domingo, 24 de febrero de 2008

Un viaje al medievo - Continuación

DULCE VIII
EL REENCUENTRO

® Juana Castillo Escobar




Ramiro corrió escaleras abajo. Llegó al patio alborozado, daba saltos como un niño. Cuando estuvo junto a la carreta en la que venían sus padres, agarró con fuerza las riendas de los mulos y los hizo parar en medio del empedrado, luego alzó los brazos hacia Sancha. Su madre, llorosa, se lanzó a ellos. Madre e hijo quedaron fundidos en un fuerte abrazo durante unos instantes, tiempo suficiente como para que Bermudo se apease.
- Hijo, mi niño... ¡Qué cambiado estás! ¡Te has convertido en todo un hombre…! En un apuesto caballero –los ojos se le nublaron a causa de unas lágrimas que estaban dispuestas a salir aun sin haber sido llamadas-. Tantos años sin verte…
- ¡Madre!
Ramiro metió su cabeza en el cuello de Sancha, como era su costumbre de niño. Restregó su cara contra el cabello de la mujer, aspiró el aroma a romero que destilaba y no fue capaz de controlar el llanto.
- Vamos, vamos –le reprendió Sancha-. ¿Y tú vas a ser nombrado caballero mañana? Un hombre de tu talla y edad no llora… ¡Que ya cumpliste veintiséis primaveras!
- ¡Qué razón tienes, madre, pero no logro evitarlo! ¡Soy tan feliz! ¡Padre! –Exclamó al dirigirse a Bermudo-. ¡Padre, venid junto a nos, venid!
Bermudo se sumó al abrazo. Ramiro, sin soltarse, formulaba mil y una preguntas:
- ¿Dónde andan mis hermanos? ¿Por qué no están aquí? ¿Sabéis que ya no sois siervos de la gleba? ¿Y mis hermanitas, acaso no os acompañan? Madre, padre, ¿necesitáis algo? ¡Soy feliz, no sabéis cuán feliz soy! –Y reía a la par que elevaba de nuevo a Sancha del suelo para girar con ella en sus brazos como aspa de molino.
- ¡Suéltame, loco, que ya no están mis huesos para estos trotes!
- Madre, si aún eres joven y hermosa.
- Anda, anda, bribón… ¡Cómo sabes echar flores a las damas! Se ve que en este tiempo aprendiste bien todas y cada una de las lecciones que te impartieron, incluidos los modales cortesanos… -Sancha ríe. Está feliz.
- Es cierto, madre, sigues tan hermosa como siempre, ¿o no? –Pregunta a Bermudo que permanece junto a los dos, sonriente.
- Tienes razón, hijo. Tu madre seguirá siendo hermosa…, aun centenaria.
- Bueno, tampoco es para tanto… Cuarenta y dos años son muchos, pero cien son muchos más –responde Sancha con sorna.
- No me habéis respondido: ¿Dónde están mis hermanos?
- ¡Ah, muchacho, bien ama quien nunca olvida! Tus hermanos están en casa de tu abuelo Garci –responde Bermudo-. Nos quedaremos en la casa de mi padre. Vive solo y decidimos que estaríamos bien en ella…
- Pero don Lope os preparó el ala sur del castillo para vosotros…
- No, hijo, compréndelo. Es mejor que permanezcamos con los nuestros, tenemos que recuperar el tiempo perdido. Además –añade Sancha-, no deseo que Flain esté cerca de mis hijas.
- Por Flain no te apures, madre. Es un viejo. Un cincuentón podrido por la sífilis e inmovilizado por la gota. ¡Ya no es nadie! Tampoco lo veréis mañana, no ha sido invitado…
- ¡Ah, qué alivio! –Suspira Sancha-. El padre de tu señor cometería desmanes, pero era Flain quien le proporcionaba las piezas para su desfogue. Siempre fue un vil, un canalla... –Luego, la expresión del rostro de Sancha cambia al añadir-: Tus hermanas están dentro de la carreta. No han querido quedarse en casa de tu abuelo, deseaban saber cómo era la ciudad, qué es un castillo, verlo por dentro... Además, te traen algo.
