martes, 20 de noviembre de 2007


Taccuino Sanitatis
Danza


DULCE VI
DE REGRESO AL BURGO


Juana Castillo Escobar



- Una mancha de vino en el mantel, señal de alegría es –exclamó Justa con voz cantarina.
- Eso dicen –respondió Bermudo-. Y yo añado: una mancha de vino en el mantel, desperdicio de santo líquido es.
Todos rieron. Alzaron los cuencos de madera que entrechocaron entre sí. En la cabaña reinaba la dicha. Bermudo, Justa, Sancha, Dulce, Nuño, Diego y Suero, brindaron por las noticias de las que este último era portador y quien, a pesar de su sordera, era capaz de seguir las conversaciones con la agilidad de una liebre.
Sancha, pletórica, se levantó de la mesa, tomó a Justa de las manos y, al son de un romance antiguo que la madre recitaba en voz alta, danzaron en medio de la cabaña. Pronto sonaron las palmas. Dulce corrió por el arpa, Nuño sacó el caramillo de su bolsa de cuero, de la que jamás se desprendía, Diego daba rítmicas palmadas sobre la madera de la mesa y Bermudo y Suero acompañaban entrechocando sus manos al compás de la música.
No era para menos aquella explosión de júbilo. Una dicha que le llevó a Sancha a sacar la única pieza que guardaba de su ajuar: un mantel ricamente bordado que fue de su madre, y antes de su abuela, y que guardaba como una reliquia. Un mantel que le traía a la memoria instantes de su vida pasada y que, según la misiva de Ramiro, era posible que recomenzase en breve. Bermudo, aun indeciso y perplejo, acabó sumándose a la fiesta.
La carta del hijo se movía por la mente de Sancha al compás de la música. Se le entremezclaba con los versos aprendidos de un juglar galaico-portugués que pernoctó tiempo atrás en los alrededores de la cabaña.


E-nas verdes ervas
vi anda-las cervas,
meu amigo.


Lope desea hacerme caballero. Y mi deseo sería teneros conmigo en un momento tan importante de mi vida.

E-nos verdes prados
vi os cervos bravos,
meu amigo.



Pero mis deseos no cuentan. Al menos éstos. No quiero ese nombramiento. Sólo me sentiré satisfecho cuando pueda estar con todos vosotros, olvidar mi vida de luchas y ser el guardián de mis hermanas. ¡Cuánto os extraño! Cuando regrese no conoceré a las niñas…


E con sabor d´elas
lavei mias garcetas,
meu amigo.

¿Sabes, madre, que fuiste adivina? En Lope, mi medio hermano, encontré un buen amigo, el mejor que pudiera nunca soñar. Pero… A pesar de mi lealtad hacia él, de mi cariño, puesto que lo amo como a un hermano, me es imposible revelarle el secreto de Dulce… ¡Al fin es hijo de quien es!

E con sabor d´elos
lavei meus cabelos,
meu amigo.

Sancha sonríe mientras baila. Sonríe al recordar el último párrafo del escrito de Ramiro. Sonríe al pensar en el secreto de Dulce mientras canta acompañada por Justa. Sonríe satisfecha mientras observa los cabellos dorados de sus dos hijas. Sonríe, porque dentro de poco todos estarán de regreso en el burgo, porque su castigo terminó, porque abrazará a sus padres y hermanos, porque se siente libre.


(1)Des que los lavei
d´ouro los liei,
meu amigo.

