lunes, 27 de agosto de 2007

Una imagen, un cuento

Desierto de Sonora

¿EL HOMBRE DE NEGRO?

Juana Castillo Escobar

El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él… Las patas de los caballos se hunden en la arena aún caliente haciendo muy dificultoso su galopar. Sus ollares expulsan volutas de humo que, de inmediato, desaparecen en el aire denso de polvo, helador. La noche es clara. La luna, encargada de iluminar aquella inmensidad donde las sombras se alargan de forma inquietante y los gritos de los animales nocturnos más parecen los ayes lastimeros de los espíritus que vagan por las estepas que el ulular de coyotes y aves nocturnas, brilla en lo alto: ojo que observa la persecución sin parpadear, sin apenas inmutarse.
El pistolero, un hombre mal encarado, con cráteres recuerdo de la viruela enterrados en su piel curtida, aprieta los dientes a la vez que espolea a su caballo:
- Por los mil demonios del infierno, corre, maldito animal, corre –luego de imprecar a su montura, grita al hombre de negro que le lleva mucha ventaja-: y tú, hijo del mayor de los chacales, desmonta o dispararé. Aunque sea por la espalda juro que te descerrajaré un par de tiros.
Echa mano del colt y dispara al aire tres veces seguidas. El eco le devuelve el sonido magnificado. Hay desbandada de pájaros recién dormidos. El desierto se sacude del letargo nocturno. El caballo del pistolero se encabrita, trota sin freno, lo tira al suelo y huye. La cabeza del hombre se golpea contra una piedra lo que le hace perder la consciencia. Un hilillo de sangre mana y se abre paso a través de unos cabellos largos, algo grisáceos y aceitosos.
El sonido lejano de unos cascos se aproxima. Un hermoso semental tordo llega junto al herido, de él se apea el hombre de negro que tira con suavidad de las riendas de la montura huida poco antes. Después de atar los dos caballos a un tronco seco observa la situación, luego extiende su capa sobre la arena, levanta sin esfuerzo al pistolero y lo coloca sobre ella. Se descalza los guantes quedando a la vista unas manos blancas, de dedos largos y casi transparentes. Manipula el corte que, de inmediato, deja de sangrar. Observa al herido, aún inconsciente, y, sin mover los labios, mantiene con él un diálogo que más parece monólogo:
- Regresa a tu casa, con tus hijas… Te aguardan con impaciencia, a ellas les eres muy necesario… Yo tuve que venir por tu mujer y tu niño, su hora se cumplió… En cuanto a ti, no debiste verme, pero me ves… No te preocupes, me olvidarás igual que me olvidaste al enfermar de viruelas, cuando nos vimos por primera vez, tampoco entonces eras tú el elegido, sino tu hermano… Ya, ya lo sé, no soy tan horrible como me pintan… Tienes razón, no soy mala, cumplo mi cometido, sin más… Sí, en esta comedia que es el mundo me tocó representar el peor de los papeles, ¿o tal vez es el mejor? No lo sé, jamás me lo hubiera planteado… Pero tu hora aún no llegó, no debo llevarte conmigo y, por más que me persigas, por más que me dispares porque me odias, por más que desees matarme para morir tú, recuerda: soy, de entre todos los comediantes de este gran teatro, la actriz principal… Sin duda, la más odiada, pero la única que jamás morirá.


Madrid, miércoles 22 - jueves 23 de Agosto de 2007 - 13,36 p.m.



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