martes, 29 de mayo de 2007

Manos: escultura y poesía

Después del amor, Lorenzo Quinn
MANOS
Juana Castillo Escobar

Manos amantes que acarician
Inundando el cuerpo de sensaciones.
Manos suaves de madre que guardan
Al hijo amado de infundados e inevitables temores.
Manos del recién nacido que buscan
El terciopelo de un cálido seno que es su cobijo y alimento.
Manos amables que ayudan
Al impedido, al herido, al anciano, al desvalido
A levantarse del suelo sobre el que han caído…

Frente a estas manos existen otras manos,
Garras,
Que amenazan, atenazan, amedrentan,
Empuñan las armas que nos matan.
¡Manos, siempre manos!
Manos de vida. Manos de parca…

Manos orantes piden al cielo que,
Tras el torrente de desdichas,
Nos envíe aguas mansas.

Manos que acarician, de madre, de infante,
De ayuda, de amante…
Manos que ensalzan al hombre.
Manos que salvan sin preguntar a quién,
Cuánto, cuándo ni dónde.
Viernes, 26 de Marzo de 2004 - 11,38 a.m.
Nota.- Este poema pertenece al cuaderno inédito titulado:
"Contigo somos tres, poemas para canciones 1",
y que está registrado en Madrid.

viernes, 25 de mayo de 2007

El tiempo: pintura y poesía


LA ILUSIÓN DEL TIEMPO

Juana Castillo Escobar

Camino ligera en el intento
De atrapar la ilusión del tiempo.
¡Vana ilusión!
El tiempo no se deja atrapar,
Se agota al momento.
El mañana ya es ahora,
El ahora es ayer,
El ayer algo que no vuelve
Y se añora…
¿Por qué este frenesí?
El tiempo, por sí solo, vuela
Con alas de transparente marfil
Y nos deja su huella marcada
En el rostro, en el alma,
En la edad, en la espalda
Que achacosa, poco a poco, se ve encorvada.
No corramos a buscar el tiempo
Pues él rápido nos alcanza.
Vivamos y disfrutemos de él
Pues él se encargará de enfrentarnos
Al momento, cara a cara,
Que será el final de los tiempos:
Cuando debamos rendir el alma.


Pto. De la Cruz. Martes, 12 de Julio de 2005 - 18,10 p.m.

Nota.- Este poema pertenece al cuaderno inédito, pero registrado en Madrid, "POEMARIO, cuaderno de verano, Puerto de la Cruz" (Al apartado: poemas 2005 en el Puerto de la Cruz).

lunes, 21 de mayo de 2007

Finalista en el XXIV Concurso de Relato Breve convocado por la Asociación de Vecinos de Vicálvaro

En el escenario, junto con otros finalistas.














Al finalizar el evento con mis amigas: Elena, Gloria,
Isabel (de verde, madre de Elena) y yo.
















Con mi marido, después de pasados
los nervios de la espera.















Con mi amiga Susana, cuentista madrileña, como todas nosotras,
quien también me dio una gran sorpresa al acudir a esta cita
(la foto pertenece a otro acontecimiento, pero es igual).















Esta es la foto del trofeo que me acredita como
finalista de este certamen.















De ese día recuerdo los nervios; la mañana, maravillosa, de muchísimo bochorno (en algunos termómetros llegué a ver que marcaban 30º); pero, sobre todo, lo que me queda de ese momento es el calor y el cariño de todos los que me acompañaron, así como los parabienes y felicitaciones de los que, al estar lejos, no pudieron venir pero yo los llevaba conmigo en el corazón.

El relato por el que conseguí este galardón se titula "El jorobado", me inspiré en la obra de Anton Chéjov titulada "La tristeza", en uno de sus personajes, a quien yo le inventé la siguiente historia:

