domingo, 14 de octubre de 2007

En la Edad Media...

El Cantar de Mio Cid
DULCE IV

RAMIRO EN EL CASTILLO DE DON SANCHO GARCÉS

Juana Castillo Escobar




- Incluso el que menos te lo esperas podría ser otro hermano o hermana. Escúchame bien –pidió Sancha a Ramiro-. Ya pronostiqué hace años que en cualquier momento vendrían a buscarte, como así ha sido. Mantén los oídos y los ojos bien abiertos. No te des a conocer, pero intenta saber quienes son los que te rodean. Serás un buen soldado, paje, mozo de cuadras, mensajero, o…, cualquier cosa que pidan que hagas, hazla… -A Sancha le cuesta hablar, traga saliva antes de proseguir-. Serás bueno, lo sé. Y, si me quedo conforme en que te vayas con ellos, es porque dejarás de ser siervo, serás un cortesano; vasallo, sí, pero habitante del burgo. En cuanto puedas acércate al barrio de los menestrales y llévale este escrito a mi padre y este otro al padre de vuestro padre. Deseo que sepan de nosotros. No nos olvides.
- ¿Cómo podría olvidaros, madre, sois mi familia? Yo no deseo marchar de vuestro lado, os soy necesario…
- No te inquietes, tu padre y tus hermanos cuidarán bien de nosotras. Ahora, ve. Sigue tu destino.
Nuño apostilló tras las palabras de su madre:
- Aunque pastor, hermano, no temas. Soy fuerte. Ayudaré a padre. Los tres cuidaremos bien de las mujeres –en un susurro, para no ser oído por Flain, añade-: Recuerda que ya no soy ningún niño. Cumplí catorce años la pasada primavera.
- Y yo doce –añadió Diego con voz aún aflautada.
Dulce y Justa se despidieron del hermano la noche anterior. Permanecieron agazapadas dentro de la casa para no ser vistas por Flain y sus hombres.
Las palabras de Sancha resultaron premonitorias. Ocho años después del nacimiento de las niñas hubo una leva por todas las tierras de los alrededores. Los muchachos de catorce, quince y dieciséis años, como era el caso de Ramiro, fueron reclutados para formar parte de las milicias de don Sancho Garcés que necesitaba sangre nueva. Debía reponer las pérdidas habidas durante los últimos levantamientos. Sus hombres dieron la vida peleando contra los portugueses cuando el rey se enfrentó a éstos reivindicando El Algarbe y contra los ingleses en la cuestión de Gascuña. Don Sancho no dudó en apoyar al monarca en su intento de ocupar Algeciras. Siempre estuvo dispuesto para ir en auxilio de su señor, Alfonso X, rey de Castilla, aun a pesar de los serios quebrantos en la población meseteña que iba disminuyendo por momentos. Pero, era bien conocido el valor de las huestes de don Sancho y su cuidada instrucción.
Llegados al patio del castillo, Flain y sus hombres descabalgaron. El alguacil dejó su montura en manos de uno de los caballerizos y entró a dar cuenta a su señor de la batida. Arrogante, pisa con fuerza. Deja que salten tras de sí chispas de la punta de su espada al caminar cuando ésta choca contra el empedrado. Atraviesa algunas de las estancias hasta llegar a la enorme sala de los trofeos. Don Sancho, con una copa de cobre en la mano, mira por la ventana. Antes de que Flain pudiera decir nada, su señor le espetó:
- ¿Es todo lo que has conseguido?
- Todo. Apenas una docena de campesinos. Pero sabré domarlos. Son fuertes…
- ¿Fuertes? Algunos parecen galgos sarnosos.
- Pero son fuertes. Están acostumbrados a vivir a la intemperie, a trabajar de sol a sol. Aquí, bien comidos y con el adiestramiento oportuno, se convertirán en excelentes guerreros.
Don Sancho movió la cabeza. Su cara, encogida en un rictus que lo mismo pudiera ser de asco que de aburrimiento, parece tallada en piedra. Alza la mano derecha. Flain sabe que, con ese gesto, le echa de su lado. El alguacil, sin embargo, se acerca hasta el costado de su señor. Casi al oído, le dice:
- He traído a alguien especial.
Los ojos de don Sancho se entornan. Frunce el ceño y sus cejas, muy pobladas, se unen tanto que forman una línea oscura en lo alto de su rostro. Adelanta la mandíbula para que Flain continúe. El alguacil casi susurra:
- Entre los muchachos hay alguien a quien tal vez le gustaría conocer. Se trata de Ramiro de Toro.
- ¿Ramiro de Toro? ¿Por qué tendría gusto en conocerle? ¿De quién se trata?
- Tal vez, si os digo que es el hijo de Sancha de…
- ¿Sancha? ¿La hija del herrero?
- La misma.
- Tráelo de inmediato a mi presencia –ordena con voz de trueno.
Flain abandona la sala frotándose las manos. Camina deprisa. Cruza el patio y se acerca al grupo de jóvenes apiñados en uno de los rincones más lejanos. Son lo más parecido a un rebaño sin pastor: medrosos ante la llegada del lobo, en este caso enmascarado en la figura negra del alguacil quien, una vez junto a ellos, grita:
- Ramiro de Toro, acompáñame.
