jueves, 13 de septiembre de 2007

El cuento de los lunes en jueves


DULCE
II
Juana Castillo Escobar

Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios. Nadie decía nada. Sancha se incorporó y miró la esquina del jergón. Sólo alcanzó a ver un bulto que no paraba de moverse y de emitir ligeros gorgoritos.
- Bermudo, ayúdame –rogó Sancha.
El hombre se acercó al jergón, sujetó a su mujer por debajo de las axilas y la ayudó a incorporarse. Puesta en pie miró a los niños, luego a su esposo, pidió:
- Llévame fuera. Tengo que adecentarme un poco –tragó saliva antes de añadir-: no toquéis a la niña. Cuando regrese y la vea ya hablaremos.
Bermudo llevó a Sancha junto al pozo, sacó agua, y se retiró algunos metros quedando de espaldas a ella. La mujer lavó bien sus partes, los muslos, las piernas, para quitar de ellas los restos de sangre, algunos ya secos y renegridos. Se secó con la camisa que llevaba puesta y se vistió con otra que se oreaba en el patio sobre una mata de romero florecido. Suspiró:
- Parece que habrá tormenta. El viento de la mañana ya lo pronosticó… Bien, volvamos dentro –Bermudo se dio la vuelta, la tomó por la cintura, y juntos entraron en la choza.
Ya en la casa Sancha se sentó en el jergón que previamente los niños apoyaron sobre el muro para que pudiera estar incorporada. Nuño, el segundo de los hijos, se hizo cargo de sostener a la recién nacida a quien, en cuanto vio que su madre parecía estar cómoda, se la entregó con un movimiento rápido, como si no deseara sostenerla mucho tiempo más.
A Sancha le temblaron las manos cuando empezó a desliar la camisa que le impedía ver a la niña. Antes de acabar dijo:
- A la primera le pondremos el nombre de Dulce. Esta se llamará Justa.
La dejó sobre sus rodillas. Luego la contempló durante unos minutos que se hicieron eternos. De nuevo se mordió los labios. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas que, de un rápido manotazo, limpió. El silencio reinaba en la choza. Nadie, ni el perro, parecía respirar. Bermudo cogió un tocón de madera bien pulido que hacía las veces de taburete y lo acercó hasta su esposa. Sentado junto a ella miraba a la niña. Después de unos instantes empezó a decir:
- ¿Estás segura? ¿Crees que debemos ponerle un nombre? ¿Después de verla…? ¿No será mejor hacer lo que aconsejó Flain? Yo la llevaré al Duero…
Los ojos de Sancha lanzaron una llamarada, ardieron al mirar a su marido, él pareció acobardarse. Cogió a la niña y se la arrimó al pecho. Justa, entre gorgoritos, se prendió al pezón dando buena cuenta de su primer desayuno.
- Nadie osará hacerle daño –dijo Sancha mientras acariciaba la cabeza de la niña-. Vivirá porque así lo deseo.
- Pero, Sancha, debes ser práctica. Es una boca más… Y tú la ves…
- No, Bermudo, no. Esta niña vivirá. Mirad cómo se agarra a la vida. Ella salvará a su hermana, a todos nosotros, porque nos hace fuertes. ¿Qué tiene una mano que le nace en el codo? ¿Una pierna cuyo pie con seguridad no podrá mover? ¿Media cara que no se corresponde con la otra media? Me es igual. Para mí es tan hermosa como su hermana Dulce. Trae, Ramiro, dámela. Quiero verla bien.
El niño acercó a la recién nacida que dormía plácidamente en su regazo. Se la entregó a su madre que la apoyó contra su seno, pero Dulce continuó durmiendo sin apenas inmutarse.
- A ella le alimenta más dormir… ¡Que duerma, ya comerá! Y Justa es intocable, ¿me habéis entendido? In-to-ca-ble.
Hubo un silencio roto sólo por las gotas de lluvia golpeando sobre el tejado de pizarra y el sonido lejano de los primeros truenos. Sancha miró a Bermudo como pidiendo su aprobación. Él movió la cabeza en señal de asentimiento.
- Niños, acercad vuestros taburetes, ya es hora de que conozcáis una historia que, guardada, nos envilece más que si sois conocedores de ella. Quizá tú, Diego, mi pequeño, no lo entiendas… Y en cuanto a ti, Ramiro, no busco que en tu espíritu germine la semilla del odio, pero es preciso que hablemos. Lo que os contaré será suficiente para que comprendáis el por qué de mi decisión de que Justa Permanezca con nosotros… No es algo tomado a la ligera. Bermudo, Nuño…, es tan difícil hablar de ciertas cosas, más cuando sé que, a pesar de ser sólo palabras, dolerán como aceros.


Jueves 13-IX-07 – 16,31 p.m. - Continuará
...
Publicar un comentario