EL JOROBADO

Juana Castillo Escobar


La ciudad amaneció envuelta en una blanda capa de nieve. El frío es intenso. Caen gruesos copos. Todo aparece como sepultado bajo ellos: los tejados, las aceras, las farolas, los sombreros, los lomos de los caballos, las capotas de los coches, incluso los hombros de los viandantes que circulan deprisa, ateridos de frío.
Iván Mijáilovich Chernenko observa la calle desde el otro lado de los cristales de su casa. En la sala hace calor, no es muy espaciosa pero la chimenea es grande y en ella crepitan gruesos troncos que chisporrotean diríase que alegres. Iván Mijáilovich, joven de unos veintitrés años, bajo, chepudo, no mal parecido de cara en la que luce un mostacho rubio y poblado, de piernas cortas y fuertes, no cesa de mirar a la calle con ojos de un azul transparente, de cristal. Odia la nieve. Odia todo lo que le rodea. Se odia…
La nieve tuvo la culpa de su desgracia. Así se lo contó una noche el ama de cría siendo él adolescente. Iván Mijáilovich y su odio añaden: La nieve fue culpable, y la imprudencia de mi madre. Una mujer estúpida, como todas ellas. ¿A qué tuvo que salir un día de invierno estando encinta? ¿Qué capricho tonto era ese de pasear por la nieve, acaso no iba a tener otros momentos parecidos? ¿Acaso buscaba lo que halló, resbalarse, perderme en la caída? Pero no lo supo hacer, insensata. Ana Andreievna no lo supo hacer. No pensó en que podían sobrevenirle otras consecuencias. Creyó que iba a abortar, jamás que alumbraría un engendro como yo del que mi padre reniega y a quien repudia sin miramiento alguno.
Mijail Mijáilovich Chernenko, padre de Iván, alto funcionario en la corte del zar Alejandro II, aristócrata de rancio abolengo, hombre de elevada estatura, bien formado y guapo, se sintió orgulloso el día en que su esposa Ana dio a luz a su primogénito: un muchacho que prometía ser un fiel retrato del progenitor. Hubo tres días de fiesta en el palacio de los Chernenko, una paga extraordinaria para los criados de la casa, dulces y ropas para los esclavos, una jornada de asueto para los trabajadores del campo… A los pocos meses del nacimiento el defecto del niño se hizo patente y creció a lo largo de los años.
Para Mijail Mijáilovich aquel niño significó un fracaso, una lacra en la familia y lo apartó poco a poco de su lado. Nacieron dos hermanas y Mijail las prefirió a su hijo varón, a su primogénito, a quien educó con ayos franceses en el palacio familiar pero en un ala apartada del resto de las estancias, donde no pudiera ser visto. Si lo encontraba merodeando por el cuarto de juegos o las habitaciones de sus hermanos le molía a latigazos. Le trataba peor que a un esclavo.
Cuando Iván estuvo en la edad de proseguir sus estudios en la Universidad, lo matriculó en la de Facultad de Medicina, sin antes pedirle opinión. Mandó que le buscaran un piso en un barrio modesto, entre comerciantes, pillos, rameras y estudiantes; en un lugar en el que su hijo y su fealdad no desentonasen. Le asignó una pensión y se desentendió de él. De todo esto pronto se cumplirían cuatro años.
Sonó la campanilla de la puerta principal. Olga, su ama de cría, alguien que estuvo a su lado desde el primer minuto de su vida, que lo amaba como a un hijo, que le aguantaba todos los improperios, empujones y, en alguna ocasión, algún que otro latigazo propinado con la borla del ceñidor de su bata, ahora era su cocinera y ama de llaves, salió a abrir. Al poco tiempo llegó, iba arrastrando los pies al caminar. Tocó con los nudillos la puerta de la sala y pidió permiso para entrar:
- Su señoría, ¿da su venia? ¿Puedo pasar?
- Pasa, vieja –respondió Iván con acritud.
Olga entró con la vista agachada. Iván le prohibió meses atrás que le mirase a la cara. Llevaba una bandeja de plata y sobre ésta iba una carta. Nerviosa, la mujer dijo:
- Un muchacho acaba de dejar este recado para su señoría. Continúa en el descansillo. Aguarda una respuesta.
Iván Mijáilovich se apartó del balcón. Recogió la carta con la punta de los dedos. Rasgó el sobre con el pulgar. Se dirigió, cojeando levemente, hasta la chimenea. Leyó con avidez la nota. Decía: “Tenemos que vernos. Ha surgido un problema, nada grave. En cuanto esté solucionado, para lo que tendremos que pasarnos antes por el puesto de policía, nos quedará el resto de la tarde libre para nosotros. Propongo, y Yuri lo aprueba, que en esta ocasión visitemos la casa de madame Nolenkov. Nos vemos en una hora en la plaza de V. Tu afectísimo, Vaska”.
El jorobado tira la carta al fuego. Se frota las manos y, lentamente, se dirige hacia el escritorio. Prepara una hoja de papel, moja con parsimonia la pluma de pavo real en el tintero, escribe: “Mi queridísimo Vaska, cuenta conmigo para lo que haga falta. Imagino que irás a denunciar al villano que te asaltó anteanoche. En cuanto a la idea de pasar después por la casa de madame Nolenkov me parece excelente.
Te saludo, amigo. Iván Mijáilovich Chernenko”.
Dobla el pliego con parsimonia. Lo introduce en un sobre blanco, impoluto, que lacra con su anillo. El padre le prohibió utilizar en sus documentos el escudo familiar, pero Iván mandó que un joyero le hiciera un anillo con un águila rampante, anillo que luce orgulloso en su meñique izquierdo. Su padre quiso que fuera como los demás, un don nadie, pero él desea, necesita de este boato externo para no olvidar del todo quién es y cuál es su origen. Una vez cerrado el sobre lo coloca en la bandeja que en actitud servil le presenta Olga. Ella sale del cuarto de espaldas, como entró, con la cabeza agachada.
