de mujer castigadora, dice:
- No creo que te oigan. Parece que es la hora de regreso a casa de los trabajadores y, con toda la masa suelta... Pero, no te preocupes, ¡ya nos sacarán!
- ¡No sé cómo puedes estar tan serena! - exclama mordiendo las palabras -. Es que ni te has arrugado...
- Psché. Autosugestión... Nervios de acero... El pensar en mi padre me ayuda mucho: el señor Fer es poderoso, muy poderoso. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Mario, ¿y tú?
El ascensor, de repente, embiste como un toro y retoma su avance para, de inmediato, descolgarse. Mario nota cómo caen, cómo se hunden a velocidad de vértigo, y siente cómo el estómago le oprime la garganta. Va directo al abismo. Cierra los ojos con fuerza, el sopor le marea, le engulle. Quiere gritar, pero no puede. Le falta el aire, de su garganta se escapa un ronquido...
Al despertar, pues le parece un sueño, ve que las puertas de la cabina están abiertas. Mira al frente. Le duele todo. Resplandores dorados y rojos hacen que se sienta deslumbrado. "Un hermoso atardecer - piensa -, o tal vez esté amaneciendo. ¿Cuánto tiempo hemos permanecido encerrados? " Ya ni lo sabe. Se atusa los cabellos con coquetería, recoge la chaqueta y la corbata del suelo y se viste con parsimonia, nota que tiene todo el tiempo del mundo. De nuevo mira al frente. Su vista, ya habituada a aquella luz infernal que tanto le cegó en un principio, le permite ver que al otro lado le aguarda la pelirroja. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Fer, era la señorita Fer, pero estaba por decirle su nombre de pila cuando se revolucionó todo.
Ella le alarga la mano y sonríe con un mohín que es toda una promesa. Mario le devuelve la sonrisa, extiende su mano y pregunta:
- Por cierto, al final, ¿cómo dijo que se llamaba?
- Lucy. Lucy Fer.
Una llamarada corrobora sus palabras y es el saludo que le sirve de bienvenida al profundo Averno.
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Nota.- Este relato aparece publicado en la antología "Historias para viajes cortos". Editorial Dragontinas. Año 2003. Págs. 199-200-201-202 y 203
.

lunes, 7 de abril de 2008

Haikus en Soria

Vista del río Duero desde lo alto de la
ermita de San Saturio -Soria
Haikus
Juana Castillo Escobar ®
0009

Carrascos bajos
La tierra seca besan.
Cielo azul, sol.


Sábado, 20-X-07 – 10,30 a.m.
=Camino de Soria, cerca de Medinaceli.=

0010

Cielo azul,
Duero verde y gris
Melancolía.



Sábado, 20-X-07 – 18,15 p.m.
=Ideado en la ermita de San Saturio. Lo dejé en el libro de visitas.=
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Nota.- Ambos poemitas pertenecen a un cuaderno inédito, en el que estoy trabajando y que aún no tiene título definitivo, pero al que bauticé de forma provisional como: "Cuaderno de Haikus".

