jueves, 1 de noviembre de 2007

Un viaje al medievo - Continuación

Taccuino Sanitatis
Escena de lucha - Edad Media

DULCE V
EL RÁPIDO FLUÍR DEL TIEMPO

Juana Castillo Escobar


- Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de éstos con tus palabras –dijo Ramiro casi sin resuello.
Don Lope Garcés, su hermanastro, lo miraba sin pestañear. Diez años habían transcurrido desde el instante en el que se conocieron. Diez años en los que se hermanaron casi sin darse cuenta. Diez años de entrenamiento conjunto: clases de lucha, de esgrima, de equitación, de estudio… En fin, diez años de silencios en el scriptorium, diez años de galanteos, diez años de guerras y escaramuzas compartidas, en las que Ramiro salvó al hijo de don Sancho de morir asaeteado en un par de ocasiones, y que le sirvieron al siervo de la gleba para llegar a ser nombrado capitán de la guardia y, en breve, caballero.
- Sí, Lope, has de ser coherente en todo lo que hagas a partir de ahora. Recuerda de donde provengo, de una familia…
- Lo tengo en cuenta, Rodrigo. Aun a tu pesar, serás nombrado caballero. Es mi decisión y la de mi padre… La de nuestro padre antes de morir.
- Por eso no deseo…
- ¿Todavía le odias?
- No le odio, Lope. Lo que deseo es no deberle nada…
- Le debes la vida, ¿te parece poco?
- Que me dio a la fuerza. No fui engendrado por amor.
- ¿Acaso crees que él amaba a mi madre? ¿Qué yo fui engendrado por amor?
- Era su esposa…
- Por imposición. No. El amor siempre estuvo ausente de su tálamo, pero eran esposos, algo necesario para tener descendencia de buena cuna… ¡Bah, el amor sólo queda para los juglares!
Hubo un silencio. Ramiro recordó a su familia, la historia de su madre, a don Sancho Garcés a quien aprendió a admirar por su fuerza y coraje en la batalla, por sus dotes de mando, por ser un excelente adalid al que seguir sin pestañear, pero a quien no pudo amar como padre. Su padre era Bermudo de Toro, un artesano venido a menos pero, para él, un señor.
- ¿En qué cavilas?
- Nada, cosas mías.
- Te conozco, Ramiro, casi mejor que a mí y sé que algo no marcha bien dentro de esa testa. Di. Cuéntame.
- No deseo ser nombrado caballero, no deseo seguir luchando… Sólo deseo regresar al agro, junto a los míos.
- Mientes.
- No, no, no miento…
- Sí. Cuando mientes, como ahora, o algo no es tal cual tú lo deseas, no paras de frotarte el bigote con el índice. ¿Qué temes?
- No lo sé.
- Sí, sí lo sabes. Has vuelto a pasarte el dedo bajo la nariz. ¿Tan difícil es confiar en mí? Pensé que éramos amigos. Que los secretos entre nosotros no existían.
Ramiro tomó una gran bocanada de aire. Sintió cómo se le llenaban los pulmones de aquella brisa que anunciaba una pronta primavera. Miró al río. El Duero discurría rápido bajo sus ojos. Miró al cielo, los buitres leonados, con las alas extendidas, volaban en círculo sobre sus cabezas y lanzaban gritos tan agudos que hicieron que los caballos se encabritasen.
- Caminemos –pidió Ramiro.
Ambos jóvenes descabalgaron. Caminaron por la orilla del río, despacio, seguidos por sus monturas que llevaban bien asidas por las riendas. Ramiro tenía la mirada perdida, unas veces miraba al frente, otras al suelo…, de vez en cuando pateaba una piedra con la bota lanzándola varios metros por delante de ellos, o se agachaba y, tomando la piedra en sus manos, la lanzaba sobre la superficie del río haciéndola saltar sobre las aguas.
- Lope, no sé si sabré ser caballero.
- Lo eres… En ti es algo innato. Nuestro padre lo presintió nada más conocerte.
- No hables de tu padre como “nuestro padre”. No…
- Conforme. Lo dejaré estar. Pero, te pongas como te pongas, dentro de quince días, serás nombrado caballero en la iglesia de la Magdalena. Supongo que enviarás un mensaje a tu familia para que te acompañen en ese momento glorioso…
- ¿Un mensaje?
- Sí. ¿Acaso piensas que no conozco el hecho de que permaneces en contacto con ellos? ¿Qué no sé que Suero lleva tus correos?
Ramiro quedó clavado sobre la arena. Miró de frente a Lope. Sus ojos eran dos interrogaciones que su medio hermano se dispuso a desvelar de inmediato:
- Sé que nunca has olvidado a tu familia, que elegiste a Suero porque es tu primo, porque es sordomudo y porque te ha dado motivos fundados para que confiaras en él. No, no digas nada. Lo sé, no quieras saber cómo…
- ¿Qué más sabes? –Ramiro suelta las riendas de su caballo, sujeta a Lope por los hombros, lo zarandea hacia delante y atrás- ¿Qué más sabes?
- Muchas cosas… Pero no debes temer. Tus secretos están seguros conmigo. Yo siempre confié en ti, supe que jamás me apuñalarías por la espalda. Confía ahora en mí.
Ramiro soltó a Lope. Durante unos instantes lo miró de frente, luego subió en su montura y galopó hasta el castillo seguido de cerca por su hermanastro.






Madrid, jueves 1º de Noviembre de 2007 – 21,18 p.m.
Continuará...
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