Iván permanece sentado en el sillón. Toma un cigarro de una caja de ébano finamente labrada, lo enciende con un fósforo de palo largo que luego echa al fuego. Da un par de bocanadas al puro, luego suelta el humo formando pequeños círculos. Sonríe con sarcasmo.
Mi afectísimo Vaska –piensa-, siempre es lo mismo. Todos me desprecian. Todos mienten. Éste dice ser mi amigo porque siempre le pago sus caprichos y sus juergas, si no, ¿de qué iba a soportar estar cerca de un jorobado como yo? Simple y llanamente: porque no tiene donde caerse muerto y, gracias a mí, puede tragar todo el vodka que es capaz de admitir su cuerpo, tener las mujeres que se le de la gana y algunos copecs en el bolsillo con lo que ir malviviendo… -Suspira- ¡Ah, aun a pesar del desprecio que me produce me arreglaré! Saldré de nuevo esta noche con ellos.
Iván Mijáilovich tira del cordón de la campanilla disimulado tras de la gruesa cortina que cubre la puerta. Olga llega a los pocos minutos.
- ¿Qué se le ofrece a su señoría?
- Avisa a tu marido. Voy a salir. Tiene que ayudarme con el calzado.
- Lo que mande el señor.
Y Olga sale, caminando siempre de espaldas y la mirada baja, de la sala.
Media hora después Iván Mijáilovich camina todo lo rápido que puede y que su cojera le permite. Se ha puesto un grueso abrigo de piel y botas de montar. Apenas se tropieza con nadie por la calle, es un barrio tranquilo a ciertas horas, lo malo está cuando llegue al centro.
Ahora nieva en finos copos, caen suavemente, alguno de ellos se le pegan a Iván Mijáilovich en el poblado bigote pero el vaho de su respiración los convierte pronto en agua, y ésta no tarda en transformarse en hielo.
El jorobado ya está en el centro. El bullicio es alucinante. Los ciudadanos caminan deprisa, encogidos, golpeándose entre sí se lanzan gruñidos amenazantes. Los cocheros azuzan a los caballos para que vayan más aprisa, las farolas titilan con el viento, parecen también ellas muertas de frío. Una joven pasa junto a Iván y él le lanza una obscenidad. Ella, enojada, le grita:
- Y tú un jorobado. Aunque te escondas bajo ese abrigo tan grueso se te nota la joroba. ¡Sí, eres un jorobado despreciable con quien no me iría aunque pusieras a mis pies todas las joyas de la corona!
Algunos viandantes observan la escena, murmuran algo, mas no aflojan el paso, nadie se detiene. Un grupo de muchachos que juega en la calle acaba haciendo del jorobado la diana a la que van a parar todas las bolas de nieve.
Iván Mijáilovich, irritado, aprieta cuanto puede el paso. No le apetece el encuentro con sus amigos pero, se dice mientras camina, ya encontrará a su vez el blanco perfecto en el que poder descargar su ira. Tres calles más allá le aguardan dos de sus amigos. Se saludan con efusividad, en voz alta. Luego buscan un coche. Estacionado frente a una taberna hay un trineo vacío. En el pescante, inmóvil como una estatua de hielo, aguarda el cochero. Los jóvenes se paran delante de él, le ofrecen veinte copecs por ir hasta el puesto de policía. Los tres amigos suben al trineo a pesar de ser de dos plazas. Dos de ellos se sientan. El excelentísimo Iván Mijáilovich Chernenko se ve obligado a viajar de pie. Se siente denigrado, su ira, su odio, aumenta por momentos. No importa, la espalda del cochero, encogida o por el frío o por la edad, le queda tan a mano que con los puños cerrados le obliga a arrear al caballo, disfruta con cada latigazo propinado sobre el lomo del rocín.
Mientras sus amigos cuchichean, hablan de mujeres, de la borrachera que agarraron Vaska y uno de ellos en casa de Dukmasov, el jorobado insulta al cochero que se ha ladeado un poco para entablar algo de conversación. Pero el jorobado no le hace caso, se ríe de su feo gorro, se ríe de él, le riñe, es incapaz de escuchar el grito lastimero del anciano que busca un interlocutor al que poder contar su desgracia: la muerte de su único hijo. El jorobado, displicente, le responde:
- Antes o después todos moriremos. Y tú deberías despertar, mejor aún, resucitar y hacer que tu caballo vaya más aprisa. La muerte es algo natural… Además, pierdes el tiempo, ¿crees que me importa tu vida?
El anciano mira de nuevo al frente. En pocos minutos llegan al lugar convenido. Iván Mijáilovich paga los veinte copecs, se baja del trineo y con dificultad sigue los pasos de sus amigos que caminan por la acera a buen ritmo.
Se percata que durante todo el trayecto lo único que ha hecho ha sido insultar al cochero, descargar su ira sobre él, pero ni se ha preocupado en saber con todo detalle el por qué de esa visita al puesto de policía. Encoge los hombros y, como puede, sigue a sus amigos. Se dice: Una vez aquí es imposible huir. Se verá en unos minutos qué es lo que ocurre. Está a punto de resbalar pero se yergue de inmediato, se cierra el abrigo con aire digno, luego mueve la cabeza y añade: Odio los días de nieve y a las mujeres estúpidas que pasean embarazadas sobre su superficie resbaladiza. Me odio por no haber muerto entonces. Me odio por no quererme.

Domingo, 11-II-07 – De 18,55 a 20,35 p.m.