Una vez en el castillo Ramiro se apeó de la montura cuando ésta aún continuaba al galope. Entregó las riendas a uno de los pajes y cruzó el patio a grandes zancadas. Corriendo, su hermanastro trataba de seguirle los pasos. El futuro caballero atravesó el castillo y se encerró en sus aposentos. Lope entró poco después. Iba sin resuello. Cada vez que corría la fatiga lo dejaba exhausto. Se acercó a Ramiro y le asió por el codo para que dejase de mirar por la ventana y le mirase a él. Sus ojos eran dos interrogaciones y, como no podía hablar, su hermanastro inició la conversación:
- Tus secretos están seguros conmigo, me dijiste junto al río. Lope, ¿de qué secretos me hablas? ¿Qué es lo que sabes o crees saber?
Ramiro aguardó unos segundos para darle tiempo a Lope a tomar aire. Se desasió de la mano que lo sujetaba. Fue hasta el arcón, sobre él, en toda época, le aguardaba una bandeja que sostenía una jarra y varias copas. Sirvió agua fresca y cristalina en una de ellas y se la tendió a su medio hermano. Éste bebió con ansia. Se secó la cara con el dorso de la mano y después de suspirar dijo:
- Conozco cosas…, desde tiempos pretéritos conozco…
- ¿Qué cosas conoces? ¿A qué te refieres?
- Sé la historia a de Sancha, tu madre. Él me la contó poco antes de morir, fue cuando me pidió que te nombrase caballero y que tratara de corregir su afrenta levantando el castigo a tu familia. - ¿Harás qué…?
- Ya lo hice. Di orden al notario para que levantara acta de que tu madre, y el resto de tu familia, dejan de ser siervos de la gleba. A partir del instante mismo en el que estampé mi firma en ese documento pasaron a ser vasallos… Pueden regresar al burgo en cuanto lo deseen. Quise darte una sorpresa… Hermano, en ocasiones eres tan terco que no queda otra que responder tus demandas. Las sorpresas son incompatibles contigo.
- ¿Ellos vendrán? ¿Ya no están exiliados? Pero… No, no creo que regresen. Son demasiados años lejos… Acostumbrados a la vida del campo…
- ¿Qué temes en realidad?
- ¿Temer? ¿Qué tendría que temer?-La voz de Ramiro tiembla al formular la pegunta. Pasea de un lado a otro de la estancia como un perro enjaulado. Repite-: No tengo nada que temer. Nada. ¿Debería tener miedo por algo?
- Sí, quizá temas que a Dulce, tu hermana, esa muchacha tan hermosa, le suceda algo parecido a lo que le ocurrió a tu madre.
- ¿De qué me hablas?
De nuevo la voz de Ramiro tembló al formular su pregunta. Cerró los puños y puso los brazos tras la espalda; los nudillos estaban blancos por la presión y porque intentaba, por todos los medios, no descargar su furia contra Lope que respondió a su demanda con total tranquilidad:
- No quieras despistarme, Ramiro. Conozco a tu hermana… A tus hermanas… A toda tu familia.
- ¿Desde cuándo?
- Desde que enviaste el tercer o cuarto mensaje a los tuyos.
- De eso hace ya mucho tiempo.
- Puede que unos cinco años.
Ramiro frunció el ceño. Sus cejas formaron una línea oscura por encima de sus ojos claros. Lope sonrió al decir:
- No quieres que te hable de mi padre, don Sancho Garcés, como tu padre, pero en estos instantes eres como él: mandíbula adelantada, tus cejas se han convertido en una sobre los ojos, estás esforzándote para no descargar tu puño sobre mi cara, lo que hace que la tuya parezca como esculpida en mármol… Creo que eres su viva imagen, más que yo…
- Cuéntame todo lo que sabes y yo dejé de saber.
- ¿Cómo?
- Que me hables de mi familia, cómo pudiste llegar hasta ellos, ¿por qué te dejaron que vieras a Dulce? ¿Acaso ya no la guardan? ¿Ya no se esconde? En sus mensajes nada ponían al respecto… ¿Por qué no me hablaste antes de todo esto? ¿Por qué…?
- ¡Basta!, ¡basta ya! Desde el primer momento supe que no iba a conseguir darte esta sorpresa. Sentémonos y te contaré.


(1) Poema de Pero MEOGO – Poesía Galaico-portuguesa – Lírica española de tipo popular (siglos XIII-XIV). El poema está incompleto, yo sólo he añadido al texto una parte de él.

Domingo, 11-XI-07 – 21,50
Martes, 13-XI-07 – 15,30-16,03
Martes, 20-XI-07 – 21,38 p.m.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Un viaje al medievo - Continuación