Ramiro corrió hacia la parte trasera del carro. Con un alegre tono de voz grita:
- ¡Ah de la fortaleza, un caballero desea ser recibido por dos hermosas damas!
A través de la piel que recubre el armazón del carro se escucha un murmullo de voces. Risas sordas. Las muchachas se mueven dentro. Cubren sus rostros con velos antes de levantar la badana que les separa del exterior. Con los pies bien asentados sobre los adoquines del patio un apuesto mozo aguarda: amplia sonrisa y puños cerrados sobre la cintura. Las jóvenes se asoman. Les cuesta reconocer a su hermano Ramiro. Ambas lo recuerdan como un muchacho delgaducho, imberbe y con unos increíbles ojos azules y, ahora, ante ellas, se encuentra un hombre alto, atlético, de abundante melena ondulada, bigote, perilla…, pero los que no han cambiado son sus ojos. Los ojos de Sancha, los ojos de Justa, los ojos de Dulce…
- ¿Ramiro? –Pregunta una de las jóvenes tras el embozo del velo-. ¿Eres nuestro hermano Ramiro?
- ¡Claro, chiquilla! ¿Acaso dudas? Vamos, baja de la carreta, yo te ayudo... ¿Dulce?
Una risa, un acento musical, se escapa tras el velo. Al echar los brazos hacia la joven para ayudarla a apearse se da cuenta de su defecto. Con su hermana en volandas exclama:
- Pero…, ¡voto a bríos, Justa!, ¿eres Justa? ¡Déjame, déjame que te vea! –Ramiro observa a su hermana. Está tan diferente- ¡Oh, mi hermanita feúcha, cuán cambiada estás!
Justa sonríe. Abraza a Ramiro. Luego él la deposita sobre el empedrado del patio con mimo. Una vez en el suelo la joven le dice:
- Son las vestimentas que nos proporcionó el señor de Garcés lo que me embellece…, yo soy la de siempre.
- No, mi niña, tienes una luz especial… ¡Algo en ti cambió!
Justa se sonroja, tiene un secreto…, pero ahora no es momento ni lugar para confiárselo a Ramiro. Con gran rapidez se explica:
- Será que casi no cojeo –y, nada más decirlo, se alza un poco el extremo del vestido para enseñarle a su hermano los borceguíes-. Padre me hace una cuña para que no se note este defecto. Este otro -añade moviendo el brazo deforme-… Y el rostro…
- ¿El rostro qué? Se te corrigió mucho. Eres hermosa, hermana, muy hermosa…
- No lo soy, lo dices para contentarme.
- ¿Por qué no has de serlo? Además, eres la única mujer que puede mostrar contento o llanto en su rostro a la vez. Sí, Justa, para mí eres hermosa y para todo aquel que sepa ver más allá de tus ojos…
La joven se sonroja de nuevo. Un carraspeo desde la carreta hace que el diálogo quede en suspenso.
- Alguien piensa que nos olvidamos de ella –dice Ramiro mientras se vuelve con rapidez para ayudar a Dulce. Luego agrega-: Dejadme que os vea bien a las dos, aquí juntas, a la luz del atardecer. Ven, Dulce.
La joven aguarda de pie, con el velo ya bajado. Cuando él le alarga los brazos ella se lanza. Se cuelga del cuello de su hermano y no ve el momento de dejar de darle besos.
- ¡Cuán feliz soy, hermano! ¡Esto es maravilloso! Es tan… Tan… Tan diferente a todo. Hay multitud de cosas y de personas… Cosas que ni sé para qué sirven, ni cómo se llaman…