De entre ellos asoma el aludido que sigue al alguacil a buen paso hasta el interior de la fortaleza. Una vez en la sala, con voz engolada, Flain anuncia:
- Estás en presencia de tu señor, don Sancho Garcés. Arrodíllate, muchacho.
Ramiro se arrodilla, pero levanta casi de inmediato la cabeza. Tiene curiosidad por saber cómo es aquél que violentó a su madre, cómo es ese padre desconocido a quien odia hasta sentir el imperioso deseo de matarle en ese mismo momento y lugar.
Don Sancho se encubre en las zonas de penumbra, sólo es un volumen más en aquella sala repleta de cabezas de ciervos, jabalíes, venados y decorada con gruesos tapices con escenas de caza, arcones de madera oscura y una amplia mesa rodeada de sillas de respaldos altos y profusamente repujados. Desde su oscuridad observa al muchacho, iluminado por la luz de la ventana que irradia sobre él. Flain, al verle alzar la cabeza, no duda en golpearle en la espalda para que muestre respeto pero, la voz potente de su señor, rebotando contra los muros de gruesa piedra, le hicieron detenerse:
- Déjanos solos, Flain. Y no se te ocurra ponerle de nuevo la mano encima.
- Pero, señor…
- Vete. Quiero quedarme a solas con el chico.
- Ballestero malo, a los suyos tira –murmura Flain en un tono de voz suficiente como para ser oído.
- Tal vez tengas razón, pero creo que el muchacho es noble y no atentará contra mi persona.
Flain sale de la estancia rápido, tal como entró, masculla palabras ininteligibles. Va enfadado, mucho.
- Así que tú eres el hijo de Sancha de Toro…
Ramiro se levanta de un salto.
- No mencionéis el nombre de mi madre. Vuestros labios la ensucian con sólo hablar de ella.
- Eres valiente –dice don Sancho a la vez que sale de entre las sombras-, como ella.
Se acerca al muchacho, lo mira de arriba abajo. Quedó clavado en sus ojos, aquel azul turquesa… Tan iguales a los de ella. Ahora la recordó: con el cabello por debajo de las caderas, la corona de flores, el ímpetu de su resistencia y aquellos ojos azules que lo miraron más con desprecio y asco que con espanto en el momento de hacerla suya. Aquellos ojos que le perseguían cada noche afeándole su conducta, que lo señalaban, que le miraron de frente durante todo el tiempo que duró su ignominia.
- Creo recordar que tienes una hermana. No suelo prestar atención a ciertos hechos, pero Flain me dio la noticia del nacimiento de un monstruo.
Ramiro siente estas palabras como el picotazo de una avispa. Con un rápido movimiento quita la daga que cuelga del cinto de don Sancho y le pone la punta bajo la barba.
- A mi hermana tampoco la nombréis, ¿me oís? ¿Me oís? ¡Ni la nombréis! –Insiste empujando el filo hasta casi arañar la piel.
- Eres valiente, sí, por todos los diablos. Tienes coraje. Te admiro –luego, después de tragar saliva, añade-: Entrégame la daga no vayas a lastimarte.
Ramiro devuelve el arma a su dueño que la coloca en su lugar. Le mira con insistencia, con asco, pero con gran curiosidad. También a él le parece un hombre valiente. Otro en su lugar hubiera llamado a la guardia y él, un aldeano, un don nadie, en esos momentos, estaría tiñendo de sangre las baldosas de la sala.
- ¿Por qué queréis saber de mi hermana?
- Flain me la pintó como un monstruo del averno. ¿No acabó con ella tu padre?
- No.
- ¿Por qué?
- Mi madre no permitió que fuese muerta.
- Tu madre. Tu madre. Tiene más agallas que toda una mesnada.
- Sí, las tiene.
- Y, ¿entonces?
- Justa tiene ocho años. Es, a pesar de sus defectos, feliz. Yo la veo hermosa.
- ¿Hermosa? Flain contó barbaridades de ella.
- Bueno, una mano le nace en el codo, pero se las apaña bien con la izquierda. La cojera casi la tiene corregida. Bermudo, mi padre –al decirlo se le llena la boca, insiste-. Mi padre, que conoce bien el trabajo en cuero y madera, armó un aparato para la niña. Gracias a él se le modificó la querencia de la pierna y del pie a torcerse hacia dentro. Ahora camina, con dificultad, pero camina. Y su cara, a pesar de todo, es hermosa. Su voz es dulce…
- ¿No es ya tan horrible como Flain me la describió?
- Para mí Justa es un ángel y, a quien se le ocurra hacerle daño, quien ose acercarse a ella para mancillarla o asustarla, no tendré el menor inconveniente en quitarle la vida. Por Dios juro que quitaré la vida a quien le haga daño –lo dice mordiendo las palabras a la vez que mira de frente a su señor, sin miedo, sin vacilaciones.
- Te creo. Regresa al patio. Dile a Flain que te proporcione ropas limpias, aséate bien. A partir de esta misma noche pasarás a formar parte de la escolta que pernocta en el castillo. Quizá te nombre paje de mi hijo, don Lope Garcés, tu hermano.


Madrid, viernes 12-X-07 - Domigo 14-X-07
20,07 p.m.