lunes, 13 de agosto de 2007

Para empezar la semana, un cuento





EL INVITADO

Juana Castillo Escobar



Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado… Han pasado la noche juntos, su primera noche y, la verdad, no ha sido tan malo. Fernanda lo observa con renovada curiosidad. Allí, tumbado junto a ella, le parece de nuevo tan frágil, tan abandonado, tan triste…
Es divino, después del baño, de la cena abundante, de unos cuantos masajes, bien peinado..., todos somos, parecemos otra cosa, piensa Fernanda mientras sus labios dibujan una pícara sonrisa.
Sin hacer ruido se levanta de la cama. Envuelta en una bata de felpa muy usada, se acerca a la ventana. Mira a la calle a través de los visillos de organdí. Fuera la niebla no le permite ver más allá de la barandilla de la terraza. Un escalofrío le traspasa el cuerpo de pies a cabeza. Se gira hacia la cama. Murmura: Hiciste bien en venirte conmigo. ¡No quiero pensar qué hubiera sido de ti de pasar la noche a la intemperie! Verás lo bien que estaremos los dos juntos. Está visto que congeniamos, si no ¿de qué ibas a seguir aquí? Tan dormido, tan feliz, porque yo lo sé, se te ve muy feliz.
Mira de nuevo a la calle. El viento arrecia. La rama descarnada de un plátano de indias repica sobre el cristal de la ventana, pareciera que buscase cobijo también ella en la calidez del dormitorio. Fernanda mira al cielo, luego al termómetro que tiene en el exterior: Uf, cinco bajo cero. Hoy no pienso salir a la calle. Además, tengo un invitado… Y no necesito nada. Tengo provisiones suficientes para una semana. Frotándose las manos, que se le han quedado amoratadas por el frío, entra en el aseo. Tomaré una ducha antes de que se despierte. Quiero tenerle preparado un desayuno especial, vamos, algo que le haga quedarse conmigo para siempre. Como Fernanda que me llamo este no se me escapa. Es mío. Yo lo encontré así que no me venga nadie con reclamaciones. Soy feliz, feliz, después de años puedo decir que soy inmensamente feliz.
Fernanda entra en la ducha y canta bajo el agua, primero muy comedida, luego con fuerza. Es como si hubiera despertado después de años de vivir aletargada. Luego, va a la cocina donde prepara un suculento desayuno.
En el dormitorio, el durmiente se despereza. Lucha con las sábanas y bajo ellas hasta que consigue zafarse. De un salto deja atrás cama, mantas y edredón y vuelve a estirarse con parsimonia, con verdadero deleite. Se pasea por el cuarto, todo lo mira, todo le resulta extraño, al menos sus ojos es lo que indican: que el lugar no le es familiar. Un aroma, apetitoso por demás, hace que sus orificios nasales aleteen de puro gusto. Sale de la habitación sin apenas hacer ruido. Plantado en el quicio de la puerta de la cocina observa a Fernanda que le aguarda con un plato de porcelana en la mano, una sonrisa de oreja a oreja y una frase llena de amor:
- A ver, mi chiquitín, ya tienes tu comidita. Ven, gatito, ven… Por cierto, en cuanto desayunemos te bautizaré. Un minino tan bellísimo como tú necesita tener un nombre propio… Verás qué felices seremos…
Y el gato de angora corrió hasta las piernas de Fernanda, después de restregarse blandamente contra ellas, dio buena cuenta del desayuno.

Madrid, 10-VIII-07 – 21,30 p.m.





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