miércoles, 5 de septiembre de 2007

Un viaje al medievo



DULCE
I
Juana Castillo Escobar

La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición porque de donde ella provenía, la servidumbre de la gleba, ser hermosa era más que un pecado, era casi una sentencia de muerte.
Dulce llegó al mundo acunada por el ábrego, templado y húmedo, y los desgarradores gritos de Sancha, su madre, que no hacía sino maldecir a Bermudo, su marido, incapaz de ayudarla. La mujer, recostada sobre un jergón de paja, parió casi como lo hacen las cabras: a cuatro patas y en soledad. Con un cuchillo mal afilado cortó por sí misma el cordón que la mantenía unida a la criatura, la envolvió en un burdo paño de estameña y la entregó a Ramiro, el mayor de sus hijos, un mozalbete de unos ocho años más competente que su padre y capaz de hacerse cargo de su hermana. Sancha le apremió:
- Dejé calentándose agua en el hogar. Saca un par de cazos, viértelos en la tina y lava a la niña. Cuando esté limpia me la traes –dicho esto la mujer se acostó en el jergón, sobre el suelo, ovillado el cuerpo, de espaldas a la lumbre para que le llegara algo de calor a los riñones maltrechos y doloridos por el esfuerzo.
El muchacho siguió las órdenes de su madre. Después de limpiar a su hermana, a quien hasta ese momento sólo consideró un amasijo de carne ensangrentada, se paró unos instantes a observarla. Era la criatura más hermosa que jamás viera. Recordaba vagamente el nacimiento de sus hermanos, pero ellos eran chicos y ninguno tan guapo como aquella niña que le sonreía mientras se le colgaba de uno de sus dedos. Quedó atrapado. In mente se dijo: “Seré tu valedor. Jamás, mientras yo viva, nadie osará hacerte mal alguno, lo juro”.
Ramiro entregó la niña a su madre. Sancha iba a darle el pecho cuando sintió de nuevo dolores de parto. Su cuerpo se convulsionaba con furia, los dolores, más agudos que los precedentes, le hicieron retorcerse como una culebra.
Diego, el hijo pequeño, de unos cinco años, entró corriendo en la choza. Gritaba con su media lengua:
- El a-gua-cil… Los soldados…
Bermudo salió a la puerta. En la lejanía, envueltos en una nube de polvo, Flain, el alguacil, y los soldados de don Sancho Garcés, su señor, trotaban hacia la choza. El hombre entró en la estancia, muy nervioso.
- ¿Qué haremos? –Preguntó frotándose las manos.
Sancha, entre espasmo y espasmo, logró balbucir:
- Ramiro, llévate a la niña… Escondeos en la pocilga… Flain no se asomará a ella… Si llora…, ponle un dedo en la boca… Que crea que es el pecho… Vamos… Y tú, Diego, sal fuera a jugar… No hables con esos hombres…
El niño se apostó junto a la puerta. Vio descabalgar al alguacil y los soldados y, aun a pesar de lo que le atraían los caballos, salió corriendo en pos de un viejo lebrel al que se dedicó a tirarle un palo muy gastado.
Cuando Flain entró Sancha cortaba ya el segundo cordón a la nueva recién nacida. El alguacil retrocedió pero enseguida se rehizo. Con voz de trueno y una risa sardónica espetó:
- ¡Qué puntual soy, no te quejarás! Ni que supiera que ya estabas pariendo… Ja ja ja ja. ¿No ha venido ninguna vieja a ayudarte? Me parece que Bermudo te sirve de poco.
El marido, aparentemente, sin inmutarse, cogió a la niña y la metió de inmediato en la tina en la que aún quedaban restos de sangre de la primera. La lavó bien y la secó con una camisa vieja de uno de los chicos que colgaba de una cuerda sobre el hogar. Flain pidió verla para levantar acta del nacimiento.
- ¿Cómo la llamarás? –Preguntó antes de mirar a la niña.
- Dulce, tal vez Justa… -respondió Sancha con voz que denotaba cansancio-. Aún no lo he pensado, tampoco he visto a la niña…
Flain abrió el paño que cubría a la criatura. Hizo una mueca antes de escribir nada:
- Creo, Sancha, que deberías pensar en tirarla a los cerdos… O ahogarla en el Duero. Esta niña no te servirá en absoluto –rió de nuevo, con una risa malévola-, piensa que has traído al mundo un monstruo. Cuando lleguen las malas cosechas y tengáis que repartiros las cuatro alubias que os correspondan, entonces será cuando pensaréis por qué no terminasteis con ella. Comerá como una más, pero el señor no os dará más grano por este…, por este engendro del diablo. Ponle el nombre que más te plazca. Creo que no vale la pena inscribirla.
- Es mi hija -gritó Sancha con todas sus fuerzas, pero Flain ya no le hizo caso. De un salto montó sobre el caballo y salió al galope seguido por sus soldados. Entonces Sancha cayó exhausta sobre el jergón.
Bermudo soltó a la criatura a los pies de su madre. Sacó agua limpia de un cántaro, llenó un pocillo de barro, y le dio de beber a su mujer que se movió con lentitud. Cuando Sancha volvió en sí miró a su alrededor. Los niños: Ramiro, cargado con la primera recién nacida; Diego, tratando de sujetar al perro; Nuño, el segundo de los hijos, llegado del campo de pastorear las cuatro cabras de la familia y Bermudo, su marido, hacían corro en torno al jergón. El padre movía la cabeza de un lado al otro como un péndulo. En los ojos de todos ellos Sancha pudo ver con claridad el horror que les provocaba el mirar a la segunda niña.

Martes, 4-IX-07 – 20,30 p.m.
Continuará...


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