Taccuino Sanitatis
Escena de lucha - Edad Media

DULCE V
EL RÁPIDO FLUÍR DEL TIEMPO

Juana Castillo Escobar


- Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de éstos con tus palabras –dijo Ramiro casi sin resuello.
Don Lope Garcés, su hermanastro, lo miraba sin pestañear. Diez años habían transcurrido desde el instante en el que se conocieron. Diez años en los que se hermanaron casi sin darse cuenta. Diez años de entrenamiento conjunto: clases de lucha, de esgrima, de equitación, de estudio… En fin, diez años de silencios en el scriptorium, diez años de galanteos, diez años de guerras y escaramuzas compartidas, en las que Ramiro salvó al hijo de don Sancho de morir asaeteado en un par de ocasiones, y que le sirvieron al siervo de la gleba para llegar a ser nombrado capitán de la guardia y, en breve, caballero.
- Sí, Lope, has de ser coherente en todo lo que hagas a partir de ahora. Recuerda de donde provengo, de una familia…
- Lo tengo en cuenta, Rodrigo. Aun a tu pesar, serás nombrado caballero. Es mi decisión y la de mi padre… La de nuestro padre antes de morir.
- Por eso no deseo…
- ¿Todavía le odias?
- No le odio, Lope. Lo que deseo es no deberle nada…
- Le debes la vida, ¿te parece poco?
- Que me dio a la fuerza. No fui engendrado por amor.
- ¿Acaso crees que él amaba a mi madre? ¿Qué yo fui engendrado por amor?
- Era su esposa…
- Por imposición. No. El amor siempre estuvo ausente de su tálamo, pero eran esposos, algo necesario para tener descendencia de buena cuna… ¡Bah, el amor sólo queda para los juglares!
Hubo un silencio. Ramiro recordó a su familia, la historia de su madre, a don Sancho Garcés a quien aprendió a admirar por su fuerza y coraje en la batalla, por sus dotes de mando, por ser un excelente adalid al que seguir sin pestañear, pero a quien no pudo amar como padre. Su padre era Bermudo de Toro, un artesano venido a menos pero, para él, un señor.
- ¿En qué cavilas?
- Nada, cosas mías.
- Te conozco, Ramiro, casi mejor que a mí y sé que algo no marcha bien dentro de esa testa. Di. Cuéntame.
- No deseo ser nombrado caballero, no deseo seguir luchando… Sólo deseo regresar al agro, junto a los míos.
- Mientes.
- No, no, no miento…
- Sí. Cuando mientes, como ahora, o algo no es tal cual tú lo deseas, no paras de frotarte el bigote con el índice. ¿Qué temes?
- No lo sé.
- Sí, sí lo sabes. Has vuelto a pasarte el dedo bajo la nariz. ¿Tan difícil es confiar en mí? Pensé que éramos amigos. Que los secretos entre nosotros no existían.
Ramiro tomó una gran bocanada de aire. Sintió cómo se le llenaban los pulmones de aquella brisa que anunciaba una pronta primavera. Miró al río. El Duero discurría rápido bajo sus ojos. Miró al cielo, los buitres leonados, con las alas extendidas, volaban en círculo sobre sus cabezas y lanzaban gritos tan agudos que hicieron que los caballos se encabritasen.
- Caminemos –pidió Ramiro.
Ambos jóvenes descabalgaron. Caminaron por la orilla del río, despacio, seguidos por sus monturas que llevaban bien asidas por las riendas. Ramiro tenía la mirada perdida, unas veces miraba al frente, otras al suelo…, de vez en cuando pateaba una piedra con la bota lanzándola varios metros por delante de ellos, o se agachaba y, tomando la piedra en sus manos, la lanzaba sobre la superficie del río haciéndola saltar sobre las aguas.
- Lope, no sé si sabré ser caballero.
- Lo eres… En ti es algo innato. Nuestro padre lo presintió nada más conocerte.
- No hables de tu padre como “nuestro padre”. No…
- Conforme. Lo dejaré estar. Pero, te pongas como te pongas, dentro de quince días, serás nombrado caballero en la iglesia de la Magdalena. Supongo que enviarás un mensaje a tu familia para que te acompañen en ese momento glorioso…
- ¿Un mensaje?
- Sí. ¿Acaso piensas que no conozco el hecho de que permaneces en contacto con ellos? ¿Qué no sé que Suero lleva tus correos?
Ramiro quedó clavado sobre la arena. Miró de frente a Lope. Sus ojos eran dos interrogaciones que su medio hermano se dispuso a desvelar de inmediato:
- Sé que nunca has olvidado a tu familia, que elegiste a Suero porque es tu primo, porque es sordomudo y porque te ha dado motivos fundados para que confiaras en él. No, no digas nada. Lo sé, no quieras saber cómo…
- ¿Qué más sabes? –Ramiro suelta las riendas de su caballo, sujeta a Lope por los hombros, lo zarandea hacia delante y atrás- ¿Qué más sabes?
- Muchas cosas… Pero no debes temer. Tus secretos están seguros conmigo. Yo siempre confié en ti, supe que jamás me apuñalarías por la espalda. Confía ahora en mí.
Ramiro soltó a Lope. Durante unos instantes lo miró de frente, luego subió en su montura y galopó hasta el castillo seguido de cerca por su hermanastro.






Madrid, jueves 1º de Noviembre de 2007 – 21,18 p.m.
Continuará...