martes, 1 de abril de 2008

Un relato -de los autopublicados-

EL REGRESO
Juana Castillo Escobar
®

Encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro en aquella ciudad derruida que fue la mía, la de mis padres, la de mis antepasados. El verde de las colinas, enfrentado al azul intenso del mar, contrastaba con las lujosas villas sepultadas bajo metros de polvo y lava un par de años atrás.
Se respiraba soledad y muerte, aún podía notar el olor al azufre amalgamado con la brisa salobre del mar. Pero la naturaleza, siempre pródiga, ponía su punto de luz entre las piedras caídas en forma de vegetación abundante. La primavera pintaba escenarios de colores que alegraban la vista. Escenarios alegres que se enfrentaban a mis sentimientos, apagados, que sólo veían el entorno en blanco y negro porque no era capaz de reaccionar, de volver en mí y darme cuenta de lo afortunado que era: por esas cosas del destino, porque los dioses fueron clementes conmigo, yo me salvé. ¡Me salvé del terremoto y de la erupción! Pero no pude salvar a los míos. No llegué a tiempo para darles mi abrazo de llegada, tal vez de despedida…
- Salve, amigo. ¿Qué haces por estas tierras malditas, centurión?
El aludido se giró sobre sus talones, con lentitud, no quería que el recién llegado pudiera darse cuenta de su debilidad. Él, un centurión del Imperio Romano no debía aparecer como un pusilánime, él a cuyo mando los ejércitos de Tito conquistaron Jerusalén, hicieron gran parte de la campaña en Germania y el Danubio. Él, Josefo Flavio, centurión del ejército romano, no podía dar semejantes signos de flaqueza ante un desconocido.
- Salve –respondió llevándose el puño al corazón en un saludo marcial cuando tuvo frente a sí al recién llegado.
- ¿Te envía el nuevo emperador?
- ¿Tito? No, no exactamente. Acabo de regresar de Germania…
- Entonces no tienes conocimiento de lo que ocurrió con Pompeya y Herculano.
- Sí, hasta Germania llegaron las noticias. Con retraso, pero llegaron. ¿Nos conocemos?
- Quizá. Yo no soy capaz de distinguirte. Quedé ciego de este ojo –y el hombre se lleva el índice hasta la cuenca muerta de su ojo izquierdo-. Y con el otro sólo consigo ver sombras y negrura.
Josefo Flavio se acerca dándose a conocer. Su interlocutor se yergue. El tono de su voz denota sorpresa y alegría.
- ¡Por Zeus tonante! ¿Josefo? ¿El mocoso aquel que tanto me hizo sufrir cada vez que intentaba enseñarle filosofía?
- ¿Tú eres…? –Pregunta Josefo con miedo-. ¿Eres Arístides, mi ayo?
- El mismo. He cambiado, no es preciso que lo digas. Lo sé… -El anciano se pasa las manos por la cara arrugada y reseca.
Josefo le observa. La tez de su interlocutor le habla de días pasados a la intemperie, de penurias y calamidades. Él a su vez siente avivarse una llama de esperanza. Si Arístides se salvó, ¿por qué no iban a correr la misma suerte su esposa Nidia o su hijo Marcial? Deseaba preguntar pero el temor le atenazaba la garganta.
- Te has quedado mudo, mi joven señor. ¿Qué es lo que perturba tu ánimo?
El anciano aguarda paciente. El centurión traga saliva, pero persiste en su silencio.
- Deseas conocer lo ocurrido y no sabes cómo. Mejor debí decir: tienes miedo a conocer el horror que vivimos. Se desataron todas las Furias. Yo fui, no sé por qué coincidencia de los hados, enviado por tu anciano padre a Roma. Llevaba una jornada de camino cuando la tierra tembló y nuestro padre el Vesubio vomitó de sus entrañas fuego, ríos de piedras incandescentes, llovieron cenizas durante días. Me volví. Intenté ayudar y casi perezco en el intento. El fiel Argeo, el sabueso preferido de tu padre, me encontró tirado a la vera del camino. Me arrastró hasta una cueva donde permanecimos escondidos hasta que la furia de Hefesto…
- Vulcano –le corrigió Josefo Flavio sonriendo por primera vez.
- Como quieras llamarlo, joven amo. No estamos en clase de polémica. Sigo siendo de origen griego y sabes que siempre llamé a mis dioses por su nombre.
- Y yo a los míos por el suyo.
- Me alegra sentir en tu voz la buena disposición de ánimo que mantuviste desde tu más tierna infancia.
- Necesito desterrar esta negrura que me invade. Prosigue, Arístides, te escucho.
- Decía que Argeo me arrastró hasta una cueva donde nos escondimos, y continuamos viviendo en ella, hasta que la furia de Hefesto se apaciguó. El dios me arrebató prácticamente la vista, pero para lo que tenía que ver: todo estaba anegado por aquel río de piedras incandescentes. Nuestra bellísima Pompeya quedó sepultada con todas sus riquezas bajo mantos de lava y cenizas. Las villas, los baños públicos, las termas Stabianas, los templos dedicados a Apolo, Isis o Júpiter… Todo arrasado. Todo quedó borrado de la faz de la tierra. Y Poseidón, o Neptuno, como gustes, se alió con Hefesto para agitar las aguas del Mare Nostrum. No quedó nadie, Josefo, nadie consiguió salvarse de sus fuerzas. Siento ser yo quien te diga que toda tu familia pereció…
Josefo traga saliva antes de responder.
- Ya supuse que encontraría la nada. Los recados que llegaron hasta Germania eran contundentes: Pompeya y Herculano han sido arrasadas por las fuerzas de la Naturaleza. En cuanto conseguí ser sustituido por Fabio regresé a Roma. Solicité de Vespasiano, el recién nombrado emperador, una licencia que me fue concedida sine die y cabalgué hasta aquí sin demora. Arión y Pegaso tiraron de mi biga como si también a ellos se les fuera la vida en esto… Yo que pensé que dejaría mi piel enfrentándome a las hachas de los germanos, conseguí salir indemne de las mil y una batallas y ellos…, ellos…
- Llora, Josefo, llora. No se es menos hombre al mostrar los sentimientos que guardas en tu corazón. Cuando tus fuerzas te lo permitan te llevaré a la colina. Junto a mi cueva, que comparto con Argeo, levanté un ara. Haremos ofrendas a Júpiter, Venus, Apolo… al dios que prefieras.
- Tal vez no se merezcan mis ofrendas. No tuvieron compasión de sus criaturas.
- Estás cansado y dices tonterías. Acompáñame. No puedo ofrecerte mucho, pero hoy, muy de mañana, conseguí cazar un par de perdices. Y Dionisos, o Baco, como gustes, me son pródigos: la cueva donde vivo es una antigua bodega en la que hay vino de Rodas para todo el resto de mi vida. Repón tus fuerzas…
Josefo asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocedor de la mala vista de su ayo le oprimió el brazo a la altura del codo. Sólo consiguió decirle:
- Llévame ahora contigo. Después pensaré en mi regreso…
Y Flavio Josefo, con los ojos acuosos, siguió por la vereda de piedras a Arístides, su viejo ayo, el único ser que lo ataba a aquel lugar devastado.
Mis sentimientos son en blanco y negro -pensó-, pero un luchador, un militar romano como yo, un hombre duro que me he enfrentado valientemente a cientos de batallas... Pelearé contra el olvido, contra la muerte aun cuando bien sé que ésta siempre gana, le plantaré cara.
- ¿Sabes Arístides? Levantaré una nueva casa cerca de aquí, una nueva ciudad y, con el tiempo, quizá funde una nueva familia, si Cupido, o Eros que a ti te gusta más, vuelve a asaetear mi corazón dormido. Será una forma de regresar a los orígenes, de pervivir, de no morir para siempre.
Arístides sonrió. De hecho la primavera coloreaba los escenarios de alrededor. La Naturaleza había empezado a reverdecer. Josefo, en cualquier momento, podría regresar también a la vida.


Madrid, 12-13 de Junio de 2006
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Nota.- Este relato está publicado en la antología "Más allá del Boom" -Nueva Narrativa Hispanoamericana-. El libro fue presentado en Madrid el 18 de Diciembre de 2007 y pertenece a uno de mis cuadernos de relatos titulado: "Dime una frase y te contaré un cuento".