Acostumbradas a la vida en el campo, retiradas del mundo, Dulce y Justa se deslumbran ante los tenderetes. Es día de mercado, además, Don Lope Garcés, el hermanastro de Ramiro, decidió semanas atrás que el nombramiento como caballero merecía la mayor importancia, de ahí que por los alrededores del castillo, por las calles, en el mismo patio, deambulasen: trovadores, caballeros preparándose para enfrentarse en el torneo anunciado para la jornada siguiente, buhoneros de todo tipo, acróbatas y saltimbanquis… Todo esto extasió a las jóvenes, sobre todo a Dulce.
- Mis hermanitas queridas. ¡Sois dos gemas de gran valor! Os recordaba hermosas, pero la madre Naturaleza ha vertido la copa de sus prodigios sobre ambas…
- ¿Desde cuándo eres poeta y no guerrero? –Preguntó Dulce con sorna.
Su pregunta fue respondida por otra, no con menos sorna, emitida por su hermano:
- Y, ¿desde cuándo mi dulce hermana perdió el miedo? ¿Desde cuándo abandonaste tu refugio en las pocilgas para enfrentarte como una leona…?
- Desde que un hermano mío llamado Ramiro fue reclutado por un villano; desde que mi otro hermano, Nuño, creyó ser mi cancerbero; desde que me topé con una rama de árbol y decidí convertirla en mi espada... Desde que me di cuenta de que puedo protegerme por mí misma, sin ayuda de nadie, porque soy una mujer, no una inválida. Incluso Justa se sabe defender…
- ¡Esta no es mi Dulce! –Y Ramiro abraza a su hermana, deja escapar una carcajada. Atrae a Justa y las ciñe a ambas por la cintura-. Es una mujer guerrera de la antigüedad: una amazona…
- ¿Tú conoces historias de la antigüedad?
- Sí, por supuesto, mi dulce hermana. En el castillo de los Garcés hay una vasta biblioteca…
- Pues no dudes –interrumpe Justa- que nuestra amazona pedirá venia para poder leer los códices que en ella se guarden…
Sancha y Bermudo se acercan al trío. La madre bate palmas a la par que dice:
- Vamos, niñas, es hora de marcharnos. Vuestro hermano tendrá que retirarse a velar sus armas, mañana es su gran día…
- ¡Oh, madre, tan temprano! Aún no se puso el sol.
- Precisamente por eso nos vamos –añade Bermudo-, porque aún queda algo de luz. Hace demasiado tiempo que no me muevo por el burgo y temo que nos perdamos.
- Unas doncellas como vosotras no debéis andar mezcladas con toda esta chusma –dice Sancha-. Además, recordad: la belleza es una gran bendición, pero también una maldición en este mundo de amos y señores. Vamos, niñas, poneos los velos y despedíos de vuestro hermano.
- Aún no le dimos eso…
- ¿Pues a qué esperáis? Vamos, vamos –pide Sancha con apuro.
Dulce se encamina hasta la carreta, baja una trampilla y saca un fardo envuelto en cuero. Se lo tiende a Ramiro. El joven lo toma en sus manos, lo desenvuelve con cuidado: una hermosa espada de brillante hierro y empuñadura de plata repujada queda a la vista de todos. En la hoja, grabada, aparece la leyenda: “Servicio y generosidad”, en una de sus caras, en la otra: “Hermandad eterna”.
- Es obra de tu abuelo Nuño –explica Bermudo-. Nuestro señor, don Lope Garcés, es quien hizo el encargo…
- Y nosotras –añaden a dúo Justa y Dulce-, las encargadas de hacer la entrega. Estamos orgullosas de ti, hermano.
Ramiro se emociona. Abraza a los suyos. El reencuentro, después de los años, aviva el deseo de permanecer unidos, de no volver a separarse, pero todavía no es posible.
La familia se acomoda en la carreta, emprende camino hacia la casa de Garci, padre de Bermudo. En veinticuatro horas sus vidas emprenderán un nuevo rumbo.

® Juana Castillo Escobar
Lunes, 18-II-08 – 21,49
Domingo, 24-II-08 – 14,10 p.m.



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